La última luz de un faro en la eterna deriva.

La luz arremetió contra el telón negro del cielo y el mar nocturno que conducen hacia la última deriva, plagada de todas las naves, puentes y territorios arrasados por el pirata suicida que escribe sus últimas notas de bitácora.

Está muy seguro de esa sensación. Será la última.

Una luminancia fugaz que ha aparecido, mientras las confusas ráfagas de viento y la eterna corriente de resaca lo conducen a la inevitable batalla contra el temible dios Tánatos.

El pirata, eternamente decadente, lleva el sello de la derrota en el pecho y este se abrirá al sufrir la mortal embestida de acero de cangrejo de su cazador.

Ahí recordará esa última luz de miel muy oscura, que, como muchos otros destellos luminosos en medio de la nada, nunca llegaron a ser buen puerto para establecer una existencia dorada.

Como bucanero del fracaso, que ha navegado por las incontables mareas de la derrota, aprendió a aceptar que el hundimiento prematuro es una salida muy digna y, sin duda, bien merecida.

Solo hay que sonreír y dejar que la cerveza sea la verdadera brújula. El norte, la heroína; todo eso que anestesia la travesía hacia las fauces del feroz e impredecible coloso hambriento, capaz de extinguir cualquier llama.

Lo mirará a la cara y reirá escandalosamente, con su estentórea voz, ya condenada a apagarse, mientras bebe el amargo néctar destilado, lleno de luces que divisó en el oscuro mar de la existencia, y que resultaron alucinaciones o puertos realmente prohibidos.

FIN

(C) Edwing Salas

Cínico y perspicaz.

¡Y pasó! ¡Pasó muchas veces!

El poder sexual que ejercía Morella sobre cada uno de sus amantes era arrollador.

—¡Qué pase ya!

Ordenaba, mojada hasta los muslos y presa del deseo, que la penetrara de manera brutal sobre el escritorio, para culear hasta la deshidratación y el desmayo.

Yo, erecto y lubricado, me hundía en ella con el pensamiento apagado, era todo puro instinto: olores, caricias, piel, jadeos. Uno-dos-uno-dos, hasta que mi glande se enrojecía y estallaba en espuma genética sobre su monte de Venus, su ombligo o sus tetas. Adentro nunca.

La paranoia de reproducirme accidentalmente me carcomía la conciencia. Nunca he sido pro familia, sabiendo la herencia genética y financiera que poseo.

Siempre fui consciente de querer solo el viejo Uno-dos-uno-dos, solamente de forma recreativa y egoísta, nunca para traer más pasajeros a este Titanic que es Latinoamérica.

Ya era demasiado usar los salones del pasillo de arriba de la segunda planta para tener relaciones, mientras se iban los alumnos de la mañana y se esperaba el arribo de los estudiantes de las dos de la tarde.

Aquellos que recibían los dos turnos de clases, abandonaban la facultad de humanidades para almorzar en el comedor universitario, cerca de la facultad de ingeniería, y regresar para cuando empezaran materias de la tarde.

Yo era uno de ellos, pero nunca iba al comedor. El menú que comía en los salones vacíos era más tentador a mi paladar y al resto de mi anatomía.

Iba a las clases de las 14:00 con ánimo renovado y con rastros de fluidos que apenas se notaban en mis jeans.

No sé cómo demonios me entraba toda la aburrida información que vertían los burócratas educativos de mis profesores; yo igual aprendía.

Ahora que reflexiono, muchos años después, el aprendizaje no se lo atribuyo a ellos, sino a mi hambre de lectura, de imágenes, de música, artes. Era un maldito troglodita intelectual.

A estas alturas de mi vida debo confesar que aprendí más sobre atracción y placeres carnales que sobre una profesión que me diera de comer.

Esos días fueron de mucha bebida, locuras y de creerse único e inmortal. Estudiar en una universidad subsidiada por el Estado es una pérdida de tiempo.

De esa universidad salieron grandes diputados y “gente respetable” que forma parte del chavismo-madurismo.

Gente que ya tenía más de doce o quince años como alumno y que, de pronto, fue graduada para ocupar cargos de diputados o legisladores de la dictadura.

Morella era increíble. Nunca pedía nada a cambio. Nos veíamos en la facultad y después, el resto de las horas, hablábamos por teléfono.

Lo peor es que ella tenía un novio formal. Según me contaba, a veces se enojaba y se violentaba con ella.

Yo caía rendido a esos relatos y quería salvarla, pero ambos estábamos conscientes de que ella no era víctima, sino victimaria.

Él también estudiaba la misma carrera. Se veía grande, bruto, violento. Ella decía que él la celaba con todos, menos conmigo, porque yo representaba tanta insignificancia y vergüenza que estaba seguro de que ella nunca se fijaría en mí.

Aunque yo coincidía con el concepto que su novio tenía de mí, la realidad demostró que ella se sentiría atraída no solo por mi personalidad odiosa, sino también por mi físico, que, aunque yo no confiaba en ese aspecto, resultaba atractivo por mi definición atlética y mis anteojos de intelectual.

Siempre fui muy inseguro de mí mismo; nunca creí encajar en los patrones hegemónicos que regían esa época. Sin embargo, considero que tuve suerte.

Al día de hoy, cada conquista se la atribuyo más al azar o a la desesperación de la chica, que a mi magnetismo natural. Sigo siendo un hombre muy inseguro, aunque mi actitud refleje lo contrario.

Siempre tuve cosas de viejo, o de persona perspicaz y madura. Eso me abría puertas insospechadas, aunque no siempre me daba cuenta de ello. Perdí muchas más oportunidades de las que gané, debido a mis miedos y autoestima frágil.

Siempre me enteraba tarde de que alguna chica que me gustaba también gustaba de mí, pero como en el fondo era muy inseguro, mantenía una actitud pretenciosa y arrolladora.

Ahora que soy un adulto descreído, cínico y perspicaz, cuando me ven caminar por la calle con mi alta carga de melanina, mis lentes oscuros y el corte a lo Wesley Snipes en Blade, sé que algo provoco, pero eso solo sirve para escribir elucubraciones estúpidas, no para sostener historias en el tiempo.

FIN

(C) Edwing Salas

Ojos de caballo

¿Te ha pasado que ves en la rasgadura de pintura en una pared algún tipo de figura animal o humana?

Todos tenemos esa condición evolutiva impregnada en nuestro sistema mental; se llama pareidolia, nombre que bautiza la función de nuestra mente creativa y reptiliana cuando tiende a humanizar objetos inanimados o dar patrones reconocibles a paisajes naturales o texturas totalmente abstractas.

Tengo recuerdos aleatorios que permanecen en la memoria. No porque sean importantes, sino porque contienen ese olor añejo de primera impresión aterradora.

No tienen lógica, ni fecha precisa, ni testigos. Solo están ahí, clavados como una astilla bajo la corteza cerebral.

Este es uno de esos recuerdos. No sé si ocurrió como lo contaré, pero lo cierto es que esa sensación aterradora me invade de vez en cuando, haciendo regresar miedos de mi primera etapa en este mundo cada vez más confuso.

Me desperté sin saber por qué. No hubo ruido, ni voces, ni movimiento. Solo la luz, esa ráfaga blanca que entró ese sábado entre las diez y las once de la mañana por los resquicios de la ventana.

Me senté en la cama. El silencio era tan espeso que podía sentirlo en la piel. Me puse de pie y caminé hacia la puerta, recubierta con ese velo desagradable que era una cortina, movida por la brisa tibia de la avanzada mañana.

Afuera, la inmensa sala, con un juego de muebles Luis XVI color caoba y sus mesitas de mármol, parecía un conjunto de tótems en medio de un museo sin público visitante.

La gran puerta de madera y las dos ventanas inmensas dejaban entrar la claridad sin filtro. Afuera, los autos estacionados parecían formar parte del mobiliario petrificado.

Ningún transeúnte, ni vecino; solo el sol abrasante, el viento opaco y el sonido de uno que otro pájaro.

Todo estaba detenido. Me quedé un momento ahí, mirando la calle sin vida. El aire tenía un olor seco, como si la casa hubiera estado cerrada por semanas. Caminé hacia el baño, pero al pasar por el comedor, algo me detuvo.

La ventana de esa parte de la casa daba al callejón. No era una vista atractiva: un arbusto tropical de ramas frágiles y hojas pequeñas, una inmensa garrafa verde de gas que hacía funcionar la cocina, agua estancada proveniente del lavadero, y un asqueroso musgo del mismo color que el contenedor gasífero, producido por la humedad del baño y el patio de lavado.

En esa vegetación pantanosa se ocultaban sapos e insectos. Otros trastos como troncos, restos de tejado y ladrillos completaban ese microuniverso subdesarrollado, carente de atractivo.

Pero esa mañana tenía algo distinto. Me acerqué despacio, como si la tela metálica que protegía la ventana pudiera romperse con el sonido de mis pasos descalzos.

Entre los trastes viejos y la chatarra amontonada, algo se movía. Al principio no lo entendí. Era una forma, una silueta, algo que no debía estar ahí. Pantalones anchos, ropa muerta colgada o tirada en la cerca que separaba nuestra casa y la de los vecinos.

Me quedé quieto. La figura se infló, se arqueó y comenzó a cambiar. No era humano. No era animal. Era ambas cosas.

La presencia amorfa se tensó como si tuviera huesos, y de pronto apareció una cabeza de caballo. No una cualquiera. De carreras. Con anteojeras redondas que resaltaban sus ojos vigilantes, pero carentes de alma.

No respiraba. No se movía. Pero estaba vivo. Me miraba. Me juzgaba. Lo sentía. Exigía algo que no podía entender. El miedo llegó de golpe, como una ola que se estrella contra las rocas.

Intenté moverme, pero el cuerpo no respondía. El caballo seguía ahí, inmóvil, pero cada segundo parecía más real. Más presente. No lograba entender nada de lo que estaba ocurriendo.

Entonces, como si el mundo recordara que debía seguir girando, la figura se quebró. Se deshizo. Y en su lugar, un gato blanco y negro de la calle cruzó los trastes con indiferencia, saltando hacia la casa vecina.

Me quedé ahí, con el corazón golpeando como si quisiera escapar por mi boca. No había caballo. No había ojos. Solo el gato y el callejón.

El silencio ahora se había colado en la mente. Ella terminó inventando algo que nunca estuvo.

Nunca volví a ver esa figura. Ni en ese callejón, ni en ningún otro. Pero a veces, cuando la luz entra sin permiso y la casa está en silencio, me detengo frente a una ventana cualquiera.

