El mensaje que estamos emitiendo en este momento, a través de la técnica del video blogging, no es por esnobismo ante lo antiguo, ¿O sí? Puede que haya algo de cierto en eso, pero también es, en gran parte, porque queremos honrar la memoria de nuestros antepasados y perdonar definitivamente sus errores.
Es importante que sepan que, transmitiendo en este formato, se puede burlar a los Algobots buscadores de contenido subversivo de las Sensoredes y así, ganar tiempo.
Hace años se habla de que no hay códigos. Crecí escuchando esa letanía pesimista de mi abuelo Laslo, quién pasó sus últimos años quejándose; condición típica de los seres humanos al dejar atrás nuestros mejores tiempos.
A los 20 años se jactaba de ser uno de los más geniales, era partícipe activo de los cambios que ya estaban en marcha. Su generación fue considerada, en aquel entonces, un paradigma de transformación de la sociedad.
Él y sus congéneres eran conocidos como Millenials: se describían altamente colaborativos, comprometidos con la conservación del planeta, tecnológicamente superiores, alejados del materialismo y con grandes ideas para reinventar la forma de ver el mundo. Pero, como todo en esta vida, muy pocas cosas resultan como realmente deberían ser.
El implacable tiempo hizo lo suyo: se llevó la energía, sueños, y la autoimagen que tenían. Los códigos algorítmicos les mostraron a sus principales cultores, que nadie era imprescindible.
Cuando sus venerados Algobots determinaron que ya no tenían edad para trabajar en creatividad corporativa, fue la señal inequívoca de que los códigos dominantes son impersonalmente justos y precisos. Para Laslo fue un duro golpe. Nunca se había ocupado en acumular suficientes méritos crediticios de retiro para su Caja de Financiamiento Social de Desempleo. Sistema creado, paradójicamente, cuando los millenials eran la novedad. Nunca se pensó que iban a necesitarlo.
Laslo murió hace 3 años. Lo extraño. Sin embargo, él deseaba ese destino tan fervientemente que, a la edad de 60 años lo encontró. Una locura, lo sé. De haber tenido paciencia, hoy podría optar al plan Tercera Juventud. Siempre y cuando, por supuesto, los algobots bancarios les comuniquen a sus pares de Genética y Salud, incluirte en la lista de regeneración celular.
Sé lo que están pensando, pero tampoco es así. El suicidio nunca fue una opción para él – en verdad, no lo es para nadie- así que, como buen hombre de su época, desarrolló el Síndrome del Quemado. Como carecía de óptimas métricas financieras para ser tomado en cuenta por nuestro sistema de salud, nunca pudo deshacerse de él.
Un rápido infarto matutino lo dejo mostrando el universo en sus ojos. Por fin descansó.
Para quienes asumen como un invento el que la gente se siga muriendo hoy día por causa de los infartos, les invito a que se armen de valor y vayan a la zona más pobre de la ciudad: la villa de Puerto Madero. Ahí verán una problemática bastante fuerte.
Esto es una realidad que aún existe y ha sido invisibilizada por el Sistema de Omnivigilancia Mundial. ¡No se dejen engañar! ¡Abran los ojos!
Al abuelo le consolaba saber que una vez muerto, seria procesado como compost por el gobierno inteligente, para mantener los árboles cantarines a lo largo de toda la avenida Malena Pichot. No deseaba un funeral como el de sus antepasados.
Tenía la única certeza de que hoy nada se pierde y todo se reutiliza, gracias a los esfuerzos de su generación por tener un gesto de agradecimiento con La Pachamama. Una pequeña victoria que lo hacía sentir orgulloso.
Ese mismo orgullo sentirá nuestra generación cuando llevemos a cabo la Operación Zamiatin, porque sé que es la única manera de tener una sociedad más justa y libre de las Clonosustituciones impulsadas desde el perverso S.O.M.
Laslo creía tener un sueño. En su honor, lograremos el objetivo que nos hemos planteado: equilibrar el orden mundial.
He sido claro y breve. Agradezco el esfuerzo de quienes han logrado descifrar este mensaje en castellano.
No pretendo timar a nadie sobre mis orígenes y el índice de productividad genealógico, factores tan definitorios en la sociedad que me ha tocado vivir. Por eso mismo, porque creo en la dignidad inherente al ser humano, más allá de lo que determine un cómputo, les pido que confíen en mi para acabar de una vez por todas con esta dañina brecha entre “Neomandarínes” y “Obsolentales”.
¡Abajo el genocida imperio Mandarín! ¡Viva la Argentina! ¡Viva Latinoamérica Unida!
Way Chang Castronelli.
Argentina, 02 de febrero de 2068.
FIN
(c) Edwing Salas

