Ojos de caballo

¿Te ha pasado que ves en la rasgadura de pintura en una pared algún tipo de figura animal o humana?

Todos tenemos esa condición evolutiva impregnada en nuestro sistema mental; se llama pareidolia, nombre que bautiza la función de nuestra mente creativa y reptiliana cuando tiende a humanizar objetos inanimados o dar patrones reconocibles a paisajes naturales o texturas totalmente abstractas.

Tengo recuerdos aleatorios que permanecen en la memoria. No porque sean importantes, sino porque contienen ese olor añejo de primera impresión aterradora.

No tienen lógica, ni fecha precisa, ni testigos. Solo están ahí, clavados como una astilla bajo la corteza cerebral.

Este es uno de esos recuerdos. No sé si ocurrió como lo contaré, pero lo cierto es que esa sensación aterradora me invade de vez en cuando, haciendo regresar miedos de mi primera etapa en este mundo cada vez más confuso.

Me desperté sin saber por qué. No hubo ruido, ni voces, ni movimiento. Solo la luz, esa ráfaga blanca que entró ese sábado entre las diez y las once de la mañana por los resquicios de la ventana.

Me senté en la cama. El silencio era tan espeso que podía sentirlo en la piel. Me puse de pie y caminé hacia la puerta, recubierta con ese velo desagradable que era una cortina, movida por la brisa tibia de la avanzada mañana.

Afuera, la inmensa sala, con un juego de muebles Luis XVI color caoba y sus mesitas de mármol, parecía un conjunto de tótems en medio de un museo sin público visitante.

La gran puerta de madera y las dos ventanas inmensas dejaban entrar la claridad sin filtro. Afuera, los autos estacionados parecían formar parte del mobiliario petrificado.

Ningún transeúnte, ni vecino; solo el sol abrasante, el viento opaco y el sonido de uno que otro pájaro.

Todo estaba detenido. Me quedé un momento ahí, mirando la calle sin vida. El aire tenía un olor seco, como si la casa hubiera estado cerrada por semanas. Caminé hacia el baño, pero al pasar por el comedor, algo me detuvo.

La ventana de esa parte de la casa daba al callejón. No era una vista atractiva: un arbusto tropical de ramas frágiles y hojas pequeñas, una inmensa garrafa verde de gas que hacía funcionar la cocina, agua estancada proveniente del lavadero, y un asqueroso musgo del mismo color que el contenedor gasífero, producido por la humedad del baño y el patio de lavado.

En esa vegetación pantanosa se ocultaban sapos e insectos. Otros trastos como troncos, restos de tejado y ladrillos completaban ese microuniverso subdesarrollado, carente de atractivo.

Pero esa mañana tenía algo distinto. Me acerqué despacio, como si la tela metálica que protegía la ventana pudiera romperse con el sonido de mis pasos descalzos.

Entre los trastes viejos y la chatarra amontonada, algo se movía. Al principio no lo entendí. Era una forma, una silueta, algo que no debía estar ahí. Pantalones anchos, ropa muerta colgada o tirada en la cerca que separaba nuestra casa y la de los vecinos.

Me quedé quieto. La figura se infló, se arqueó y comenzó a cambiar. No era humano. No era animal. Era ambas cosas.

La presencia amorfa se tensó como si tuviera huesos, y de pronto apareció una cabeza de caballo. No una cualquiera. De carreras. Con anteojeras redondas que resaltaban sus ojos vigilantes, pero carentes de alma.

No respiraba. No se movía. Pero estaba vivo. Me miraba. Me juzgaba. Lo sentía. Exigía algo que no podía entender. El miedo llegó de golpe, como una ola que se estrella contra las rocas.

Intenté moverme, pero el cuerpo no respondía. El caballo seguía ahí, inmóvil, pero cada segundo parecía más real. Más presente. No lograba entender nada de lo que estaba ocurriendo.

Entonces, como si el mundo recordara que debía seguir girando, la figura se quebró. Se deshizo. Y en su lugar, un gato blanco y negro de la calle cruzó los trastes con indiferencia, saltando hacia la casa vecina.

Me quedé ahí, con el corazón golpeando como si quisiera escapar por mi boca. No había caballo. No había ojos. Solo el gato y el callejón.

El silencio ahora se había colado en la mente. Ella terminó inventando algo que nunca estuvo.

