El Hombre Alce

 En este mundo se ve de todo. Nunca se llegan a cumplir suficientes años como para perder totalmente la capacidad de asombro y eso quedó enteramente demostrado cuando se conoció el caso del Hombre Alce.

Las democracias se parecen cada vez más a las dictaduras, las dictaduras se confunden con las democracias, la confianza ahora es desconfianza. Las izquierdas dicen que todo es culpa de las derechas y estas, dicen lo mismo de sus contrarias. Mientras hay sociedades que quieren liberarse, otras, quieren ser esclavizadas.

Pero en medio de tanto caos, desigualdad, corrupción e injusticias, está el amor, el sexo y la satisfacción de los instintos básicos.

La soledad, por encima del dinero que asegura victorias y absoluta comodidad. Corría el año 2019. El amor era un líquido que fluía libremente por las metrópolis.

Cambió, se intensificaron los niveles de selección natural, la hipergamia dictaba las normas con más fuerza que nunca. Entonces, no se estancaba, ni duraba tanto tiempo en el mismo lugar.

Eso, sin duda, es verdadera evolución. Igualdad, con o sin superioridad moral. El maridaje perfecto Charles Darwin – Zygmunt Bauman.

El Hombre Alce le llamaron en las redes sociales y medios convencionales a ese ser deformado por un extraño padecimiento adquirido en la India, o en Bangladesh, quizás.

Él adoraba las culturas milenarias y la espiritualidad. Eso lo llevó un largo peregrinaje en la búsqueda de sí mismo, para alcanzar la elevación espiritual,pero en cambio, terminó con un desorden metabólico provocado por una bacteria extraña llamada «Lontanus Ausensis».

En todas partes reseñaron como Bernard Luisantis, oriundo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con 29 años, había pasado de ser una persona normal, de clase media alta y aspiracionalista, con sueños y proyectos, junto a su esposa Lidia Flesher, – de 28 años- a protagonizar un drama que alimentaría el morbo de todo el planeta por un larguísimo periodo de 15 días.

Luego, la atención se enfocó totalmente a seguir las incidencias del conmovedor caso del primer Drone autónomo que, tras pasar al estado de la singularidad tecnológica, empezó a auto percibirse como la primera inteligencia artificial transgénero de la aviación contemporánea, pero esa tendría que ser otra historia.

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Bernard y Lidia habían nacido a mitad de los años noventa del siglo pasado. Sin duda, pertenecían a una generación privilegiada que les permitía el sagrado derecho de contar con muchas opciones para elegir. El poder y la libertad de hacer, sentir y tener el control de sus decisiones.

Se conocieron durante la secundaria y aunque Bernard siempre sintió una desbocada pasión por su compañera Lidia, ella no notaba nada especial en él.

Fue con el tiempo, cuando se dio cuenta que su pretendiente era una persona fiel y devota a sus caderas de odalisca.

Eso ocurrió justo después de la decepción amorosa más grande de su vida. Lidia, ya a punto de graduarse en la universidad, fue engañada por Martín, el joven alfa con quien creía que pasaría el resto de su existencia.

«Tincho”, con descaro y sin decoro, le puso prominentes cuernos con varias mujeres tan sensuales como ella y también, con otro compañero del club de rugby. Lidia se sintió desechable y rebajada hasta el último peldaño de la dignidad.

Bernard le tendió la mano y prometió cuidarla, apoyarla y por sobre todas las cosas, amarla.

Ella al principio no le creyó, solo lo utilizaba mientras tenía encuentros casuales con muchos otros, para ahogar sus penas y encontrar un alfa digno de entablar una relación duradera y reproductiva.

Bernard no era, ni siquiera, la cuarta opción, pero finalmente Lidia se dio cuenta de que no encontraría a más nadie capaz de acompañarla con un amor y estoicismo semejante.

Entonces, se dejó fluir y por fin, terminó enamorándose perdidamente de él y ya nada podría separarles.

Bernard le otorgó el lugar que se merecía, aunque era él quien realmente debía cuidar la confianza que su novia le había dado. Ella jamás le permitiría comportarse como la mayoría de los hombres que habían pasado por su vida.

Él tampoco poseía ese perfil seductor y mujeriego. Mucho menos, tenía propensión al liderazgo o el esfuerzo por concretar algún objetivo en particular. Su empresa más grande había sido conquistar pacientemente a Lidia, por quien sentía devoción absoluta. 

La familia Luisantis nunca vio a Lidia como la persona más conveniente para el consentido Bernard y eso la alentó a luchar por estar juntos. Un asunto de rivalidad natural entre suegra y nuera.

Cora, la mamá de Bernard, ejercía una tremenda influencia sobre todas sus decisiones, hasta el punto de ponerlo siempre en situación de escoger entre ella o su novia.

Cada ocasión, cada detalle, cada reunión social era una batalla para ver quién atraía más las atenciones y cuidados del flaco, aunque él desarrollaría rápidamente la manera de voltear a su favor esa circunstancia.

—Existe una forma de ponerle límite a mamá.

—¿Cuál es?

Bernard sacó una cajita cuadrada de su bolsillo y como si se tratase de un prestidigitador, hizo aparecer un anillo de brillantes y se lo puso en el dedo anular izquierdo a Lidia.

En la boda, los padres de la novia estaban contentos por el gran paso que había dado. Ya se había graduado de administradora contable. Siempre fue muy independiente y determinada. Lo que más temían en ella era su temperamento y en verdad, no había que objetar nada.

Bernard, por su parte, se encargaría del negocio familiar de los laboratorios, tal como lo había hecho su difunto padre. Para él, tampoco había que esforzarse tanto en una universidad. Con estar al tanto de lo que hacían quienes realmente sabían cómo funcionaba el negocio, era suficiente para vivir con tranquilidad.

La personalidad aguerrida y determinada de Cora, le ayudó a resistir el leve ACV que le dio en la boda. Lidia ya tenía derecho al capital que ella y su familia habían construido con tanto sacrificio.

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“Luna de miel | luna de miel”, con ese fraseo clásico de la música pop podrían definirse los primeros 2 años en pareja de Lidia y Bernard, luego de su primer tour por Europa, como punto de partida de su unión matrimonial.  

Vivían en un cuatro ambientes en Palermo SoHo. Trabajo, vida social, coches del año. Todo iba sobre ruedas, hasta que, de pronto, en uno de esos eventos de terraza al aire libre en la primavera de Buenos Aires, uno de los pilares de la relación, reflexiona: «Quizás, el matrimonio es algo más, tipo cuando se llega a los 35 o 40 años».

Esa epifanía oscura se impregnó como polvo en una alfombra y se adueñó de todo el departamento, de sus palabras, de sus miradas y de su lecho matrimonial.

“¿Qué está pasando?” Se preguntaba ella, de igual manera él. Uno se lo preguntó al otro durante un domingo de invierno a las 6 de la tarde, cuando el bajón del «Blue monday» asomaba en el horizonte.

¿Era demasiado tarde o demasiado temprano para reproducirse?

La familia de ella pensaba que era el momento, en cambio, la familia de él, siempre fieles al catolicismo, empezaron a recalcular el polémico y delicado tema del aborto en caso de conocerse la noticia del embarazo.

Cora sabía que con el título de “abuela” se confirmaría su paso oficial a la tercera  edad y quedaría asentado el peligro latente de un heredero salido de las entrañas de su némesis.  

Durante los momentos felices las demostraciones de amor entre ambos eran más que ideales para concebir un hijo, sin embargo, el milagro de la vida no estallaba en el vientre de Lidia. 

Con el tiempo y las situaciones en las que se vio envuelta en la rivalidad con su suegra, deseó quedar embarazada para terminar de “matar a la bruja”, pero la magia no ocurría. 

En un reencuentro de amigos de la universidad, en el que Bernard se negó a participar, Lidia descubrió que la huella que Martín había dejado en su cuerpo estaba intacta, fue así como el exnovio aprovechó la oportunidad para abrir piernas que se creían cerradas para siempre.

A las 9 de la mañana del siguiente día, Lidia regresaba al departamento y se encontró con que su esposo le había preparado el desayuno. Ambos comieron tranquilamente, agitando cada vez más el silencio. 

Los días sucesivos mostraron un aumento de la tensión entre la pareja. A medida que su matrimonio perdía sustento, los silencios se hicieron más largos y las discusiones más frecuentes. 

Se sentían atrapados en un círculo vicioso de desconfianza y resentimiento, incapaces de encontrar una solución.

Fue entonces, cuando Lidia propuso darse un tiempo para reflexionar sobre su relación. Aunque se trataba de una decisión difícil, estuvieron de acuerdo en que necesitaban espacio para pensar y encontrar respuestas. 

Bernard, sintiendo una mezcla de alivio y tristeza por las decepciones sufridas,  aceptó la propuesta y decidió emprender un viaje a la India en busca de esa paz espiritual que alguna vez soñó.

Lo único constante son los cambios. 

En la India, Bernard abrazó con excesivos ánimos la espiritualidad del país, visitando templos y practicando meditación. 

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos por encontrar respuestas, se sintió cada vez más perdido y desconectado. No podía sacarse de la mente la sensación de infidelidad que había quedado plasmada ese domingo en el que desayunaron juntos por última vez.

