No quiero ser la hoja muerta y seca del otoño y el invierno

Pelota oscura

Un domingo de exploración cualquiera, de esos cuando a las dos de la tarde aún me encuentro recorriendo el perímetro palermitano, en busca de una buena opción para desayunar/almorzar / «brunchear».

Día exquisito. Sol, cielo azul como de Photoshop, escasas nubes, pero de una blancura imposible. El viento, muy agradable y siempre a favor de las buenas caminatas. Calles vacías, con poco tráfico y cada sitio gastronómico repleto de gente, como si regalaran dólares.

Sin embargo, para este caminante hambriento, la belleza y vistosidad del día, se prestan para andar en inmaculada soledad y poder estar en un buen lugar donde no concurra tanta gente. Así es la agorafobia de los domingos. No queda de otra.

Luego de pasar por varios lugares sobrepoblados, sin éxito alguno, llegué a la calle Aráoz en la búsqueda de un café, cuyo anuncio, me había aparecido en la mañana en Instagram. El algoritmo es implacable.

Rápidamente desistí de la idea de buscar ese lugar ya que en la avanzada me topé con lo que parecía ser una cafetería y además, tenía una pizarra en la que anunciaban almuerzos. Por fin, había encontrado el lugar indicado, o fue lo que imaginé en ese momento, dominado por mi adicción a los desayunos continentales y la cafeína de los domingos.

El lugar estaba justo al frente de otro conocido restaurante ubicado en esa misma calle. De hecho, como era de esperarse, la gente se concentraba frenéticamente para poder obtener mesas y «brunchear» o almorzar. Había unos cuantos de pie, esperando. Ritual totalmente inapropiado para el día que se estaba experimentando.

Tomé asiento en una de las mesas apostadas sobre Aráoz, ahi esperaba a que el encargado (o mozo), terminara de hablar con una de las tantas «MILFS» domingueras que abundan por la zona y que alegran las pupilas. Aparentemente, conversaban sobre mascotas, porque el encargado acariciaba a uno de los perros que la escoltaban.

En ese momento, percibí, a través de mi visión periférica algo como una pelota oscura que se movía rápidamente desde la vereda hasta la parte trasera de un coche estacionado detrás de mi. Fue entonces, cuando concentré el 100% del sentido de la visión en dirección a la parte trasera del auto y no tardó en aparecer un magnífico y escalofriante espécimen de la jungla de concreto.

Una inmensa rata ¿O más bien una zarigüeya? El pariente del carpincho entra rápidamente por la boca de desague de la vereda y fue suficiente tiempo para contemplar su cola larga y afilada, su parte trasera gorda y gruesa como la de una liebre, además de su cabeza con hocico de cocodrilo.

Un magnífico ejemplar de las alcantarillas de Palermo. Su pelaje abundante, largo y erisado, color gris, tenía adheridos rastrojos de papel y hojas secas de los árboles. Era tan intimidante que un gato lo pensaría antes de darle caza.

Por el tamaño, supuse que se trataba de una hembra, ya que entre la mayoría de los roedores, suele ser la de mayor tamaño y resolución a la hora de salir a la superficie a plena luz del día. El encargado del lugar apareció ante mi con el menú. Inmediatamente pregunté si tenía café. Respondió que no tenía porque no le andaba la máquina y además estaba sin electricidad en el local.

Motivo suficiente para emprender de vuelta la búsqueda de un buen sitio donde comer un desayuno continetal con café, jugo y soda. Salí a toda marcha hacia los cafés cercanos al Parque Centenario, pero al arribar a la calle Lavalleja, me dejé llevar por su valorado nombre y doblé por ahí, en dirección hacía Casa Nueza, ese lugar que queda en los predios de una casa cuyos fantasmas, ahora forman parte de una mitología nostálgica.

En pleno trayecto, cambié de nuevo mi decisión sobre el destino para comer. Finalmente, entré en un restaurante tradicional que forma parte de una cadena. Antes, funcionaba en el mismo lugar el Bar Carioca, cantina popular entre habitantes de épocas pasadas, que ahora revolotean como espectros en la memoria.

