Maldito Civil – Parte 1-

Nueve meses de intenso trabajo para sacar adelante sus proyectos en la capital, donde había experimentado toda clase de dificultades, ya cuando estaba a punto de cuajar tanto esfuerzo, el país comenzó a incendiarse.

La demencia y la violencia creciente entre los fieles al gobierno y quienes despertaban tempranamente advirtiendo la neo dictadura, se convertiría en la estocada final que llevaría al traste todas las actividades nacionales y, por consiguiente, los proyectos de Alcides.

El paro cívico que mantenía cerradas todas las empresas y comercios, incluyendo, la industria petrolera y sus derivados, se había intensificado como medida de presión para contener las arbitrariedades de la cúpula que con tan solo tres años al poder ya mostraba el camino a seguir hacia una hegemonía personalista.

Obligado a regresar a su tierra, maldiciendo profundamente el autoritarismo del gobierno, que se había convertido en poco tiempo en una fuerza envilecedora del espíritu y las acciones de todos los habitantes que esperaban la ansiada mejoría y cambio.

– A Chávez nunca lo van a sacar de ahí

Le dijo con una sonrisa pródiga su compañera de asiento en el bus hacia Maracaibo, era una señora Wayuu que rondaba los 50 años.

Alcides siempre tenía problemas con la autoridad, era apenas un ingenuo recién graduado y aún mantenía esa natural propensión a adversar todo lo que representaba abuso de poder. Empezó a detestar al presidente y la verdadera naturaleza del poder militar que le rodeaba.

Había participado en las revueltas y escaramuzas que se estaban dando en Caracas, para derrotar el avance de la invasión cubana, pero pronto, ese entusiasmo e ímpetu se vieron minados por el atentado en la Plaza Altamira.

La percepción de falsedad, el miedo y la derrota de las iniciativas que propiciaron la rebelión civil, le hicieron desconfiar también de  militares disidentes y civiles, cuyas verdaderas intenciones, la historia debería encargarse de juzgar.

Pero, muy a pesar de todo, en el pensamiento y sobre todo, en el fuego de su corazón, Alcides tenía la idea de continuar la lucha desde su ciudad natal, bastión de la resistencia.

Luego de la emotividad y frustración producida por el regreso intempestivo, Alcides se puso en contacto con sus amigos y con ellos se dedicó a ir a toda marcha y cuanto evento de protesta civil se realizase contra el gobierno opresor.

Tropezó con la conciencia de clases a muy temprana edad. Devoraba libros, pero eso no necesariamente se traducía en excelentes calificaciones, los libros escolares eran algo muy distinto a lo que él sacaba desde niño de la biblioteca de su casa.

Ese encuentro con la conciencia de clases no fue nada grato, se dio cuenta que era el único que no estaba “acomodado”, como el resto de su círculo social y, al mismo tiempo, se percibía con una serie de aptitudes, sensibilidades y opiniones que el resto de de sus amigos no tenían.

Creía firmemente que la movilidad social podía realizarse trabajando duro y preparándose cada vez más. Había leído sobre el llamado “Milagro alemán”, ocurrido en el país germano en los años 70’s. Ejercicio máximo de inocencia juvenil.

Había grandes obstáculos: la paranoia colectiva, la huída de capitales, la corrupción, la cultura de castas, el plan gubernamental, en complicidad con importantes entes económicos, de empobrecer cada vez más al pobre y enriquecer groseramente al rico.

La calle se volvía más volátil con el pasar de los días. Gente de la clase media, al ver amenazado su Status Quo, se enfrentaba abiertamente con militares pretorianos, quienes cumplían órdenes con el mayor de los desparpajos.

En las clases populares también existía muchísimo descontento ante el comportamiento oficial, pero en esa época, la mayoría aún estaba en manos del caudillo.

La división de clases, profundizada por el régimen, ya era el aire contaminado que se respiraba por doquier.