Nunca volví a ver esa figura. Ni en ese callejón, ni en ningún otro. Pero a veces, cuando la luz entra sin permiso y la casa está en silencio, me detengo frente a una ventana cualquiera.

Y espero. No sé qué. Solo espero. Porque hay cosas que no se ven con los ojos, sino con el miedo y la imaginación desbocada como un caballo de carreras sin control.

FIN

(c) Edwing Salas

La conversación con Sara

Observaciones de un testigo ocasional.

Era una madrugada de domingo, a finales de septiembre, las dos de la mañana en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires poseía el mismo tráfico de las horas diurnas.

En esos momentos de luna proliferan seres que iluminan la noche porteña y sus antagonistas, las peligrosas deidades de las sombras. 

También deambulan los observadores, algunos, condenados sin ánimo, con la espalda y el ego hechos mierda, ese era mi caso.

Subí al colectivo 168, ansioso de volver a mi refugio de la Avenida Córdoba. Llevaba conmigo 3 cervezas y el coro de pensamientos interminables que intentaban persuadirme para ejercer mi legítimo derecho a interrumpir esta existencia inmerecida, de una vez por todas.

Al abrirme paso entre la ruidosa multitud de pasajeros, buscando el fondo del colectivo, de pronto, llamaron mi atención, dos carcajadas estridentes.

La explosión de risas era de una pareja sentada a mi derecha. Charlaban con el desparpajo y el desenfreno que produce olvidarte de todo lo que te rodea.

Llegué al fondo del transporte público y tuve la suerte de encontrar un asiento libre. Al sentarme, la pareja quedó en mi diagonal izquierda. Me convertí en un espectador casual de su entregado diálogo.

Me interesó comprobar todo lo que aseguran los psicólogos, expertos en conducta y youtubers, sobre las señales que muestra una mujer que siente atracción por un hombre.

Sus ojos negros, con pupilas dilatadas, se clavaban en los de él. Las finas cejas de su rostro mostraban un arqueo perfecto. La mirada iba cambiando de dirección cada 2 minutos, apuntando hacia sus labios. Ese acto reflejo duraba milésimas de segundos, pero era constante y duró todo el trayecto en que los estudié.

Ignoraba si el interlocutor que producía esos instintos en ella, estaría al tanto del significado de esos detalles.

La chica se mordía los labios inferiores de vez en cuando, para contener la ansiedad de besar.

La coreografía de mirada, labios y risas de ella me provocaron una envidia corrosiva. Deseaba que toda esa atención y lujuria fuera dirigida a mí, para tener una noche de coito animal y taladrar cada orificio de su bendita anatomía saturada de feromonas y colágeno.

Pensé en inyectarme una de las cervezas para anestesiarme de la brutal realidad que demuestra que el tiempo clave ya pasó y únicamente queda ser fornicado por la muerte, para penetrar la zanja de una tumba.

El chico a su lado hablaba con fingida humildad acerca de sus dotes como actor y como su última presentación teatral causó tal impresión entre el público y sus compañeros del elenco que estudiaban actuación, que fue ovacionado por todos ellos.

Además, le contó que había sido felicitado con gran emoción por su instructora de actuación, a quien le otorgó crédito por ayudarlo a canalizar su talento y técnica. Palabras más, palabras menos.

El muchacho se expresaba con mucha alegría y convicción mientras ella recibía toda esa verborrea con el rostro iluminado y cachondo.

Ninguno parecía llegar a los treinta, estaban en esa época de la vida cuando te sientes con la seguridad y certeza de que Argentina y el mundo serán tuyos.

Ella también redobló su apuesta en la conversación, dejando ver que también era una artífice de la autorreferencia para demostrar su valor en el mercado de las relaciones.

– ¡La profesora Romina es una genia! Siempre me decía: «Sara, actuar es algo natural. El humano siempre está actuando. Finge que no odia su trabajo, pretende fingir que sí cumplirá sus resoluciones de año nuevo, pretende fingir que no siente envidia del vecino que se compró un coche último modelo. Actuar es parte del día a día para sobrevivir». Y eso no sabés como me ayudó a ser la mejor de su clase, cuando yo estaba en el grupo de actuación.

En ese momento supe su nombre: Sara. Todas las mujeres que se llamaban así, y que se habían cruzado en mi vida, encerraban esa magia que no les permitía pasar desapercibidas.

