Le France du 1975 -Primera parte-

Arco del triunfo la France

La Francia de 1975 no era muy diferente de la que tenemos hoy.

Veo los canales de noticias, los periódicos y escucho a los jóvenes en la calle comentando los cruentos videos de las masacres, subidos en las redes.

El mundo sigue siendo un lugar peligroso y no he tenido tiempo de advertírselo a mis nietos. Quizás, ellos ya lo sepan y no les importe, total, son jóvenes e impetuosos. Deidades inmortales.

Ese año me acercaba al final de mis treinta, fui incorporado a la Dirección de la Surveillance du Territoire, luego que el Chacal diera muerte a dos compañeros de la fuerza.

El país no iba tolerar tal agresión dentro de su propio territorio. Había que hallarlo vivo o muerto.

Me consideraban una joven promesa dentro de la DST.

Mis habilidades para espiar eran las mejores. El trabajo encubierto era altamente demandante y peligroso, pero me daba la oportunidad de adentrarme en personajes y submundos jamás descubiertos por ciudadano alguno, era la sublimación perfecta de mi sueño frustrado de ser actor.

La cualidad de la juventud era solo dentro de la carrera del servicio de seguridad estatal, cuyos ascensos se dan a largo plazo, algo así como una maratón.

En la vida cotidiana no sucedía de esa manera; terminar los treinta era visto como una aberración, la pérdida total de tu libertad, ya que por descarte pasabas a ser un bloque inamovible del sistema opresor, ese era la visión de los quinceañeros y veinteañeros que no conocían el miedo y formaban parte de una generación libertaria y sin prejuicios.

Yo tampoco conocía el miedo. Hasta que fui asignado para averiguar la vida de Claire, una de las amantes del Chacal.

Tenía 24 años y trabajaba en uno de los restaurantes bohemios del distrito 16.

Era solo una misión que cumplir. No era llamativa físicamente, más bien, escapaba al típico canon de belleza parisina, tampoco quiero decir que no poseía atractivo alguno: su rostro de facciones del sur de Italia, heredados de sus abuelos, demostraba una transparencia pocas veces vistas en ser humano alguno.

Era como si miraras de frente el sol mañanero a través de un amplio ventanal. Aún tengo esa sensación grabada en mi ser.

Lo comprobé justamente cuando establecí mi primer contacto con ella.

Supuestamente yo era un cronista deportivo recién mudado a la zona, Phillipe, era el nombre de mi nuevo personaje y provenía de Reims.

Su sonrisa y su energía me abrumaron, pero no desde el punto de vista erótico o platónico, solo era una chica muy cordial.

A ella le gustaba el fútbol, no lo practicaba, pero si se ligaría de por vida con un futbolista profesional, ese era su perfil.

Salía a correr, nadaba, iba al teatro, al cine; acudía entusiasta a protestas contra la guerra, contra la discriminación, las multinacionales.

Quería cambiar al mundo, organizaba muy bien su tiempo para ello.

Era muy independiente.

No había duda que era el tipo de chica en la que se fijaría el seductor y enigmático Chacal.

Nacido en una meca petrolera suramericana, llamada Venezuela. Su osadía deleitaba el sueño de las europeas sobre un peligroso amante latino.

Mis bisabuelos eran marroquíes, por lo que llevo cierta huella de ellos en mi dermis, eso no significó ningún problema para mí, que yo recuerde.

Mi apariencia debió ser considerada por Claire como una parte de esas causas por las cuales luchar, hizo que me ganara su confianza rápidamente.

– Marruecos es una tierra mágica, estuve ahí hace tres años

-me dijo ella al enterarse que mi verdadero ser mimetizado en Phillipe-

Preguntó si había ido a visitar la tierra de mis antepasados. Le contesté negativamente. Ni Phillipe ni yo estábamos interesados en conectarnos con nuestros ancestros.

Su actitud ante la vida y la melodía de su voz, plagada de ingenuidad, me sacaban del carril.

Debía cumplir una misión y ella me hacía pensar en la salvación del mundo.

Ella no sospechaba que la seguía todas partes, ayudado por otros tres colegas de la fuerza, con quienes coordinaba operaciones, pero era yo, lo que llamaban, el caballo de Troya.