El sitio, en plena avenida Córdoba y Lavalleja, ha sido remodelado, pero posee los mismos grandes ventanales, que dejan entrar sin ningún tipo de reproches la reconfortante brisa de este domingo.

Tomé una mesa situada en una de las grandes ventanas. Finalmente, logré mi objetivo. Un exquisto brunch dominguero.

Ahí caí en cuenta que era la primera vez -desde mi llegada a esta abrumadora ciudad, hace 7 años- que veía a un roedor vivo en su estado más silvestre. En 2015, cuando llegué, y trabajaba en gastronomía, vi un ratón muerto, pero ese nunca contó.

Pasaron siete años para poder ver una rata ¡Y qué rata! Emergiendo del subsuelo y haciendo su rutina de cada día.

FIN

(c) Edwing Salas

Aves y babosas

«La naturaleza es la vida misma, por tanto, hay que estar pendientes de sus mensajes.»

Aves 

Una mañana, cuando Aroldo salía camino a la oficina donde trabajaba, encontró una escena muy fuerte para esa hora del día: en el jardín-terraza, un ave de pecho amarillo que parecía ser una paloma o una torcaza, estaba decapitada y sin ningún rastro de sangre que indicara que Alicia, la gata negra cazadora y alfa que comandaba el trío de gatos de la residencia, hubiese actuado para dejar tal escena.

Sospechó, en primera instancia, de los vecinos de la planta baja, de quienes se había quejado por escandalizar el conjunto residencial con sus gritos por sobredosis de drogas. 

Quizás, ellos tendrían algo que ver, tan solo por vengarse de su sentido común de vivir con paz, tranquilidad y en una invisibilidad absoluta, que no molestase a nadie.

¿Serían capaces de decapitar esa ave y dejarla ahí? Se equivocó. Haber visto el cadáver sin cabeza le inspiró una premonición, algo así como una especie de mensaje encriptado que la vida misma le estaba haciendo llegar.

Hacía tiempo no estaban tomando en cuenta sus sugerencias como Community Manager para mejorar el tráfico del portal digital de noticias donde trabajaba. Sus superiores enviaban órdenes que contradecían las mejores prácticas para tener mejor tráfico al sitio y resultados positivos.

 La pandemia había bloqueado la posibilidad de reuniones personalizadas y enrarecido los canales de comunicación virtual, o al menos, nunca hubo chance de concretar, aunque sea, una videollamada para tratar el asunto.

De hecho, le hacían saber que no había derecho a reunión para tratar el tema, ni siquiera una opinión. Todo tenía que ser muy vertical y tan solo felicitar a aquellos que Juana, la jefa editorial, felicitaba, tan solo por hacer un trabajo; menor o igual al que haría cualquiera.

Su premonición le llevaba a pensar que si él era el ave decapitada, podría ser la cabeza que iba a rodar, luego de ser atrapado por la depredación del error humano ante el estresante exceso de horas de trabajo. Era la presa perfecta, lo que no se sabía era cuándo ocurriría.

«No te tienen que felicitar por hacer lo que tienes que hacer, para eso te contrataron»

Así opinaba Aroldo, sin embargo, se notaba el sesgo ideológico y de género entre unos y otros empleados, implementado desde los puestos de más jerarquía.

El día que encontró la paloma brutalmente aplastada y sin forma, fue el mismo día que ya había visto un despojo ornitológico en los predios de su jardín.

 Se dirigía al médico esa misma tarde, cuando vio al ejemplar como un rastrojo gris y deforme, con sangre, plumas y piel seca por el sol, en una acera de la avenida Juan B. Justo.

Su subconsciente ya había registrado dos aves sin vida en menos de 5 horas. Encendió las alertas, pero no se alteró, no tenía a nadie a quien decirle, por lo tanto, daba igual. Había que mantener la calma: total, las casualidades existen.

Al cruzar a la siguiente acera, a la altura de las lujosas torres residenciales en esa misma avenida, que resultan paralelas al polo tecnológico y al centro comercial Los Arcos, mierda.

El tercer cuerpo de un ave muerta se mostraba frente a su paso. Era definitivo, incluso para su inteligencia racional, había algo que estaba resultando arbitrario y fuera de su alcance.