Explotó en mi memoria el recuerdo de mi abuela, que también se llamaba igual y cuya última imagen siempre me estremece hasta el presente.

De igual forma, el nieto que vio irse hacia la gran ciudad, no era mismo que había regresado a darle el último adiós: un veinteañero con el cabello peligrosamente largo y una delgadez alarmante.

Esa imagen también causó revuelo entre todos los familiares y metiches que presenciaban extasiados el calvario de una mujer que simbolizaba el fin de era.

Agonizó de una manera inmerecida durante sus últimos días, mientras todos los vecinos de la calle MN y alrededores, deleitaban su morbo con el circo representado por mi familia en medio del drama y el sufrimiento por la pérdida del principal cimiento que nos mantenía unidos.

En ese periodo ya se estaban gestando en mi interior las primeras derrotas y frustraciones que se irían acumulando desde los primeros enfrentamientos con el mundo, que finalmente terminarían formando un combustible a base de rabia y resentimiento crónicos, productos del descubrimiento del juego de la realidad durante la adultez.

La vieja casa de tejas se desmoronaba con los gritos de agonía, dolor, oraciones y supersticiones campesinas originadas por la histórica opresión del poder católico romano.

Sonidos muy parecidos a los del presente inmediato, pero estos últimos, poseían otro matiz.

El nivel de bullicio dentro del colectivo esa madrugada era abrumador, debido a la cantidad de jóvenes que ya venían con sus sentidos de fiesta, gracias los rituales de las previas, que los ayudaban a lubricar socialmente, antes de terminar en los locales nocturnos de Palermo, para añadirle más nafta al fuego de su ímpetu.

Tal escenario era telón de fondo perfecto para que cada pareja se sumergiera en la noche porteña y sus hechizos.

La conversación siguió durante el trayecto hacia la parada de la calle Cabrera. Este «voyeur» seguía estudiando ese antiguo ritual entre dos personas cuyo destino final podía presentirse.

Pero como todo en la vida tiene su final, yo estaba más cerca mi destino que Sara y su presa barbuda y flaca. Oprimí el botón que me eyectaría para siempre de esta historia.

Al bajar en mi parada volví a escuchar sus sonoras carcajadas, que seguramente seguirían recorriendo las calles Almagro, San Cristóbal o San Telmo, para finalmente consumar sus sueños de fines de semana, y también, los de los días laborales: porro y sexo.

Entré a mi refugio, volé la tapa de la primera Schneider para iniciar mi ritual de anestesia y aumenté mi apuesta como observador maldito, esta vez, desde el balcón de mi habitación.

FIN

(c) Edwing Salas

Lecciones de Tango

La premisa grabada a fuego en la mente de Marcos es: Hay que adaptarse y abrazar la cultura del país que te ha recibido.

Él forma parte de los 7,7 millones que han huido de la dictadura militar genocida que oprime su país.

Después de 9 años en la hermosa metrópoli que lo ha acogido, una de las cosas que más le desconciertan es cómo él siempre ha estado de acuerdo en condenar a la antigua dictadura argentina y sus víctimas: sean 30.000 o 14. La cantidad no importa.

Siente que entre algunos locales, parece no haber una comprensión solidaria con lo que ocurre en su lugar de nacimiento. Aseguran cualquier cosa, menos la existencia de una tiranía que somete a la gente al colapso permanente.

Lo que frecuentemente le resulta raro es que aquellos que condenan a sus tiranos militares, parecen convalidar las atrocidades de los dictadores del Caribe, quienes, por cierto, utilizan las mismas torturas y homicidios de sus antecesores australes, superándolos en alevosía y descaro.

«Debe haber dictaduras más bonitas que otras».

Reflexiona con fingida ingenuidad.

Apartando todo eso, el tango es una de las tareas que se ha propuesto Marcos para aprender y sentirse más familiarizado con la llamada pasión argentina.

Cada miércoles, sin falta, se presenta en las clases del club barrial Villa Malcolm, en la avenida Córdoba, entre Serrano y Thames.

Ahí se encuentra con su amigo Martín, quien le insistió hasta hacerlo ir. Martín, su mujer y sus chicos asisten desde hace años al tradicional lugar.

Marcos vivía a escasas dos cuadras y le quedaba perfecto para cerrar las tardes de caminata y ejercicio por todo Palermo, como premio a sus amadas jornadas de trabajo creativo desde casa.