Y espero. No sé qué. Solo espero. Porque hay cosas que no se ven con los ojos, sino con el miedo y la imaginación desbocada como un caballo de carreras sin control.

FIN

(c) Edwing Salas

Una bomba en El Dorado (primera parte)

Un equipaje abandonado en la terminal de El Dorado no representaba ninguna oportunidad para los genios de la viveza latina; más bien, es un recordatorio de un sangriento pasado.

¡Había que escapar como sea!

El mundo nunca ha sido un lugar seguro, pero el territorio donde nació se había convertido en un altar sangriento donde se sacrificaban vidas, sentido común y derechos universales como la libertad de pensamiento y acción.

Ramón sabía que el exilio significaba un viaje sin retorno. No había que ilusionarse.

Ser inmigrante sin un capital respetable lo convertía en un blanco fácil de la xenofobia y la aporofobia, flagelos que han marcado la piel de muchos latinoamericanos, sobre todo, en territorios predominantemente caucásicos y eurocéntricos.

También, tenía la amarga certeza de que si Cuba, hasta ese momento, no había podido liberarse de sus captores, teniendo únicamente hermosas playas, casinos y turismo para pedófilos, mucho menos lo haría su país natal, codiciado por tener el subsuelo hinchado de excremento del diablo.

Le dijo a su padre que en cuanto se estableciera en el exilio, iba a enviarle dinero y visitarlo; en algún momento.

Sabían que esas afirmaciones de despedida formaban parte de una gran mentira piadosa que ambos supieron identificar. Como hombres, decidieron no decir nada, aceptando que sus destinos estaban sellados y jamás volverían a verse.

Ramón Padre moriría dos años después del viaje emprendido por su hijo mayor, pero eso es adelantar acontecimientos postemigración. Esta historia trata sobre el inicio del viaje y sus primeros pasos, trágicos, cómicos y narrables.

Ernesto, el 14 arranco para Argentina. Primero debo tomar un vuelo a Colombia. Fue lo único que conseguí para poder salir. Una vez ahí, compraré el boleto hacia Buenos Aires.

Así fue el breve correo que Ramón envió a su gran amigo de toda la vida, Ernesto José, para notificarle que su exilio ya era un hecho y que, siguiendo sus consejos, lo más potable para emigrar era “El culo del mundo”, lo demás tendría que resolverlo por sí mismo, si lograba llegar.

El 14 de mayo de 2015, Ramón inició su viaje desde el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar con destino a la terminal de El Dorado, en Bogotá, para volar hasta la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Capital Federal de Argentina.

Antes de abordar el vuelo, pasó por el Duty Free de la terminal para comprar una hermosa bufanda con tejido rectangular, negra con azul Francia.

Ernesto le había aconsejado que llevara ropa de abrigo, porque llegaría en plena temporada otoño-invierno.

También compró chocolates venezolanos para su amigo y su esposa de ese entonces.

El mundo se abría ante los ojos de Ramón; este pasaría en tan solo horas, de temperaturas caribeñas de 38 grados centígrados, en promedio, a la belleza y melancolía del otoño argentino.

Lo primero que experimentó, tres horas después de dejar atrás a su familia, no fueron bajas temperaturas, sino la realidad brutal.

El régimen castrochavista había escupido los dólares asignados a los viajeros en una cuenta bancaria estatal, un grifo que goteaba miserias según su voluntad contra aquellos que decidían huir de la patria socialista.

Los setecientos sesenta dólares del boleto a Buenos Aires estaban negados. No había permiso para sacar la totalidad de las divisas, una vez en suelo extranjero. Le impusieron un máximo de dinero a gastar por día; el tope era 150.

Lo peor fue que el decreto se había anunciado y hecho efectivo por el dictador Nicolás Maduro, mientras él atravesaba el espacio aéreo colombiano.

Ignorante de lo que se le venía, Ramón retiró su equipaje: una gran maleta negra con ropa, documentos, cuadernos con proyectos y toda su vida; un bolso azul, de tamaño mediano, donde guardaba DVDs, videocasetes, pantuflas; y una cámara Olympus, totalmente nueva, de los años sesenta.

Este regalo del tío Andrés sería una especie de seguro contra imprevistos. Seguramente obtendría un buen dinero al vender esta pieza de colección, en caso de emergencias.

Por último, y no menos importante, su mochila, en ella tenía su preciada laptop, con menos de dos años de uso; libros, algunos CDs y una libreta para documentar cualquier hecho o idea que pudiera surgir en el camino.

Fue en búsqueda del ansiado boleto sin perder tiempo. Se felicitaba en sus pensamientos porque, por fin, algo le iba a salir bien y sin complicaciones.

La tarjeta de crédito del Banco Venezuela, otorgada por el régimen a quienes necesitaban dólares para viajar, pasó por los puntos de Avianca, LATAM y Copa con el mismo resultado: fondos insuficientes.

El equivalente en divisa colombiana de la suma inamovible era dos millones novecientos mil pesos.

Ramón no entendía nada y sintió que la maldición de las complicaciones nunca lo abandonaría.

Irremediablemente, las cosas que a los demás les salían con facilidad, a él siempre le costaría el doble o el triple conseguirlo. Su vida siempre estuvo marcada por esa anomalía hereditaria.

La desesperación empezó a recorrer su cuerpo como una corriente fría. Volvió a intentarlo en cada oficina comercial que ofrecía vuelos a la Argentina; directos, con escalas, nada.

Anduvo por toda la terminal con su equipaje a cuestas, y este le pesaba cada vez más, con cada intento fallido. La maldita tarjeta socialista estaba cumpliendo su función.

Continuará…

(c) Edwing Salas

Esmeraldas y canela

Me conozco muy bien y sé que la oscuridad, cuando aparece, desencadena una desagradable secuencia de desaciertos.

Esmeraldas y canela.

Su presencia arrolladora se presentaba como sutil, pero era todo falso, donde ella aparecía, siempre surgían problemas de deseo desmedido.

Atendía a los clientes con una sonrisa que te aflojaba las rodillas, y esos ojos verdes como botellas de cerveza; te miraban hasta embriagarte.

La pizzería, con su olor a levadura y salame. Esa lista de canciones, que se repetía durante 8 horas, hasta provocarte náuseas, era otro empleo deshonroso, que me causaba malestar y culpa, pero con ella ahí, se convertía en algo mucho peor.

A mis 45 años, la existencia era un castigo por irresponsable y falto de visión. Un eco de días idénticos, cumpliendo la condena de los extranjeros.

Ella y su piel canela brillaban con la luz tenue del local, era en esos momentos de encuentro fortuito con sus ojos, cuando la esperanza me invadía. Me estaba envenenando con la nociva poción de la fe ante lo imposible.

La brutal verdad era que estaba fuera de competencia. Los otros compañeros: el encargado, el pizzero y hasta el delivery, todos lubricaban por ella. Pero contaban con la ventaja de la juventud.

Qué sé yo, a estas alturas, uno ya se conoce la vida en la jungla de concreto de Capital Federal y cómo funciona la selección natural.

En una ocasión, ella se sentó frente a mí y conversamos, durante el receso de la comida. No sé si lo hizo por compasión o educación.

A estas alturas, soy muy escéptico para pensar que a mi edad, todavía genero algún tipo de magnetismo, mucho menos, con tantos desaciertos a cuestas.

Hice todo para ignorar el monólogo interno que se estaba produciendo en mi cabeza, mientras me esforzaba al máximo para mantenerme en silencio, dejándola hablar de sus estudios y el arte que le apasionaba.

Pero no tengo sangre fría y fue ahí cuando me dejé llevar. También confesé mi culpabilidad de ser apasionado por el mismo oficio que estaba aprendiendo.

Fui más lejos y revelé verdades que nunca habían salido a la luz, como mi participación en varios proyectos que llegaron a producirse, pero hoy día, todo eso formaba parte de un pasado iluso y olvidado.

Mi vida no ha dejado de ser azarosa, ni siquiera, en el comienzo de mi ocaso.

Urge sobrevivir ante todo y protegerse de uno mismo.

Por eso, durante ese diálogo, cometí el error de dejar de sentirme un fracasado y fijé mi vista en ese par de esmeraldas hipnotizantes, mientras continué hablando con humor y cinismo.

Sospechaba ¡No! Más bien tenía la certeza, de que ella era plenamente consciente del efecto que causaba.

No era vanidad, quizás, sino una cualidad innata, una forma de ser que la situaba, sin proponérselo directamente, en una posición de absoluta ventaja.

Lo veía en la manera en que el encargado se esforzaba por hacerla reír, en la torpeza repentina del pizzero, al servirle una porción extra, incluso, en el silencio algo más prolongado del delivery cuando ella le indicaba a donde estaban destinados los pedidos.

Nosotros orbitábamos a su alrededor, cada uno a su manera, conscientes de la competencia tácita que se genera entre primates, ante la presencia de una verdadera hembra.

Estaba totalmente seguro que yo no era el alfa. Me conocía muy bien.

Mi mente descontrolada se empeñaba en forzarme a sentir el calor de su atención, aunque no pudiera descifrar su significado.

¿Curiosidad? ¿Simple cortesía? ¿O acaso, una chispa, por pequeña que fuera, de algo más?

El invierno porteño mordía como un perro rabioso, colándose por las rendijas de mi refugio. La humedad me calaba los huesos. Otra señal de esa condena a sentir el frío ajeno como propio.

La botella era mi alivio después de cada jornada. Sedaba la intensidad del veneno de sus ojos y la canela de su piel en mis sentidos.

Noches largas, con la culpa de una existencia a medio gas, intentando ahogar su imagen sonriendo a otros, a los que tenían la billetera abultada y el cabello color sol.

Entre trago y trago, el sistema inmune fue cediendo.

La gripe se instaló como un inquilino molesto. Una fiebre que me hacía sentir fragilidad y mi absoluta falta de protección ante las inclemencias del virus más potente: el deseo no correspondido.

Pedí un día libre, un respiro en esa condena de ocho horas al día, oliendo a pizza y escuchando esa lista de canciones que ya me taladraba el cerebro.

Un día para toser, escupir flema e intentar no tragarme el llanto verdoso de mi nariz congestionada.

El viernes volví al antro de harina y levadura, arrastrando el cuerpo como un costal de huesos. Estaba solo un poco mejor, pero ya pedir permiso de 24 horas en un empleo como estos es ir socavando mi estabilidad laboral.

