Zeppelin Hidenburg

La historia que me trajo hasta aquí

Mi abuelo, quien, finalmente, murió en el año 2030, me contó una historia que me inspiró hasta el día de hoy, a ser el implacable «Data-Archeologist» que soy hoy en día.

De niña, siempre me gustó la compañía de mi abuelo y, ahora, que soy un hombre alfa serie 325421, no puedo dejar de recordar su influencia dentro de mi carrera como «le mejer» «Data-Archeologist» de «La Cino» América.

Les cuento el por qué; cuando tenía siete años, su relato sobre la tragedia del Dron Zeppellin se grabó como fuego en mi memoria.

«Cuando tu padre aún no se decidía embarazarse, ocurrió una tragedia mundial, que nunca nadie se atrevió a atribuirle a nadie en particular, ya que existían cincuenta y tres guerras activadas, pero para ser lo más resumido posible, el inmenso Dron Zepellin para quinientos pasajeros, construido por Gran Bretaña, se precipitó a tierra un veintiuno de abril de dos mil veinticinco, dejando el terreno donde cayó, tapizado como si se tratara de cachemira carmesí, el cual, aún permanece, tiñendo los suelos de New Jersey».

Esa introducción, más todo lo que él me contó, esa noche cuando pretendía dormirme, mientras mis padres iban por hongos y parejas swingers, me inspiró a llegar hasta donde estoy ahora.

Hoy, lidero la excavación de Los suelos carmesí, y debo decir que, lo que he encontrado es fascinante. Procedo a dejarlo todo en el chip de mi memoria supra cerebral, pero la misma no puede terminar el proceso de grabación y subida a la nube de registro porque un reflejo infrarrojo interrumpe la grabación de la data.

Ya descubrí el origen de los destellos infrarrojos, parece que me apuntan…

NO DATA

NO DATA

NO DATA

NO DATA

FIN

(c) Edwing Salas

La caravana secreta

Charles Darwin en Argentina
Charles Darwin

La caravana secreta es como la marabunta europea

También deambula…

Obviamente, en tierra argenta.

No hay preguntas, ni respuestas.

Tan solo es una herencia

No se revela, pero cada uno, y una-une, vela por ella.

¡Qué gran ombligo! El del mundo occidental

La vinchuca que mordió a Charles Darwin,

Condenándolo al mal de chagas, hasta el final.

Y el capitán Robert Fitz Roy, ardía de ganas por dar a conocer a los yaganes.

Una historia de princesas y sultanes.

La caravana secreta se desplaza…

Arrebata, abraza, arroja todo a las brazas.

No pasa nada, ya todo pasó; y va a pasar con más fuerza.

Hay montañas, en una cara marrón, que merecen la exterminación.

No hay derecho, no existe autorización, para hablar de la caravana secreta.

Aunque haya sido vista, en cada corazón, cada sentimiento, en tu visión.

Los hilos caen por la gravedad, para manipular marionetas.

Pero no se ven, siquiera las manos, que las manejan.

Quizás, todo salga a la luz, cuando se estrelle contra todo, la caravana exploradora.

La caravana secreta.

FIN

(c) Edwing Salas

La aparición de un faro

La aparición de un faro

La vi aparecer y me preguntó cómo estaba; le dije la verdad sin filtros y eso la descolocó.

Hablamos de sabores, preferencias y de lo que mi temperamento agitado podría recibir para calmarse. Pero al verla en detalle, en verdad, no le fui del todo sincero sobre lo que me gustaría recibir de ella, por su sencillez y calidez humana.

Ella sí fue sincera sobre lo que necesitaba: tener un rápido contacto con azúcares antes de empezar a tener dificultades. Aunque creo que estaba exagerando, sin embargo, unos minutos después me di cuenta de que su personalidad tenía mucho que ver con las mieles de la existencia que resplandecen en los momentos necesarios.

Tomó la iniciativa y extendió su mano cerrada en puño. Al abrirla, dejaba ver el brillo dorado de un pequeño cofre con dos corazones carmesí en su interior.

Su intención era darme coraje y decirme que no estaba solo en la tormenta. Sin embargo, dicho gesto causó el sentimiento correcto, pero la respuesta equivocada.

«Soy un hombre, estoy acostumbrado a lidiar con problemas que a nadie le interesan».