Babosas

Esa misma noche, en el jardín donde temprano estaba el pájaro sin cabeza, ahora encontraba unas formas viscosas como gusanos, muy parecidas a capullos que se transforman en mariposas, o más bien, como caracoles, pero sin caparazón.

Estaban cerca del tubo de desagüe para las plantas. Aroldo volvió a entrar en ese estado de alerta y curiosidad, porque la cotidianidad, estaba dando señales de alteración, era la plenitud de la primavera y la proximidad del verano.

La noche siguiente vio una más grande, jamás había experimentado esa mezcla de curiosidad, temor y fascinación. Se acordó de una antigua historia que le había narrado su padre. 

Según le contó, una vez se encontraba en el campo, haciendo una medición de tierras para un sistema de riegos y tenía que pasar a otra hacienda contigua, por tal motivo, debía pedir permiso al dueño de esas tierras para poder entrar e instalar el teodolito y continuar su tarea.

Los ayudantes que le acompañaban se opusieron a entrar a esa propiedad porque entre los lugareños corría el rumor de que su dueño había hecho un pacto con el diablo y eran tierras bajo algún tipo de hechizo o fuerza maligna.

Contaron que el hombre, a quien nadie había visto nunca en el pueblo, tuvo que hacer un ritual cuyo resultado fue desenterrar tres entes o animales muy parecidos a pequeñas salamandras sin patitas o babosas, que se encargaron de trabajar durante todas las noches, luego de la hora cero, para levantar esa hacienda, haciéndola grande y próspera.

Su padre le contaba en aquel entonces, que al ver el temor real en los ojos de sus ayudantes, decidió ir solo y hablar con el señor, que tenía un aura cordial, educada y a la vez, misteriosa y elegante, así como el personaje retratado por la canción «Sympathy for the Devil», de los Rolling Stones.

Le describió las cosas que presenció, eran sobrenaturales y que no las recordaba con tanto detalle, pero si se acordó cuando le había revelado que el hombre le mostró en la palma de su mano tres animalitos que parecían ser babosas, las cuales, eran los únicos trabajadores de su finca, según lo que le dijo el misterioso personaje.

«¡Babosas! ¡Malditas babosas!» «¡¿Qué hacen frente a mi puerta?!»

Era todo lo que se escuchaba en su mente.

— ¿Sabías que si le echas sal a una babosa empieza a corroerse hasta convertirse en una sustancia pegajosa y apestosa a azufre?

Aroldo quedó sorprendido con lo que le respondió Victoria, luego de haberle contado los raros acontecimientos de los días pasados.

–— No se te ocurra, echarles sal. – Le dijo, con mirada maliciosa y evocadora de tiempos infantiles-

Alicia

Por fin, se había resuelto el misterio: uno de los vecinos mostró la grabación en su móvil, donde Alicia, sigilosamente, como buena felina cazadora, se abalanzaba sobre el ave que se alimentaba en el piso de la terraza, muy temprano en la mañana.

Su cabecita desapareció dentro de las terribles fauces de la mascota consentida de toda la residencia. Luego de comerse el cráneo por entero, aparentemente vació el fluido sanguíneo del pájaro, dejándolo seco. Desayuno de campeones. La naturaleza nunca para.

Los días subsiguientes fueron bastante normales, todo prosiguió de manera extremadamente rutinaria y ya el estrés empezaba a normalizarse, Trabajaba sus casi doce horas diarias de lunes a lunes. 

No había tiempo para ser libre, había que trabajar duro para sobrevivir a la inflación. El peor de los depredadores de esta región. Un animal mitológico cruel, creado por los poderosos dioses del olimpo latinoamericano.

Una última señal… y el desenlace

Una madrugada, luego de muchísimo tiempo, volvió a tener ese terrible sueño recurrente donde contempla lleno de horror un avión de un vuelo comercial cuando se precipita sin control sobre un área poblada, donde se encuentran familiares y seres queridos.

Despertó hiperventilando y aliviado de que eso nunca había sucedido, no iba a ocurrir; pero no dejaba de ser una señal de pérdida de control y trágico final de algo, sobre lo cual, él no iba a tener ninguna oportunidad de evitar.