El sábado, la generadora del magnetismo impune estaba ahí. Su presencia era el efecto placebo que sublimaba mi estado febril.

Eso me convertía en el mejor actor de carácter que interpretaba al hombre duro, gracioso y con desenfrenada voluntad de trabajo.

Había una camaradería real, sí, forjada en las largas horas y el ritmo frenético del oficio.

Compartíamos risas por los clientes extraños, nos ayudábamos en los momentos de mayor demanda y hasta nos contábamos alguna que otra pena.

El humor cínico era mi trinchera, mi forma de navegar, esa extraña mezcla de condena con redención.

Recuerdo que ese día hubo buenas propinas. Ella se fue antes, porque tenía un compromiso, dejándonos con el ritual del cierre: el trapo húmedo sobre las mesas, las sillas apiladas como un presagio de otra noche solitaria.

Terminamos de hacer lo que correspondía y se cerró el local. Mi estado gripal había regresado por venganza, mientras mi cuerpo solo me pedía un trago.

Caminé hacia mi casa, sintiendo el asfalto helado bajo mis pies.

Y entonces la vi. En la parada de autobús frente a mi puerta. Iluminada por la luz de la calle, su pelo castaño oscuro contrastaba con el aire gélido.

-¡Hola!

Dijo, con esa sonrisa, que aún era capaz de aflojarme algo más que las rodillas, incluso con la gripe royéndome por dentro.

Me acerqué, impulsado por una torpeza febril, por esa rara conjunción de cansancio y una última bocanada de esperanza.

– ¿A dónde vas?

-A un bar en Belgrano, a reunirme con unas amigas.

– Seguro que algún pibe con mejor suerte te espera.

Solté, con ese humor ácido que era mi escudo. Ella intentó esquivar la frase, como si no quisiera confrontar esa verdad evidente.

– No, solo vamos a charlar y tomar unos tragos, porque tenemos tiempo sin vernos.

– Como podés darte cuenta, no nací ayer, así que, tranquila. Estás en tu momento.

Insistí, sintiendo la urgencia de marcar territorio, aunque fuera verbalmente. Ella, como el ser extraordinario que era, dio la vuelta todo a su favor.

– ¿Vos cómo te sentís? ¿Mejor?

-Yo, mucho mejor.

Mentí, la garganta áspera como papel de lija. No quería que sintiera lástima, no quería que pensara que me quedaría ahí, pegado a su aura.

Me despedí, deseándole una buena noche, con la culpa punzándome ya en el pecho por no haber aprovechado ese instante.

Al llegar a mi tugurio, el arrepentimiento se hizo insoportable. ¿Y si esa breve charla era una señal? ¿Y si había desperdiciado la única grieta en su armadura?

Di media vuelta, como un idiota con mocos en la nariz y bajé las escaleras como un demente.

La encontré todavía en la parada, bajo la luz en la que se estaban empezando a estrellar gotas de una tormenta que ya pronto abriría el vientre sobre toda la ciudad de la furia.

Mi regreso a su encuentro pareció tensarla.

– ¡Volvé a tu casa!

Me dijo con voz incómoda.

-Tu gripe puede empeorar con esta lluvia.

– No te hagas drama -Le contesté- hierva mala nunca muere.

Ella no pareció tomarlo con buen humor y sus ojos verdes se llenaron de nubes tormentosas y relampagueantes.

Llegó el colectivo, ese monstruo ruidoso que vino en su rescate la para llevarsela de mi lado, sepultando lo que pudo haber sido una oportunidad de conocerla mejor, dejándome con la lluvia helada y la certeza de haber metido la pata hasta el fondo.

Los días siguientes fueron muy diferentes. La distancia era palpable, se había levantado un muro invisible entre nosotros.

Ella, amable con todos, distante conmigo. Yo, tosiendo mi derrota como un tuberculoso.

Las cartas estaban sobre la mesa: la selección natural era implacable. Y el extranjero, no tenía una mano favorable en esa partida.

Mis compañeros seguían en la silenciosa competencia por su atención.

Cada noche la botella era mi único consuelo, un anestésico barato para la punzada constante de la humillación.

El trato de mis jefes, siempre áspero y condescendiente, se había vuelto insoportable. Sentía su desprecio velado.

La frustración se acumulaba, noche tras noche, como la grasa oscura en una freídora.

Finalmente, la tensión explotó. Una discusión absurda con uno de los dueños, una nimiedad sobre la limpieza del baño, se convirtió en la válvula de escape de toda esa rabia contenida.

Le dije lo que pensaba de su trato, de la explotación, de la miseria de ese empleo. Sentí su mirada sorprendida, el silencio repentino en el local. En ese instante, supe que no podía seguir.

Al día siguiente presenté mi renuncia. Fue un acto impulsivo, una liberación agridulce. Dejaba atrás el olor, la lista de canciones machacona, la presencia de esos ojos que eran una herida abierta.

A pocas semanas de haber renunciado me reencontré con algunos de mis excompañeros en uno de los bares de Villa Crespo, para celebrar mi liberación del yugo de otro patronazgo tóxico de gastronomía en esta ciudad.

Ellos tampoco se sentían a gusto con el trabajo, pero no tenían el valor de rebelarse contra la autoridad y el mal manejo de tan prometedor establecimiento.

Un adulto curtido de 45 años si puede hacerlo con total comodidad y desparpajo, aunque no tenga certeza acerca del futuro próximo.

Ella estaba predente. Cuando me acerqué para saludarla, de inmediato, percibí su incomodidad y rechazo.

Estaba sentada junto al encargado rubio, intercambiando secretos y risas. La confirmación de lo que mi escepticismo ya había anticipado.

La conversación fluyó entre chistes y anécdotas del viejo trabajo. Yo me mantuve al margen, bebiendo mi cerveza amarga, sintiendo una punzada de vacío mezclado con resignación.

Cuando llegó el momento de despedirme, estreché la mano de todos, incluso la de ella. Un apretón breve, sin palabras innecesarias.

Al salir a la noche fría de Buenos Aires, sentí el peso de un breve espejismo de deseo en medio de la oscuridad.

Una derrota más en la larga lista de errores de un extranjero que busca su lugar en una ciudad hermosa y cruel, como los seres que la habitan.

                                       FIN

(c) Edwing Salas

Lecciones de Tango

La premisa grabada a fuego en la mente de Marcos es: Hay que adaptarse y abrazar la cultura del país que te ha recibido.

Él forma parte de los 7,7 millones que han huido de la dictadura militar genocida que oprime su país.

Después de 9 años en la hermosa metrópoli que lo ha acogido, una de las cosas que más le desconciertan es cómo él siempre ha estado de acuerdo en condenar a la antigua dictadura argentina y sus víctimas: sean 30.000 o 14. La cantidad no importa.

Siente que entre algunos locales, parece no haber una comprensión solidaria con lo que ocurre en su lugar de nacimiento. Aseguran cualquier cosa, menos la existencia de una tiranía que somete a la gente al colapso permanente.

Lo que frecuentemente le resulta raro es que aquellos que condenan a sus tiranos militares, parecen convalidar las atrocidades de los dictadores del Caribe, quienes, por cierto, utilizan las mismas torturas y homicidios de sus antecesores australes, superándolos en alevosía y descaro.

«Debe haber dictaduras más bonitas que otras».

Reflexiona con fingida ingenuidad.

Apartando todo eso, el tango es una de las tareas que se ha propuesto Marcos para aprender y sentirse más familiarizado con la llamada pasión argentina.

Cada miércoles, sin falta, se presenta en las clases del club barrial Villa Malcolm, en la avenida Córdoba, entre Serrano y Thames.

Ahí se encuentra con su amigo Martín, quien le insistió hasta hacerlo ir. Martín, su mujer y sus chicos asisten desde hace años al tradicional lugar.

Marcos vivía a escasas dos cuadras y le quedaba perfecto para cerrar las tardes de caminata y ejercicio por todo Palermo, como premio a sus amadas jornadas de trabajo creativo desde casa.

¡Cuántos recuerdos añorados!

De esos días de gloria pasada, podía atestiguar la maravillosa metamorfosis de la mujer argentina, una vez que se cambiaba de zapatos y empezaba el ritual de baile al compás de los viejos discos de vinilo transferidos a formato MP3.

El espectáculo no solo tenía piel local: norteamericanas, japonesas, alemanas, francesas, brasileñas.

Era contemplar la danza del mundo, representada por cuellos, espaldas y piernas, llenas de anocheceres rojos y amaneceres amasados por el cumplimiento de sus fantasías lejos de sus estructuradas sociedades.

La luz escarlata y amarilla aumentaba la pulsión por el baile. En medio del torbellino, Marcos era detenido por las rigurosidades impuestas por ese estilo musical tan único y, a la vez, tan complejo.

– Esto no es salsa.

Esas frases lo frenaban en seco, haciéndole dudar sobre sus capacidades de aprendizaje y adopción de nuevas culturas. Este baile es tan único como la yerba mate, como la rivalidad entre River y Boca.

Tan de aquí como el Día de las Madres, que se celebra en octubre y no en mayo, como lo hace el resto de Occidente.

Con el pasar de las semanas, Marcos dedicó más tiempo al trote y las caminatas. Se presentaba en Villa Malcolm ya al final de las clases, solo para ser testigo de las metamorfosis tangueras que constituyen una muestra muy local de los rituales darwinistas que siempre han movido al ser humano.

FIN

(c) Edwing Salas

El Hombre Alce

 En este mundo se ve de todo. Nunca se llegan a cumplir suficientes años como para perder totalmente la capacidad de asombro y eso quedó enteramente demostrado cuando se conoció el caso del Hombre Alce.

Las democracias se parecen cada vez más a las dictaduras, las dictaduras se confunden con las democracias, la confianza ahora es desconfianza. Las izquierdas dicen que todo es culpa de las derechas y estas, dicen lo mismo de sus contrarias. Mientras hay sociedades que quieren liberarse, otras, quieren ser esclavizadas.

Pero en medio de tanto caos, desigualdad, corrupción e injusticias, está el amor, el sexo y la satisfacción de los instintos básicos.

La soledad, por encima del dinero que asegura victorias y absoluta comodidad. Corría el año 2019. El amor era un líquido que fluía libremente por las metrópolis.

Cambió, se intensificaron los niveles de selección natural, la hipergamia dictaba las normas con más fuerza que nunca. Entonces, no se estancaba, ni duraba tanto tiempo en el mismo lugar.