Ella se opuso a mi respuesta y, la verdad, lo que me había afectado realmente es que, como desconocida, me estaba dando mucho más de lo que yo hubiera imaginado, al atravesar circunstancias normales, directamente inherentes a la naturaleza de mi realidad desde el inicio de este periplo llamado “la vida”.

Finalmente, yo también estaba en shock, porque durante unos segundos creí en la existencia de los ángeles que se materializan brevemente en momentos de angustia para dar un mensaje: «Yo te amo. Adonai te ama».

Como un hombre mundano, curtido en derrotas, decidí rechazar el mensaje y el presente que traía consigo. Sencillamente, un ser como yo no cree en ese tipo de fenómenos, principalmente porque nunca fui preparado para recibir y entender la aparición de faros esperanzadores que surgen en medio de las tormentas.

FIN

(c) Edwing Salas

Si Charles Bukowski hubiese nacido en el tercer mundo, hubiese fallecido como un completo anónimo en la ignominia total.

Lo que opino de corazón sobre la obra de Charles Bukowski
La Notte

La noche

La noche refugia pasos relajados que van al confortable cuchitril

La noche es peligrosa, sorpresiva y estimulante

La noche es la falta de luz…de cada vida

La noche ilumina todo aquello que no se ve en el día

La noche me invita de nuevo a cabalgarla

Tengo que hacerlo porque atravieso un desierto

Desconozco su extensión

O el tiempo que se llevará

Cruzar o claudicar

La noche es espejo para los miserables

Más que para los venerables

La noche es incansable

Es en lo que termina cada ocaso

Me vuelvo a fusionar con ella

Sin la certeza de poder ver otro amanecer

Así lo dice la mano,

La que en la existencia ha tocado

Sin embargo, ya es más fácil el hartazgo

Aunque solo aúlle desde adentro

La noche es más condescendiente con la juventud

El deseo y la suerte

La rima siguiente es la última que debería ser decente.

(c) Edwing Salas

Locura creativa literaria

Loco por crear

Estar loco no es sano, peor aún, es permanecer en un estado demencial por crear algo todos los días, que, como en mi caso, no se traduce en buscar la cura contra el cáncer o hallar el algoritmo que haga que todo lo que publiques en tus redes se haga viral.

 Más bien, es demencia por querer escribir historias sobre todo aquello que veo, lo que vivo o lo que puedo imaginar en una sabia conversación con grandes amigos.

Desde niño fui programado para sentir vergüenza por alguna inclinación que no fueran los números o las ciencias exactas, porque ciertamente, serían los números los que me sacarían de mi estatus social, no las letras, y es así como, por no hacer caso, es que he vivido como un condenado. Nada que ver con Lestat y esos putos vampiros idealizados ¡Condenado en serio mutherfuckers! Al estilo LATAM.

Porque la realidad es que la creatividad, la escritura, el cine y todas las manifestaciones artísticas están reservadas para un@s cuant@s seleccionad@s del olimpo. Y ahí, es justamente cuando entra en juego rápidamente la medición de la performance, del talento, la disciplina y sobre todo, la separación entre lo bueno que crees que eres y lo bueno que en realidad eres.

Particularmente sé, que no soy de escribir extensas novelas, ni siquiera, novelas cortas o medianas. Soy más bien, de escribir cuentos cortos, relatos, copys, tweets y artículos.

Soy muy ansioso o muy poco adaptable a los procesos largos de creación. Procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino y leo. Me revuelco con libros y tengo orgasmos con los white papers de cualquier informe sobre buenas prácticas en redes sociales.

En cambio, me encanta escribir largometrajes: doscientas, ciento veinte, noventa páginas, no son nada para mí, a la hora de poner personajes en una pantalla, por eso, intento regresar a ello cada vez que puedo, pero igualmente, cuando asumo este proceso, también procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino y leo. Tengo orgasmos con cortometrajes, películas y cualquier libro sobre Hitchcock, Michael Mann, Gordon Parks, Román Chalbaud o Akira Kurosawa.

En este momento estoy escribiendo un nuevo largometraje, claro, dentro del tiempo que tengo; le cambié el nombre: antes se me había ocurrido algo que sonara como «La noche de nuestras vidas», pero ahora, se llama «Criaturas de Buenos Aires». Ese título podría llegar a Cannes, de hecho, es el único festival al cual me gustaría asistir.

Borré a la 363 de mi LinkedIn, porque pasó de ser una luz de esperanza cuando atravesaba los momentos más difíciles como guionista amateur que creaba su primer largometraje comercial, con 26 años, a tener que verla muchos años después como «filmmaker de éxito», viviendo en Barcelona.