No había caído en cuenta del hechizo que ejercía el objetivo en mí, hasta que mis compañeros me lo hicieron saber a través de una amenaza camuflada de advertencia. El discreto encanto de los espías.

Empecé a seguirla con más empeño, pero no para saber si se veía con Carlos El Chacal o era parte de su organización, sino para conocer sus gustos personales, temores y esperanzas.

Al mismo tiempo, tenía a mis compañeros pisándome los talones.

Un día tomaba notas en mi mesa sobre sus últimos movimientos cuando, de pronto, me sorprendió con el habitual café.

– ¿Qué estás escribiendo? -preguntó muy interesada-

Había cometido un error de amateur, así que hice lo que generalmente se hace en este caso. Empeorar las cosas.

-Poesía –le contesté ocultando mi libreta de seguimientos-

-Sabía que eras más que un simple redactor de deportes, siempre supe que tenías sensibilidad y te apenaba demostrar.

El faro de su sonrisa le iluminó el rostro.

La felicidad y cordialidad que irradiaba era realmente abrumadora. Esa tarde me pidió que la acompañara a una función de media noche donde proyectarían una película de Passolini.

Finalmente, dije que sí, luego de mostrarme tan renuente. Nuevamente, volví a empeorar las cosas.

– ¡Cuidado! Te puede estar usando como señuelo. –me advirtieron mis compañeros cuando les informé la novedad-

Les expliqué que era una perfecta oportunidad para sacarle información, de conocer más sus hábitos y entorno de amistades. obre todo, comprobar si de verdad estaba vinculada con el terrorista venezolano.

De no comprobarse su relación con Carlos, seria cerrado su expediente y la dejaríamos en paz. Cosa que yo rogaba muy dentro de mi.

Era demasiado encantadora como para juntarse con un tipo así, no se merecía eso. Empecé a pensar que se merecía a alguien como yo.

– Repito Fassel, cuidado, te estás arriesgando mucho, no sabemos si te está usando.

— ¿Te has detenido a pensar que podría ser una trampa?

Advirtieron mis compañeros.

– ¡No es una trampa! ¡No conocen a esa chica! Estoy seguro que está limpia, no tiene un ápice de malicia.

No me quitaron la mirada de encima cuando me fui.

Continuará…

(c) Edwing Salas 11/12/15

El hombre y la máquina

Liliya 1

La monótona melodía de los engranajes operando al máximo transpira desde los galpones grises de la fábrica de armas en Izhevsk. El vapor de las chimeneas se confunde con la espesa niebla.

Dentro, el calor del metal fundido contrasta con el avasallante invierno ruso de 1956. La línea de producción de ametralladoras, rifles, pistolas y proyectiles de todos los tamaños avanza como todos los días, gracias al ímpetu y entusiasmo de sus obreros.

Uno de los más comprometidos con la causa es Fedor Krushenko. Es el primero en llegar y el último en irse. Un ejemplo de inspiración para sus compañeros que buscan ser ese hombre nuevo que necesitan el partido y la patria.

La pasión y el entusiasmo de Fedor, entre tantas cosas que podrían definir su mente y cuerpo, formados al cien por cien, por el leninismo-estalinismo, eran el perfecto funcionamiento de la máquina martilladora que estaba bajo su supervisión.

En ella, miles de municiones, desde proyectiles de tanques hasta las balas del infalible rifle automático Kaláshnikov, eran comprimidas por el constante martillar, que sellaban la carga explosiva dentro del metal, hasta su uso en combate.

La selladora de municiones había sido bautizada por su operario con el nombre de Liliya. Antes de empezar la jornada, sus engranajes eran aceitados con absoluta fidelidad y devoción.

Al terminar su turno, Fedor se ocupaba en limpiar cada residuo y lavar con delicadeza el respiradero, una ranura vertical de aproximadamente quince centímetros de largo y ocho de profundidad, por donde la máquina expulsaba, cada treinta minutos, el gas y la humedad resultante de la condensación del calor producido por el martilleo constante.

Los pilotes más grandes del interior de Liliya, que presionaban los proyectiles de mortero, podían tocarse si introducías la mano por el conducto.