En Buenos Aires, Lidia dejó el departamento y se fue con todas sus pertenencias sin notificar nada a la familia de Bernard. Volvió a revivir su pasión por Martín y juntos acordaron tener una relación abierta, algo más acorde con estos tiempos.

No vivirían juntos, ella necesitaba espacio para pensar en lo que iba a hacer con su futuro. El lugar adecuado para poder analizar las cosas con claridad, era uno de los hostales internacionales de Palermo, donde la línea que separa los días y las noches es muy delgada y confusa. 

A pesar de la distancia, Bernard también estaba en sintonía con la exploración de sus deseos más íntimos, descubriendo banquetes que llenaban su existencia vacía con hedonismo puro y peligroso.

Su lado espiritual rápidamente dio un viraje de 180 grados y se tornó en una ferviente sed de alcohol, cuerpos y el constante fulgor de un hipotálamo hiperestímulado. 

Literalmente, borrar el recuerdo de su excompañera le hizo traspasar todo tipo de fronteras. Entre las más importantes, por supuesto, estaban las geográficas. 

En una de sus exploraciones por Bangladesh, país vecino de la India, Bernard descubrió hasta dónde eran capaces las dulces veinteañeras, que por el equivalente a 3 dólares, podían hacer desaparecer todo rastro de Lidia en sus cinco sentidos. 

Alcohol, hachís, cocaína, éxtasis. El templo de su cuerpo entraba en la espiritualidad química. 

En Buenos Aires, Lidia abrió de par en par las puertas de su templo para darle cabida los tríos con «Tincho» y su colega rugbier y, en ocasiones, con alguna amiga venezolana que se les unía luego de bailar salsa erótica toda la noche en el boliche tropical Fidelo. 

Nada los unía. Tan solo hacía falta formalizar su divorcio y que cada uno volviese a su mundo. Bernard estaba pensado seriamente en no regresar y expandir su experiencia sensorial en Tangier, Marruecos. 

— Tenés que regresar. Hacete cargo. Te lo dije mil veces. Esa mujer no te convenía. Vení, divorciate y si querés, luego, nos instalamos en Europa. No me gusta que andes en esos lugares tan precarios. 

Cora se esforzaba para que su hijo recuperara la cordura y retornara a la vida que tenía previamente antes de casarse. Para Bernard, esas videollamadas eran un cable a tierra. Un clamor a la conciencia. Sin embargo, el flaco sentía un vacío tan inmenso que muy pronto se convenció a sí mismo de que era un ente sin alma. 

En Buenos Aires, Lidia completó la solicitud de divorcio alegando diferencias irreconciliables. No podía compartir su vida y perder su tiempo con alguien tan tibio, así prometiera una estabilidad económica como pocas en la Argentina. 

Las noches de cacería la habían transformado en una figura avasallante, un espécimen alfa que ganaba kilos y flacidez, pero eso no disminuía su valor como mujer que sabe tener control sobre los hombres. 

Se sentía imbatible, empoderada, rabiosa y altamente deseada. Era como si tuviese membresía ilimitada a un restaurante de tenedor libre, donde podía escoger un menú diferente en cada visita y saciarse hasta sentir culpa de tanta gula.

Siempre supo que esa era su naturaleza y hasta hace pocos meses evadía esa pulsión salvaje, pero ya no más. 

Los locales nocturnos se volvieron repetitivos e insuficientes. Entonces, recurrió a Tinder, Happn, Badoo e Innercircle. Todo un mundo de posibilidades estaba a sus pies.  

De la misma manera, Sergei se inclinaba ante su personalidad dominante escondida tras su voz infantil, rogándole por una relación monógama… o abierta. Lo que ella quisiera. 

El pintor abstracto de moda estaba exponiendo en una de las mejores galerías del SoHo y la invitó para que viera sus obras, entre líneas, dedicadas a los eventuales encuentros que sostenían en medio de las furiosas noches de fin de semana. 

Era la ocasión perfecta para conocer a algún atractivo coleccionista de arte que la colocase en el lugar que ella se merecía. 

Ya estaba aburrida de cazar presas fáciles. Era el momento de cerrar ciclos y comenzar de nuevo. Eso sí, siempre junto a alguien con la capacidad de mantenerla en el sitial de honor que le correspondía por destino manifiesto.   

Su mente, cuerpo y espíritu empezaban a clamar para que iniciase el camino hacia la sanación.

Las salpicaduras de tinta roja, blanca y amarilla con cubos temblorosos y otras formas garabateadas, bajo un lienzo negro y púrpura, daban la impresión de un terrible accidente automovilístico donde cuadros de Pollock, Picasso y Monet resultaban descuartizados entre un amasijo de chatarra reciclada. 

La pintura de 6 metros de alto por 6 de ancho era impresionante, solo en tamaño. Los estudiantes de arte que se encontraban en la galería se preguntaban por qué tal aberración era expuesta en una de las galerías más famosas de la ciudad. Su pensamiento delataba su ingenuidad ante la vida. 

La obra, que ocupaba la pared central del recinto, llevaba por nombre “La Loba”. Su musa inspiradora se sentía halagada, aún sabiendo que las distintas sensaciones que producía en quienes la contemplaban distaban de una buena crítica.

Se limitaba a degustar su trago de champán mientras veía y se dejaba ver, entre conocidos y extraños.  

Contemplaba el mural por última vez antes de esfumarse, luego de detectar la carencia de especímenes que desataran en su interior deseo y admiración.

De pronto, notó una presencia silenciosa a su lado, cosa que incrementó su hastío del lugar, ya que varios insignificantes habían intentado la misma técnica de preguntar algo o emitir una frase que la obligase a interactuar.. 

Dirigió su mirada, solo por reflejo, a quien tenía al lado, simplemente para descolocarlo cuando iniciara su retirada. Luego de escrutarlo con típica altivez, fue ella la que entró en shock.

— Hola Lidia, pensé que nos ibamos a ver solo en tribunales. 

La copa de champán estalló en mil pedazos al chocar contra el inmaculado piso de mármol. 

Sus miradas se encontraron en medio de la galería. Fue un instante en el que todas las palabras no dichas, el dolor compartido y los arrepentimientos resurgieron.

Bernard había decidido regresar a la Argentina para finiquitar su divorcio y preparar todo para instalarse en Madrid con su madre. Su proceder estuvo signado por el apremio de hacerse cargo de aquello que él mismo había provocado. 

Se veía alarmantemente delgado, con ojos hundidos y sin brillo, además de una barba poco poblada y desordenada que le impregnaba el sello del deterioro que provoca vivir sin reglas en el tercer mundo oriental. 

Su presencia en el sitio era tremendamente azarosa, ya que una de sus nuevas amistades pseudo-espirituales del sudeste asiático le citó en el lugar para reencontrarse y, a partir de ahí, disfrutar de la salvaje noche porteña. Pero finalmente, no se presentó, dejándolo plantado.   

A pesar de sus diferencias y de las circunstancias terribles que los habían llevado hasta allí, los dos sintieron una conexión que trascendía sus propios tormentos como pareja.

El inesperado abrazo de ella fue suficiente para resucitar aquello que se creía extinto para siempre.

Agonías varias 

Confrontar sus propias responsabilidades en la relación fallida les llevó tiempo. La intimidad aún no se reanudaba, quizás, porque ambos se sentían tan culpables de perder la cuenta de los cuerpos consumidos, que ninguno se atrevía a confesar, ni mucho menos, insinuar usar la cama para algo más que dormir. 

Bastaba con saber que uno estaba al lado del otro y que ya nada los separaría. Habían prometido vivir en reciprocidad y mantener a flote esa complicada empresa conocida como matrimonio y familia.

Ese compromiso incluía desmontar toda mala influencia de Cora y el entorno familiar de Bernard. Fue una de las condiciones que impuso Lidia antes de empezar la reconstrucción de sus vidas.

Así fue como iniciaron la nueva etapa de restitución amorosa. Cada uno dejaba atrás todo lo sucedido en los últimos meses, con la promesa de volverse una pareja más fuerte, si lograban superar todas las heridas que les produjo el conflicto.

Bernard fue el primero en expresar cuánto atesoraba dormir y despertar al lado de su amada. Sabía que las relaciones íntimas empezarían a fluir tarde o temprano. Solo era cuestión de tiempo. 

Lidia, también se sentía aliviada y agradecida. El peso de su voluntad en la convivencia se hizo aún más evidente y eso la condujo a retribuir ese nivel de entrega con su consentimiento para reanudar la intimidad entre ambos. 

La notificación fue insinuada en forma muy sugerente durante el final del desayuno del viernes. Al finalizar la jornada, luego de cumplir con sus respectivas responsabilidades de ese día, ambos, dejarían libre sus instintos más básicos, como en los primeros días de la convivencia. Un momento realmente decisivo para ambos. 

El reloj marcaba las 6:15 de la tarde cuando Lidia regresó al departamento. Una brisa suave acariciaba las persianas, mientras ella recibía la llegada de la noche con una sonrisa. Había pasado todo el día planeando la esperada velada.