Hace mucho tiempo que tampoco escribo poesía. Perdí totalmente el interés por ese amor primario a describir con metáforas todo aquello que pasaba o sentía. Tengo la impresión de que ya es una expresión obsoleta y sin propósito alguno.

No puedo dejar de pensar en el maldito Bukowski, porque siento que nací con ese tipo de estrella con puntas melladas, pero luego reflexiono y digo: «El hijo de puta estaba viejo, pero aun así, lo logró. Claro, nació en Norteamérica. Vivía en Los Ángeles y parece que allá, por muy maldito que sea todo, si alguien cree que tienes talento, vas a lograrlo al final»

Eso es más difícil en la vereda donde uno está, y además, sin certeza de tener siquiera un 1% del talento y la suerte del «Buko».

«Está jodido compadre» – como dirían los mexicanos- pero, ¿Ya qué puedo hacer? Es la que hay. Igualmente, procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino, leo, me revuelco con prostitutas y tengo orgasmos con las otras chicas que veo felices con sus vidas dentro de las redes sociales.

FIN

(c) Edwing Salas

Matar a un perdedor

Parque en Buenos Aires
Matar a un perdedor

¿Matar a un perdedor debería ser una tarea fácil y frecuente? 

Así ha de ser, porque es una especie que abunda con exabrupto en la tierra. Borrar cada pálpito, cada aliento, cada meta, cada esperanza, cada conciencia. 

De hecho, matar a un perdedor ya es una tarea cotidiana. Sucedió, sucede y sucederá por milenios hasta que el último se extinga, para dar origen la perfección del reinado de los ganadores  y su canibalismo incestuoso, que tampoco tardará en exterminarlos a ellos mismos, pero por lo menos son la manada dominante y faltarán siglos antes de que desaparezcan.

Los perdedores y los ganadores van muriendo día a día, salvo que los primeros experimentan más agonía, porque la llevan consigo desde su primer despertar a la realidad y su pesada herencia de circunstancias ruinosas. 

Mueren a diario, de forma natural, ganadores y perdedores, porque se van suicidando a cuentagotas, los primeros, porque  siempre quieren tener un vuelo más alto, nunca será suficiente altura hasta que sus alas son quemadas por el sol, tal y como se describe en la leyenda de Ícaro

Por el contrario, los últimos se van quitando la vida con la miseria o la fatalidad de sus ingenuas aspiraciones, queriendo tener alas con las que no nacieron o peor aún, siendo felices con lo que les tocó, propagándose como polvo en un paisaje árido. 

Ganadores y perdedores también se suicidan de las maneras clásicas, a ambas especies les atormentan las mismas fuerzas oscuras que se activan en su interior, aunque son quienes no ganan los que deciden finalizar el juego al saberse perdidos dentro de una inútil apuesta.

¿Matar a un perdedor es lo que quiere un ganador?

Posiblemente, pero sabe que sin la existencia de los perdedores, no habría oportunidad de pavonearse como dominadores del juego y tampoco quienes se dediquen a oficios indignos que  garanticen su comodidad en el tablero de ajedrez.

¿Un perdedor querría matar a otro perdedor? 

Por supuesto, es tan factible como que un ganador quiera matar a otro ganador, al saber que su par podría superarlo en algún momento. También, un perdedor, a cierta edad, se da cuenta de que, para terminar exitosamente con todo, aunque sea una vez, tiene que matar al derrotado que lo mira fijamente enmarcado en la pared del baño o la habitación.  

FIN

No quiero ser la hoja muerta y seca del otoño y el invierno

Pelota oscura

Un domingo de exploración cualquiera, de esos cuando a las dos de la tarde aún me encuentro recorriendo el perímetro palermitano, en busca de una buena opción para desayunar/almorzar / «brunchear».

Día exquisito. Sol, cielo azul como de Photoshop, escasas nubes, pero de una blancura imposible. El viento, muy agradable y siempre a favor de las buenas caminatas. Calles vacías, con poco tráfico y cada sitio gastronómico repleto de gente, como si regalaran dólares.

Sin embargo, para este caminante hambriento, la belleza y vistosidad del día, se prestan para andar en inmaculada soledad y poder estar en un buen lugar donde no concurra tanta gente. Así es la agorafobia de los domingos. No queda de otra.