Sus compañeros reían al ver cómo trataba a la máquina. Había algo más que profesionalismo y preocupación por hacer bien el trabajo, era más bien algo que podría implicar apego a su herramienta. Un afecto platónico, sentimental.

¿Pero quién iba a criticarle abiertamente? Su comportamiento era comprensible y justificable. La soledad como forma de vida, quizás, le haga verse un poco excéntrico, pero no para convertirlo en el hazmerreír de la fábrica.

Su conducta por 17 años había sido intachable. Récord de puntualidad, reconocimiento al mérito. Compañero afable, nunca se le había visto ningún gesto egoísta o pro-occidental. Su relación con el resto del personal era cordial y hacía el bien a todos, de manera desinteresada.

Además, había millones como Fedor en Izhevsk, Moscú, Leningrado, Siberia. Hombres solitarios que vivían en fríos y minúsculos departamentos estatales, sin mujer, hijos o amigos. Sin dar señales de tener parientes lejanos o cercanos.

¿Quién podría juzgar al camarada Fedor?  Cuando la sociedad agonizaba hace tiempo, era mejor no relacionarse con nadie, salvo con tu instrumento de trabajo, para darle lo mejor al partido y a la patria.

Cuando Fedor llegaba a su frío y angosto departamento, comía siempre el mismo plato de remolachas cocidas, acompañadas de vodka, una y otra vez.

Solo deseaba dormir profundamente para que la noche transcurriese en un abrir y cerrar de ojos. Vivía para despertar al día siguiente y trabajar junto a Liliya.

Lo primero que hacía cada mañana, al llegar a la fábrica, era besar a la martilladora y preguntarle por su vida, mientras él le contaba cómo había estado su noche en el hogar.

Las miradas del resto de sus compañeros eran de un acostumbrado asombro, que pedía el cese de tan atípico comportamiento.

Se puede estar un poco tocado de la cabeza, siempre y cuando tu rendimiento en la fábrica sea el que piden los superiores. Por eso, Fedor gozaba de total libertad para dejar en evidencia sus instintos básicos y mecanizados.

El miércoles, cuando todo sucedió, la oscuridad del invierno se había apoderado del exterior desde las 15 horas. Nevaba sin piedad. Ni siquiera los 56 grados centígrados que habitualmente ambientaban el interior de los lúgubres galpones podían contener el gélido aliento del clima.

Liliya expulsó vapor y agua por el respiradero, dejando un rastro de rocío en el conducto. Fedor apareció con su rostro excitado y sonriente, desabotonó su pantalón y dejó que este fuera atraído por la gravedad.

Sus compañeros quedaron petrificados cuando Fedor penetró a Liliya y empezó un coito seco y mecanizado, al mismo ritmo en que operaban las máquinas. Nadie se atrevía a detenerlo.

Los soldados que custodiaban la fábrica se acercaron para aplicar la fuerza, pero al verlo gozar y reír con su miembro dentro del húmedo conducto de Liliya, apuntaron sus armas, esperando la orden para abrir fuego.

Fedor sentía éxtasis y confesaba a la máquina todo lo que tenía guardado dentro de sí:

– ¡Me conquistaste, Liliya! ¡Día a día fuiste construyendo esto dentro de mí! ¡Tú, que trabajas para producir destrucción!

El hombre pasaba su lengua por la máquina como si se tratase del abdomen de una Irina cualquiera. Sus piernas temblaron, el espasmo de la eyaculación se aproximaba y fue exactamente en ese momento cuando los pilotes que amartillaban proyectiles de mortero reiniciaron su trabajo.

Un grito agudo y aterrorizante opacó el rugir de la maquinaria de la factoría. Fedor se desplomó despidiendo sangre en cascadas por su entrepierna. Se le había olvidado que, una vez arrojado el vapor, los pilotes posteriores empezaban su función a los diez minutos.

El incidente de inmediato fue clasificado por El Estado como confidencial. En tan solo tres días ya había un nuevo reemplazo para Fedor.

Slodovan había sido trasladado desde los astilleros de Moscú hasta Izhevsk, para que aprendiera a fabricar municiones y, también, para que supiera que aspirar a ganar más en su antiguo trabajo era una ofensa abierta contra el Estado y la revolución.