Eso, sin duda, es verdadera evolución. Igualdad, con o sin superioridad moral. El maridaje perfecto Charles Darwin – Zygmunt Bauman.

El Hombre Alce le llamaron en las redes sociales y medios convencionales a ese ser deformado por un extraño padecimiento adquirido en la India, o en Bangladesh, quizás.

Él adoraba las culturas milenarias y la espiritualidad. Eso lo llevó un largo peregrinaje en la búsqueda de sí mismo, para alcanzar la elevación espiritual,pero en cambio, terminó con un desorden metabólico provocado por una bacteria extraña llamada «Lontanus Ausensis».

En todas partes reseñaron como Bernard Luisantis, oriundo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con 29 años, había pasado de ser una persona normal, de clase media alta y aspiracionalista, con sueños y proyectos, junto a su esposa Lidia Flesher, – de 28 años- a protagonizar un drama que alimentaría el morbo de todo el planeta por un larguísimo periodo de 15 días.

Luego, la atención se enfocó totalmente a seguir las incidencias del conmovedor caso del primer Drone autónomo que, tras pasar al estado de la singularidad tecnológica, empezó a auto percibirse como la primera inteligencia artificial transgénero de la aviación contemporánea, pero esa tendría que ser otra historia.

                      ****************************

Bernard y Lidia habían nacido a mitad de los años noventa del siglo pasado. Sin duda, pertenecían a una generación privilegiada que les permitía el sagrado derecho de contar con muchas opciones para elegir. El poder y la libertad de hacer, sentir y tener el control de sus decisiones.

Se conocieron durante la secundaria y aunque Bernard siempre sintió una desbocada pasión por su compañera Lidia, ella no notaba nada especial en él.

Fue con el tiempo, cuando se dio cuenta que su pretendiente era una persona fiel y devota a sus caderas de odalisca.

Eso ocurrió justo después de la decepción amorosa más grande de su vida. Lidia, ya a punto de graduarse en la universidad, fue engañada por Martín, el joven alfa con quien creía que pasaría el resto de su existencia.

«Tincho”, con descaro y sin decoro, le puso prominentes cuernos con varias mujeres tan sensuales como ella y también, con otro compañero del club de rugby. Lidia se sintió desechable y rebajada hasta el último peldaño de la dignidad.

Bernard le tendió la mano y prometió cuidarla, apoyarla y por sobre todas las cosas, amarla.

Ella al principio no le creyó, solo lo utilizaba mientras tenía encuentros casuales con muchos otros, para ahogar sus penas y encontrar un alfa digno de entablar una relación duradera y reproductiva.

Bernard no era, ni siquiera, la cuarta opción, pero finalmente Lidia se dio cuenta de que no encontraría a más nadie capaz de acompañarla con un amor y estoicismo semejante.

Entonces, se dejó fluir y por fin, terminó enamorándose perdidamente de él y ya nada podría separarles.

Bernard le otorgó el lugar que se merecía, aunque era él quien realmente debía cuidar la confianza que su novia le había dado. Ella jamás le permitiría comportarse como la mayoría de los hombres que habían pasado por su vida.

Él tampoco poseía ese perfil seductor y mujeriego. Mucho menos, tenía propensión al liderazgo o el esfuerzo por concretar algún objetivo en particular. Su empresa más grande había sido conquistar pacientemente a Lidia, por quien sentía devoción absoluta. 

La familia Luisantis nunca vio a Lidia como la persona más conveniente para el consentido Bernard y eso la alentó a luchar por estar juntos. Un asunto de rivalidad natural entre suegra y nuera.

Cora, la mamá de Bernard, ejercía una tremenda influencia sobre todas sus decisiones, hasta el punto de ponerlo siempre en situación de escoger entre ella o su novia.

Cada ocasión, cada detalle, cada reunión social era una batalla para ver quién atraía más las atenciones y cuidados del flaco, aunque él desarrollaría rápidamente la manera de voltear a su favor esa circunstancia.

—Existe una forma de ponerle límite a mamá.

—¿Cuál es?

Bernard sacó una cajita cuadrada de su bolsillo y como si se tratase de un prestidigitador, hizo aparecer un anillo de brillantes y se lo puso en el dedo anular izquierdo a Lidia.

En la boda, los padres de la novia estaban contentos por el gran paso que había dado. Ya se había graduado de administradora contable. Siempre fue muy independiente y determinada. Lo que más temían en ella era su temperamento y en verdad, no había que objetar nada.

Bernard, por su parte, se encargaría del negocio familiar de los laboratorios, tal como lo había hecho su difunto padre. Para él, tampoco había que esforzarse tanto en una universidad. Con estar al tanto de lo que hacían quienes realmente sabían cómo funcionaba el negocio, era suficiente para vivir con tranquilidad.

La personalidad aguerrida y determinada de Cora, le ayudó a resistir el leve ACV que le dio en la boda. Lidia ya tenía derecho al capital que ella y su familia habían construido con tanto sacrificio.

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“Luna de miel | luna de miel”, con ese fraseo clásico de la música pop podrían definirse los primeros 2 años en pareja de Lidia y Bernard, luego de su primer tour por Europa, como punto de partida de su unión matrimonial.  

Vivían en un cuatro ambientes en Palermo SoHo. Trabajo, vida social, coches del año. Todo iba sobre ruedas, hasta que, de pronto, en uno de esos eventos de terraza al aire libre en la primavera de Buenos Aires, uno de los pilares de la relación, reflexiona: «Quizás, el matrimonio es algo más, tipo cuando se llega a los 35 o 40 años».

Esa epifanía oscura se impregnó como polvo en una alfombra y se adueñó de todo el departamento, de sus palabras, de sus miradas y de su lecho matrimonial.

“¿Qué está pasando?” Se preguntaba ella, de igual manera él. Uno se lo preguntó al otro durante un domingo de invierno a las 6 de la tarde, cuando el bajón del «Blue monday» asomaba en el horizonte.

¿Era demasiado tarde o demasiado temprano para reproducirse?

La familia de ella pensaba que era el momento, en cambio, la familia de él, siempre fieles al catolicismo, empezaron a recalcular el polémico y delicado tema del aborto en caso de conocerse la noticia del embarazo.

Cora sabía que con el título de “abuela” se confirmaría su paso oficial a la tercera  edad y quedaría asentado el peligro latente de un heredero salido de las entrañas de su némesis.  

Durante los momentos felices las demostraciones de amor entre ambos eran más que ideales para concebir un hijo, sin embargo, el milagro de la vida no estallaba en el vientre de Lidia. 

Con el tiempo y las situaciones en las que se vio envuelta en la rivalidad con su suegra, deseó quedar embarazada para terminar de “matar a la bruja”, pero la magia no ocurría. 

En un reencuentro de amigos de la universidad, en el que Bernard se negó a participar, Lidia descubrió que la huella que Martín había dejado en su cuerpo estaba intacta, fue así como el exnovio aprovechó la oportunidad para abrir piernas que se creían cerradas para siempre.

A las 9 de la mañana del siguiente día, Lidia regresaba al departamento y se encontró con que su esposo le había preparado el desayuno. Ambos comieron tranquilamente, agitando cada vez más el silencio. 

Los días sucesivos mostraron un aumento de la tensión entre la pareja. A medida que su matrimonio perdía sustento, los silencios se hicieron más largos y las discusiones más frecuentes. 

Se sentían atrapados en un círculo vicioso de desconfianza y resentimiento, incapaces de encontrar una solución.

Fue entonces, cuando Lidia propuso darse un tiempo para reflexionar sobre su relación. Aunque se trataba de una decisión difícil, estuvieron de acuerdo en que necesitaban espacio para pensar y encontrar respuestas. 

Bernard, sintiendo una mezcla de alivio y tristeza por las decepciones sufridas,  aceptó la propuesta y decidió emprender un viaje a la India en busca de esa paz espiritual que alguna vez soñó.

Lo único constante son los cambios. 

En la India, Bernard abrazó con excesivos ánimos la espiritualidad del país, visitando templos y practicando meditación. 

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos por encontrar respuestas, se sintió cada vez más perdido y desconectado. No podía sacarse de la mente la sensación de infidelidad que había quedado plasmada ese domingo en el que desayunaron juntos por última vez.

En Buenos Aires, Lidia dejó el departamento y se fue con todas sus pertenencias sin notificar nada a la familia de Bernard. Volvió a revivir su pasión por Martín y juntos acordaron tener una relación abierta, algo más acorde con estos tiempos.

No vivirían juntos, ella necesitaba espacio para pensar en lo que iba a hacer con su futuro. El lugar adecuado para poder analizar las cosas con claridad, era uno de los hostales internacionales de Palermo, donde la línea que separa los días y las noches es muy delgada y confusa. 

A pesar de la distancia, Bernard también estaba en sintonía con la exploración de sus deseos más íntimos, descubriendo banquetes que llenaban su existencia vacía con hedonismo puro y peligroso.

Su lado espiritual rápidamente dio un viraje de 180 grados y se tornó en una ferviente sed de alcohol, cuerpos y el constante fulgor de un hipotálamo hiperestímulado. 

Literalmente, borrar el recuerdo de su excompañera le hizo traspasar todo tipo de fronteras. Entre las más importantes, por supuesto, estaban las geográficas. 

En una de sus exploraciones por Bangladesh, país vecino de la India, Bernard descubrió hasta dónde eran capaces las dulces veinteañeras, que por el equivalente a 3 dólares, podían hacer desaparecer todo rastro de Lidia en sus cinco sentidos. 

Alcohol, hachís, cocaína, éxtasis. El templo de su cuerpo entraba en la espiritualidad química. 

En Buenos Aires, Lidia abrió de par en par las puertas de su templo para darle cabida los tríos con «Tincho» y su colega rugbier y, en ocasiones, con alguna amiga venezolana que se les unía luego de bailar salsa erótica toda la noche en el boliche tropical Fidelo. 

Nada los unía. Tan solo hacía falta formalizar su divorcio y que cada uno volviese a su mundo. Bernard estaba pensado seriamente en no regresar y expandir su experiencia sensorial en Tangier, Marruecos. 

— Tenés que regresar. Hacete cargo. Te lo dije mil veces. Esa mujer no te convenía. Vení, divorciate y si querés, luego, nos instalamos en Europa. No me gusta que andes en esos lugares tan precarios. 