Luego de pasar por varios lugares sobrepoblados, sin éxito alguno, llegué a la calle Aráoz en la búsqueda de un café, cuyo anuncio, me había aparecido en la mañana en Instagram. El algoritmo es implacable.

Rápidamente desistí de la idea de buscar ese lugar ya que en la avanzada me topé con lo que parecía ser una cafetería y además, tenía una pizarra en la que anunciaban almuerzos. Por fin, había encontrado el lugar indicado, o fue lo que imaginé en ese momento, dominado por mi adicción a los desayunos continentales y la cafeína de los domingos.

El lugar estaba justo al frente de otro conocido restaurante ubicado en esa misma calle. De hecho, como era de esperarse, la gente se concentraba frenéticamente para poder obtener mesas y «brunchear» o almorzar. Había unos cuantos de pie, esperando. Ritual totalmente inapropiado para el día que se estaba experimentando.

Tomé asiento en una de las mesas apostadas sobre Aráoz, ahi esperaba a que el encargado (o mozo), terminara de hablar con una de las tantas «MILFS» domingueras que abundan por la zona y que alegran las pupilas. Aparentemente, conversaban sobre mascotas, porque el encargado acariciaba a uno de los perros que la escoltaban.

En ese momento, percibí, a través de mi visión periférica algo como una pelota oscura que se movía rápidamente desde la vereda hasta la parte trasera de un coche estacionado detrás de mi. Fue entonces, cuando concentré el 100% del sentido de la visión en dirección a la parte trasera del auto y no tardó en aparecer un magnífico y escalofriante espécimen de la jungla de concreto.

Una inmensa rata ¿O más bien una zarigüeya? El pariente del carpincho entra rápidamente por la boca de desague de la vereda y fue suficiente tiempo para contemplar su cola larga y afilada, su parte trasera gorda y gruesa como la de una liebre, además de su cabeza con hocico de cocodrilo.

Un magnífico ejemplar de las alcantarillas de Palermo. Su pelaje abundante, largo y erisado, color gris, tenía adheridos rastrojos de papel y hojas secas de los árboles. Era tan intimidante que un gato lo pensaría antes de darle caza.

Por el tamaño, supuse que se trataba de una hembra, ya que entre la mayoría de los roedores, suele ser la de mayor tamaño y resolución a la hora de salir a la superficie a plena luz del día. El encargado del lugar apareció ante mi con el menú. Inmediatamente pregunté si tenía café. Respondió que no tenía porque no le andaba la máquina y además estaba sin electricidad en el local.

Motivo suficiente para emprender de vuelta la búsqueda de un buen sitio donde comer un desayuno continetal con café, jugo y soda. Salí a toda marcha hacia los cafés cercanos al Parque Centenario, pero al arribar a la calle Lavalleja, me dejé llevar por su valorado nombre y doblé por ahí, en dirección hacía Casa Nueza, ese lugar que queda en los predios de una casa cuyos fantasmas, ahora forman parte de una mitología nostálgica.

En pleno trayecto, cambié de nuevo mi decisión sobre el destino para comer. Finalmente, entré en un restaurante tradicional que forma parte de una cadena. Antes, funcionaba en el mismo lugar el Bar Carioca, cantina popular entre habitantes de épocas pasadas, que ahora revolotean como espectros en la memoria.

El sitio, en plena avenida Córdoba y Lavalleja, ha sido remodelado, pero posee los mismos grandes ventanales, que dejan entrar sin ningún tipo de reproches la reconfortante brisa de este domingo.

Tomé una mesa situada en una de las grandes ventanas. Finalmente, logré mi objetivo. Un exquisto brunch dominguero.

Ahí caí en cuenta que era la primera vez -desde mi llegada a esta abrumadora ciudad, hace 7 años- que veía a un roedor vivo en su estado más silvestre. En 2015, cuando llegué, y trabajaba en gastronomía, vi un ratón muerto, pero ese nunca contó.

Pasaron siete años para poder ver una rata ¡Y qué rata! Emergiendo del subsuelo y haciendo su rutina de cada día.

FIN

(c) Edwing Salas

Aves y babosas

«La naturaleza es la vida misma, por tanto, hay que estar pendientes de sus mensajes.»

Aves 

Una mañana, cuando Aroldo salía camino a la oficina donde trabajaba, encontró una escena muy fuerte para esa hora del día: en el jardín-terraza, un ave de pecho amarillo que parecía ser una paloma o una torcaza, estaba decapitada y sin ningún rastro de sangre que indicara que Alicia, la gata negra cazadora y alfa que comandaba el trío de gatos de la residencia, hubiese actuado para dejar tal escena.