  Continuará…

(c) Edwing Salas

14/11/13

Maldito Civil – Parte 2-

La gente con la mayoría de sus necesidades cubiertas veía a quienes poseían escasos recursos como parásitos que afeaban el paisaje local. Incluso, en el principal partido de oposición que se erigió como cabeza de la lucha, le negaban la entrada a sus filas a gente con exceso de melanina en la piel, y cuya forma de vestir, no fuera como la de ellos.

Había desconfianza, los unos miraban a los que venían de la mayoría territorial como “chusma”, “salvajes”, “monos”, infiltrados cubanos o del gobierno.

En el otro sector, la historia no era diferente. Los pobres veían a los “pálidos” que vivían en quintas y apartamentos como los “ricos”: ladrones de su presente y su porvenir, gente que les miraba por encima del hombro.

Siempre ha existido un contenido negativo por herencia hacia quienes venían de la masa o “pueblo”, debido a la no superación de la cultura de castas. Por esa razón, el resentimiento y la envidia movían los despiadados pasos y acciones de los “Juan Bimba”, quienes se sentían culpables sin culpa, apoyados, y también odiaban sin pizca de remordimiento a los ricos.

El líder clarificador les aupó para que se sintieran orgullosos de lo que eran y por tanto, que no cambiasen. Él se encargaría de sus problemas y les ayudaría siempre.

La situación se tensaba más por la sintonía que acaparaban los medios de comunicación privados, quienes luego de meterle por los ojos a todo el país la figura del mesías político durante media docena de años, a pesar de su historial comprobado de violencia y muerte, se dieron cuenta tardíamente que el “monigote” no era tal y que traía con él gente ajena para hacer su propia fiesta.

Desde los medios oficiales la ofensiva era aún peor. Señal de que la politización y polarización del país era seria e indetenible. Llenando de confrontación todo lo percibido y expulsado por nuestros cuerpos.

En el seno de la fuerza armada, el veneno había corrido lentamente durante años, el sistema entero ya estaba gangrenado, dejando ver una cara nunca antes vista por la generación contemporánea.

Tan solo padres y abuelos sentirían el temor de la primera mitad del siglo XX y experimentaron el remordimiento de no haber orientado u opinado cuando se debía, quizás, porque el recuerdo lejano no se veía tan nítido como se apreciaba la nueva imagen falseada de ese momento.

La rabia e indignación de Alcides era la respuesta natural ante tal bombardeo, que ponía en peligro su futuro como ser humano del siglo XXI.

Tanta información sin digerir, o procesada de manera mediocre; intencional o aleatoria, entraba en todos los formatos y por los principales sentidos, mientras, el gusto se llenaba de amargura, el olfato recibía cada vez más fetidez y el tacto se perdió completamente.

Llegando cansados de una marcha, Alcides y varios amigos se agruparon frente al imponente televisor que ocupaba el living de Arturo, para ver los últimos acontecimientos generados por las continuas manifestaciones y la represión en pleno paro nacional.

Observaban con estupor cómo su nación se había convertido de la noche a la mañana en uno de esos países conflictivos del hemisferio.

Ver al gobierno actuar de esa manera en compañía del ejército les causaba profunda rabia y frustración. La posibilidad de un régimen represivo dictatorial en ciernes era tan real como el apoyo de millones de personas, que veía en ese momento la posibilidad de ver sufrir a los ricos e imponérseles.

Alcides se sentía alienado, su condición debía impulsarle a defender al gobierno, pero no era así.

Las expresiones de los jóvenes frente al televisor eran un poema maldito que carecía de cualquier sana metáfora.

Las imágenes en pleno desarrollo que atravesaron los ojos de Alcides y sus amigos les removieron las profundidades del ser: un guardia nacional embistió a una de las mujeres de la protesta y la estrelló contra el pavimento, como si tratase de quebrar su cuerpo, tal y como se quiebra una botella en un arranque de ira descontrolada. Una de las miles de gotas que rebalsaron el balde.