Cora se esforzaba para que su hijo recuperara la cordura y retornara a la vida que tenía previamente antes de casarse. Para Bernard, esas videollamadas eran un cable a tierra. Un clamor a la conciencia. Sin embargo, el flaco sentía un vacío tan inmenso que muy pronto se convenció a sí mismo de que era un ente sin alma. 

En Buenos Aires, Lidia completó la solicitud de divorcio alegando diferencias irreconciliables. No podía compartir su vida y perder su tiempo con alguien tan tibio, así prometiera una estabilidad económica como pocas en la Argentina. 

Las noches de cacería la habían transformado en una figura avasallante, un espécimen alfa que ganaba kilos y flacidez, pero eso no disminuía su valor como mujer que sabe tener control sobre los hombres. 

Se sentía imbatible, empoderada, rabiosa y altamente deseada. Era como si tuviese membresía ilimitada a un restaurante de tenedor libre, donde podía escoger un menú diferente en cada visita y saciarse hasta sentir culpa de tanta gula.

Siempre supo que esa era su naturaleza y hasta hace pocos meses evadía esa pulsión salvaje, pero ya no más. 

Los locales nocturnos se volvieron repetitivos e insuficientes. Entonces, recurrió a Tinder, Happn, Badoo e Innercircle. Todo un mundo de posibilidades estaba a sus pies.  

De la misma manera, Sergei se inclinaba ante su personalidad dominante escondida tras su voz infantil, rogándole por una relación monógama… o abierta. Lo que ella quisiera. 

El pintor abstracto de moda estaba exponiendo en una de las mejores galerías del SoHo y la invitó para que viera sus obras, entre líneas, dedicadas a los eventuales encuentros que sostenían en medio de las furiosas noches de fin de semana. 

Era la ocasión perfecta para conocer a algún atractivo coleccionista de arte que la colocase en el lugar que ella se merecía. 

Ya estaba aburrida de cazar presas fáciles. Era el momento de cerrar ciclos y comenzar de nuevo. Eso sí, siempre junto a alguien con la capacidad de mantenerla en el sitial de honor que le correspondía por destino manifiesto.   

Su mente, cuerpo y espíritu empezaban a clamar para que iniciase el camino hacia la sanación.

Las salpicaduras de tinta roja, blanca y amarilla con cubos temblorosos y otras formas garabateadas, bajo un lienzo negro y púrpura, daban la impresión de un terrible accidente automovilístico donde cuadros de Pollock, Picasso y Monet resultaban descuartizados entre un amasijo de chatarra reciclada. 

La pintura de 6 metros de alto por 6 de ancho era impresionante, solo en tamaño. Los estudiantes de arte que se encontraban en la galería se preguntaban por qué tal aberración era expuesta en una de las galerías más famosas de la ciudad. Su pensamiento delataba su ingenuidad ante la vida. 

La obra, que ocupaba la pared central del recinto, llevaba por nombre “La Loba”. Su musa inspiradora se sentía halagada, aún sabiendo que las distintas sensaciones que producía en quienes la contemplaban distaban de una buena crítica.

Se limitaba a degustar su trago de champán mientras veía y se dejaba ver, entre conocidos y extraños.  

Contemplaba el mural por última vez antes de esfumarse, luego de detectar la carencia de especímenes que desataran en su interior deseo y admiración.

De pronto, notó una presencia silenciosa a su lado, cosa que incrementó su hastío del lugar, ya que varios insignificantes habían intentado la misma técnica de preguntar algo o emitir una frase que la obligase a interactuar.. 

Dirigió su mirada, solo por reflejo, a quien tenía al lado, simplemente para descolocarlo cuando iniciara su retirada. Luego de escrutarlo con típica altivez, fue ella la que entró en shock.

— Hola Lidia, pensé que nos ibamos a ver solo en tribunales. 

La copa de champán estalló en mil pedazos al chocar contra el inmaculado piso de mármol. 

Sus miradas se encontraron en medio de la galería. Fue un instante en el que todas las palabras no dichas, el dolor compartido y los arrepentimientos resurgieron.

Bernard había decidido regresar a la Argentina para finiquitar su divorcio y preparar todo para instalarse en Madrid con su madre. Su proceder estuvo signado por el apremio de hacerse cargo de aquello que él mismo había provocado. 

Se veía alarmantemente delgado, con ojos hundidos y sin brillo, además de una barba poco poblada y desordenada que le impregnaba el sello del deterioro que provoca vivir sin reglas en el tercer mundo oriental. 

Su presencia en el sitio era tremendamente azarosa, ya que una de sus nuevas amistades pseudo-espirituales del sudeste asiático le citó en el lugar para reencontrarse y, a partir de ahí, disfrutar de la salvaje noche porteña. Pero finalmente, no se presentó, dejándolo plantado.   

A pesar de sus diferencias y de las circunstancias terribles que los habían llevado hasta allí, los dos sintieron una conexión que trascendía sus propios tormentos como pareja.

El inesperado abrazo de ella fue suficiente para resucitar aquello que se creía extinto para siempre.

Agonías varias 

Confrontar sus propias responsabilidades en la relación fallida les llevó tiempo. La intimidad aún no se reanudaba, quizás, porque ambos se sentían tan culpables de perder la cuenta de los cuerpos consumidos, que ninguno se atrevía a confesar, ni mucho menos, insinuar usar la cama para algo más que dormir. 

Bastaba con saber que uno estaba al lado del otro y que ya nada los separaría. Habían prometido vivir en reciprocidad y mantener a flote esa complicada empresa conocida como matrimonio y familia.

Ese compromiso incluía desmontar toda mala influencia de Cora y el entorno familiar de Bernard. Fue una de las condiciones que impuso Lidia antes de empezar la reconstrucción de sus vidas.

Así fue como iniciaron la nueva etapa de restitución amorosa. Cada uno dejaba atrás todo lo sucedido en los últimos meses, con la promesa de volverse una pareja más fuerte, si lograban superar todas las heridas que les produjo el conflicto.

Bernard fue el primero en expresar cuánto atesoraba dormir y despertar al lado de su amada. Sabía que las relaciones íntimas empezarían a fluir tarde o temprano. Solo era cuestión de tiempo. 

Lidia, también se sentía aliviada y agradecida. El peso de su voluntad en la convivencia se hizo aún más evidente y eso la condujo a retribuir ese nivel de entrega con su consentimiento para reanudar la intimidad entre ambos. 

La notificación fue insinuada en forma muy sugerente durante el final del desayuno del viernes. Al finalizar la jornada, luego de cumplir con sus respectivas responsabilidades de ese día, ambos, dejarían libre sus instintos más básicos, como en los primeros días de la convivencia. Un momento realmente decisivo para ambos. 

El reloj marcaba las 6:15 de la tarde cuando Lidia regresó al departamento. Una brisa suave acariciaba las persianas, mientras ella recibía la llegada de la noche con una sonrisa. Había pasado todo el día planeando la esperada velada.

Dejó su bolso en el sofá y comenzó a sacar con cuidado los productos que había comprado con tanto esmero. Sobre la mesa del comedor, colocó una botella de champán de una prestigiosa bodega francesa, un regalo que ella misma se había concedido. La etiqueta dorada brillaba con la promesa de una noche llena de fuego.

El aroma tentador de una baguette fresca llenó el aire mientras sacaba una canasta de mimbre con pan recién horneado. La pieza estaba acompañada de una selección de quesos franceses: brie suave, de cabra con hierbas y un intenso Roquefort. 

Colocó cada queso en una elegante tabla de madera, junto con uvas rojas y nueces. Continuó trabajando con otros ingredientes. Preparó una ensalada fresca con espinacas tiernas, fresas maduras y pistacho. 

Como una obra maestra, la mezcla estaba contenida en un tazón de vidrio que chispeaba bajo la luz de las velas que había encendido. El aceite de oliva extra virgen y el vinagre balsámico llenaban pequeñas y delicadas botellas de cristal, listos para aderezar los vegetales.

El plato principal consistía en filetes de salmón a la parrilla, marinados en un aderezo. Colocó las porciones en platos individuales, adornándolas con rodajas de limón y un toque de eneldo fresco. Bernard no salió de su mente ni por un momento, estaba empezando a notar que tardaba. Se fijó en el reloj y vio que eran las 7:25.

Evitó impacientarse, en cualquier momento cruzaría por esa puerta cargando un gran ramo de flores, un peluche o, mejor aún, pastillas de éxtasis con la cara del «Che”.

Con la mesa elegantemente preparada y la comida exquisita lista para ser degustada, Lidia se tomó un momento para arreglarse, aprovechando el retraso de su marido. 

Cuando entró al cuarto y encendió la luz, no podía creer lo que veía. Bernard yacía en la cama, cubierto de pies a cabeza con la sábana, temblando en posición fetal. 

—¡Amor! ¡¿Qué hacés aquí?!

Bernard responde con voz débil.

—Lidia, por fin llegaste. 

Lidia se acercó con rapidez y le tocó la frente, al instante percibió que ardía en fiebre y había algo más que la inquietó. Hizo a un lado la manta para ver mejor a su esposo y de inmediato la sorprendió el terror. 

—¡Bernard! ¡¿Qué te pasó?!

Su frente mostraba como se ramificaban dos protuberancias que parecían ser de sangre coagulada. 

— Nada, creo que me va a dar gripe. Me duele mucho la cabeza y supongo que tengo fiebre. Dejame dormir y vas a ver que mañana voy a estar mejor. Perdón por no poder cumplirte hoy, mi vida. 

Su voz se fue apagando. 

—¡Bernard! 

Jamás un nombre había sido gritado con tanto horror. 

Un sol carmesí se oculta en el horizonte marítimo, tiñendo de rojo las aguas del Golfo de Bengala, de donde empiezan a emerger como sirenas el conjunto de amantes transaccionales de Bernard, con sus anatomías perfectamente visibles y definidas. Su sensual danza provocan gozo y excitación en él. Cada persona realiza una coreografía diferente hasta convertirse en deidades como Durga, Kali, Lakshmi, Saraswati y Ganesh. El agua hierve hasta convertirse en lava. Los dioses se derriten en ella, hasta que una cobra gigante emerge desde las profundidades y lo ataca.  

Bernard despierta en una unidad de cuidados intensivos, rodeado de eminencias médicas nacionales e internacionales. 

—Señor Luisantis, por favor, mantenga la calma, todo va a estar bien. 

Con las palabras del doctor a cargo de la investigación fue recibido Bernard en su regreso al mundo consciente, tras permanecer nueve días en un coma inducido, debido al proceso en el que el virus terminaba de completar su ciclo de desarrollo. 