Sospechó, en primera instancia, de los vecinos de la planta baja, de quienes se había quejado por escandalizar el conjunto residencial con sus gritos por sobredosis de drogas. 

Quizás, ellos tendrían algo que ver, tan solo por vengarse de su sentido común de vivir con paz, tranquilidad y en una invisibilidad absoluta, que no molestase a nadie.

¿Serían capaces de decapitar esa ave y dejarla ahí? Se equivocó. Haber visto el cadáver sin cabeza le inspiró una premonición, algo así como una especie de mensaje encriptado que la vida misma le estaba haciendo llegar.

Hacía tiempo no estaban tomando en cuenta sus sugerencias como Community Manager para mejorar el tráfico del portal digital de noticias donde trabajaba. Sus superiores enviaban órdenes que contradecían las mejores prácticas para tener mejor tráfico al sitio y resultados positivos.

 La pandemia había bloqueado la posibilidad de reuniones personalizadas y enrarecido los canales de comunicación virtual, o al menos, nunca hubo chance de concretar, aunque sea, una videollamada para tratar el asunto.

De hecho, le hacían saber que no había derecho a reunión para tratar el tema, ni siquiera una opinión. Todo tenía que ser muy vertical y tan solo felicitar a aquellos que Juana, la jefa editorial, felicitaba, tan solo por hacer un trabajo; menor o igual al que haría cualquiera.

Su premonición le llevaba a pensar que si él era el ave decapitada, podría ser la cabeza que iba a rodar, luego de ser atrapado por la depredación del error humano ante el estresante exceso de horas de trabajo. Era la presa perfecta, lo que no se sabía era cuándo ocurriría.

«No te tienen que felicitar por hacer lo que tienes que hacer, para eso te contrataron»

Así opinaba Aroldo, sin embargo, se notaba el sesgo ideológico y de género entre unos y otros empleados, implementado desde los puestos de más jerarquía.

El día que encontró la paloma brutalmente aplastada y sin forma, fue el mismo día que ya había visto un despojo ornitológico en los predios de su jardín.

 Se dirigía al médico esa misma tarde, cuando vio al ejemplar como un rastrojo gris y deforme, con sangre, plumas y piel seca por el sol, en una acera de la avenida Juan B. Justo.

Su subconsciente ya había registrado dos aves sin vida en menos de 5 horas. Encendió las alertas, pero no se alteró, no tenía a nadie a quien decirle, por lo tanto, daba igual. Había que mantener la calma: total, las casualidades existen.

Al cruzar a la siguiente acera, a la altura de las lujosas torres residenciales en esa misma avenida, que resultan paralelas al polo tecnológico y al centro comercial Los Arcos, mierda.

El tercer cuerpo de un ave muerta se mostraba frente a su paso. Era definitivo, incluso para su inteligencia racional, había algo que estaba resultando arbitrario y fuera de su alcance.

Babosas

Esa misma noche, en el jardín donde temprano estaba el pájaro sin cabeza, ahora encontraba unas formas viscosas como gusanos, muy parecidas a capullos que se transforman en mariposas, o más bien, como caracoles, pero sin caparazón.

Estaban cerca del tubo de desagüe para las plantas. Aroldo volvió a entrar en ese estado de alerta y curiosidad, porque la cotidianidad, estaba dando señales de alteración, era la plenitud de la primavera y la proximidad del verano.

La noche siguiente vio una más grande, jamás había experimentado esa mezcla de curiosidad, temor y fascinación. Se acordó de una antigua historia que le había narrado su padre. 

Según le contó, una vez se encontraba en el campo, haciendo una medición de tierras para un sistema de riegos y tenía que pasar a otra hacienda contigua, por tal motivo, debía pedir permiso al dueño de esas tierras para poder entrar e instalar el teodolito y continuar su tarea.

Los ayudantes que le acompañaban se opusieron a entrar a esa propiedad porque entre los lugareños corría el rumor de que su dueño había hecho un pacto con el diablo y eran tierras bajo algún tipo de hechizo o fuerza maligna.

Contaron que el hombre, a quien nadie había visto nunca en el pueblo, tuvo que hacer un ritual cuyo resultado fue desenterrar tres entes o animales muy parecidos a pequeñas salamandras sin patitas o babosas, que se encargaron de trabajar durante todas las noches, luego de la hora cero, para levantar esa hacienda, haciéndola grande y próspera.