Dejó su bolso en el sofá y comenzó a sacar con cuidado los productos que había comprado con tanto esmero. Sobre la mesa del comedor, colocó una botella de champán de una prestigiosa bodega francesa, un regalo que ella misma se había concedido. La etiqueta dorada brillaba con la promesa de una noche llena de fuego.

El aroma tentador de una baguette fresca llenó el aire mientras sacaba una canasta de mimbre con pan recién horneado. La pieza estaba acompañada de una selección de quesos franceses: brie suave, de cabra con hierbas y un intenso Roquefort. 

Colocó cada queso en una elegante tabla de madera, junto con uvas rojas y nueces. Continuó trabajando con otros ingredientes. Preparó una ensalada fresca con espinacas tiernas, fresas maduras y pistacho. 

Como una obra maestra, la mezcla estaba contenida en un tazón de vidrio que chispeaba bajo la luz de las velas que había encendido. El aceite de oliva extra virgen y el vinagre balsámico llenaban pequeñas y delicadas botellas de cristal, listos para aderezar los vegetales.

El plato principal consistía en filetes de salmón a la parrilla, marinados en un aderezo. Colocó las porciones en platos individuales, adornándolas con rodajas de limón y un toque de eneldo fresco. Bernard no salió de su mente ni por un momento, estaba empezando a notar que tardaba. Se fijó en el reloj y vio que eran las 7:25.

Evitó impacientarse, en cualquier momento cruzaría por esa puerta cargando un gran ramo de flores, un peluche o, mejor aún, pastillas de éxtasis con la cara del «Che”.

Con la mesa elegantemente preparada y la comida exquisita lista para ser degustada, Lidia se tomó un momento para arreglarse, aprovechando el retraso de su marido. 

Cuando entró al cuarto y encendió la luz, no podía creer lo que veía. Bernard yacía en la cama, cubierto de pies a cabeza con la sábana, temblando en posición fetal. 

—¡Amor! ¡¿Qué hacés aquí?!

Bernard responde con voz débil.

—Lidia, por fin llegaste. 

Lidia se acercó con rapidez y le tocó la frente, al instante percibió que ardía en fiebre y había algo más que la inquietó. Hizo a un lado la manta para ver mejor a su esposo y de inmediato la sorprendió el terror. 

—¡Bernard! ¡¿Qué te pasó?!

Su frente mostraba como se ramificaban dos protuberancias que parecían ser de sangre coagulada. 

— Nada, creo que me va a dar gripe. Me duele mucho la cabeza y supongo que tengo fiebre. Dejame dormir y vas a ver que mañana voy a estar mejor. Perdón por no poder cumplirte hoy, mi vida. 

Su voz se fue apagando. 

—¡Bernard! 

Jamás un nombre había sido gritado con tanto horror. 

Un sol carmesí se oculta en el horizonte marítimo, tiñendo de rojo las aguas del Golfo de Bengala, de donde empiezan a emerger como sirenas el conjunto de amantes transaccionales de Bernard, con sus anatomías perfectamente visibles y definidas. Su sensual danza provocan gozo y excitación en él. Cada persona realiza una coreografía diferente hasta convertirse en deidades como Durga, Kali, Lakshmi, Saraswati y Ganesh. El agua hierve hasta convertirse en lava. Los dioses se derriten en ella, hasta que una cobra gigante emerge desde las profundidades y lo ataca.  

Bernard despierta en una unidad de cuidados intensivos, rodeado de eminencias médicas nacionales e internacionales. 

—Señor Luisantis, por favor, mantenga la calma, todo va a estar bien. 

Con las palabras del doctor a cargo de la investigación fue recibido Bernard en su regreso al mundo consciente, tras permanecer nueve días en un coma inducido, debido al proceso en el que el virus terminaba de completar su ciclo de desarrollo. 

Esto significó la transformación de su lóbulo frontal en la base de dos ramificaciones de material cartilaginoso y proteico que se asemejaban a las astas de un cérvido, pero en menor escala que esta especie.

El color de su piel se había tornado marrón, debido a las complicaciones renales, convirtiéndolo en una especie de versión humanizada de los alces. Sus manos también se deformaron al punto de poseer una enferma similitud con pezuñas.

El mundo, tal cual como él lo había conocido, ya no existía y se había convertido en un total infierno. Cora estaba internada en el mismo prestigioso hospital, por sufrir un derrame masivo, 72 horas luego de internar a su hijo y presenciar parte de su inevitable cambio. 

Lidia también desapareció al séptimo día de reclusión de su marido, aunque la prensa aseguraba que se encontraba oculta en la isla de Margarita, en Venezuela. País que se habría ofrecido a esconderla y protegerla, a cambio de información sobre la misteriosa enfermedad.

Nadie se atrevía a concluir nada ante las idas y vueltas de los carroñeros medios, porque recibían con placer culposo cada dato que salía de las salas editoriales.  

La investigación, a cargo de los mejores hombres de ciencia, dieron como resultado varios datos que se conocieron en todo el mundo:

  • La enfermedad es una variación del VPH y se contagia solamente por la vía del contacto sexual entre personas con «Pthirus pubis» o ladillas. Estos insectos parásitos actúan como portador del agente activo «Lontanus Ausensis», que se inyecta a través del proceso de extracción sanguínea del humano por parte del ácaro. 
  • El virus se mantendría aislado dentro del paciente 0 mientras el mismo esté impedido de sostener relaciones sexuales con otra persona. Circunstancia que la comunidad científica estaba convencida de que era inquebrantable, debido a las “condiciones y aspecto” del ecosistema que lo aloja. Eso era una noticia alentadora para todo el planeta.
  • El rastreo de este inédito hallazgo de la naturaleza concluye que la alteración genética se produjo cuando un mosquito de Bangradesh succionó la sangre de un pangolín de la zona, que a su vez, había comido gusanos de una fosa común desconocida.
  • Luego, dicho mosquito, copuló con una ladilla y esta fue el vehículo para contagiar a los humanos.  

El informe hacía referencia contextual del caso de Dede Koswara, un ciudadano de Indonesia que ganó notoriedad internacional debido a su rara condición médica. Sus síntomas comenzaron cuando era un adolescente y desarrolló crecimientos verrugosos en sus manos y pies que se asemejaban a ramas, lo que le valió el sobrenombre de “El Hombre Árbol”.     

Finalmente, Bernard fue dado de alta. En la entrada del hospital la prensa local e internacional se presentaba con sus cámaras para darse un banquete y mostrarle al mundo las aberraciones de la naturaleza.

El Hombre Alce fue perseguido por los periodistas hasta su departamento de Palermo SoHo. Una vez dentro, se dedicó a pensar cuál sería el método más rápido e indoloro para poner fin a su desdichada existencia. 

Durante los días siguientes la situación se tornó más mórbida. Su imagen recorría el mundo como un meme alusivo a las personas que son víctimas de alguna infidelidad, debido a la evidente similitud entre sus «astas» y el folclore que designa a los cornudos. 

Nadie reparó en su dolor, en su sufrimiento, en lo que sería su vida de ahora en adelante.

Mucho menos, luego de que uno de los drones de prensa sensacionalista que sobrevolaba su edificio en busca de alguna imagen, cortó conexiones con el mando a control remoto para volar libre como una golondrina y construir su nido junto a algún macho para fecundar y eclosionar huevos. 

Nunca se llegan a cumplir suficientes años como para perder totalmente la capacidad de asombro.

                                      FIN

(c) Edwing Salas

El Bukowski de Harlem

Esta historia sucedió hace muchos años, a partir de hoy, no importa cuando leas esto. 

A Godfrey le empezaron a nombrar de esa manera sus amigos de Lower East Manhattan, un círculo esnobista y odioso que se admiraba con su talento innegable, pero querían hacerlo sentir incómodo y alejado de toda autoconfianza al compararlo con el autor menos leído por él, Charles Bukowski,  aunque el novel escritor reconocía que lo poco que conocía, le resultaba asombroso. 

Su creador favorito era James Baldwin, de quién había logrado adquirir toda su maestría y sensibilidad, posicionándose, sin saberlo,  como una versión de los noventa, totalmente condenada a un éxito verdaderamente grotesco y ensordecedor, una vez que se diera cuenta de su verdadero potencial y talento, como resultado de haber vencido a los demonios que le devoraban la autoconfianza. 

Al estudiar en una secundaria en la parte clase media alta de New York, gracias a sus dotes literarias, conoció a Giulianna, una tierna ítalo-americana de busto prominente a pesar de sus 13 años. «God» la conoció por accidente, ya que se trataba de la hermana menor de Sofía, la linda rubia pretenciosa que terminaría siendo una de las mejores amigas de Louise Verónica Ciccone. Tal para cual. 

Lo que perturbó a este mestizo, mitad puertorriqueño, mitad español, no fueron las prominentes tetas de la adolescente, sino, la simetría y piel de porcelana que le daban un aspecto victoriano a la pequeña ninfa inocente, a quien superaba en edad por 4 años.

La magia de su mirada y su voz algo grave hacía que el autor en ciernes produjera poemas, canciones y hasta cuentos que años después fueron publicados con éxitos en los diarios de New Jersey, donde contaba con gran aceptación de la comunidad ítalo-americana que abundaba en el lugar. Bueno, quizás era porque nunca habían visto su foto. 