Se hacía tarde, Alcides, sumamente impresionado, decidió tomar su morral y emprender el camino a casa, a treinta kilómetros de ahí, al otro extremo de la ciudad.

Durante todo el camino, lo contemplado se repetía en su cabeza, una y otra vez: un hombre uniformado humillando fríamente a una mujer indefensa. La tristeza, la impotencia e indignación fueron carcomiendo por dentro.

 Continuará…

(c) Edwing Salas

14/11/13

 

Maldito Civil – Parte 3-

Se bajó del bus en el kilómetro 4. Todavía le quedaban tres kilómetros para llegar a su casa, los cuales, cubriría caminando.  No tenía más dinero para agarrar otro transporte. Mientras iniciaba la ruta contemplaba el paisaje lleno de subdesarrollo y decadencia. Se interroga a sí mismo por qué le había tocado esa vida.

Un camión militar repleto de soldados se aproximaba y en cuanto pasó junto a él, todas las iras se acumularon en su boca, cegando la razón.

–  ¡Malditos!, ¡Jala Bolas!

Al recuperar su sensatez se vio parado en la orilla de la carretera, mientras, el automotor verde oliva se detenía en la acera de enfrente y cinco soldados bajaban de él. Alcides no corrió, se quedó ahí parado con una sonrisa muy forzada.

El miedo hace que uno se comporte de manera tan extraña que, a veces, exteriormente se demuestra todo lo contrario.

– ¡Estás detenido! ¡Vamos pa’l camión!

-¿Por qué?

-¡Por falta de respeto chico!

-Pero si eso no era con ustedes, era con un amigo que iba pasando.

-¡Pa’l camión y te sientas en el piso!

Alcides obedeció en silencio, había muy poco que negar. Su mente quedó en blanco al saberse como una pieza de ganado que va resignada al matadero.

-¡Por jetón! –pensó-

El transporte militar avanzaba. En el furgón había seis bidones de combustible y 12 soldados entre 18 y 24 años, todos de piel tostada como la suya.

Le rodeaban con mirada de sabers al mando de la situación. El disfrute del castigo se les avizoraba en sus expresiones de intimidante escrutinio hacia el prisionero.

– ¡Te la das de arrecho maldito civil! ¡Ahora vas a saber lo que es bueno! ¡Por culpa de ustedes nos tienen trabajando desde las cuatro de la mañana hijos de puta! ¡Te vamos a coger y te vamos a matar!

Alcides tragaba grueso. Su arrebato le había salido caro. Pensó en los desaparecidos de Chile, Cuba, Alemania. Sería una estadística de otro gobierno totalitario que se levantaba. El rostro de su madre llena de dolor le erizaba.

Observando desde su posición hasta el exterior podía intuir por donde se desplazaban. El camión cruzó por la carretera unión de Sierra Maestra. La ventanilla de la cabina se abrió y el conductor uniformado habló.

-¡González!

–  ¡Mande mi sargento! – responde González con la típica prestancia de un soldado bien entrenado-

– Este escuálido no sabe que por nosotros es que tienen gasolina y alimentos y todavía nos llama jalabolas (chupamedias) y malditos ¡¿Qué le sale?!

-¡MIERDA! – gritan todos al unísono-

El sargento cerró la ventanilla de la cabina y volvió rápidamente a poner la vista en el camino. Alcides bajó la cabeza.

Uno de sus torturadores más fanáticos intentó patearlo, pero fue detenido por un cabo que de inmediato impuso respeto y cordura. La expresión de este demostraba desacuerdo con lo que ocurría.

-Permiso para hablar mi cabo -se aventuró Alcides, mirándole a los ojos en otro arrebato de pánico y calma-

Recordaba perfectamente la jerga y rangos militares, debido a sus clases de instrucción premilitar en el liceo. Y sus intentos fallidos por entrar en la escuela de oficiales de la Guardia Nacional.