Se salvó de ir a Siberia, tan solo porque un primo burócrata del Kremlin logró interceder por él.

El nuevo operario de la martilladora de municiones era poco sociable y no tenía el más mínimo interés en mejorar sus relaciones interpersonales. Su trato con la máquina era normal, mejor dicho, la odiaba, así como a la fábrica, su trabajo y, por supuesto, su vida.

Constantemente le llamaban la atención porque ni siquiera proveía los cuidados mínimos para que el aparato funcionase correctamente; eso retrasaba la línea de producción y los objetivos a cumplir.

Slodovan era tan solitario como su antecesor, bebía mucho vodka, comía y dormía muy poco. Sus compañeros empezaron a mirarlo como un ser con el alma corrompida por el imperialismo occidental. Alguien que debía ser apresado o asesinado cuanto antes.

Pero él no les daría el gusto. Por accidente se enteró de lo que le había sucedido al operario anterior. Los secretos de gobierno quedan al desnudo ante los rumores de pasillo y las conversaciones de comedor.

Mucho vodka, nada de cena ni descanso. El opaco sol se asomaba entre el invierno y encontraba a Slodovan con insomnio entre botellas.

Esta vez, fue un viernes, el personal trabajaba y Slodovan se despojó de su uniforme cuando la máquina arrojó vapor por el respiradero. Introdujo su pene erecto e industrial por el conducto.

Comenzó su cópula malsana e inmoral, no inducida por un loco e imposible amor, sino por las ganas de rebelarse contra todo.

El acto causó asombro. En menos de tres meses volvió a ocurrir algo tan espantoso. En la mente de muchos afloró la certeza del embrujamiento ejercido por la máquina.

Los espíritus errantes de las estepas, que arrastraban maldiciones, se habían apoderado de ese objeto inanimado y sin alma.

Los testigos, en medio de la fuerte impresión, decidieron esperar a que Liliya pusiera en marcha los pilotes posteriores. Si el bueno de Fedor pereció sin merecerlo, Slodovan tenía que sufrir ese destino con mayor rapidez.

El estertor placentero del orgasmo le llegó a Slodovan. Los obreros aguardaban expectantes a que el miembro del antipático individuo fuera aplastado.

Se escuchó un quejido de desahogo en toda la fábrica. La sonrisa perversa del joven Slodovan demostraba alivio. Los engranajes de la maquinaria permanecían inmóviles. Los pilotes del fondo estaban fijos. Nada ocurrió.

El rebelde sacó su miembro ya flácido del conducto y se puso los pantalones. Los soldados aparecieron y lo molieron a golpes de cachiporras y culatazos de ametralladora. Hasta la navaja de una bayoneta cortó sus brazos.

Liliya permanecía inerte ante todo lo que ocurría a su alrededor.Quizás ha sido la falta de mantenimiento.

-¿Qué moraleja podríamos encontrar en todo lo que pasó?

– No existe ningún tipo de moraleja en estos hechos, nada se puede aprender de ellos, así que es mejor que el olvido se encargue.

Así se refirió a este oscuro pasaje el recién nombrado coronel Mijaíl Timoféyevich Kaláshnikov en 1971, al ser interrogado vehementemente por jóvenes oficiales curiosos, que se morían por saber tan cruenta y desfachatada anécdota.

La esclavitud de las fábricas y oficinas tiene sus Liliyas, Irinas y Marías. El humano arrastra su grillete azarosamente, mientras nada en un mar de errores y debilidades.

La perdición de muchos es la carne, de otros, es el vodka y, de individuos como Fedor o Mijail, las máquinas.

 FIN

© Edwing Salas

15/03/16

Caja

Caja

Entré desnudo

Saldré en caja

Creí en la estupidez

Escéptico financiero

Los que dominan lo saben

Los dominados ni se imaginan

La nieve es conquistadora, aunque se derrita

El petróleo es prisionero: maldito y representante de lo indeseable.

Fue, es y será… esta historia

Lo peor…

Parece no haber escapatoria.