En años posteriores,  también empezó a ser respetado en la ciudad de New York. Los diarios más prestigiosos, tanto de izquierda, como de derecha, se peleaban por publicarlo, porque su obra era tan profundamente ambigua y alegórica que dejaba en la imaginación de sus lectores una telaraña de fuego con su prosa inocente, sagaz y siempre causante de grandes interrogantes.

Retornando a esos primeros años de formación, donde empezó a abrir los ojos de la escritura con el alma y vestiduras rasgadas, indudablemente era un neo romántico enamorado. 

Formó parte de la revolución cultural de esos años fundacionales. Estaba siempre en contacto con todas las figuras del Hip-Hop y el Punk Rock de esa época. La gente le pedía su primera publicación para consagrarlo. 

Lo que trastornó un poco su existencia fue cuando un amigo pintor, drogadicto y grafitero, Juan Miguel, se había liado en un trío con Louise Verónica y Sofía, quedando adicto a esta última, como si se tratase  de la última versión de estupefaciente químico lanzado por el  FBI o la CIA, para seguir manteniendo a raya a los negros y continuar con la apropiación cultural más cruel de la historia. 

Uno de esos días de fin de semana, Juan Miguel o Jean-Michel, sufrió una especie de síndrome de abstinencia del coño mojado de Sofía y también, por supuesto, de todas las drogas recreativas que consumía. Eso lo llevó a aparecerse con una pandilla de grafiteros del hip-hop, para hacer obras de arte en uno de los rascacielos más lindos de Manhattan, donde vivían estas ninfas post romanas. 

El motivo que impulsó al joven «God» a unirse y apoyar a su amigo Jean-Michel, en tan desfachatada aventura, era el hecho de experimentar lo mismo que sentía su colega, pero con Giulianna, la hermana de su chica. 

Eran el típico par de caucásicas que siempre iban a negar cualquier romance con una dupla de negros, intelectuales y muy de moda. Lo mismo le pasó al salsero Osmar, del Bronx, cuando escribió en sus memorias que la actriz Azucena Rubia, del sur de Italia, había sostenido un tórrido romance con él.

El secreto se mantuvo por mucho tiempo, hasta que salió publicado el libro. La respetable señora, negó categóricamente haber “intimado alguna vez con ese simio falto de clase y estilo”.   

Luego del desafío de los grafitis emprendido por el inadaptado Juan Miguel, la autoritaria madre de las chicas elevó su grito de indignación al cielo y les prohibió terminantemente que vieran a personajes que no tuvieran la clase social o pigmentación de la “honorabilidad y pureza norteamericana”.  

Prefería morir de la manera más espantosa y trágica antes de ver a sus hijas teniendo descendencia de gente proveniente de Harlem. Les hizo prometer sobre la biblia y sobre la tumba de sus abuelos que jamás tendrían que cometer semejante deshonra. 

El padre de las chicas, un heredero francés, de bisabuela haitiana las regañaba enérgicamente debido a la presión ejercida por su esposa, pero él sabía que no poseía la moral para exigir tal cosa, debido a que sus antepasados ya arrastraban ese imperdonable error, que no se notaba mucho, debido a su inmensa riqueza. 

Igualmente, Mr. Boniface, tampoco se caracterizaba por ser un líder en el hogar. El tanque de tiburones de los negocios era una cosa, su vida familiar era otra historia. Amaba a Dora por encima de lo que fuera, desde el primer día que la vio y desde entonces no ha vivido más que para complacerla. Tal y como quería hacer el novel escritor con su hija menor. 

La imponente Dora se encargó de mover todas sus influencias para que Godfrey fuera expulsado del instituto, pero no tuvo éxito alguno, porque sería muy arriesgado expulsar de la noche a la mañana a un estudiante con antecedentes sin mancha y futuro prominente, que no había cometido ninguna falta dentro de la institución, aunque se rumoraba que el grupo de vándalos con quienes andaba habían sido detenidos y reseñados.  

Nada de eso era cierto. Fue un golpe impecable con la investidura de la locura juvenil que está en el borde de la línea de la estupidez causada por las hormonas y la delincuencia juvenil. 

Jean-Michel y el resto del grupo de los grafitis eran jóvenes de la calle. No estudiaban. Solo se dedicaban a buscarse la vida para sobrevivir y hacían su arte bajo la influencia del alcohol y las drogas más temibles para evadirse de la cruel realidad. 

Además, Jean era un pintor único, y también ya se había granjeado una reputación de creativo inadaptado. Ejercía un magnetismo envidiable en todas las mujeres de cualquier clase social. El olor de la calle las volvía locas. 

El hecho pasó al olvido rápidamente debido a los auténticos problemas que azotaban a toda la sociedad: violencia, narcotráfico y una economía explosiva. 

La epidemia del crack en las comunidades menos favorecidas se cobraba vidas. El H.I.V. el papiloma, la sífilis, la heroína. Las guerras de pandillas opacaban cualquier experimento delictivo de categoría menor. 

La distancia entre el enamorado y su pretendida se instaló hasta sumirlo en el éxtasis de la ensoñación. Ahí fue cuando el volcán creativo explotó en un torrente de poemas, relatos, letras de canciones y hasta guiones.

Era la primera vez que «God» alcanzaba un pico creativo gracias a esa ausencia de amor físico y espiritual hacia su musa. Se convirtió en un escritor maldito impulsado por el combustible del sufrimiento y el vacío. 

Precisamente, el tipo de creatividad que el renegado y pragmático Bukowski aborrecía. Aunque era el escritor maldito por excelencia

Su círculo le gastaba bromas y él se enojaba fervientemente. 

-¡¿Qué sabe el alcohólico ese?!.  ¡El arte es sufrimiento y el sufrimiento es arte!.

En su entorno familiar era visto como un raro, aunque su talento era respetado, sus padres se preguntaban por qué no iba a las fiestas del barrio, ni salía con sus vecinas. 

Los rumores de sus actos vandálicos en compañía de malvivientes habían aterrizado en la familia, a pesar de haber sucedido hace tiempo.  Sus padres querían ser muy conservadores, pero no porque profesaran fidelidad y práctica a su religión católica, sino porque tenían pavor del fenómeno conocido como el “Qué dirán”.

 La blanca inocencia del papel resiste todo: tinta, sangre, ira. Godfrey se propuso ser un gran escritor para vengarse de todos los que impedían cumplir su juvenil deseo de poseer a Giulianna. En los micrófonos abiertos de los lunes en el CBGB ya era residente. 

Se emborrachaba luego de cosechar apasionados aplausos y luego volvía a subir en estado de ebriedad para improvisar. 

Su mirada fija en la puerta, alimentando esa fantasía de verla aparecer en el umbral. Las amigas de ella hacían todo lo posible por separarlos, pero no para cuidarla del amargo «Qué dirán» que también sufría su familia, sino porque querían consolar al despechado autor. Él las aborrecía a todas. 

Esa etapa se llamó sublimación extrema: afiches de afamadas chicas Playboy, copa 34B, películas románticas, conciertos de Hip-Hop, Punk, Hardcore, Metal y sexo intenso combinado con altas dosis de masturbación. Lubricados con litros de alcohol. 

Ya era más bien una obsesión. La chica no daba señales. Jean-Michel, hace rato que se había olvidado de Sofía. Estaba saliendo con su amiga Loise Verónica. Ella sucumbió ante su magnetismo callejero y el dinero que le estaban dando sus cuadros, ayudado por su mentor. El anciano de la sopa. 

En su círculo en común le decían que se olvidara. No valía la pena. La chica no lo buscaba, no hacía ningún esfuerzo por coincidir con él.

 Estaba demasiado vigilada por su familia y amigos. Había chicas que no lo dudarían para ser sus novias, sin embargo, el mulato creador las consideraba inferior a su musa prohibida.  Cometió el fatal error de colocarla en un pedestal. 

Su carrera iba en ascenso. Fue aceptado con una beca en la universidad y pronto saldrían a la venta dos antologías de jóvenes escritores editadas por Penguin Random House y Simon & Schuster. Eso le dio el brío para buscar a su amada y hacerle la propuesta definitiva que sellaría sus destinos.

 El intrépido Godfrey, con mucha confianza en su talento y capacidad artística, pero, por sobre todo, apoyado en su desesperante amor por Giulianna, le pidió una cita para visitarla en el mismo castillo en Manhattan que lo había proscrito. Ella aceptó a pesar de las descarnadas negativas de su madre.

Desde su llegada al recinto, fue recibido por la cándida chica que contemplaban sus enamorados ojos de James Baldwin. Ella ya contaba con 15 años. 

Godfrey soñaba con poseerla de la forma más salvaje que sus hormonas le clamaban, ahí mismo, en el ascensor. Pero, compostura ante todo. 

Dora vio llegar al indeseable de los barrios bajos, con aspiraciones a querer adueñarse de su preciada niña «Pervertido engreído»» pensó ella. 

Mister Boniface, la previno de cometer cualquier conducta digna de reproche.

 Él veía que el chico era bueno, talentoso y con un buen futuro, pero coincidía al 100% con su esposa de que él ni nadie proveniente de Harlem, merecía a su hija, a menos que se tratase de una de las tradicionales familias de ricos comerciantes de ascendencia europea, que aún conservaban propiedades y negocios en la zona. 