-!Hable! ¡¿Qué tiene que decir?!

– ¡Si! ¡Habla! ¿Cuáles tu última voluntad? – preguntó uno de los soldados soltando una ruidosa carcajada que se contagió en todos los presentes, excepto al cabo-

El camión dobló una esquina e inmediatamente se detuvo frente a una casa. El sargento bajó junto a otros dos uniformados. Alcides no soltó palabra alguna al percatarse de su presencia.

-¡Entonces! ¿Con que somos unos jalabolas? !¿Por qué?! Porque no andamos traicionando a la patria como ustedes.

Uno de los soldados agarró al prisionero por la parte trasera del cuello de la camisa y lo hizo a un lado, mientras, otros efectivos rodaban los bidones hasta bajarlos y llevarlos cargados hasta el interior de la casa donde habían llegado.

El sargento fue hasta allí para indicarles a sus subalternos donde irían los recipientes de combustible. Alcides al ver este movimiento se indignó aún más.

– Mi cabo, ustedes saben que esta no es la manera. ¿Por qué hacen esto? – por fin, logró expresar Alcides lo que pasaba por su mente al verse solo con él-

-Yo solo cumplo órdenes, no puedo hacer nada, mejor cállese y esté tranquilo.

El sargento salió de la casa con un filtro y empezó a repartir agua entre todos los soldados.

El cabo fue a reunirse con el grupo. Alcides aprovechó esos momentos a solas, para reflexionar. Agarró con fuerza su bolso, en cuyo interior llevaba un litro de vinagre, pañuelos, pintura en aerosol negra y una gran pancarta doblada que decía “¡Chavéz! ¡Renuncia ya dictador!”.

Aceptó su destino incierto. El sudor frío brotaba a chorro de sus poros. Sus labios se resecan. El latido de su corazón se siente profundo. No había mariposas en su estómago, eran ratas.

La tropa miraba y se burlaba del detenido. Pronto avanzaron hacia él. Retornaron al camión mientras el sargento regresaba al interior de la casa con el filtro. Luego de unos segundos, apareció con su mujer embarazada y se despidió cariñosamente de ella. Se acercó hasta donde estaba Alcides.

-Bueno, ahora si nos vamos a encargar del pajarito este.

Se montó en el vehículo y lo puso en marcha en cuanto encendió el motor. La calle maltrecha por los huecos se sentía por el vaivén del transporte pesado, mientras, seguía el sendero hasta retornar a la autopista principal número 1, para ir en dirección hacia el gran puente.

Quizás sería lanzado desde la pila 21, la parte más alta de la estructura. Pronto ese pensamiento fue descartado por el joven de piel tostada, como la de los militares que le custodiaban.

Seguramente le encerraran y lo pesentarán ante los medios como un desestabilizador capturado en plena conspiración contra las fuerzas armadas, quienes desplegaron su labor de socorro a los pobres, mientras, el país es víctima de un plan internacional de guerra económica y sicológica.

Miles de formas de tortura, escarnio público y muerte desfilaron por su mente como un catálogo infausto. Cada inhalación de aire se hacía más pronunciada. Nunca debió regresar a esa puta ciudad, o mejor dicho, debió haber salido del país aunque sea por tierra.

El transporte militar se fue orillando despacio a la derecha hasta detenerse. Los latidos de Alcides se aceleraron, ese era el sitio. El sargento bajó y se dirigió a él.

– ¡Bájate!

Alcides obedeció. Ya afuera, se dio cuenta que estaban al lado de un estadio de softbol. Estaban en plena autopista 1, donde escasos vehículos pasaban, veloces.

-¡Cinco y no te veo maldito civil! ¡Cinco y no te veo!

Le iban a disparar por la espalda. El recién liberado no quería correr.

-¡CINCO Y NO TE VEO!