Hasta que los pies se pongan adelante

Para salir en caja y ser una semilla eterna.

Zeppelin Hidenburg

La historia que me trajo hasta aquí

Mi abuelo, quien, finalmente, murió en el año 2030, me contó una historia que me inspiró hasta el día de hoy, a ser el implacable «Data-Archeologist» que soy hoy en día.

De niña, siempre me gustó la compañía de mi abuelo y, ahora, que soy un hombre alfa serie 325421, no puedo dejar de recordar su influencia dentro de mi carrera como «le mejer» «Data-Archeologist» de «La Cino» América.

Les cuento el por qué; cuando tenía siete años, su relato sobre la tragedia del Dron Zeppellin se grabó como fuego en mi memoria.

«Cuando tu padre aún no se decidía embarazarse, ocurrió una tragedia mundial, que nunca nadie se atrevió a atribuirle a nadie en particular, ya que existían cincuenta y tres guerras activadas, pero para ser lo más resumido posible, el inmenso Dron Zepellin para quinientos pasajeros, construido por Gran Bretaña, se precipitó a tierra un veintiuno de abril de dos mil veinticinco, dejando el terreno donde cayó, tapizado como si se tratara de cachemira carmesí, el cual, aún permanece, tiñendo los suelos de New Jersey».

Esa introducción, más todo lo que él me contó, esa noche cuando pretendía dormirme, mientras mis padres iban por hongos y parejas swingers, me inspiró a llegar hasta donde estoy ahora.

Hoy, lidero la excavación de Los suelos carmesí, y debo decir que, lo que he encontrado es fascinante. Procedo a dejarlo todo en el chip de mi memoria supra cerebral, pero la misma no puede terminar el proceso de grabación y subida a la nube de registro porque un reflejo infrarrojo interrumpe la grabación de la data.

Ya descubrí el origen de los destellos infrarrojos, parece que me apuntan…

NO DATA

NO DATA

NO DATA

NO DATA

FIN

(c) Edwing Salas

La caravana secreta

Charles Darwin en Argentina
Charles Darwin

La caravana secreta es como la marabunta europea

También deambula…

Obviamente, en tierra argenta.

No hay preguntas, ni respuestas.

Tan solo es una herencia

No se revela, pero cada uno, y una-une, vela por ella.

¡Qué gran ombligo! El del mundo occidental

La vinchuca que mordió a Charles Darwin,

Condenándolo al mal de chagas, hasta el final.

Y el capitán Robert Fitz Roy, ardía de ganas por dar a conocer a los yaganes.

Una historia de princesas y sultanes.

La caravana secreta se desplaza…

Arrebata, abraza, arroja todo a las brazas.

No pasa nada, ya todo pasó; y va a pasar con más fuerza.

Hay montañas, en una cara marrón, que merecen la exterminación.

No hay derecho, no existe autorización, para hablar de la caravana secreta.

Aunque haya sido vista, en cada corazón, cada sentimiento, en tu visión.

Los hilos caen por la gravedad, para manipular marionetas.

Pero no se ven, siquiera las manos, que las manejan.

Quizás, todo salga a la luz, cuando se estrelle contra todo, la caravana exploradora.

La caravana secreta.

FIN

(c) Edwing Salas

La aparición de un faro

La aparición de un faro

La vi aparecer y me preguntó cómo estaba; le dije la verdad sin filtros y eso la descolocó.

Hablamos de sabores, preferencias y de lo que mi temperamento agitado podría recibir para calmarse. Pero al verla en detalle, en verdad, no le fui del todo sincero sobre lo que me gustaría recibir de ella, por su sencillez y calidez humana.

Ella sí fue sincera sobre lo que necesitaba: tener un rápido contacto con azúcares antes de empezar a tener dificultades. Aunque creo que estaba exagerando, sin embargo, unos minutos después me di cuenta de que su personalidad tenía mucho que ver con las mieles de la existencia que resplandecen en los momentos necesarios.

Tomó la iniciativa y extendió su mano cerrada en puño. Al abrirla, dejaba ver el brillo dorado de un pequeño cofre con dos corazones carmesí en su interior.

Su intención era darme coraje y decirme que no estaba solo en la tormenta. Sin embargo, dicho gesto causó el sentimiento correcto, pero la respuesta equivocada.