En el gran living con vista al río y a la zona más próspera de la metrópolis, charlaron de miles de temas como si tuvieran toda una vida juntos y el resto de la existencia en el planeta tierra.

El tiempo y el espacio era sentido por ambos como si fuera una creación de sus miradas, sus frases, sus sonrisas. 

Godfrey tenía pulso y latidos acelerados. Su circulación también se había concentrado en la entrepierna, haciéndole sentir una regia erección que le provocaba excitación y culpa, algo muy de católicos. 

La química era innegable, aunque era Giulianna quien estaba en total control de la situación. Su mirada, su voz, esa ronca melodía que emanaba de sus cuerdas vocales se talló a fuego en el cerebro del aspirante a obtener su preciado amor 

Las dificultades comenzaron cuando «God», que se había propuesto pedirle que fuera su novia, porque se había enamorado perdidamente de ella y además, comprobó durante su visita que la química era innegable y  se veían demasiado bien juntos.

 Por fin, hubo un silencio incómodo luego de un estallido de risas. Sus miradas se conectaron perfectamente, él avanzó con todo, usando sus labios como veloz caballería al ataque.  

Ella esperaba esa avanzada y se preparó. Godfrey se acercó, su corazón y sus testículos estaban a punto de estallar. El contacto era inminente, pero de pronto, la mano de ella se interpuso y le preguntó qué estaba haciendo. 

El enamorado se detuvo en seco y sintió como algo dentro de su ser se desmoronaba. Empezó a sudar e intentó recobrar la compostura y no halló mejor forma de querer ganar la batalla, esta vez utilizando la fuerza de las palabras.  

Pudo hallar cada vocablo, el tono y el ritmo perfecto para expresar todo lo que sentía como ser humano al disfrutar de su indispensable compañía.

Ella recibió cada palabra como agua que regaba una flor en crecimiento y la chispa de su mirada cobró más vida. Godfrey le pidió, con sentimiento, maestría y elegancia, que fuera su novia.

Con toda la luz y alegría en su rostro, Giulianna selló sus destinos con un maravilloso y angelical “No”.

Contra todo pronóstico, la ninfa y musa de esta historia había puesto una barrera de acero frente a un bólido que corría a 300 kilómetros por hora. 

El escritor sintió el inesperado impacto contra el “No” de su pretendida y sintió como todo dentro de su ser quedó hecho pedazos. 

Tanto extrañarla, desearla y anhelar la unión con ella, de quien pensaba era la chica de su vida, la que sería testigo y sostén de su prominente carrera como escritor y que, de la misma manera, compartiría sus sueños con él, para verlos cumplidos también, en verdad, tenía otros planes.  

-Me parece que estamos yendo demasiado rápido.

La expresión del boricua tendría que ser desoladora cuando ella remató con la siguiente frase: 

-Tranquilo, el que quiere… Puede. Sé que si te esfuerzas, te puedes ganar mi amor y podremos estar juntos.

Godfrey había pasado toda su vida esforzándose: en los estudios, en poder llegar a tiempo a clases a pesar de la lejanía. Trabajó el doble para sobresalir, debido a que su procedencia y color le jugaban en contra. Seguramente tendría que luchar el triple para obtener un cargo profesional digno. 

¿Y también tendría que esforzarse para ser correspondido en el amor?

Para él fue suficiente. Se despidió amablemente y jamás la volvió a ver. La herida estaba abierta y en carne viva.

El resentimiento le hizo triplicar el número de poemas, artículos y cuentos. Jamás había estado tan obsesionado con la escritura. Y el alcohol. 

Cambió las bibliotecas por los bares y tugurios de declamación. Su genio artístico era innegable.

Ese talento para escribir lo llevó a la radio, donde escribió varios programas para conocidos periodistas caucásicos que ofrecían muy buena paga. 

Se encontraba preparando un libro de cuentos. Jamás mantuvo la suficiente concentración para escribir una larga novela. En eso se parecía más al escritor argentino Jorge Luis Borges, uno de sus referentes fantásticos, al igual que el escritor local de origen Libanés Kahlil Gibran. 

El buen dinero tocaba a la puerta de su nuevo loft de alquiler en el Soho. Su día a día era el de una estrella en ascenso. Él vivía en venganza contra ella y toda su estirpe. Se refugiaba en pieles curtidas por la noche y su desenfreno. 

Vodka, Ginebra, Ron, Coca. Música que hacía vibrar las paredes con la última tecnología del compact disc y sus torres de parlantes de sonido Dolby- Surround. 

Esa actitud de vendetta se avivó años después, cuando estando por primera vez en el festival de Cannes, presentando su primera película como guionista, se enteró por medio de un amigo neoyorkino que era coreógrafo de artes marciales en Hollywood, que la bella Giulianna ya tenía 4 años de casada y una hija de 2. 

La película que escribió estuvo entre las finalistas, pero no ganó ningún premio. Esa misma mañana regresó a New York. En su Babilonia natal logró enterarse de que su antigua musa, a quién no veía desde hacía 8 años, se había casado con un nativo de Harlem. 

La avenida 18 de ese barrio era una de las más largas y cosmopolitas del lugar. A pocas cuadras de él vivían los respetados Orssenna, de quien, se decía, eran primos terceros de los Scorsese. 

 La familia tenía años viviendo ahí sin ningún problema. Todos residían en un lujoso condominio, mitad victoriano, mitad art decó. 

En los diferentes pisos habitaban la Nona y sus hijos, con sus respectivas familias. Eran vecinos amables, respetados y queridos.

 Tenían supermercados, pizzerías, ferreterías y habían ayudado con generosos donativos a construir la escuela de la Virgen de la Sagrada Misericordia, junto con su capilla. 

Algo que toda la comunidad ítalo-americana de New York y alrededores, había elogiado con sumas muestras de apoyo. Giulianna era la esposa de uno de los nietos de la nona Orssenna.

“Un maldito de la 18 Avenue de Harlem”. “Har-lem” . La ironía hacía reír a carcajadas al escritor, tan potentes eran que le humedecían los ojos.

 Lloraba de la risa, o eso parecía, aunque por dentro podría haber fuego y destrucción. “Ni siquiera se casó con un Yuppie de Wall Street”. 

Esos pensamientos recurrentes le llevaron a cambiar de aires. La Costa Oeste le ofrecía más posibilidades de dedicarse a su escritura y profundizar más en su carrera como guionista. 

Antes de irse del barrio y la ciudad, Godfrey fue hasta el edificio de los Orssenna bajo los efectos del alcohol y estuvo frente a la residencia alrededor de 25 minutos. Se descalzó sus zapatillas y las arrojó contra la ventana del departamento que le había obsequiado la Nona a su nieto Richie, por tener una esposa tan adorable.  

Los calzados voladores se transformaron en polainas que chocaron contra la ventana y rebotaron hasta enredarse en el tendido eléctrico.

Cuando alguien era asesinado, se acostumbraba a tirar sus zapatillas en los cables, como especie de rito memorial. Señal de advertencia para los ingenuos y forasteros de que estaban pisando terreno hostil. 

Los contactos literarios y periodísticos del escritor en huida, se encargaron de conectarlo con el L.A. Weekly.

Además, un estudio se interesó en él como lector de guiones y encontrar buenos proyectos. Se mudó a un amplio y costoso departamento en la calle Sunset de Los Ángeles, California. 

Ahí se sentiría seguro y protegido de las tentaciones del amor y el querer formar una familia. En la profundidad de su ser, se sentía un maldito que no se merecía nada. 

Una noche, después de un hostil y pintoresco recital de N.W.A. Las redadas sorpresa que tendía la policía para reprimir a la comunidad afroamericana, llevó a Godfrey a huir de la cacería de la que eran víctimas.  

Terminó como siempre, bebiendo solitariamente y escribiendo numerosos fragmentos de poemas en las servilletas, en un lugar llamado Musso & Frank Grill, un bar de Hollywood, cerca de Capitol Records, que muy rara vez recibía gente de su talante.

 Su billetera tenía suficiente efectivo para hacerse ver como un caucásico habitual. Le ofrecieron una mesa, pero prefirió ubicarse en la barra, para ahorrarse tiempo en la frecuente adquisición de vodka con jugo de naranja. 

Era una de esas veladas angustiantes en las que escuchaba constantemente el martilleo de “Un maldito de Harlem, como yo”. 

 Escribía con ensañamiento, siempre en búsqueda de venganza contra la vida que le había tocado. Cada servilleta desgarrada con palabras de desenfreno que se llenaba, pasaba a sus bolsillos. Al día siguiente, pasarían a la fase estructuración de algo que tuviera sentido, en su máquina de escribir eléctrica Olivetti.

Una voz ronca y curtida lo sacó de su encierro. 

-Eh, muchacho, estás perdiendo tus versos incendiarios. 

Godfrey se volteó y ahí estaba él. El mismísimo Charles Bukowski le extendía una de sus servilletas escritas, que se le había caído al piso. Tomó el delicado plegue de papel y le agradeció. 

-Muchas gracias, señor. Permita que le invite a un trago, si no está usted muy ocupado. 

-Todavía no ha nacido la persona a la que le rechace un trago. 