Finalmente, el desenlace ocurrió: el odiado y perseguido jefe del periódico digital donde Aroldo trabajaba, detectó un error fatal en su desempeño. 

Se trataba de un titular que informaba el homicidio de un niño a manos de su propia madre y su novia, que iba acompañado accidentalmente por la foto de la celebración de un embarazo de una pareja de famosos. 

 Su lista de errores por exceso de trabajo explotó con esta equivocación que rebasó todos los límites. Programar 12 posteos por hora en X, era una mala práctica que no compensaba la caída de tráfico.

 Aroldo se los explicó una y mil veces, pero Juana, su progresista, humanista y revolucionaria supervisora, lo obligaba a obedecer las órdenes que venían de arriba, sin derecho a réplica. 

Jamás tuvo el tiempo para concederle una reunión y escuchar sus planteamientos, pero ya no sería necesario, era tarde, no porque él fuera un descuidado o un saboteador. Simplemente, esas cosas pasan. 

Había estado esclavizado por años, cumpliendo órdenes que jamás podría ocurrírsele a un ser humano racional. Sin embargo, no podía hacer nada, esa era la realidad y punto.

No le huía a sus errores, sino a la imposibilidad de poder advertir sobre ellos a tiempo. Había sido cercado por una criatura depredadora que le hizo pensar, algo que finalmente resultaría ser un gran hallazgo:

«La naturaleza es hermosa, sabia y tiene derecho a permanecer tan pura y salvaje desde que decidió exterminar al Homo sapiens, quien soñó con detenerla, modificarla y domarla; tan solo para sobrevivir hasta hoy»

                                               FIN

                                                                                               (c) Edwing Salas

Ataque de pánico

Video cuento

Quienes han visto suficiente mierda en la vida, saben diferenciar un ataque de pánico de un brote psicótico

Algunas muertes…

Frase Algunas Muertes

Sibaritas Apóstatas #4 Futuros eran los de antes

Pablo y Edwing son sibaritas apóstatas, un par de trasnochados hablando de la vida.

 

Tema de hoy: Futuros eran los de antes ¿Cómo nos imaginábamos el futuro en el siglo XX?

 

Una charla informal con todas las de la ley: libros, música, comida, bebidas y amigos.

Sibaritas Apóstatas #3 ¿Quién quiere un Nobel?

Pablo y Edwing son sibaritas apóstatas, un par de trasnochados hablando de la vida.

Tema de hoy: ¿Quién quiere un Nobel?

Una charla informal con todas las de la ley: libros, música, comida, bebidas y amigos.

#Cuentube5 «Una historia distópico futurista latinoamericana»

 El mensaje que estamos emitiendo en este momento, a través de la técnica del video blogging, no es por esnobismo ante lo antiguo, ¿O sí? Puede que haya algo de cierto en eso, pero también es, en gran parte, porque queremos honrar la memoria de nuestros antepasados y perdonar definitivamente sus errores.

Es importante que sepan que, transmitiendo en este formato, se puede burlar a los Algobots buscadores de contenido subversivo de las Sensoredes y así, ganar tiempo.

Hace años se habla de que no hay códigos. Crecí escuchando esa letanía pesimista de mi abuelo Laslo, quién pasó sus últimos años quejándose; condición típica de los seres humanos al dejar atrás nuestros mejores tiempos.

A los 20 años se jactaba de ser uno de los más geniales, era partícipe activo de los cambios que ya estaban en marcha. Su generación fue considerada, en aquel entonces, un paradigma de transformación de la sociedad.

Él y sus congéneres eran conocidos como Millenials: se describían altamente colaborativos, comprometidos con la conservación del planeta, tecnológicamente superiores, alejados del materialismo y con grandes ideas para reinventar la forma de ver el mundo. Pero, como todo en esta vida, muy pocas cosas resultan como realmente deberían ser.

El implacable tiempo hizo lo suyo: se llevó la energía, sueños, y la autoimagen que tenían. Los códigos algorítmicos les mostraron a sus principales cultores, que nadie era imprescindible.