Alcides emprendió la carrera, esperando escuchar las repetidas percusiones de las ametralladoras. La abundante arena hacía lenta y enredada su locomoción, pero aún así, desarrolló fuerza y velocidad persiguiendo la libertad y el sueño de trabajar, ahorrar dinero, independizarse, comprar una casa, un carro y tener una buena mujer.

Corrió como nunca, buscando el norte y al cabo de tres minutos, se detuvo y volteó para darse cuenta que sus captores ya se habían marchado.

El sabor a muerte en su boca y toda la entrega de un condenado se convirtió en una rabia tremenda al tener que irse caminando hasta su casa, que ahora, se encontraba a nueve kilómetros de distancia. Hubiese preferido la muerte de un inadaptado, a tener que cubrir tal distancia a pié.

Al llegar a su casa, observó a su familia y agradeció estar con ellos. Se miró en el espejo de su habitación y por primera vez, vio lo poco que era.

Relató el hecho a su grabadora de voz y guardó las pequeñas cintas magnetofónicas para cuando llegara el momento de tener que plasmar lo ocurrido para la posteridad. Nunca contó lo ocurrido a nadie.

Al cabo de un buen tiempo, encontró las cintas magnetofónicas y se dio cuenta que ese hecho permanecía aún intacto, grabado en su memoria.

Ese episodio cada vez menos grave, visto desde la distancia de los años, salía a flote cada vez que veía a los militares, de la mano con el gobierno, imponiéndose a la fuerza ante los malditos civiles que aún quedaban en el país y que todavía tenían la valentía, el arrojo y la demencia de la dignidad.

FIN  

© Edwing Salas

19/11/13

 

 

Publicado 19th November 2013 por

Masa/Kaze

Masa

Eres la expresión de la que siempre huyo

Mantengo distancia de tu herida abierta

cuyo pus de sabor hipnótico puede infectarme

Esa pose y desenfreno kamikaze

son virtudes que brillan en tus ojeras

El delgado manto en tus pómulos,

hace de tu mirada un fuerte documento de tu alma en llamas

Tus palabras se interponen ante mis ojos

el espiral desciende indetenible

Y mi adicción, aunque virtual, raya la cordura

convirtiéndola en un polvo que se lleva el tiempo acelerado

Contemplo las fábulas ninfomaníacas

muletilla que hace alarde de carencias

reflejo de todas las épocas débiles

Esos periodos que no se sostendrán sobre cajas de fósforos

Frases y sentencias se mezclan con vodka, ginebra y presunción

Acercando  el tiempo imposible

De tu momento eres reefer y con los de tu período vas

Adelante se arrastran los rezagados sin nacer

Eres gota que cae siempre por el mismo orificio

Aunque la tormenta sea eléctrica

Te persigo en reversa para evitar el choque de las realidades

Es genética, tu piel tostada, en el fondo, busca aclarar.

Soy sombra reflectora, enmudecida

Es la herencia

La lógica regla

El saldo de la libertad

El baño dorado sobre leña ardiente

Por muy torcida que sea la senda

nunca se sale por las orillas sin cerradura

Eres musa, difusa, confusa y obtusa

No creo, no hablo, no deseo

Verbo envenenado con turismo de pieles

Te dedicas a repetir lo que te han hecho

para mantener tu imagen ante un maltrecho espejo

No existe interés en la penumbra

cuando nadas en vacío

en el fondo están tus bienes y raíces

La lucha por mantener tu clase

Dejo pasar las secas aguas por el cause de una antorcha natural

No han de ser probadas, deben dejarse andar

No recuerdo sed, conmoción, libra, kilogramo, expectación

Fuerza de atracción versus el gran poder de la separación

Magnética

Nociva

Entrañable.

 

(c) Edwing Salas
23/10/13-29/10/13

Una mujer llamada Venezuela

 

Bonaje Venezuela 2029

– ¡Cállate! ¡Maldita puta! ¡Sigue mamando y deja que Alejandro el cubano te siga rompiendo el esfínter!