Esto significó la transformación de su lóbulo frontal en la base de dos ramificaciones de material cartilaginoso y proteico que se asemejaban a las astas de un cérvido, pero en menor escala que esta especie.

El color de su piel se había tornado marrón, debido a las complicaciones renales, convirtiéndolo en una especie de versión humanizada de los alces. Sus manos también se deformaron al punto de poseer una enferma similitud con pezuñas.

El mundo, tal cual como él lo había conocido, ya no existía y se había convertido en un total infierno. Cora estaba internada en el mismo prestigioso hospital, por sufrir un derrame masivo, 72 horas luego de internar a su hijo y presenciar parte de su inevitable cambio. 

Lidia también desapareció al séptimo día de reclusión de su marido, aunque la prensa aseguraba que se encontraba oculta en la isla de Margarita, en Venezuela. País que se habría ofrecido a esconderla y protegerla, a cambio de información sobre la misteriosa enfermedad.

Nadie se atrevía a concluir nada ante las idas y vueltas de los carroñeros medios, porque recibían con placer culposo cada dato que salía de las salas editoriales.  

La investigación, a cargo de los mejores hombres de ciencia, dieron como resultado varios datos que se conocieron en todo el mundo:

  • La enfermedad es una variación del VPH y se contagia solamente por la vía del contacto sexual entre personas con «Pthirus pubis» o ladillas. Estos insectos parásitos actúan como portador del agente activo «Lontanus Ausensis», que se inyecta a través del proceso de extracción sanguínea del humano por parte del ácaro. 
  • El virus se mantendría aislado dentro del paciente 0 mientras el mismo esté impedido de sostener relaciones sexuales con otra persona. Circunstancia que la comunidad científica estaba convencida de que era inquebrantable, debido a las “condiciones y aspecto” del ecosistema que lo aloja. Eso era una noticia alentadora para todo el planeta.
  • El rastreo de este inédito hallazgo de la naturaleza concluye que la alteración genética se produjo cuando un mosquito de Bangradesh succionó la sangre de un pangolín de la zona, que a su vez, había comido gusanos de una fosa común desconocida.
  • Luego, dicho mosquito, copuló con una ladilla y esta fue el vehículo para contagiar a los humanos.  

El informe hacía referencia contextual del caso de Dede Koswara, un ciudadano de Indonesia que ganó notoriedad internacional debido a su rara condición médica. Sus síntomas comenzaron cuando era un adolescente y desarrolló crecimientos verrugosos en sus manos y pies que se asemejaban a ramas, lo que le valió el sobrenombre de “El Hombre Árbol”.     

Finalmente, Bernard fue dado de alta. En la entrada del hospital la prensa local e internacional se presentaba con sus cámaras para darse un banquete y mostrarle al mundo las aberraciones de la naturaleza.

El Hombre Alce fue perseguido por los periodistas hasta su departamento de Palermo SoHo. Una vez dentro, se dedicó a pensar cuál sería el método más rápido e indoloro para poner fin a su desdichada existencia. 

Durante los días siguientes la situación se tornó más mórbida. Su imagen recorría el mundo como un meme alusivo a las personas que son víctimas de alguna infidelidad, debido a la evidente similitud entre sus «astas» y el folclore que designa a los cornudos. 

Nadie reparó en su dolor, en su sufrimiento, en lo que sería su vida de ahora en adelante.

Mucho menos, luego de que uno de los drones de prensa sensacionalista que sobrevolaba su edificio en busca de alguna imagen, cortó conexiones con el mando a control remoto para volar libre como una golondrina y construir su nido junto a algún macho para fecundar y eclosionar huevos. 

Nunca se llegan a cumplir suficientes años como para perder totalmente la capacidad de asombro.

                                      FIN

(c) Edwing Salas

El Bukowski de Harlem

Esta historia sucedió hace muchos años, a partir de hoy, no importa cuando leas esto. 

A Godfrey le empezaron a nombrar de esa manera sus amigos de Lower East Manhattan, un círculo esnobista y odioso que se admiraba con su talento innegable, pero querían hacerlo sentir incómodo y alejado de toda autoconfianza al compararlo con el autor menos leído por él, Charles Bukowski,  aunque el novel escritor reconocía que lo poco que conocía, le resultaba asombroso. 

Su creador favorito era James Baldwin, de quién había logrado adquirir toda su maestría y sensibilidad, posicionándose, sin saberlo,  como una versión de los noventa, totalmente condenada a un éxito verdaderamente grotesco y ensordecedor, una vez que se diera cuenta de su verdadero potencial y talento, como resultado de haber vencido a los demonios que le devoraban la autoconfianza. 

Al estudiar en una secundaria en la parte clase media alta de New York, gracias a sus dotes literarias, conoció a Giulianna, una tierna ítalo-americana de busto prominente a pesar de sus 13 años. «God» la conoció por accidente, ya que se trataba de la hermana menor de Sofía, la linda rubia pretenciosa que terminaría siendo una de las mejores amigas de Louise Verónica Ciccone. Tal para cual. 

Lo que perturbó a este mestizo, mitad puertorriqueño, mitad español, no fueron las prominentes tetas de la adolescente, sino, la simetría y piel de porcelana que le daban un aspecto victoriano a la pequeña ninfa inocente, a quien superaba en edad por 4 años.

La magia de su mirada y su voz algo grave hacía que el autor en ciernes produjera poemas, canciones y hasta cuentos que años después fueron publicados con éxitos en los diarios de New Jersey, donde contaba con gran aceptación de la comunidad ítalo-americana que abundaba en el lugar. Bueno, quizás era porque nunca habían visto su foto. 

En años posteriores,  también empezó a ser respetado en la ciudad de New York. Los diarios más prestigiosos, tanto de izquierda, como de derecha, se peleaban por publicarlo, porque su obra era tan profundamente ambigua y alegórica que dejaba en la imaginación de sus lectores una telaraña de fuego con su prosa inocente, sagaz y siempre causante de grandes interrogantes.

Retornando a esos primeros años de formación, donde empezó a abrir los ojos de la escritura con el alma y vestiduras rasgadas, indudablemente era un neo romántico enamorado. 

Formó parte de la revolución cultural de esos años fundacionales. Estaba siempre en contacto con todas las figuras del Hip-Hop y el Punk Rock de esa época. La gente le pedía su primera publicación para consagrarlo. 

Lo que trastornó un poco su existencia fue cuando un amigo pintor, drogadicto y grafitero, Juan Miguel, se había liado en un trío con Louise Verónica y Sofía, quedando adicto a esta última, como si se tratase  de la última versión de estupefaciente químico lanzado por el  FBI o la CIA, para seguir manteniendo a raya a los negros y continuar con la apropiación cultural más cruel de la historia. 

Uno de esos días de fin de semana, Juan Miguel o Jean-Michel, sufrió una especie de síndrome de abstinencia del coño mojado de Sofía y también, por supuesto, de todas las drogas recreativas que consumía. Eso lo llevó a aparecerse con una pandilla de grafiteros del hip-hop, para hacer obras de arte en uno de los rascacielos más lindos de Manhattan, donde vivían estas ninfas post romanas. 

El motivo que impulsó al joven «God» a unirse y apoyar a su amigo Jean-Michel, en tan desfachatada aventura, era el hecho de experimentar lo mismo que sentía su colega, pero con Giulianna, la hermana de su chica. 

Eran el típico par de caucásicas que siempre iban a negar cualquier romance con una dupla de negros, intelectuales y muy de moda. Lo mismo le pasó al salsero Osmar, del Bronx, cuando escribió en sus memorias que la actriz Azucena Rubia, del sur de Italia, había sostenido un tórrido romance con él.

El secreto se mantuvo por mucho tiempo, hasta que salió publicado el libro. La respetable señora, negó categóricamente haber “intimado alguna vez con ese simio falto de clase y estilo”.   

Luego del desafío de los grafitis emprendido por el inadaptado Juan Miguel, la autoritaria madre de las chicas elevó su grito de indignación al cielo y les prohibió terminantemente que vieran a personajes que no tuvieran la clase social o pigmentación de la “honorabilidad y pureza norteamericana”.  

Prefería morir de la manera más espantosa y trágica antes de ver a sus hijas teniendo descendencia de gente proveniente de Harlem. Les hizo prometer sobre la biblia y sobre la tumba de sus abuelos que jamás tendrían que cometer semejante deshonra. 

El padre de las chicas, un heredero francés, de bisabuela haitiana las regañaba enérgicamente debido a la presión ejercida por su esposa, pero él sabía que no poseía la moral para exigir tal cosa, debido a que sus antepasados ya arrastraban ese imperdonable error, que no se notaba mucho, debido a su inmensa riqueza. 

Igualmente, Mr. Boniface, tampoco se caracterizaba por ser un líder en el hogar. El tanque de tiburones de los negocios era una cosa, su vida familiar era otra historia. Amaba a Dora por encima de lo que fuera, desde el primer día que la vio y desde entonces no ha vivido más que para complacerla. Tal y como quería hacer el novel escritor con su hija menor. 

La imponente Dora se encargó de mover todas sus influencias para que Godfrey fuera expulsado del instituto, pero no tuvo éxito alguno, porque sería muy arriesgado expulsar de la noche a la mañana a un estudiante con antecedentes sin mancha y futuro prominente, que no había cometido ninguna falta dentro de la institución, aunque se rumoraba que el grupo de vándalos con quienes andaba habían sido detenidos y reseñados.  

Nada de eso era cierto. Fue un golpe impecable con la investidura de la locura juvenil que está en el borde de la línea de la estupidez causada por las hormonas y la delincuencia juvenil. 

Jean-Michel y el resto del grupo de los grafitis eran jóvenes de la calle. No estudiaban. Solo se dedicaban a buscarse la vida para sobrevivir y hacían su arte bajo la influencia del alcohol y las drogas más temibles para evadirse de la cruel realidad. 

Además, Jean era un pintor único, y también ya se había granjeado una reputación de creativo inadaptado. Ejercía un magnetismo envidiable en todas las mujeres de cualquier clase social. El olor de la calle las volvía locas. 

El hecho pasó al olvido rápidamente debido a los auténticos problemas que azotaban a toda la sociedad: violencia, narcotráfico y una economía explosiva. 

La epidemia del crack en las comunidades menos favorecidas se cobraba vidas. El H.I.V. el papiloma, la sífilis, la heroína. Las guerras de pandillas opacaban cualquier experimento delictivo de categoría menor. 