El novel escritor no quería demostrarle que lo conocía, pero sin duda sabía que el viejo lo sospechaba. No era nada tonto y seguramente estaría acostumbrado a ese tipo de situaciones. El veterano hombre de letras pidió un whisky doble. Godfrey pidió otro destornillador. 

Ambos conversaron de la vida, la escritura y sobre todo, las mujeres. El viejo Charles llevaba la batuta de la tertulia mientras el joven se limitaba a escuchar con asombro y admiración sus anécdotas. 

-¿Es una chica la que te tiene escribiendo como un condenado? ¿No es cierto? 

Godfrey asintió con vergüenza mientras apuraba su trago. Ya estaba poseído por la intoxicación etílica. “El Buko”, también, en plena ebullición de whisky, sintió que ese tonto joven que se creía escritor merecía aprender cómo funcionaba la vida. 

-Lo que sea que te haya hecho, te lo mereces. Debes aprender a no poner a ninguna de esas putas en un pedestal. Te quedan muchas almejas que saborear muchacho. Solo limítate a disfrutar del menú y deja de escribir por despecho. Eso no es de verdaderos escritores.

Godfrey no pudo controlar su reacción 

-Es muy hipócrita tu afirmación cuando has hecho cientos de poemas y cuentos inspirados en tus experiencias personales con las mujeres. 

El veterano hombre de letras no pudo evitar reír a carcajadas. Su contertulio se sentía agredido por la actitud despectiva ante su proceso creativo. 

-Eres de esos que cree que el mejor arte se produce en el estado de sufrimiento. ¡Imbécil! 

-¡¿A quién le estás llamando imbécil, viejo alcohólico?!

Bukowski siguió provocando a Godfrey con su cinismo

-Por tu forma de tomar esos destornilladores, no estás tan lejos de acompañarme a las reuniones de doble A

-Me parece que tu tribu local de adoradores esnobistas te ha hecho pensar que eres el mejor escritor de la tierra. 

-En eso estoy del todo de acuerdo contigo boricua: juego de local, no se te olvide. Esta ciudad te va a masticar y escupir como un buche de tabaco barato. 

Godfrey se levantó violentamente de su asiento. El viejo Charles reaccionó por reflejo y se puso en guardia, su gruesa anatomía se balanceaba ligeramente, producto de las copas. El ambiente en el restaurante se había tornado sombrío y hostil. 

El neoyorkino sacó 300 dólares de su billetera y los tiró en la barra. 

-Aquí tiene señor, los tragos del poeta van por mi cuenta y quédese con el cambio. 

Bukowski bajó la guardia y dejó escapar otra carcajada. Godfrey dio la vuelta y se marchó. 

-Muchacho, no se te olvide mi consejo. Escribe porque lo necesitas. Yo lo hago  porque tengo que hacerlo, y para ello puedo hablar de una borrachera y un polvo con una loca de mierda que vive en una casa llena ratas, o sobre mi aborrecimiento de la raza humana, y su esclavitud laboral. Da lo mismo, siempre y cuando me pueda dislocar los sentidos con alcohol para producir obras que pagan mi mansión. 

Muchos años después, el señor Godfrey repetía textualmente las palabras que le gritó Charles Bukowski. El escritor maldito convertido en mito y modelo a seguir, debido a su prolongada ausencia del plano terrenal. 

Han pasado décadas desde que el consagrado poeta no está en la tierra. Ahora, Godfrey ocupaba su lugar de veterano hombre de historias estremecedoras que se juega la vida en forma deliberada, ejerciendo su corresponsalía de guerra en Kiev, para venderla en forma mercenaria al mejor postor de Europa u occidente.

Armado con su cámara de video y su reputación de anónimo escritor. Los portales web de más prestigio aún le pagan muy bien por sus descarnadas historias de lo que sucede en ambos frentes.   

En un improvisado bar creado de los escombros de un estacionamiento bombardeado, Godfrey pronuncia el mismo evangelio de la escritura que le gritó su efímero enemigo en ese bar de los Ángeles. 

Su barba y sus dreads le dan un aspecto de sabia indigencia. No solo usa el teclado como un arma, también porta una Glock calibre 22 por si se le viene la parca con uniforme de comando. 

Los periodistas que se congregan a escuchar sus anécdotas aceitadas con vodka atienden sin chistar a su capacidad hipnótica de contar historias, también en forma verbal. 

Las generaciones de periodistas más jóvenes le habían apodado el Bukowski de Harlem, apodo que seguramente habría detestado, porque él soñaba con ser como James Baldwin.

La última vez que se le vio, se movía solitariamente entre la neblina y las sombras de la ciudad de Koriukivka, en búsqueda de la historia de un comando de guerrilla formado por mujeres del pueblo, en clara reacción al ver morir a sus padres, hermanos y esposos a mano de los rusos.

“God” llevaba meses queriendo escribir sobre esas heroínas y eso lo llevó a sumergirse en terreno desconocido, impulsado por el calor del vodka y la sed de hallar algo apasionante que contar. 

Mientras se movía con cautela por el desconocido paisaje, escuchó claramente la voz del viejo Bukowski, quien volvía a gritarle. 

-Debes aprender a no poner a ninguna de esas putas en un pedestal. 

Seguidamente, la potente luz de un obús en el cielo iluminó todo. 

FIN

(c) Edwing Salas

El mercader de rostros

Tiene el poder de poner tus pupilas frente a frente

Aguarda en silencio, siempre, cuando lo miras, la entidad ya ha puesto tus ojos en dirección a tu propio ser. Tiene el poder de alinear frente a frente tus propias pupilas para generar un fenómeno inconsciente muy impactante.

Antes, durante su aparición en el mundo, debió ser extraño, incómodo. Ahora, su influencia es legítima y omnipresente. Tiene el don de convertir el oro en su propia piel, despertando fantasías que muy pocas veces se convierten en realidad para la gran mayoría. 

Algunos, puede que muchos, puede que unos pocos, no se sabe a ciencia cierta cuántos, encuentran sus miserias y se torturan dentro de las múltiples formas en las que se presenta dentro de una casa. Rectángulos, cuadrados, círculos, triángulos, espirales, rombos.

Un caleidoscopio de infinitas formas geométricas que se erigen o se adhieren en la vanidad, que se exhibe o se guarda. Una deidad que crispa el fuego de la sana autoconfianza y destruye las más frágiles y deterioradas.

Su diálogo es subyugante y en la mayoría de los casos es el juez y el verdugo posesionado de tu figura, para que trates de no mandarlo a la dimensión fantasmal de la fragmentación.

Acto completamente suicida porque ya nadie se atreve a despojarlo de su poder con tanta frecuencia. Es un vicio que ya pasó a ser parte de la prueba de vida, para comprobar que aún se pertenece a este plano de la existencia.

Son tiempos donde tiene más de seis cabezas como un dragón invencible del apocalipsis. Extensiones de su presencia con fondo y profundidad oscura, cuyas multicolores llamas mortales seducen hasta calcinarte en tu propia hoguera de vanidades.

El mismo silicio está en los nuevos corazones diminutos que palpitan a través de un fluido de impulsos de luz que entran permanentemente en las pupilas, potenciando la esclavitud y generando un fuerte deseo de recompensa inmediata que libera dopamina y otras hormonas de la felicidad. 

Todos saben en qué consiste el plan, sin embargo, no se puede hacer nada para desviarse del camino pavimentado de pulgares levantados que provocan el hambre más atroz y somete a millones a la inanición psicológica. 

El mercader de rostros se levanta sobre esqueletos emocionales, carencias y comparaciones. Es el mercenario al servicio de los egos desbocados y frágiles que caen como moscas envenenadas por el humo de la distracción ejercida desde el olimpo piramidal de los dioses que saben como manejar a sus rebaños mundiales. 

                                                                                                     FIN 

 

(C) Edwing Salas 07/01/23

Cuando un robot supervisa las carreras.

Por favor, no se alarmen.

No es solamente que las unidades de inteligencia artificial ahora se encargan de monitorizar todos los eventos deportivos mundiales del planeta, para que las mafias desaparezcan: Fútbol, Fórmula 1, Baseball, Arcade Gamming, Fornite For Life, Tinder Xtreme, Nacimiento Ideal.

A propósito del último evento transmitido: ¿Quién será siempre pobre y quién no? La única queja que levantamos en este foro es ¿Por qué hay más humanoides ganando para ser ricos?

¿Por qué los humanos 100% biológicos no pueden llegar siquiera a la fase de clase media, modalidad, aspiración a tener Neuralink ?

¿Acaso juzgan a los Homo sapiens por su piel?

¿Porque tienen dermis y epidermis, en vez del Silikevlar?

Los robots parecen estar favoreciendo el desempeño de sus iguales, tal y como hicieron las mafias que prometieron combatir.

¿Qué ha ocurrido con la algoritmocracia en estos últimos años? 

No negamos que disfrutamos cuando cada miembro de la C.H.I.F.L.A en el mundo, ligado al escándalo de las pelotas con fentanilo, fue masacrado frente a sus familias y transmitido en vivo por Tik Tok Earth.

Tampoco olvidamos el milagro de rastrear las cuentas de todos los políticos corruptos del planeta para devolver los millones de Kardashians robados a cada estado, cada empresario y familia contribuyente.