«Soy un hombre, estoy acostumbrado a lidiar con problemas que a nadie le interesan».

Ella se opuso a mi respuesta y, la verdad, lo que me había afectado realmente es que, como desconocida, me estaba dando mucho más de lo que yo hubiera imaginado, al atravesar circunstancias normales, directamente inherentes a la naturaleza de mi realidad desde el inicio de este periplo llamado “la vida”.

Finalmente, yo también estaba en shock, porque durante unos segundos creí en la existencia de los ángeles que se materializan brevemente en momentos de angustia para dar un mensaje: «Yo te amo. Adonai te ama».

Como un hombre mundano, curtido en derrotas, decidí rechazar el mensaje y el presente que traía consigo. Sencillamente, un ser como yo no cree en ese tipo de fenómenos, principalmente porque nunca fui preparado para recibir y entender la aparición de faros esperanzadores que surgen en medio de las tormentas.

FIN

(c) Edwing Salas

Si Charles Bukowski hubiese nacido en el tercer mundo, hubiese fallecido como un completo anónimo en la ignominia total.

Lo que opino de corazón sobre la obra de Charles Bukowski
La Notte

La noche

La noche refugia pasos relajados que van al confortable cuchitril

La noche es peligrosa, sorpresiva y estimulante

La noche es la falta de luz…de cada vida

La noche ilumina todo aquello que no se ve en el día

La noche me invita de nuevo a cabalgarla

Tengo que hacerlo porque atravieso un desierto

Desconozco su extensión

O el tiempo que se llevará

Cruzar o claudicar

La noche es espejo para los miserables

Más que para los venerables

La noche es incansable

Es en lo que termina cada ocaso

Me vuelvo a fusionar con ella

Sin la certeza de poder ver otro amanecer

Así lo dice la mano,

La que en la existencia ha tocado

Sin embargo, ya es más fácil el hartazgo

Aunque solo aúlle desde adentro

La noche es más condescendiente con la juventud

El deseo y la suerte

La rima siguiente es la última que debería ser decente.

(c) Edwing Salas

Locura creativa literaria

Loco por crear

Estar loco no es sano, peor aún, es permanecer en un estado demencial por crear algo todos los días, que, como en mi caso, no se traduce en buscar la cura contra el cáncer o hallar el algoritmo que haga que todo lo que publiques en tus redes se haga viral.

 Más bien, es demencia por querer escribir historias sobre todo aquello que veo, lo que vivo o lo que puedo imaginar en una sabia conversación con grandes amigos.

Desde niño fui programado para sentir vergüenza por alguna inclinación que no fueran los números o las ciencias exactas, porque ciertamente, serían los números los que me sacarían de mi estatus social, no las letras, y es así como, por no hacer caso, es que he vivido como un condenado. Nada que ver con Lestat y esos putos vampiros idealizados ¡Condenado en serio mutherfuckers! Al estilo LATAM.

Porque la realidad es que la creatividad, la escritura, el cine y todas las manifestaciones artísticas están reservadas para un@s cuant@s seleccionad@s del olimpo. Y ahí, es justamente cuando entra en juego rápidamente la medición de la performance, del talento, la disciplina y sobre todo, la separación entre lo bueno que crees que eres y lo bueno que en realidad eres.

Particularmente sé, que no soy de escribir extensas novelas, ni siquiera, novelas cortas o medianas. Soy más bien, de escribir cuentos cortos, relatos, copys, tweets y artículos.

Soy muy ansioso o muy poco adaptable a los procesos largos de creación. Procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino y leo. Me revuelco con libros y tengo orgasmos con los white papers de cualquier informe sobre buenas prácticas en redes sociales.

En cambio, me encanta escribir largometrajes: doscientas, ciento veinte, noventa páginas, no son nada para mí, a la hora de poner personajes en una pantalla, por eso, intento regresar a ello cada vez que puedo, pero igualmente, cuando asumo este proceso, también procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino y leo. Tengo orgasmos con cortometrajes, películas y cualquier libro sobre Hitchcock, Michael Mann, Gordon Parks, Román Chalbaud o Akira Kurosawa.