Cuando sus venerados Algobots determinaron que ya no tenían edad para trabajar en creatividad corporativa, fue la señal inequívoca de que los códigos dominantes son impersonalmente justos y precisos. Para Laslo fue un duro golpe. Nunca se había ocupado en acumular suficientes méritos crediticios de retiro para su Caja de Financiamiento Social de Desempleo.  Sistema creado, paradójicamente, cuando los millenials eran la novedad. Nunca se pensó que iban a necesitarlo.

Laslo murió hace 3 años. Lo extraño. Sin embargo, él deseaba ese destino tan fervientemente que, a la edad de 60 años lo encontró.  Una locura, lo sé.  De haber tenido paciencia, hoy podría optar al plan Tercera Juventud. Siempre y cuando, por supuesto, los algobots bancarios les comuniquen a sus pares de Genética y Salud, incluirte en la lista de regeneración celular.

Sé lo que están pensando, pero tampoco es así. El suicidio nunca fue una opción para él – en verdad, no lo es para nadie- así que, como buen hombre de su época, desarrolló el Síndrome del Quemado. Como carecía de óptimas métricas financieras para ser tomado en cuenta por nuestro sistema de salud, nunca pudo deshacerse de él.

Un rápido infarto matutino lo dejo mostrando el universo en sus ojos. Por fin descansó.

Para quienes asumen como un invento el que la gente se siga muriendo hoy día por causa de los infartos, les invito a que se armen de valor y vayan a la zona más pobre de la ciudad: la villa de Puerto Madero. Ahí verán una problemática bastante fuerte.

Esto es una realidad que aún existe y ha sido invisibilizada por el Sistema de Omnivigilancia Mundial. ¡No se dejen engañar! ¡Abran los ojos!

Al abuelo le consolaba saber que una vez muerto, seria procesado como compost por el gobierno inteligente, para mantener los árboles cantarines a lo largo de toda la avenida Malena Pichot. No deseaba un funeral como el de sus antepasados.

Tenía la única certeza de que hoy nada se pierde y todo se reutiliza, gracias a los esfuerzos de su generación por tener un gesto de agradecimiento con La Pachamama. Una pequeña victoria que lo hacía sentir orgulloso.

Ese mismo orgullo sentirá nuestra generación cuando llevemos a cabo la Operación Zamiatin, porque sé que es la única manera de tener una sociedad más justa y libre de las Clonosustituciones impulsadas desde el perverso S.O.M.

Laslo creía tener un sueño. En su honor, lograremos el objetivo que nos hemos planteado:  equilibrar el orden mundial.

He sido claro y breve. Agradezco el esfuerzo de quienes han logrado descifrar este mensaje en castellano.

No pretendo timar a nadie sobre mis orígenes y el índice de productividad genealógico, factores tan definitorios en la sociedad que me ha tocado vivir.  Por eso mismo, porque creo en la dignidad inherente al ser humano, más allá de lo que determine un cómputo, les pido que confíen en mi para acabar de una vez por todas con esta dañina brecha entre “Neomandarínes” y “Obsolentales”.

¡Abajo el genocida imperio Mandarín! ¡Viva la Argentina! ¡Viva Latinoamérica Unida!

Way Chang Castronelli.

Argentina, 02 de febrero de 2068.

 FIN

(c) Edwing Salas

Cronos el sastre

Cuento

Un ser que diseña ropa basada en el tiempo de vida en la tierra

Cada traje es elaborado con precisión. La cinta numerada se estira para medir altura. Las talentosas manos que la sostienen ahora la colocan horizontalmente, para determinar el ancho.

Cronos el sastre, es el magno artesano de los telares, sabe cuál es la vestimenta correcta en cada ocasión. El genio de la creación que confecciona pantalones, vestidos, sacos, sombreros, bufandas, calzas, trajes de baño, remeras, vaqueros, medias y todo lo que se ha de vestir, en todo momento…siempre.

Primero empieza con lindos conjuntos para los pequeñines recién llegados a la Sastrería Existencia. La luz viste con emoción, se inician los primeros pasos, vistiendo atuendos de inocente fulgor.

Luego, a partir de los 9 años, los diseños se tornan modernos, menos inocentes y más transgresores; vanguardias en busca de una identidad. Los colores y motivos visuales de las prendas imponen la moda del periodo que se transita.