 

El Ninja misterioso

Copa2

Particularmente, para Ático la inteligencia proviene de acumular conocimiento de manera compulsiva, brutal y sin ninguna clase de compasión. Información es poder.

Cuenta una anécdota:

-Una vez, un asesor outsourcing de campaña le dijo al estratega de un determinado político; “Su candidato es el nuevo champú que hay que vender”. Él no lo entendió así y la reunión de tormenta de ideas terminó de inmediato.

Tras las risas (auténticas y fingidas) de su corte personal, continuó con su improvisada clase magistral.

-Ya sea de derecha, izquierda o centro, la tendencia política de la cual queremos que la gente se enamore, se debe al pilar universal del capitalismo: Dólares, Euros, billete pues.

Ático lo sabe gracias a su amplia experiencia y lo comparte en el almuerzo con su equipo de trabajo y anfitriones, con ese cinismo de diamantes que da el desempeño de alta calidad.

Antes de degustar el vino tinto que acompaña su plato italiano, continúa su parlamento como si estuviera haciendo una de sus grandiosas ventas.

-Mientras más tengas para invertir, tendrás mayores posibilidades de éxito, aunque esto no es una fórmula infalible. Los equipos de asesoría lo saben de sobra.

Estaba muy claro de dónde se encontraba de visita, pero no conocía el miedo o, mejor dicho, lo conocía tan bien que aprendió a ignorarlo. Una ciudad, un estado, violentamente predecible, con la ley del más despiadado, y que pelea contra la mafia militar que gobierna, es ejemplo de lo bueno y lo malo.

Mientras hablaba, comía, socializaba, su mente no paraba. Observar en silencio es la mayor de las artes. Tan solo con pisar el asfalto de la pista de aterrizaje, el «breafing» no se comparaba con lo que su inteligencia podía percibir en el terreno real.

Une a esta capital con su gente una enfermiza relación de amor/odio, la cual, ha hecho decidir a muchos ir a un terapeuta, pero rápidamente desisten de esta idea porque saben que la medicación les hará sentir más miserables, sobre todo, al saber que vendrán generaciones de artistas, deportistas, políticos, científicos, funcionarios y gente promedio que se rasgarán las vestiduras declarando su amor puro al país, tal cual como se encuentra.

Cualquier buen filósofo de esta época diría que el mundo es una mierda y, hasta cierto punto, contaría con su entera aprobación, pero ante una realidad tan incierta en lo político, económico y existencial, nadie cuestiona, todos sonríen y aplauden para no quedar por fuera de los regalos y beneficios que reporta la «petrochequera».

Enriquecimiento es el principal objetivo, ya sea con buenos consejos, asesoría de imagen, inversiones, encuestas, tráfico de influencias. Podían ser mil y una maneras, todas dentro de lo legal, era su garantía y sello personal, y de la forma menos violenta.

Las tareas que más ganancias producían eran ese tipo de casos donde se juega con la bajeza y los egoísmos. Aprendiendo que el arrepentimiento no es otra cosa que una carga innecesaria para todos.

Precisamente, como se trataba de la hora del almuerzo, su ego obtuvo su dosis de alimentación al comprobar que dos de las cuatro mujeres presentes en la mesa competían para ver quién llamaba su atención.

Más tarde, quizás a las cinco, cuando la jornada estuviese a punto de culminar, él les haría saber que ambas habían resultado ganadoras. Si la suerte le sonreía, quizás podría añadir a una tercera al bacanal.

Son pequeños presentes cotidianos, que se obtienen gracias a esa trayectoria que lo ha hecho ser conocido como El Ninja Misterioso, tras el poder.

Un icono del postmodernismo, en sus comienzos, y ahora, no solo una marca o un estándar, sino una experiencia, que debe ser presenciada con los cinco sentidos bien puestos, vengas de donde vengas, seas quien seas.

Lo único que importa es el dinero que estés dispuesto a invertir. Es el único símbolo palpable de la filosofía de nuestros tiempos.

FIN

(c) Edwing Salas

29/04/14

La princesa tras el mostrador

Diana

Su piel, la nariz aguileña, el largo de su cabello y lo generoso de sus dotes femeninas lo han traído de cabeza últimamente. Cuando era más joven ya perfilaba en lo que se convertiría en poco tiempo, aunque a largo plazo, bueno ¿Quién sabe?

Su madre, de origen andino, tiene el fenotipo, pero luce como la antítesis de lo que es ella ahora, quizás, en sus tiempos, la señora tenía su mismo atractivo ¿Qué va a saber uno?

Así trabaja Cronos, dañino en la crianza de descendencia en un país tan sufrido como este, pero ¿Qué se le va a hacer? Telle est la vie.

La altura que logra cuando usa tacones y traje de ejecutiva, lo intimida y reduce. Una vez iba saliendo y ella llegaba de la universidad (o el trabajo) y dejó boquiabiertos a todos los que se encontraban en el negocio.

Ignoraba como debió haber sido su expresión, pero ella se dio cuenta rápidamente de lo que pudo haber pintado su cara ansiosa. Su gestualidad siempre terminaba delatándole.

Cada día es un placer culpable ir a comprar en la bodega de su padre. Jamás los caros y escasos productos de primera necesidad habían sido una coartada tan perfecta para cruzarse con una persona; buscar un dialogo casual, intercambiar miradas, sumergirse en las profundidades del buceo.

La princesa tras el mostrador. Así la bautizó. No sabía su nombre, ni qué hacía, más bien, temía que ya tuviese novio o marido. Un individuo con carro que sabría proveerla.

No hay nada más nulo y de baja calaña en una comunidad popular que un lector empedernido y ermitaño, con toda la pinta de un abandonado del destino, a merced de las letras y el intelecto. El mundo y la economía al revés.

El resto de los habitantes del populoso sector iban de compras con sus mujeres e hijos, pero no dejaban de arreglar sus miradas para que llegasen hasta su objetivo, sin ser avistadas por sus esposas o concubinas. Ella les atendía sonriente y siempre con buen humor coloquial.

A pesar de su notoriedad de flor de pantano, nunca se ha creído por encima, ni siquiera, del anciano borracho más andrajoso y miserable que asiste diariamente en busca del paraíso dentro de botellas color ámbar.

La princesa tras el mostrador debe tener muchos admiradores, piensa él, desde el claustro de sus días, frente a las páginas en blanco, en su desordenada habitación. ¿Qué podríamos tener en común? Salvo el plátano, las papas, la harina y el queso.

Solo se trata de percepciones y deseos andrajosos, también en busca de alcohol. Es la flor del pantano, ya lo había dicho, cierto, pero para él, que ya estaba en los treinta, grande para hacer mandados, andar entrando a pie en bodeguitas, deambular anónimamente por el vecindario en el que siempre había sido un desconocido, donde sus amigos ya no existían, porque consiguieron el American Dream.

Compraba en esa tiendita de la familia andina, con la última princesa, en ciernes de reina. En vez de buscar productos en grandes y exclusivos mercados, ahí donde compra la gente leída y de buena familia, los herederos de fenotipo, pedigree, abolengo.

A esa pequeña tiendita llegaba frecuentemente a tomarse una malta un profesor que le había dado clases en la universidad, con la barba blanca casi en el pecho, su comunismo orgulloso y su prepotencia de exguerrillero triunfador. Con su Mitsubishi 4X4 de 2 millones de bolívares, que lo transportaba a su nada obrerista hogar, en medio de una de las urbanizaciones más exclusivas de la ciudad.

Se imaginaba que la razón por la cual el vejete profesor visitaba la humilde bodega quizás era La princesa tras el mostrador. Cuando se llega a cierta edad, ya nada importa, porque el hombre se sabe perdido, desahuciado y libre.

No hay nada que perder, y menos, si tienes tantas propiedades que puedes vender, si la victoria no siempre llega.

Por su parte, el silente admirador de la rosa en el lodazal, ese que deambula como fantasma y llega preguntando “¿Hay pláfaro verde?” porque su lengua se sale del carril cada vez que los ojos de él se cruzan en la trayectoria de los de ella, y nunca logra articular más de lo necesario para pronunciar “buenos días” y “gracias”.

Ese sujeto seguirá siendo parte del séquito de súbditos anónimos que verán la vida un poco mejor, al sentir la adrenalina de tener en frente una realeza natural, cautivante e igualmente anónima, como lo suelen ser las Lady Di de los sectores de clase obrera, en los reinados del subdesarrollo.

FIN

 

© Edwing Salas

26/06/14

Zeppelin Hidenburg

La historia que me trajo hasta aquí

Mi abuelo, quien, finalmente, murió en el año 2030, me contó una historia que me inspiró hasta el día de hoy, a ser el implacable «Data-Archeologist» que soy hoy en día.

De niña, siempre me gustó la compañía de mi abuelo y, ahora, que soy un hombre alfa serie 325421, no puedo dejar de recordar su influencia dentro de mi carrera como «le mejer» «Data-Archeologist» de «La Cino» América.

Les cuento el por qué; cuando tenía siete años, su relato sobre la tragedia del Dron Zeppellin se grabó como fuego en mi memoria.

