
Ahhh, Latinoamérica…ese hermoso paraíso gobernado por narcos y corruptos.
Una espectacular geografía llena de una impetuosa juventud fanática al reguetón y la cumbia, capaz de cosas tan lindas como vaciarte una cacerina entera en la cabeza, por tan sólo 200 dólares o simplemente buena reputación ante un jefe de territorio.
¡Cómo te extraño maldita!
—Hank,¿estás aquí?
Inga, su inmaculada novia danesa, lo había traído a tierra estrepitosamente con su acostumbrado y sensual inglés perfecto.
Henry le devolvió un improvisado «Sí, claro que estoy», también en perfecto inglés.
La piel morena de «Hank» a veces ponía en duda su ascendencia europea, pero las dudas se disipaban rápidamente cuando la gente veía sus propiedades, joyas y todo lo que era capaz de conseguir o poseer.
En realidad, esa vida toda resuelta en Copenhague le gustaba muchísimo, había trabajado hasta desfallecer para ganársela.
Desde estudiar varios idiomas hasta aprender cómo usar un smartphone para inducir un infarto a una persona totalmente sana, usando desde un televisor hasta un microondas, siempre ayudándose con un auricular como puente para todo.
No quería saber más nada de sus amigos de la infancia, parientes o alguien que lo conectara a su pasado lleno de resiliencia y pragmatismo.
Sobre todo, no quería saber de la última gente para la cual trabajó.
«Les debo toda mi fortuna a esos malditos. Dieciocho años a su servicio.Si la justicia me atrapa vivo, serán al menos 13 cadenas perpetuas.Pero si ellos dan con mi paradero, les pediría que, por favor, me envíen rápido al infierno que merezco. No quiero sufrir dentro de esa maldita alcantarilla caraqueña donde me llevaran.»
Tenía días revisando su celular de manera compulsiva. Esperaba alguna cadena de spam, un meme o algún video en broma que terminaría con el estridente audio de Alexis Texas. Pero todo era lo mismo. Ninguna señal.
Inga lo contemplaba con su habano y su copa de whisky frente a la alberca. Su mirada iba hacia su Iphone y al cabo de unos segundos, volvía y se perdía en el atípico cielo azul, bañado por un sol que parecía sacado de las playas que habían visitado en Punta Cana.
Moría por saber lo que le ocurría a su querido «Hank», como ella lo llamaba. Temía que pudiese tener una amante, o peor aún, que estuviera nervioso por la boda.
Sabía que le había arrebatado su orgullosa soltería. Se sentía afortunada de haberlo atrapado finalmente.
No tenía el patrimonio de los primeros candidatos que escogió para pasar al estatus de casada, pero sabía que él era noble, comprometido y siempre encontraba la solución a cada problema. Además, sus inversiones en las startups de inteligencia artificial iban muy bien.
Estaba segura de que todo se resolvería, todo era parte de los nervios del típico soltero acaudalado de cincuenta años que había quemado todas las etapas y solo le quedaba sentar cabeza.
«Son el cielo y el sol inusualmente radiantes en Copenhague», pensó. Era eso. Se sintió muy aliviada de ser tan estúpida. Así que quedó lo suficientemente autoconvencida de que no existían amantes ni cualquier otro muerto en el armario .
Sabía que su futuro marido tenía ancestros caribeños que lo hacían impulsivo y apasionado. Ella y todos aquellos nacidos en el frío de la perfección idealizaban ese ADN salvaje dentro de Hank.
Esa herencia ancestral le permitía tener esa intuición que, a veces, lo hacía actuar como un desquiciado, pero ella, después del pánico y la incertidumbre, descubría que era por actos de puro altruismo.
Como cuando arrancó su Maserati en retroceso y, por accidente, atropelló a dos motociclistas que estaban estacionados de manera improcedente , justo a la salida del estacionamiento del restaurante donde cenaban, en Mónaco.
Resulta que los individuos estaban preparando una emboscada a una persona que supuestamente tenía un precio por su cabeza. Inga odiaba aceptar que existía una realidad así.
Ese recuerdo también le trajo a su memoria la vez cuando en una ocasión, durante una de las fiestas privadas del festival de Cannes, pateó certeramente a un hombre alto y rubio con Smoking, hasta hacerlo caer en seco contra una de las filosas aspas de uno de los yates que estaban anclados en el lugar.
Al parecer, el individuo desnucado se hacía pasar como uno de los dobles invitados, pero sus verdaderas intenciones, según se supo después, eran las de matar a un director norteamericano que amaba demasiado a Rusia y siempre le gustaba andar muy drogado.
Inga no recordaba el nombre del director, nunca había oído hablar de él,ella solo recordaba con claridad el hecho de tomarse fotos con Brad Pitt y Margot Robbie.
-Inga, ¿estás aquí?
Hank la trajo inesperadamente a tierra con su perfecto inglés. Ella aterrizó en picada, muy avergonzada por haber sido sacada de sus cavilaciones con su misma técnica. Él por fin tenía su atención y ahora la poseería hasta entrada la medianoche.
La alarma digital marcó las 7:00 AM del lunes. Hank lamentó despertar por instinto y volteó para posar su pene en forma certera en medio de la mística ribera donde se ubicaba la estremecedora triple frontera de Inga.
Ella sintió el temprano llamado al sexo y aunque ya se sentía más que satisfecha desde la noche anterior, decidió empezar su semana llena de energía.
La cabina de la Land Rover de alta gama, correspondiente a ese año en curso, de Hank, estaba colmada de audios de la BBC de Latinoamérica en donde seguían narrando por octogésimo octavo día hechos impactantes de águilas gigantes haciendo rapiña contra los Goliaths del Diablo.
Gotas de sudor salieron de sus sienes. Apagó la radio. Decidió relajarse con algo de la Filarmónica de Los Ángeles. Escogió «El pájaro de fuego», de Igor Stravinsky, una de las mejores versiones que había escuchado últimamente.
Hank estacionó su vehículo en el espacio reservado para el CEO, tal y como era costumbre. Se bajó y revisó sutilmente su traje, su cintura y la parte superior de su tobillo, verificó que todo estuviese en orden. Venía sufriendo de ese leve T.O.C., hace poco, no iba a decir nada al respecto. Se iría de pronto, en cuanto regresara la habitual tranquilidad.
«Bueno, llegó la hora de seguir haciendo plata». Estaba convencido de que los chinos y los argentinos que invertían en la StartUp eran de los suyos.
Solo tenía que mantener a raya a los locales, los daneses. Esos sí que no tenían idea de lo que son empresas de tecnología con configuración «sin códigos».
Presionó el botón del ascensor y este tardó quince segundos en llegar al subsuelo donde se encontraba. Las puertas se abrieron, mostrándole en frente una princesa nórdica, así con el porte de su Inga, pero con apenas 18 años.
Ella le sonrió y salió mientras ajustaba Spotify en su smartphone y sacaba sus auriculares para usarlos. Hank se movió lo más rápido que pudo, pero no pudo evitar ser «puenteado».
Lo último que alcanzó a pensar fue: «¡El mundo se fue a la mierda! También en Dinamarca hay juventud fanática del reguetón».
FIN
(c) Edwing Salas