La mujer contiene las lágrimas, pero deja escapar lo que parece ser un grito de dolor a través de la mordaza. Su dominador continua el juego de roles con mucha seriedad.

– Tu sabes que nadie te tratará tan bien como te hemos tratado mi padre y yo. Esos sifrinos (chetos) de mierda te aborrecen  y te veían como una pobre arrastrada de barrio. Agradece que yo te estoy cuidando, que yo soy como tú. Vengo del mismo lugar. Junto con mi hermano Alejandro te haré muy feliz.

El dominador la agarra por el cuello, aplicando una llave de lucha libre, tras unos segundos el rostro de la mujer se pone colorado.

Sentado en una silla, mirando el espectáculo con deleite, un viejo con uniforme verde oliva se masturba mientras una asiática menor de edad, también desnuda, le sopla cocaína en la cara.

Así transcurre la vida de Venezuela, mujer muy linda, pero no muy inteligente. Su crónica ingenuidad y sus constantes fracasos sentimentales la han convertido en una persona llena de vicios y con una autoestima que le ha hecho perder su norte e identidad.

Sin embargo, ella cree ser feliz y piensa que aún falta para llegar al fondo.

FIN

(c) Edwing Salas

Publicado el 8 de Octubre de 2013

El relámpago y la montaña

rayo.jpg

Cuando Briceño resbaló en la ducha y su nuca se partió en dos contra la orilla del desnivel no alcanzó siquiera a pensar “Que muerte tan estúpida y común”.

Su alma llegó rápidamente al páramo de las cuentas pendientes, un paisaje de hermosas montañas azules, envueltas en suave neblina malva y cubiertas con nieve color salmón.

Muchos creen en el purgatorio, pero la verdad es que cuando alguien muere va hacia esas cúspides a tener su auditoria personal, el cuadre de las facturas, las cuentas pendientes que dejaste en vida, ya sea por hacer o dejar de hacer. Es el encuentro con la verdad de tu vida, con lo que realmente es.

Una voz profunda le dijo:

–  Javier Enrique Briceño Céspedes, 54 años, se cumplió tu plazo en el plano carnal y ha concluido según lo previsto.

–  Si, está muy bien, pero y yo, es decir, mi cuerpo como se va a quedar ahí, desnudo.

–   No te preocupes, la envoltura biogénica será encontrada al tercer día, gracias al olor de tu descomposición, según está previsto en tu epilogo. Te harán un homenaje post mortem y los medios de comunicación reseñarán tu labor como gran hombre de las letras.

–   Bien, eso está bien, pero digo, ¿De quién fue la idea de morir tan estúpidamente?

–   Fue tuya, escogiste tu manera de morir

–    No lo recuerdo.

– Esa es parte de la gran paradoja. En esta fase todavía no recordarás muchas de tus elecciones para inserción y abandono del espacio humano temporal.

– ¡Háblame en cristiano y muéstrate! ¡Hazme el favor!

–   La conciencia no se materializa, lo más terrenal que puede llegar a ser es un sonido.

–   Ah, ¿Eres mi conciencia acaso?

–  Si eso es lo que crees, entonces, así es…

Eso dejó realmente confundido a Briceño. Esa no era su idea de la muerte, ni de rendir cuentas, afortunadamente, pero sabía que igualmente las cosas se iban a poner muy locas.

– ¿Preparado para tu biografía? – preguntó la voz de la conciencia-

Briceño asintió demostrando cada vez más intriga y nerviosismo.

Una espesa neblina malva que pasaba frente a él se detuvo y cambió de color. Ahora era blanca y sobre ella se empezaban a reflejar imágenes como en una película.

Ahí estaban su padre y su madre de novios la noche en que fue concebido.

– ¿Tengo que ver esto? – preguntó avergonzado y con ansias, típica reacción freudiana-

El silencio y el vacío fueron respuesta suficiente. A medida que transcurrían las imágenes venían a él las mismas sensaciones que sintió en cada momento: dolores, placeres, anhelos, envidias, temores, frustraciones, alegrías, regocijo, satisfacciones; la dulzura de la razón en cada buena decisión y la amargura del error cometido.