La distancia entre el enamorado y su pretendida se instaló hasta sumirlo en el éxtasis de la ensoñación. Ahí fue cuando el volcán creativo explotó en un torrente de poemas, relatos, letras de canciones y hasta guiones.

Era la primera vez que «God» alcanzaba un pico creativo gracias a esa ausencia de amor físico y espiritual hacia su musa. Se convirtió en un escritor maldito impulsado por el combustible del sufrimiento y el vacío. 

Precisamente, el tipo de creatividad que el renegado y pragmático Bukowski aborrecía. Aunque era el escritor maldito por excelencia

Su círculo le gastaba bromas y él se enojaba fervientemente. 

-¡¿Qué sabe el alcohólico ese?!.  ¡El arte es sufrimiento y el sufrimiento es arte!.

En su entorno familiar era visto como un raro, aunque su talento era respetado, sus padres se preguntaban por qué no iba a las fiestas del barrio, ni salía con sus vecinas. 

Los rumores de sus actos vandálicos en compañía de malvivientes habían aterrizado en la familia, a pesar de haber sucedido hace tiempo.  Sus padres querían ser muy conservadores, pero no porque profesaran fidelidad y práctica a su religión católica, sino porque tenían pavor del fenómeno conocido como el “Qué dirán”.

 La blanca inocencia del papel resiste todo: tinta, sangre, ira. Godfrey se propuso ser un gran escritor para vengarse de todos los que impedían cumplir su juvenil deseo de poseer a Giulianna. En los micrófonos abiertos de los lunes en el CBGB ya era residente. 

Se emborrachaba luego de cosechar apasionados aplausos y luego volvía a subir en estado de ebriedad para improvisar. 

Su mirada fija en la puerta, alimentando esa fantasía de verla aparecer en el umbral. Las amigas de ella hacían todo lo posible por separarlos, pero no para cuidarla del amargo «Qué dirán» que también sufría su familia, sino porque querían consolar al despechado autor. Él las aborrecía a todas. 

Esa etapa se llamó sublimación extrema: afiches de afamadas chicas Playboy, copa 34B, películas románticas, conciertos de Hip-Hop, Punk, Hardcore, Metal y sexo intenso combinado con altas dosis de masturbación. Lubricados con litros de alcohol. 

Ya era más bien una obsesión. La chica no daba señales. Jean-Michel, hace rato que se había olvidado de Sofía. Estaba saliendo con su amiga Loise Verónica. Ella sucumbió ante su magnetismo callejero y el dinero que le estaban dando sus cuadros, ayudado por su mentor. El anciano de la sopa. 

En su círculo en común le decían que se olvidara. No valía la pena. La chica no lo buscaba, no hacía ningún esfuerzo por coincidir con él.

 Estaba demasiado vigilada por su familia y amigos. Había chicas que no lo dudarían para ser sus novias, sin embargo, el mulato creador las consideraba inferior a su musa prohibida.  Cometió el fatal error de colocarla en un pedestal. 

Su carrera iba en ascenso. Fue aceptado con una beca en la universidad y pronto saldrían a la venta dos antologías de jóvenes escritores editadas por Penguin Random House y Simon & Schuster. Eso le dio el brío para buscar a su amada y hacerle la propuesta definitiva que sellaría sus destinos.

 El intrépido Godfrey, con mucha confianza en su talento y capacidad artística, pero, por sobre todo, apoyado en su desesperante amor por Giulianna, le pidió una cita para visitarla en el mismo castillo en Manhattan que lo había proscrito. Ella aceptó a pesar de las descarnadas negativas de su madre.

Desde su llegada al recinto, fue recibido por la cándida chica que contemplaban sus enamorados ojos de James Baldwin. Ella ya contaba con 15 años. 

Godfrey soñaba con poseerla de la forma más salvaje que sus hormonas le clamaban, ahí mismo, en el ascensor. Pero, compostura ante todo. 

Dora vio llegar al indeseable de los barrios bajos, con aspiraciones a querer adueñarse de su preciada niña «Pervertido engreído»» pensó ella. 

Mister Boniface, la previno de cometer cualquier conducta digna de reproche.

 Él veía que el chico era bueno, talentoso y con un buen futuro, pero coincidía al 100% con su esposa de que él ni nadie proveniente de Harlem, merecía a su hija, a menos que se tratase de una de las tradicionales familias de ricos comerciantes de ascendencia europea, que aún conservaban propiedades y negocios en la zona. 

En el gran living con vista al río y a la zona más próspera de la metrópolis, charlaron de miles de temas como si tuvieran toda una vida juntos y el resto de la existencia en el planeta tierra.

El tiempo y el espacio era sentido por ambos como si fuera una creación de sus miradas, sus frases, sus sonrisas. 

Godfrey tenía pulso y latidos acelerados. Su circulación también se había concentrado en la entrepierna, haciéndole sentir una regia erección que le provocaba excitación y culpa, algo muy de católicos. 

La química era innegable, aunque era Giulianna quien estaba en total control de la situación. Su mirada, su voz, esa ronca melodía que emanaba de sus cuerdas vocales se talló a fuego en el cerebro del aspirante a obtener su preciado amor 

Las dificultades comenzaron cuando «God», que se había propuesto pedirle que fuera su novia, porque se había enamorado perdidamente de ella y además, comprobó durante su visita que la química era innegable y  se veían demasiado bien juntos.

 Por fin, hubo un silencio incómodo luego de un estallido de risas. Sus miradas se conectaron perfectamente, él avanzó con todo, usando sus labios como veloz caballería al ataque.  

Ella esperaba esa avanzada y se preparó. Godfrey se acercó, su corazón y sus testículos estaban a punto de estallar. El contacto era inminente, pero de pronto, la mano de ella se interpuso y le preguntó qué estaba haciendo. 

El enamorado se detuvo en seco y sintió como algo dentro de su ser se desmoronaba. Empezó a sudar e intentó recobrar la compostura y no halló mejor forma de querer ganar la batalla, esta vez utilizando la fuerza de las palabras.  

Pudo hallar cada vocablo, el tono y el ritmo perfecto para expresar todo lo que sentía como ser humano al disfrutar de su indispensable compañía.

Ella recibió cada palabra como agua que regaba una flor en crecimiento y la chispa de su mirada cobró más vida. Godfrey le pidió, con sentimiento, maestría y elegancia, que fuera su novia.

Con toda la luz y alegría en su rostro, Giulianna selló sus destinos con un maravilloso y angelical “No”.

Contra todo pronóstico, la ninfa y musa de esta historia había puesto una barrera de acero frente a un bólido que corría a 300 kilómetros por hora. 

El escritor sintió el inesperado impacto contra el “No” de su pretendida y sintió como todo dentro de su ser quedó hecho pedazos. 

Tanto extrañarla, desearla y anhelar la unión con ella, de quien pensaba era la chica de su vida, la que sería testigo y sostén de su prominente carrera como escritor y que, de la misma manera, compartiría sus sueños con él, para verlos cumplidos también, en verdad, tenía otros planes.  

-Me parece que estamos yendo demasiado rápido.

La expresión del boricua tendría que ser desoladora cuando ella remató con la siguiente frase: 

-Tranquilo, el que quiere… Puede. Sé que si te esfuerzas, te puedes ganar mi amor y podremos estar juntos.

Godfrey había pasado toda su vida esforzándose: en los estudios, en poder llegar a tiempo a clases a pesar de la lejanía. Trabajó el doble para sobresalir, debido a que su procedencia y color le jugaban en contra. Seguramente tendría que luchar el triple para obtener un cargo profesional digno. 

¿Y también tendría que esforzarse para ser correspondido en el amor?

Para él fue suficiente. Se despidió amablemente y jamás la volvió a ver. La herida estaba abierta y en carne viva.

El resentimiento le hizo triplicar el número de poemas, artículos y cuentos. Jamás había estado tan obsesionado con la escritura. Y el alcohol. 

Cambió las bibliotecas por los bares y tugurios de declamación. Su genio artístico era innegable.

Ese talento para escribir lo llevó a la radio, donde escribió varios programas para conocidos periodistas caucásicos que ofrecían muy buena paga. 

Se encontraba preparando un libro de cuentos. Jamás mantuvo la suficiente concentración para escribir una larga novela. En eso se parecía más al escritor argentino Jorge Luis Borges, uno de sus referentes fantásticos, al igual que el escritor local de origen Libanés Kahlil Gibran. 

El buen dinero tocaba a la puerta de su nuevo loft de alquiler en el Soho. Su día a día era el de una estrella en ascenso. Él vivía en venganza contra ella y toda su estirpe. Se refugiaba en pieles curtidas por la noche y su desenfreno. 

Vodka, Ginebra, Ron, Coca. Música que hacía vibrar las paredes con la última tecnología del compact disc y sus torres de parlantes de sonido Dolby- Surround. 

Esa actitud de vendetta se avivó años después, cuando estando por primera vez en el festival de Cannes, presentando su primera película como guionista, se enteró por medio de un amigo neoyorkino que era coreógrafo de artes marciales en Hollywood, que la bella Giulianna ya tenía 4 años de casada y una hija de 2. 

La película que escribió estuvo entre las finalistas, pero no ganó ningún premio. Esa misma mañana regresó a New York. En su Babilonia natal logró enterarse de que su antigua musa, a quién no veía desde hacía 8 años, se había casado con un nativo de Harlem. 

La avenida 18 de ese barrio era una de las más largas y cosmopolitas del lugar. A pocas cuadras de él vivían los respetados Orssenna, de quien, se decía, eran primos terceros de los Scorsese. 

 La familia tenía años viviendo ahí sin ningún problema. Todos residían en un lujoso condominio, mitad victoriano, mitad art decó. 

En los diferentes pisos habitaban la Nona y sus hijos, con sus respectivas familias. Eran vecinos amables, respetados y queridos.

 Tenían supermercados, pizzerías, ferreterías y habían ayudado con generosos donativos a construir la escuela de la Virgen de la Sagrada Misericordia, junto con su capilla. 

Algo que toda la comunidad ítalo-americana de New York y alrededores, había elogiado con sumas muestras de apoyo. Giulianna era la esposa de uno de los nietos de la nona Orssenna.

“Un maldito de la 18 Avenue de Harlem”. “Har-lem” . La ironía hacía reír a carcajadas al escritor, tan potentes eran que le humedecían los ojos.

 Lloraba de la risa, o eso parecía, aunque por dentro podría haber fuego y destrucción. “Ni siquiera se casó con un Yuppie de Wall Street”. 