«Cuando tu padre aún no se decidía embarazarse, ocurrió una tragedia mundial, que nunca nadie se atrevió a atribuirle a nadie en particular, ya que existían cincuenta y tres guerras activadas, pero para ser lo más resumido posible, el inmenso Dron Zepellin para quinientos pasajeros, construido por Gran Bretaña, se precipitó a tierra un veintiuno de abril de dos mil veinticinco, dejando el terreno donde cayó, tapizado como si se tratara de cachemira carmesí, el cual, aún permanece, tiñendo los suelos de New Jersey».

Esa introducción, más todo lo que él me contó, esa noche cuando pretendía dormirme, mientras mis padres iban por hongos y parejas swingers, me inspiró a llegar hasta donde estoy ahora.

Hoy, lidero la excavación de Los suelos carmesí, y debo decir que, lo que he encontrado es fascinante. Procedo a dejarlo todo en el chip de mi memoria supra cerebral, pero la misma no puede terminar el proceso de grabación y subida a la nube de registro porque un reflejo infrarrojo interrumpe la grabación de la data.

Ya descubrí el origen de los destellos infrarrojos, parece que me apuntan…

NO DATA

NO DATA

NO DATA

NO DATA

FIN

(c) Edwing Salas

La aparición de un faro

La aparición de un faro

La vi aparecer y me preguntó cómo estaba; le dije la verdad sin filtros y eso la descolocó.

Hablamos de sabores, preferencias y de lo que mi temperamento agitado podría recibir para calmarse. Pero al verla en detalle, en verdad, no le fui del todo sincero sobre lo que me gustaría recibir de ella, por su sencillez y calidez humana.

Ella sí fue sincera sobre lo que necesitaba: tener un rápido contacto con azúcares antes de empezar a tener dificultades. Aunque creo que estaba exagerando, sin embargo, unos minutos después me di cuenta de que su personalidad tenía mucho que ver con las mieles de la existencia que resplandecen en los momentos necesarios.

Tomó la iniciativa y extendió su mano cerrada en puño. Al abrirla, dejaba ver el brillo dorado de un pequeño cofre con dos corazones carmesí en su interior.

Su intención era darme coraje y decirme que no estaba solo en la tormenta. Sin embargo, dicho gesto causó el sentimiento correcto, pero la respuesta equivocada.

«Soy un hombre, estoy acostumbrado a lidiar con problemas que a nadie le interesan».

Ella se opuso a mi respuesta y, la verdad, lo que me había afectado realmente es que, como desconocida, me estaba dando mucho más de lo que yo hubiera imaginado, al atravesar circunstancias normales, directamente inherentes a la naturaleza de mi realidad desde el inicio de este periplo llamado “la vida”.

Finalmente, yo también estaba en shock, porque durante unos segundos creí en la existencia de los ángeles que se materializan brevemente en momentos de angustia para dar un mensaje: «Yo te amo. Adonai te ama».

Como un hombre mundano, curtido en derrotas, decidí rechazar el mensaje y el presente que traía consigo. Sencillamente, un ser como yo no cree en ese tipo de fenómenos, principalmente porque nunca fui preparado para recibir y entender la aparición de faros esperanzadores que surgen en medio de las tormentas.

FIN

(c) Edwing Salas

Locura creativa literaria

Loco por crear

Estar loco no es sano, peor aún, es permanecer en un estado demencial por crear algo todos los días, que, como en mi caso, no se traduce en buscar la cura contra el cáncer o hallar el algoritmo que haga que todo lo que publiques en tus redes se haga viral.

 Más bien, es demencia por querer escribir historias sobre todo aquello que veo, lo que vivo o lo que puedo imaginar en una sabia conversación con grandes amigos.

Desde niño fui programado para sentir vergüenza por alguna inclinación que no fueran los números o las ciencias exactas, porque ciertamente, serían los números los que me sacarían de mi estatus social, no las letras, y es así como, por no hacer caso, es que he vivido como un condenado. Nada que ver con Lestat y esos putos vampiros idealizados ¡Condenado en serio mutherfuckers! Al estilo LATAM.

Porque la realidad es que la creatividad, la escritura, el cine y todas las manifestaciones artísticas están reservadas para un@s cuant@s seleccionad@s del olimpo. Y ahí, es justamente cuando entra en juego rápidamente la medición de la performance, del talento, la disciplina y sobre todo, la separación entre lo bueno que crees que eres y lo bueno que en realidad eres.

Particularmente sé, que no soy de escribir extensas novelas, ni siquiera, novelas cortas o medianas. Soy más bien, de escribir cuentos cortos, relatos, copys, tweets y artículos.

Soy muy ansioso o muy poco adaptable a los procesos largos de creación. Procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino y leo. Me revuelco con libros y tengo orgasmos con los white papers de cualquier informe sobre buenas prácticas en redes sociales.

En cambio, me encanta escribir largometrajes: doscientas, ciento veinte, noventa páginas, no son nada para mí, a la hora de poner personajes en una pantalla, por eso, intento regresar a ello cada vez que puedo, pero igualmente, cuando asumo este proceso, también procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino y leo. Tengo orgasmos con cortometrajes, películas y cualquier libro sobre Hitchcock, Michael Mann, Gordon Parks, Román Chalbaud o Akira Kurosawa.

En este momento estoy escribiendo un nuevo largometraje, claro, dentro del tiempo que tengo; le cambié el nombre: antes se me había ocurrido algo que sonara como «La noche de nuestras vidas», pero ahora, se llama «Criaturas de Buenos Aires». Ese título podría llegar a Cannes, de hecho, es el único festival al cual me gustaría asistir.

Borré a la 363 de mi LinkedIn, porque pasó de ser una luz de esperanza cuando atravesaba los momentos más difíciles como guionista amateur que creaba su primer largometraje comercial, con 26 años, a tener que verla muchos años después como «filmmaker de éxito», viviendo en Barcelona.

Hace mucho tiempo que tampoco escribo poesía. Perdí totalmente el interés por ese amor primario a describir con metáforas todo aquello que pasaba o sentía. Tengo la impresión de que ya es una expresión obsoleta y sin propósito alguno.

No puedo dejar de pensar en el maldito Bukowski, porque siento que nací con ese tipo de estrella con puntas melladas, pero luego reflexiono y digo: «El hijo de puta estaba viejo, pero aun así, lo logró. Claro, nació en Norteamérica. Vivía en Los Ángeles y parece que allá, por muy maldito que sea todo, si alguien cree que tienes talento, vas a lograrlo al final»

Eso es más difícil en la vereda donde uno está, y además, sin certeza de tener siquiera un 1% del talento y la suerte del «Buko».

«Está jodido compadre» – como dirían los mexicanos- pero, ¿Ya qué puedo hacer? Es la que hay. Igualmente, procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino, leo, me revuelco con prostitutas y tengo orgasmos con las otras chicas que veo felices con sus vidas dentro de las redes sociales.

FIN

(c) Edwing Salas

Matar a un perdedor

Parque en Buenos Aires
Matar a un perdedor

¿Matar a un perdedor debería ser una tarea fácil y frecuente? 

Así ha de ser, porque es una especie que abunda con exabrupto en la tierra. Borrar cada pálpito, cada aliento, cada meta, cada esperanza, cada conciencia. 

De hecho, matar a un perdedor ya es una tarea cotidiana. Sucedió, sucede y sucederá por milenios hasta que el último se extinga, para dar origen la perfección del reinado de los ganadores  y su canibalismo incestuoso, que tampoco tardará en exterminarlos a ellos mismos, pero por lo menos son la manada dominante y faltarán siglos antes de que desaparezcan.

Los perdedores y los ganadores van muriendo día a día, salvo que los primeros experimentan más agonía, porque la llevan consigo desde su primer despertar a la realidad y su pesada herencia de circunstancias ruinosas. 

Mueren a diario, de forma natural, ganadores y perdedores, porque se van suicidando a cuentagotas, los primeros, porque  siempre quieren tener un vuelo más alto, nunca será suficiente altura hasta que sus alas son quemadas por el sol, tal y como se describe en la leyenda de Ícaro

Por el contrario, los últimos se van quitando la vida con la miseria o la fatalidad de sus ingenuas aspiraciones, queriendo tener alas con las que no nacieron o peor aún, siendo felices con lo que les tocó, propagándose como polvo en un paisaje árido. 

Ganadores y perdedores también se suicidan de las maneras clásicas, a ambas especies les atormentan las mismas fuerzas oscuras que se activan en su interior, aunque son quienes no ganan los que deciden finalizar el juego al saberse perdidos dentro de una inútil apuesta.

¿Matar a un perdedor es lo que quiere un ganador?

Posiblemente, pero sabe que sin la existencia de los perdedores, no habría oportunidad de pavonearse como dominadores del juego y tampoco quienes se dediquen a oficios indignos que  garanticen su comodidad en el tablero de ajedrez.

¿Un perdedor querría matar a otro perdedor? 

Por supuesto, es tan factible como que un ganador quiera matar a otro ganador, al saber que su par podría superarlo en algún momento. También, un perdedor, a cierta edad, se da cuenta de que, para terminar exitosamente con todo, aunque sea una vez, tiene que matar al derrotado que lo mira fijamente enmarcado en la pared del baño o la habitación.  

FIN