Había mucha saturación y cansancio dominándole, pero lo visto le llenaba de optimismo al saber que la balanza pesaría más del lado de las buenas obras, hasta que se topó con ese recuerdo, en apariencia olvidado, pero sintió el renovado peso de los dos años en que se vio atormentado por tal muestra de cobardía e indecisión.

Fue hace veinte años, en una serranía tropical donde la lluvia de media noche azotaba el paisaje con gotas gruesas que caían sin piedad. Cada relámpago se quebraba en el firmamento e iluminaba el verde paisaje y a su persona, acompañado de esa chica a quien hace tiempo venia “sobreestimando” gracias al continuo trato en el trabajo, el cual, los había llevado hasta ahí.

Su animal interior llevaba rato erguido y babeando, buscando la oportunidad para atacar. Quizás la chica estaría en busca de alguien o se dejaría llevar, es decir, era una aventura de una noche en una montaña, era perfecto, eso era todo. Pero Briceño, no muy guapo y, en ese momento, pobre, se dejó llevar por su peor enemigo: el futuro.

A pesar del ron, el clima y el paisaje, no actuó, sino que evaluó la situación y se dio cuenta que él no podía llevar las cosas al siguiente nivel. Sería el principio del fin: coger tan solo por diversión, para luego engancharse a coger por amor. ¿Después qué?

Sabía que, si se decidía y todo fluía satisfactoriamente, se enamoraría. Se conocía, o eso creía en ese momento, si la unión se quebraba tiempo después, él sería el más perjudicado y, si todo se iba a la mierda de inmediato a causa de su falsa percepción e interpretación de las cosas que venían sucediendo, también sería un desastre.

Ella no era linda, de hecho, no entraba en su perfil de mujer atractiva, solo era una chica “cogible”, pero definitivamente algo tenía: encanto natural, ingenuidad y bondades únicas, mucha inteligencia, sensibilidad y visión romántica de las cosas.

La semana siguiente a esa noche confusa sintió y pensó: “Esas son las peores, hablan de amor sincero, libertad plena y abolición de prejuicios, siempre y cuando la tarjeta de crédito y la chequera no dejen de funcionar” -Una hippie de mierda clase media-

– ¡Me engañaste! ¡Me engañaste hija de puta!

– ¿Me hablas a mí? – preguntó la voz-

– ¡Por supuesto que sí! ¡Grandísima sucia! ¡Ella pudo haber sido la chica!

– Se dio el lugar el momento, la oportunidad y tú hiciste una elección, la elección fue no actuar

–   Fui un estúpido y un cobarde. Desde ese día nunca fue lo mismo, esa noche había conexión, pero al amanecer lo había arruinado todo. Soy un imbécil, desperdicié muchas oportunidades como esa en mi vida.

–  Entiendo y también siento que ese sentimiento es muy perturbador. La condena que recae al no saber que hubiese sucedido de haber escogido la otra opción, la más evidente, la que cualquiera hubiese elegido.

-Tú me ordenaste no dejarme llevar por lo evidente.

–   Y te fue bien ¿No?

-Sí, pero me invade de nuevo la incertidumbre. Ahora quisiera haber escogido “mejor” que “bien”.

-Con este recuerdo en específico ¿Te sientes arrepentido?

– Si.

– Estamos avanzando.

– ¿En qué? ¿Qué tratas de decirme?

-De todo lo que has visto, es lo primero de lo que te arrepientes, no es gran cosa, pero ahí hay una sensación de culpabilidad y te arrepientes.

– ¿Entonces? ¿Esta es una experiencia de aprendizaje? ¿O una cuenta pendiente que tengo?

-Podría ser.

– ¿Con ella o conmigo mismo?

– Ahí está el secreto de la duda- dice la conciencia con aires de sabiduría infinita-

– ¿Qué ocurrió con ella?