Es el momento para destacar, para transmitir las causas justas y las ilusiones que mueven a quienes portan estas vestimentas que adornan la primavera poderosa e inmortal de la juventud. El despertar a las luces y oscuridades más brillantes.

No existe formalidad e informalidad que no atine en sus cortes de líneas tan variadas, como las formas que muestran las nubes. Lo casual, lo moderno, lo ceremonial, lo excelso y lo kitsch se conjugan coreográficamente.

No hay imposibles para este hacedor de apariencias que trabaja sin detenerse, en compañía de sus herramientas.

A los clientes de 20 a 35 años les proporciona prendas exquisitamente planchadas. Vienen momentos de formalidad: graduación, citas, trámites, matrimonios.  Se emplean las medidas obtenidas, para vestir con dignidad de victoria, toda meta elegante y seria que hay que cumplir en la joven adultez.

Para los que tienen de 35 a 50 años la Sastrería Existencia brinda una línea totalmente distinguida y elegante, siempre y cuando, el interesado sea oportuno poseedor de las cualidades propias que el periodo requiere: solvencia económica, trabajo bien remunerado, familia constituida, propiedades en su haber, herramientas tecnológicas de última generación, merecido derecho a vacacionar, un buen seguro médico y otros servicios.

Esta indumentaria está reservada para aquellos que hayan cumplido con los objetivos primordiales de la biología.  Sin embargo, Cronos no discrimina a nadie, ni por raza, ni nacionalidad, ni mucho menos, el estrato social.

Parece haber una contradicción, a simple vista, pudiera ser que esa es la manera como se inspira, pero este hacedor de apariencias no juzga, solo toma en cuenta patrones fácticos para realizar medidas y utilizar las telas adecuadas en sus creaciones personalizadas.

Para quienes no logran vestir a nivel de los económicamente solventes, el genio de los patrones y costuras, ofrece indumentaria con oportunas combinaciones de sensación de fracaso, elegante y duramente anudada al cuello, un saco de escasez, pantalón gris plomo y zapatos, un tanto apretados y de forma desesperanzada.

Cabe destacar que estas piezas son las que más se producen, ya que hay una gran demanda de las mismas, muy a pesar de que sus poseedores, quizás, aspiren a vestirse con algo más que esperanza y pintarse la cara con ese mismo desconocido color.

La realidad es que nadie queda sin prendas. Cada una trae nuevos accesorios como, por ejemplo, arrugas. No son evidencia del descuido o desprolijidad, por el contrario, en los trajes de la gente con cuarenta años o más, se hacen visibles como sello indiscutible del estatus alcanzado vistiendo los trajes del prolífico creador. En adelante, nunca desaparecerán, se harán parte de la colección de esa temporada.

Las piezas que adornan la cabeza también pasan de color amarillo, negro, marrón, rojo, a tener una tonalidad gris, para luego alcanzar un blanco inmaculado.

Esas particulares formas y texturas, pasan a ser flequillos, delicados y ligeros, cual plumas. En muchos casos, hay quienes pierden el telar encima de sus cráneos.

Aunque hay accesorios para remplazar tal carencia, la esencia natural se diluye totalmente, pero nunca, nada es bueno o malo para Cronos, solo es. Su obra evoluciona y los espejos de la sastrería están para dar noticia de su constante e indetenible trabajo.

Esa mayoría que lleva cada conjunto con la sensación de que lo bueno ya pasó, se rebela porque no han podido alcanzar la distinción y elegancia del logro de los objetivos primordiales.

Llevar a cuestas el oneroso gris plomo de los planes no cumplidos y las decisiones que no condujeron a la colección de ropa merecida, no es algo que interese al creador de talles justos para cada ocasión.

Lo que todos reconocen al recibir servicios en la Sastrería Existencia, es que Cronos no se enferma, no vacaciona, no se toma un café, ni una copa de vino. Le gusta fluir como agua.

Evidencia de su pasión por la producción en volumen de la perfección. Concepto aún más abstracto que el que posee el común denominador sobre esta palabra.

Es por ello que, entre los 50 y 80 años, empieza el periodo de confección de las prendas de La Partida o El Temido Viajes.