Su padre le contaba en aquel entonces, que al ver el temor real en los ojos de sus ayudantes, decidió ir solo y hablar con el señor, que tenía un aura cordial, educada y a la vez, misteriosa y elegante, así como el personaje retratado por la canción «Sympathy for the Devil», de los Rolling Stones.

Le describió las cosas que presenció, eran sobrenaturales y que no las recordaba con tanto detalle, pero si se acordó cuando le había revelado que el hombre le mostró en la palma de su mano tres animalitos que parecían ser babosas, las cuales, eran los únicos trabajadores de su finca, según lo que le dijo el misterioso personaje.

«¡Babosas! ¡Malditas babosas!» «¡¿Qué hacen frente a mi puerta?!»

Era todo lo que se escuchaba en su mente.

— ¿Sabías que si le echas sal a una babosa empieza a corroerse hasta convertirse en una sustancia pegajosa y apestosa a azufre?

Aroldo quedó sorprendido con lo que le respondió Victoria, luego de haberle contado los raros acontecimientos de los días pasados.

–— No se te ocurra, echarles sal. – Le dijo, con mirada maliciosa y evocadora de tiempos infantiles-

Alicia

Por fin, se había resuelto el misterio: uno de los vecinos mostró la grabación en su móvil, donde Alicia, sigilosamente, como buena felina cazadora, se abalanzaba sobre el ave que se alimentaba en el piso de la terraza, muy temprano en la mañana.

Su cabecita desapareció dentro de las terribles fauces de la mascota consentida de toda la residencia. Luego de comerse el cráneo por entero, aparentemente vació el fluido sanguíneo del pájaro, dejándolo seco. Desayuno de campeones. La naturaleza nunca para.

Los días subsiguientes fueron bastante normales, todo prosiguió de manera extremadamente rutinaria y ya el estrés empezaba a normalizarse, Trabajaba sus casi doce horas diarias de lunes a lunes. 

No había tiempo para ser libre, había que trabajar duro para sobrevivir a la inflación. El peor de los depredadores de esta región. Un animal mitológico cruel, creado por los poderosos dioses del olimpo latinoamericano.

Una última señal… y el desenlace

Una madrugada, luego de muchísimo tiempo, volvió a tener ese terrible sueño recurrente donde contempla lleno de horror un avión de un vuelo comercial cuando se precipita sin control sobre un área poblada, donde se encuentran familiares y seres queridos.

Despertó hiperventilando y aliviado de que eso nunca había sucedido, no iba a ocurrir; pero no dejaba de ser una señal de pérdida de control y trágico final de algo, sobre lo cual, él no iba a tener ninguna oportunidad de evitar.

Finalmente, el desenlace ocurrió: el odiado y perseguido jefe del periódico digital donde Aroldo trabajaba, detectó un error fatal en su desempeño. 

Se trataba de un titular que informaba el homicidio de un niño a manos de su propia madre y su novia, que iba acompañado accidentalmente por la foto de la celebración de un embarazo de una pareja de famosos. 

 Su lista de errores por exceso de trabajo explotó con esta equivocación que rebasó todos los límites. Programar 12 posteos por hora en X, era una mala práctica que no compensaba la caída de tráfico.

 Aroldo se los explicó una y mil veces, pero Juana, su progresista, humanista y revolucionaria supervisora, lo obligaba a obedecer las órdenes que venían de arriba, sin derecho a réplica. 

Jamás tuvo el tiempo para concederle una reunión y escuchar sus planteamientos, pero ya no sería necesario, era tarde, no porque él fuera un descuidado o un saboteador. Simplemente, esas cosas pasan. 

Había estado esclavizado por años, cumpliendo órdenes que jamás podría ocurrírsele a un ser humano racional. Sin embargo, no podía hacer nada, esa era la realidad y punto.

No le huía a sus errores, sino a la imposibilidad de poder advertir sobre ellos a tiempo. Había sido cercado por una criatura depredadora que le hizo pensar, algo que finalmente resultaría ser un gran hallazgo:

«La naturaleza es hermosa, sabia y tiene derecho a permanecer tan pura y salvaje desde que decidió exterminar al Homo sapiens, quien soñó con detenerla, modificarla y domarla; tan solo para sobrevivir hasta hoy»

                                               FIN

                                                                                               (c) Edwing Salas