¡Cuántos recuerdos añorados!

De esos días de gloria pasada, podía atestiguar la maravillosa metamorfosis de la mujer argentina, una vez que se cambiaba de zapatos y empezaba el ritual de baile al compás de los viejos discos de vinilo transferidos a formato MP3.

El espectáculo no solo tenía piel local: norteamericanas, japonesas, alemanas, francesas, brasileñas.

Era contemplar la danza del mundo, representada por cuellos, espaldas y piernas, llenas de anocheceres rojos y amaneceres amasados por el cumplimiento de sus fantasías lejos de sus estructuradas sociedades.

La luz escarlata y amarilla aumentaba la pulsión por el baile. En medio del torbellino, Marcos era detenido por las rigurosidades impuestas por ese estilo musical tan único y, a la vez, tan complejo.

– Esto no es salsa.

Esas frases lo frenaban en seco, haciéndole dudar sobre sus capacidades de aprendizaje y adopción de nuevas culturas. Este baile es tan único como la yerba mate, como la rivalidad entre River y Boca.

Tan de aquí como el Día de las Madres, que se celebra en octubre y no en mayo, como lo hace el resto de Occidente.

Con el pasar de las semanas, Marcos dedicó más tiempo al trote y las caminatas. Se presentaba en Villa Malcolm ya al final de las clases, solo para ser testigo de las metamorfosis tangueras que constituyen una muestra muy local de los rituales darwinistas que siempre han movido al ser humano.

FIN

(c) Edwing Salas

La princesa tras el mostrador

Diana

Su piel, la nariz aguileña, el largo de su cabello y lo generoso de sus dotes femeninas lo han traído de cabeza últimamente. Cuando era más joven ya perfilaba en lo que se convertiría en poco tiempo, aunque a largo plazo, bueno ¿Quién sabe?

Su madre, de origen andino, tiene el fenotipo, pero luce como la antítesis de lo que es ella ahora, quizás, en sus tiempos, la señora tenía su mismo atractivo ¿Qué va a saber uno?

Así trabaja Cronos, dañino en la crianza de descendencia en un país tan sufrido como este, pero ¿Qué se le va a hacer? Telle est la vie.

La altura que logra cuando usa tacones y traje de ejecutiva, lo intimida y reduce. Una vez iba saliendo y ella llegaba de la universidad (o el trabajo) y dejó boquiabiertos a todos los que se encontraban en el negocio.

Ignoraba como debió haber sido su expresión, pero ella se dio cuenta rápidamente de lo que pudo haber pintado su cara ansiosa. Su gestualidad siempre terminaba delatándole.

Cada día es un placer culpable ir a comprar en la bodega de su padre. Jamás los caros y escasos productos de primera necesidad habían sido una coartada tan perfecta para cruzarse con una persona; buscar un dialogo casual, intercambiar miradas, sumergirse en las profundidades del buceo.

La princesa tras el mostrador. Así la bautizó. No sabía su nombre, ni qué hacía, más bien, temía que ya tuviese novio o marido. Un individuo con carro que sabría proveerla.

No hay nada más nulo y de baja calaña en una comunidad popular que un lector empedernido y ermitaño, con toda la pinta de un abandonado del destino, a merced de las letras y el intelecto. El mundo y la economía al revés.

El resto de los habitantes del populoso sector iban de compras con sus mujeres e hijos, pero no dejaban de arreglar sus miradas para que llegasen hasta su objetivo, sin ser avistadas por sus esposas o concubinas. Ella les atendía sonriente y siempre con buen humor coloquial.

A pesar de su notoriedad de flor de pantano, nunca se ha creído por encima, ni siquiera, del anciano borracho más andrajoso y miserable que asiste diariamente en busca del paraíso dentro de botellas color ámbar.

La princesa tras el mostrador debe tener muchos admiradores, piensa él, desde el claustro de sus días, frente a las páginas en blanco, en su desordenada habitación. ¿Qué podríamos tener en común? Salvo el plátano, las papas, la harina y el queso.

Solo se trata de percepciones y deseos andrajosos, también en busca de alcohol. Es la flor del pantano, ya lo había dicho, cierto, pero para él, que ya estaba en los treinta, grande para hacer mandados, andar entrando a pie en bodeguitas, deambular anónimamente por el vecindario en el que siempre había sido un desconocido, donde sus amigos ya no existían, porque consiguieron el American Dream.