En esta fase de consagración de la obra del sastre, cada uno de sus modelos se identifica por una paleta de colores que describen: plenitud, miedo, ansiedad, angustia, tristeza, soledad, senilidad, desolación.

No todos alcanzan a vestir esa colección, ya que accidentes, enfermedades, homicidios, guerras, hambrunas y suicidios obligan a vestir, a veces, prematuramente, el Traje de Polvo Universal.

Igualmente, para todos los casos, una vez que se sale de La Sastrería Existencia y Cronos deja de ser tu modisto, empieza La Desnudez Transparente. Ese estado en el que el Traje de Polvo Universal es la piel primeriza, pero luego surge el despojo de todo lo que se conoce o se pretende conocer. Sensación recurrente de la cuadratura en los curvilíneos cerebros.

– ¿Para quién trabajás realmente? –preguntó alguien una vez-

Una voz paciente y profunda, cálida y sabia, voló en el aire y dejó sonar esta respuesta como canto ceremonial:

–  Todos saben que soy un creador, no un empleado. No tengo relación de dependencia con nadie. Jamás había sido interrogado ¿Quién sos?

El silencio cubrió todo. Finalmente, una misteriosa afirmación recorrió el espacio de la sastrería sin que Cronos pudiese identificar algo:

–  Creativo, emprendedor, artista. Procurás tus propios recursos. No descansás. Pero finalmente, lo que hacés es producción industrial, lineal y monótona. De principio a fin.

– Esa es mi función. Soy quien otorga esa cualidad, así que no estás diciendo nada nuevo sobre mí.

– Dices tener una función, por lo tanto, sirves a un superior.

– No me interesa saberlo, da lo mismo.

En ese momento Cronos se dio cuenta que hablaba frente al espejo de su vasto taller y contempló su propia desnudez. El cristal refractario era quien interrogaba. Ese vidrio pulido y sus reflejos era conocido de muchas maneras y se interpretaba de muchas formas, sus bordes pulidos tenían la siguiente inscripción: “Sastrería Existencia, espacio de trabajo”.

 FIN

© Edwing Salas

 10/11/17

El día cuando todo pareció un comercial de cerveza

A esta conclusión llegó Julio, cuando reflexionó sobre lo que había vivido. Su carcajada estalla al recordarlo, porque se sintió como en esos comerciales de televisión, donde un personaje común vive una aventura que involucra lindas chicas y descontrol en un gran festival de música.

Esto fue lo que ocurrió ese día.

Julio jamás imaginó que podría ver a su héroe de juventud Iggy Pop, pero ahí estaba; entre miles de personas que habían acudido al primer día del Festival BUE. 

Había ido con su socio de podcasts y borracheras, Leopoldo. Él decidió ver la presentación del legendario artista desde lejos, donde no había tanta gente que pudiera perturbar su aura misantrópica y ermitaña.

El show de Él Mató a un Policía Motorizado fue un inicio poético. Transportaron al público a través de ese sonido melancólico que nos hizo cautivos, llenos de comodidad.

La atmósfera única, creada por estos hijos prodigios de la ciudad de La Plata, acompañaría las sesiones de concentración frente a la notebook de Julio durante los años posteriores.  

En el interludio aprovecharon para descargar las aguas corporales y ver las remeras oficiales de los artistas que se presentaban. Todo muy lindo, pero Doña Inflación tiene un hambre voraz por estos días. 

Julio y Leopoldo sacaron sus billeteras, solo para proveerse de la cerveza patrocinadora del evento. No era que el precio de las latas verdes fuera económico, sino que octubre tentaba al paladar.

Al volver al campo, Leopoldo retomó su lugar cerca de donde transmitían los medios que cubrían el evento. Por su parte, Julio buscó el centro para no perderse ni un detalle de lo que vendría.

The Libertines apareció desatando su celebración llena de guitarras rasgadas y batería potente. Carl Barat y compañía volvían a las andadas, luego de un pronunciado paréntesis de la banda.

Era su primer recital en Buenos Aires, por eso, alucinaron ante la respuesta del apasionado público argentino. Su repertorio fiestero era tocado con maestría, potencia y mucha buena onda. La gente enloqueció. 