En este momento estoy escribiendo un nuevo largometraje, claro, dentro del tiempo que tengo; le cambié el nombre: antes se me había ocurrido algo que sonara como «La noche de nuestras vidas», pero ahora, se llama «Criaturas de Buenos Aires». Ese título podría llegar a Cannes, de hecho, es el único festival al cual me gustaría asistir.

Borré a la 363 de mi LinkedIn, porque pasó de ser una luz de esperanza cuando atravesaba los momentos más difíciles como guionista amateur que creaba su primer largometraje comercial, con 26 años, a tener que verla muchos años después como «filmmaker de éxito», viviendo en Barcelona.

Hace mucho tiempo que tampoco escribo poesía. Perdí totalmente el interés por ese amor primario a describir con metáforas todo aquello que pasaba o sentía. Tengo la impresión de que ya es una expresión obsoleta y sin propósito alguno.

No puedo dejar de pensar en el maldito Bukowski, porque siento que nací con ese tipo de estrella con puntas melladas, pero luego reflexiono y digo: «El hijo de puta estaba viejo, pero aun así, lo logró. Claro, nació en Norteamérica. Vivía en Los Ángeles y parece que allá, por muy maldito que sea todo, si alguien cree que tienes talento, vas a lograrlo al final»

Eso es más difícil en la vereda donde uno está, y además, sin certeza de tener siquiera un 1% del talento y la suerte del «Buko».

«Está jodido compadre» – como dirían los mexicanos- pero, ¿Ya qué puedo hacer? Es la que hay. Igualmente, procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino, leo, me revuelco con prostitutas y tengo orgasmos con las otras chicas que veo felices con sus vidas dentro de las redes sociales.

FIN

(c) Edwing Salas

Matar a un perdedor

Parque en Buenos Aires
Matar a un perdedor

¿Matar a un perdedor debería ser una tarea fácil y frecuente? 

Así ha de ser, porque es una especie que abunda con exabrupto en la tierra. Borrar cada pálpito, cada aliento, cada meta, cada esperanza, cada conciencia. 

De hecho, matar a un perdedor ya es una tarea cotidiana. Sucedió, sucede y sucederá por milenios hasta que el último se extinga, para dar origen la perfección del reinado de los ganadores  y su canibalismo incestuoso, que tampoco tardará en exterminarlos a ellos mismos, pero por lo menos son la manada dominante y faltarán siglos antes de que desaparezcan.

Los perdedores y los ganadores van muriendo día a día, salvo que los primeros experimentan más agonía, porque la llevan consigo desde su primer despertar a la realidad y su pesada herencia de circunstancias ruinosas. 

Mueren a diario, de forma natural, ganadores y perdedores, porque se van suicidando a cuentagotas, los primeros, porque  siempre quieren tener un vuelo más alto, nunca será suficiente altura hasta que sus alas son quemadas por el sol, tal y como se describe en la leyenda de Ícaro

Por el contrario, los últimos se van quitando la vida con la miseria o la fatalidad de sus ingenuas aspiraciones, queriendo tener alas con las que no nacieron o peor aún, siendo felices con lo que les tocó, propagándose como polvo en un paisaje árido. 

Ganadores y perdedores también se suicidan de las maneras clásicas, a ambas especies les atormentan las mismas fuerzas oscuras que se activan en su interior, aunque son quienes no ganan los que deciden finalizar el juego al saberse perdidos dentro de una inútil apuesta.

¿Matar a un perdedor es lo que quiere un ganador?

Posiblemente, pero sabe que sin la existencia de los perdedores, no habría oportunidad de pavonearse como dominadores del juego y tampoco quienes se dediquen a oficios indignos que  garanticen su comodidad en el tablero de ajedrez.

¿Un perdedor querría matar a otro perdedor? 

Por supuesto, es tan factible como que un ganador quiera matar a otro ganador, al saber que su par podría superarlo en algún momento. También, un perdedor, a cierta edad, se da cuenta de que, para terminar exitosamente con todo, aunque sea una vez, tiene que matar al derrotado que lo mira fijamente enmarcado en la pared del baño o la habitación.  

FIN