Compraba en esa tiendita de la familia andina, con la última princesa, en ciernes de reina. En vez de buscar productos en grandes y exclusivos mercados, ahí donde compra la gente leída y de buena familia, los herederos de fenotipo, pedigree, abolengo.

A esa pequeña tiendita llegaba frecuentemente a tomarse una malta un profesor que le había dado clases en la universidad, con la barba blanca casi en el pecho, su comunismo orgulloso y su prepotencia de exguerrillero triunfador. Con su Mitsubishi 4X4 de 2 millones de bolívares, que lo transportaba a su nada obrerista hogar, en medio de una de las urbanizaciones más exclusivas de la ciudad.

Se imaginaba que la razón por la cual el vejete profesor visitaba la humilde bodega quizás era La princesa tras el mostrador. Cuando se llega a cierta edad, ya nada importa, porque el hombre se sabe perdido, desahuciado y libre.

No hay nada que perder, y menos, si tienes tantas propiedades que puedes vender, si la victoria no siempre llega.

Por su parte, el silente admirador de la rosa en el lodazal, ese que deambula como fantasma y llega preguntando “¿Hay pláfaro verde?” porque su lengua se sale del carril cada vez que los ojos de él se cruzan en la trayectoria de los de ella, y nunca logra articular más de lo necesario para pronunciar “buenos días” y “gracias”.

Ese sujeto seguirá siendo parte del séquito de súbditos anónimos que verán la vida un poco mejor, al sentir la adrenalina de tener en frente una realeza natural, cautivante e igualmente anónima, como lo suelen ser las Lady Di de los sectores de clase obrera, en los reinados del subdesarrollo.

FIN

 

© Edwing Salas

26/06/14

Escritos que terminan siendo errores

20150906_134235

Me pasa muy muy poco, pero recientemente publiqué un escrito que ahora mismo desearía no haber redactado. En tan solo dos semanas, de ser una explosión metafórica de un estado de deseo, ahora es evidencia de una ingenuidad y distorsión perceptiva que me impulsa a querer eliminarlo, porque quizás ya no merece ver luz.

Un tiempo después, para ser más específico, al año siguiente, sucedió que también permití que otra persona entrará conmigo en el juego de los cadáveres exquisitos. Teniendo como resultado, que la obra finalizada no es nada buena y que también la persona, es igualmente mala y merecedora del depósito de la basura.

Sin embargo, ahí los dejaré, junto con los escritos que gozan de mi más alta estima, como recordatorio de que, a veces, el creador retracta sus opiniones y acciones en la vida real, pero lo que ya está escrito, escrito debe quedar, no importa si ya no tiene el mismo significado o importancia que solía tener al principio.

Lo que uno crea en literatura también entra en la categoría del error humano.

FIN

 © Edwing Salas

                                     06/09/15- 25/05/19

Locura creativa literaria

Loco por crear

Estar loco no es sano, peor aún, es permanecer en un estado demencial por crear algo todos los días, que, como en mi caso, no se traduce en buscar la cura contra el cáncer o hallar el algoritmo que haga que todo lo que publiques en tus redes se haga viral.

 Más bien, es demencia por querer escribir historias sobre todo aquello que veo, lo que vivo o lo que puedo imaginar en una sabia conversación con grandes amigos.

Desde niño fui programado para sentir vergüenza por alguna inclinación que no fueran los números o las ciencias exactas, porque ciertamente, serían los números los que me sacarían de mi estatus social, no las letras, y es así como, por no hacer caso, es que he vivido como un condenado. Nada que ver con Lestat y esos putos vampiros idealizados ¡Condenado en serio mutherfuckers! Al estilo LATAM.

Porque la realidad es que la creatividad, la escritura, el cine y todas las manifestaciones artísticas están reservadas para un@s cuant@s seleccionad@s del olimpo. Y ahí, es justamente cuando entra en juego rápidamente la medición de la performance, del talento, la disciplina y sobre todo, la separación entre lo bueno que crees que eres y lo bueno que en realidad eres.

Particularmente sé, que no soy de escribir extensas novelas, ni siquiera, novelas cortas o medianas. Soy más bien, de escribir cuentos cortos, relatos, copys, tweets y artículos.