–   Vamos, lo sabes bien. Se casó un año después con ese compañero de ustedes que venía cortejándola y es una feliz dama de familia, rica y está a punto de ver graduar en Francia a su hijo mayor.

– ¿Entonces? ¿Al final hice lo correcto?

– El temor a que ella te cortara las alas repentinamente y te dijera que estaba saliendo con ese muchacho más aventajado que tú fue lo que te obligó a ponerme en medio. Te ha llevado mucho tiempo creer…

– ¡¿Creer en qué?! ¡¿En la bondad del ser humano?! ¡¿En la buena fortuna?! ¡¿En dios?! ¡¿En la suerte?!

– Si, digámoslo así, y, además, en ti

-En este momento no sé si creo en mi o en todo esto. ¿Dónde me encuentro exactamente? ¿Qué hago aquí?

-Otra gran paradoja.

El tiempo para las almas no es el mismo para quienes son de carne y hueso, sin embargo, lo proclive de Briceño a entablar discusiones y debates filosóficos de trascendencia para “evaluarlo todo, de cara al futuro”, le hizo permanecer más de lo que le tocaba en la cima de su montaña de las cuentas.

Tan solo encarar esa insignificante deuda consigo mismo le llevó varios milenios discutiendo con la voz de su conciencia ¿O de su subconsciente?

Aún le faltaba enfrentarse con los recuerdos de las decisiones que realmente influyeron en su vida y ejercieron algún efecto positivo o negativo en otras personas de su verdadero círculo de vida.

FIN

© Edwing Salas

21/09/13 

Frontera marcadamente delineada

La frontera delineada.jpg

Viajas en colectivo…

del primer mundo

Esos segundos que se detienen para que la tinta pixelada impregne ese algoritmo

sobre inmaculada carne de los códigos binarios

eso marca una distancia de quién diría “by far”

y todas tus ligaduras lucen pequeñas delante de los grandes monumentos del planeta feliz

 

Bien alimentada y educada

bienaventurada y bendita

Ítalo criolla y mamífera

me veo obligado a detenerme,

los evangélicos llaman a mi puerta

me escabullo entre las sombras para dejarlos exactamente como he quedado yo

 

Ellos lo superarán

aun trato de descubrir qué es y cuánto vale la fe

¿Cuánto vale la buena vida?

How Much?

 

Es la pregunta en las grandes tiendas por departamentos

donde tus raíces perforan tierra fértil para crecer con seguridad

¿Cuánto vale la genética?

¿Cuánto valen mis páginas leídas?

y las bastardeces de pertenecer al 90% del resto

 

52% en estado de satisfacción

40% vegetarianos, hipsters y vendedores de Herbalife

Lo que queda: alienados, dementes, inconformes y soñadores

Excedente improductivo

 

Hay periodos en lo que se toca más el fondo

es como el limo en el suelo de los tanques caseros

pero en cada resbalón pierdes aliento

te entregas al abandono del largo camino que has dejado atrás

y que nunca has querido recorrer

 

Al final no hubiese existido el “Happy Ending”

los carroñeros harían el trabajo

todo dependería de un documento

no un estado de cuenta

sino un borrón y cuenta nueva en el estado civil

 

Me hubieras mandado al averno cargando todas mis metáforas

las dejaría caer una por una, porque irían perdiendo su valor

tal cual están hoy

 

Al despedirme de este plano no dejaría ninguna herencia

salvo la ineficacia de saber vivir

 

Como ven

esos ojos oblicuados en los que me perdí y aún no me encuentro

son seda color miel

pero hace rato eso me tiene sin cuidado

porque a pesar de tus formas

 

Tus fondos no son profundidad en la que deseo ser cangrejo

más bien, el anonimato que me otorga el silencio

es la frontera bien delineada del soldado norcoreano

que anhela ser disparado contra Seúl.

 

© Edwing Salas

14/08/13