Julio disfrutaba al máximo, a pesar de estar comprimido en una masa de desconocidos. Esa era la parte desagradable de ir a eventos multitudinarios. También poseía una naturaleza agorafóbica, misantrópica y ermitaña.

Además, el peligro rondaba: una linda chica de diecinueve años que estaba delante de él, restregaba toda la espalda contra su parte frontal. Estaba tan cerca que su dulce olor lo esclavizaba. Deseaba respirarla hasta la última parcela de piel.

A ella le daba igual, no le interesaba para nada, solo se dejaba llevar por los temas fiesteros del cuarteto inglés. No se insinuaba.

Además, había un pequeño detalle: su padre la acompañaba.

Julio se veía obligado a mantenerse inmóvil y con la vista al frente, tratando de ignorar todo, para evitar que cualquier reacción natural de su parte se prestara a una mala interpretación de la situación.

Lo mejor era seguir haciéndose “el gil” hasta que la banda terminara y la masa de personas lograra descomprimirse.

The Libertines se despidieron con la promesa de volver; de hecho, se quedaron unos días más, vagando por la ciudad, según dijeron fuentes oficiales y extraoficiales del chimento rockero.

La pausa antes del evento principal fue aprovechada para buscar a Leopoldo, pero fue imposible encontrarlo. En menos de una hora se duplicó el número de gente y él ya no estaba en su lugar habitual. La infructuosa búsqueda le dio sed a Julio.

Doña Inflación se había salido con la suya: solo quedaba para comprar una lata verde. Lo demás debía ser destinado al transporte de regreso a la ciudad. La cerveza fue guardada con celo. Julio planeaba beberla cuando empezara el show de Iggy.

Se situó en medio del campo, a veinte metros del escenario, para poder ver y escuchar sin perderse de nada.

La noche era clara y con el clima de primavera a pleno. La luna, invitada especial, mostraba su cara y sonrisa brillante. Había escuchado cada melodía que despegaba desde el escenario.

Julio reparó en la solitaria mujer que tenía al lado hace aproximadamente 15 minutos. Ella le sonrió en aprobación de la circunstancia que los unía: juntos presenciarían el show de su héroe milenario.

Él le devolvió la sonrisa, consintiendo la simbiosis temporal entre ambos. Era atractiva, silenciosa y no se había apartado, como hubiese hecho cualquier otra. Se harían compañía para ver el show y quizás, luego intercambiarían opiniones, sonrisas y seguramente corearían sus temas preferidos.

Las luces se apagaban, los gritos llenaban el ambiente. Julio saca la lata de cerveza y se prepara para abrirla. El show está a punto de empezar. La chica lo mira con ojos invadidos de gracia ante su pose ceremonial. 

Ambos ríen con complicidad. Se le infla el pecho. La eternidad baña de oro esos cinco segundos. Los músicos salen. La gente enloquece. Suena el primer acorde de “I wanna be your dog”.

Iggy Pop aparece saltando. Julio abre la lata, una turba de fanáticos choca contra él, arrastrándolo en dirección al escenario.

La cerveza se le derrama encima. Julio cae, lo patean, le pasan por encima, lo revolean de un lado a otro. Pierde sus gafas, su miedo aumenta; intenta recuperarlas. Lo logra, pero sigue en el piso, temiendo lo peor.

Una mano aparece y se aferra a ella hasta ponerse en pie.No logra ver de quién es la mano salvadora. Seguramente es la mano de Dios, o de algún ángel. En ese instante, poco importa. La prioridad es escapar del gigantesco y violento pogo, antes de que sea tarde.

Huye a contracorriente hasta quedar a 60 metros del escenario, inmerso en un mar de saltos, gritos y empujones. La fiesta está en plena ebullición. Julio, con la lata triturada en la mano, empapado de cerveza y con el sentido de orientación puesto en la música, decide olvidarse de todo lo innecesario y se deja llevar por la ola impulsada desde la alucinante metralla de éxitos de Iggy y su increíble banda.

Recordar esa imborrable noche siempre le provoca una risa espontánea y sola; como la de muchos locos.

                                        FIN

(c) Edwing Salas

10/05//17