Soy muy ansioso o muy poco adaptable a los procesos largos de creación. Procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino y leo. Me revuelco con libros y tengo orgasmos con los white papers de cualquier informe sobre buenas prácticas en redes sociales.

En cambio, me encanta escribir largometrajes: doscientas, ciento veinte, noventa páginas, no son nada para mí, a la hora de poner personajes en una pantalla, por eso, intento regresar a ello cada vez que puedo, pero igualmente, cuando asumo este proceso, también procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino y leo. Tengo orgasmos con cortometrajes, películas y cualquier libro sobre Hitchcock, Michael Mann, Gordon Parks, Román Chalbaud o Akira Kurosawa.

En este momento estoy escribiendo un nuevo largometraje, claro, dentro del tiempo que tengo; le cambié el nombre: antes se me había ocurrido algo que sonara como «La noche de nuestras vidas», pero ahora, se llama «Criaturas de Buenos Aires». Ese título podría llegar a Cannes, de hecho, es el único festival al cual me gustaría asistir.

Borré a la 363 de mi LinkedIn, porque pasó de ser una luz de esperanza cuando atravesaba los momentos más difíciles como guionista amateur que creaba su primer largometraje comercial, con 26 años, a tener que verla muchos años después como «filmmaker de éxito», viviendo en Barcelona.

Hace mucho tiempo que tampoco escribo poesía. Perdí totalmente el interés por ese amor primario a describir con metáforas todo aquello que pasaba o sentía. Tengo la impresión de que ya es una expresión obsoleta y sin propósito alguno.

No puedo dejar de pensar en el maldito Bukowski, porque siento que nací con ese tipo de estrella con puntas melladas, pero luego reflexiono y digo: «El hijo de puta estaba viejo, pero aun así, lo logró. Claro, nació en Norteamérica. Vivía en Los Ángeles y parece que allá, por muy maldito que sea todo, si alguien cree que tienes talento, vas a lograrlo al final»

Eso es más difícil en la vereda donde uno está, y además, sin certeza de tener siquiera un 1% del talento y la suerte del «Buko».

«Está jodido compadre» – como dirían los mexicanos- pero, ¿Ya qué puedo hacer? Es la que hay. Igualmente, procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino, leo, me revuelco con prostitutas y tengo orgasmos con las otras chicas que veo felices con sus vidas dentro de las redes sociales.

FIN

(c) Edwing Salas

Matar a un perdedor

Parque en Buenos Aires
Matar a un perdedor

¿Matar a un perdedor debería ser una tarea fácil y frecuente? 

Así ha de ser, porque es una especie que abunda con exabrupto en la tierra. Borrar cada pálpito, cada aliento, cada meta, cada esperanza, cada conciencia. 

De hecho, matar a un perdedor ya es una tarea cotidiana. Sucedió, sucede y sucederá por milenios hasta que el último se extinga, para dar origen la perfección del reinado de los ganadores  y su canibalismo incestuoso, que tampoco tardará en exterminarlos a ellos mismos, pero por lo menos son la manada dominante y faltarán siglos antes de que desaparezcan.

Los perdedores y los ganadores van muriendo día a día, salvo que los primeros experimentan más agonía, porque la llevan consigo desde su primer despertar a la realidad y su pesada herencia de circunstancias ruinosas. 

Mueren a diario, de forma natural, ganadores y perdedores, porque se van suicidando a cuentagotas, los primeros, porque  siempre quieren tener un vuelo más alto, nunca será suficiente altura hasta que sus alas son quemadas por el sol, tal y como se describe en la leyenda de Ícaro

Por el contrario, los últimos se van quitando la vida con la miseria o la fatalidad de sus ingenuas aspiraciones, queriendo tener alas con las que no nacieron o peor aún, siendo felices con lo que les tocó, propagándose como polvo en un paisaje árido. 

Ganadores y perdedores también se suicidan de las maneras clásicas, a ambas especies les atormentan las mismas fuerzas oscuras que se activan en su interior, aunque son quienes no ganan los que deciden finalizar el juego al saberse perdidos dentro de una inútil apuesta.

¿Matar a un perdedor es lo que quiere un ganador?

Posiblemente, pero sabe que sin la existencia de los perdedores, no habría oportunidad de pavonearse como dominadores del juego y tampoco quienes se dediquen a oficios indignos que  garanticen su comodidad en el tablero de ajedrez.