Esos pensamientos recurrentes le llevaron a cambiar de aires. La Costa Oeste le ofrecía más posibilidades de dedicarse a su escritura y profundizar más en su carrera como guionista. 

Antes de irse del barrio y la ciudad, Godfrey fue hasta el edificio de los Orssenna bajo los efectos del alcohol y estuvo frente a la residencia alrededor de 25 minutos. Se descalzó sus zapatillas y las arrojó contra la ventana del departamento que le había obsequiado la Nona a su nieto Richie, por tener una esposa tan adorable.  

Los calzados voladores se transformaron en polainas que chocaron contra la ventana y rebotaron hasta enredarse en el tendido eléctrico.

Cuando alguien era asesinado, se acostumbraba a tirar sus zapatillas en los cables, como especie de rito memorial. Señal de advertencia para los ingenuos y forasteros de que estaban pisando terreno hostil. 

Los contactos literarios y periodísticos del escritor en huida, se encargaron de conectarlo con el L.A. Weekly.

Además, un estudio se interesó en él como lector de guiones y encontrar buenos proyectos. Se mudó a un amplio y costoso departamento en la calle Sunset de Los Ángeles, California. 

Ahí se sentiría seguro y protegido de las tentaciones del amor y el querer formar una familia. En la profundidad de su ser, se sentía un maldito que no se merecía nada. 

Una noche, después de un hostil y pintoresco recital de N.W.A. Las redadas sorpresa que tendía la policía para reprimir a la comunidad afroamericana, llevó a Godfrey a huir de la cacería de la que eran víctimas.  

Terminó como siempre, bebiendo solitariamente y escribiendo numerosos fragmentos de poemas en las servilletas, en un lugar llamado Musso & Frank Grill, un bar de Hollywood, cerca de Capitol Records, que muy rara vez recibía gente de su talante.

 Su billetera tenía suficiente efectivo para hacerse ver como un caucásico habitual. Le ofrecieron una mesa, pero prefirió ubicarse en la barra, para ahorrarse tiempo en la frecuente adquisición de vodka con jugo de naranja. 

Era una de esas veladas angustiantes en las que escuchaba constantemente el martilleo de “Un maldito de Harlem, como yo”. 

 Escribía con ensañamiento, siempre en búsqueda de venganza contra la vida que le había tocado. Cada servilleta desgarrada con palabras de desenfreno que se llenaba, pasaba a sus bolsillos. Al día siguiente, pasarían a la fase estructuración de algo que tuviera sentido, en su máquina de escribir eléctrica Olivetti.

Una voz ronca y curtida lo sacó de su encierro. 

-Eh, muchacho, estás perdiendo tus versos incendiarios. 

Godfrey se volteó y ahí estaba él. El mismísimo Charles Bukowski le extendía una de sus servilletas escritas, que se le había caído al piso. Tomó el delicado plegue de papel y le agradeció. 

-Muchas gracias, señor. Permita que le invite a un trago, si no está usted muy ocupado. 

-Todavía no ha nacido la persona a la que le rechace un trago. 

El novel escritor no quería demostrarle que lo conocía, pero sin duda sabía que el viejo lo sospechaba. No era nada tonto y seguramente estaría acostumbrado a ese tipo de situaciones. El veterano hombre de letras pidió un whisky doble. Godfrey pidió otro destornillador. 

Ambos conversaron de la vida, la escritura y sobre todo, las mujeres. El viejo Charles llevaba la batuta de la tertulia mientras el joven se limitaba a escuchar con asombro y admiración sus anécdotas. 

-¿Es una chica la que te tiene escribiendo como un condenado? ¿No es cierto? 

Godfrey asintió con vergüenza mientras apuraba su trago. Ya estaba poseído por la intoxicación etílica. “El Buko”, también, en plena ebullición de whisky, sintió que ese tonto joven que se creía escritor merecía aprender cómo funcionaba la vida. 

-Lo que sea que te haya hecho, te lo mereces. Debes aprender a no poner a ninguna de esas putas en un pedestal. Te quedan muchas almejas que saborear muchacho. Solo limítate a disfrutar del menú y deja de escribir por despecho. Eso no es de verdaderos escritores.

Godfrey no pudo controlar su reacción 

-Es muy hipócrita tu afirmación cuando has hecho cientos de poemas y cuentos inspirados en tus experiencias personales con las mujeres. 

El veterano hombre de letras no pudo evitar reír a carcajadas. Su contertulio se sentía agredido por la actitud despectiva ante su proceso creativo. 

-Eres de esos que cree que el mejor arte se produce en el estado de sufrimiento. ¡Imbécil! 

-¡¿A quién le estás llamando imbécil, viejo alcohólico?!

Bukowski siguió provocando a Godfrey con su cinismo

-Por tu forma de tomar esos destornilladores, no estás tan lejos de acompañarme a las reuniones de doble A

-Me parece que tu tribu local de adoradores esnobistas te ha hecho pensar que eres el mejor escritor de la tierra. 

-En eso estoy del todo de acuerdo contigo boricua: juego de local, no se te olvide. Esta ciudad te va a masticar y escupir como un buche de tabaco barato. 

Godfrey se levantó violentamente de su asiento. El viejo Charles reaccionó por reflejo y se puso en guardia, su gruesa anatomía se balanceaba ligeramente, producto de las copas. El ambiente en el restaurante se había tornado sombrío y hostil. 

El neoyorkino sacó 300 dólares de su billetera y los tiró en la barra. 

-Aquí tiene señor, los tragos del poeta van por mi cuenta y quédese con el cambio. 

Bukowski bajó la guardia y dejó escapar otra carcajada. Godfrey dio la vuelta y se marchó. 

-Muchacho, no se te olvide mi consejo. Escribe porque lo necesitas. Yo lo hago  porque tengo que hacerlo, y para ello puedo hablar de una borrachera y un polvo con una loca de mierda que vive en una casa llena ratas, o sobre mi aborrecimiento de la raza humana, y su esclavitud laboral. Da lo mismo, siempre y cuando me pueda dislocar los sentidos con alcohol para producir obras que pagan mi mansión. 

Muchos años después, el señor Godfrey repetía textualmente las palabras que le gritó Charles Bukowski. El escritor maldito convertido en mito y modelo a seguir, debido a su prolongada ausencia del plano terrenal. 

Han pasado décadas desde que el consagrado poeta no está en la tierra. Ahora, Godfrey ocupaba su lugar de veterano hombre de historias estremecedoras que se juega la vida en forma deliberada, ejerciendo su corresponsalía de guerra en Kiev, para venderla en forma mercenaria al mejor postor de Europa u occidente.

Armado con su cámara de video y su reputación de anónimo escritor. Los portales web de más prestigio aún le pagan muy bien por sus descarnadas historias de lo que sucede en ambos frentes.   

En un improvisado bar creado de los escombros de un estacionamiento bombardeado, Godfrey pronuncia el mismo evangelio de la escritura que le gritó su efímero enemigo en ese bar de los Ángeles. 

Su barba y sus dreads le dan un aspecto de sabia indigencia. No solo usa el teclado como un arma, también porta una Glock calibre 22 por si se le viene la parca con uniforme de comando. 

Los periodistas que se congregan a escuchar sus anécdotas aceitadas con vodka atienden sin chistar a su capacidad hipnótica de contar historias, también en forma verbal. 

Las generaciones de periodistas más jóvenes le habían apodado el Bukowski de Harlem, apodo que seguramente habría detestado, porque él soñaba con ser como James Baldwin.

La última vez que se le vio, se movía solitariamente entre la neblina y las sombras de la ciudad de Koriukivka, en búsqueda de la historia de un comando de guerrilla formado por mujeres del pueblo, en clara reacción al ver morir a sus padres, hermanos y esposos a mano de los rusos.

“God” llevaba meses queriendo escribir sobre esas heroínas y eso lo llevó a sumergirse en terreno desconocido, impulsado por el calor del vodka y la sed de hallar algo apasionante que contar. 

Mientras se movía con cautela por el desconocido paisaje, escuchó claramente la voz del viejo Bukowski, quien volvía a gritarle. 

-Debes aprender a no poner a ninguna de esas putas en un pedestal. 

Seguidamente, la potente luz de un obús en el cielo iluminó todo. 

FIN

(c) Edwing Salas

La aparición de un faro

La aparición de un faro

La vi aparecer y me preguntó cómo estaba; le dije la verdad sin filtros y eso la descolocó.

Hablamos de sabores, preferencias y de lo que mi temperamento agitado podría recibir para calmarse. Pero al verla en detalle, en verdad, no le fui del todo sincero sobre lo que me gustaría recibir de ella, por su sencillez y calidez humana.

Ella sí fue sincera sobre lo que necesitaba: tener un rápido contacto con azúcares antes de empezar a tener dificultades. Aunque creo que estaba exagerando, sin embargo, unos minutos después me di cuenta de que su personalidad tenía mucho que ver con las mieles de la existencia que resplandecen en los momentos necesarios.

Tomó la iniciativa y extendió su mano cerrada en puño. Al abrirla, dejaba ver el brillo dorado de un pequeño cofre con dos corazones carmesí en su interior.

Su intención era darme coraje y decirme que no estaba solo en la tormenta. Sin embargo, dicho gesto causó el sentimiento correcto, pero la respuesta equivocada.

«Soy un hombre, estoy acostumbrado a lidiar con problemas que a nadie le interesan».

Ella se opuso a mi respuesta y, la verdad, lo que me había afectado realmente es que, como desconocida, me estaba dando mucho más de lo que yo hubiera imaginado, al atravesar circunstancias normales, directamente inherentes a la naturaleza de mi realidad desde el inicio de este periplo llamado “la vida”.

Finalmente, yo también estaba en shock, porque durante unos segundos creí en la existencia de los ángeles que se materializan brevemente en momentos de angustia para dar un mensaje: «Yo te amo. Adonai te ama».

Como un hombre mundano, curtido en derrotas, decidí rechazar el mensaje y el presente que traía consigo. Sencillamente, un ser como yo no cree en ese tipo de fenómenos, principalmente porque nunca fui preparado para recibir y entender la aparición de faros esperanzadores que surgen en medio de las tormentas.

FIN

(c) Edwing Salas

Si Charles Bukowski hubiese nacido en el tercer mundo, hubiese fallecido como un completo anónimo en la ignominia total.

Lo que opino de corazón sobre la obra de Charles Bukowski