¿Un perdedor querría matar a otro perdedor? 

Por supuesto, es tan factible como que un ganador quiera matar a otro ganador, al saber que su par podría superarlo en algún momento. También, un perdedor, a cierta edad, se da cuenta de que, para terminar exitosamente con todo, aunque sea una vez, tiene que matar al derrotado que lo mira fijamente enmarcado en la pared del baño o la habitación.  

FIN

No quiero ser la hoja muerta y seca del otoño y el invierno

Pelota oscura

Un domingo de exploración cualquiera, de esos cuando a las dos de la tarde aún me encuentro recorriendo el perímetro palermitano, en busca de una buena opción para desayunar/almorzar / «brunchear».

Día exquisito. Sol, cielo azul como de Photoshop, escasas nubes, pero de una blancura imposible. El viento, muy agradable y siempre a favor de las buenas caminatas. Calles vacías, con poco tráfico y cada sitio gastronómico repleto de gente, como si regalaran dólares.

Sin embargo, para este caminante hambriento, la belleza y vistosidad del día, se prestan para andar en inmaculada soledad y poder estar en un buen lugar donde no concurra tanta gente. Así es la agorafobia de los domingos. No queda de otra.

Luego de pasar por varios lugares sobrepoblados, sin éxito alguno, llegué a la calle Aráoz en la búsqueda de un café, cuyo anuncio, me había aparecido en la mañana en Instagram. El algoritmo es implacable.

Rápidamente desistí de la idea de buscar ese lugar ya que en la avanzada me topé con lo que parecía ser una cafetería y además, tenía una pizarra en la que anunciaban almuerzos. Por fin, había encontrado el lugar indicado, o fue lo que imaginé en ese momento, dominado por mi adicción a los desayunos continentales y la cafeína de los domingos.

El lugar estaba justo al frente de otro conocido restaurante ubicado en esa misma calle. De hecho, como era de esperarse, la gente se concentraba frenéticamente para poder obtener mesas y «brunchear» o almorzar. Había unos cuantos de pie, esperando. Ritual totalmente inapropiado para el día que se estaba experimentando.

Tomé asiento en una de las mesas apostadas sobre Aráoz, ahi esperaba a que el encargado (o mozo), terminara de hablar con una de las tantas «MILFS» domingueras que abundan por la zona y que alegran las pupilas. Aparentemente, conversaban sobre mascotas, porque el encargado acariciaba a uno de los perros que la escoltaban.

En ese momento, percibí, a través de mi visión periférica algo como una pelota oscura que se movía rápidamente desde la vereda hasta la parte trasera de un coche estacionado detrás de mi. Fue entonces, cuando concentré el 100% del sentido de la visión en dirección a la parte trasera del auto y no tardó en aparecer un magnífico y escalofriante espécimen de la jungla de concreto.

Una inmensa rata ¿O más bien una zarigüeya? El pariente del carpincho entra rápidamente por la boca de desague de la vereda y fue suficiente tiempo para contemplar su cola larga y afilada, su parte trasera gorda y gruesa como la de una liebre, además de su cabeza con hocico de cocodrilo.

Un magnífico ejemplar de las alcantarillas de Palermo. Su pelaje abundante, largo y erisado, color gris, tenía adheridos rastrojos de papel y hojas secas de los árboles. Era tan intimidante que un gato lo pensaría antes de darle caza.

Por el tamaño, supuse que se trataba de una hembra, ya que entre la mayoría de los roedores, suele ser la de mayor tamaño y resolución a la hora de salir a la superficie a plena luz del día. El encargado del lugar apareció ante mi con el menú. Inmediatamente pregunté si tenía café. Respondió que no tenía porque no le andaba la máquina y además estaba sin electricidad en el local.

Motivo suficiente para emprender de vuelta la búsqueda de un buen sitio donde comer un desayuno continetal con café, jugo y soda. Salí a toda marcha hacia los cafés cercanos al Parque Centenario, pero al arribar a la calle Lavalleja, me dejé llevar por su valorado nombre y doblé por ahí, en dirección hacía Casa Nueza, ese lugar que queda en los predios de una casa cuyos fantasmas, ahora forman parte de una mitología nostálgica.

En pleno trayecto, cambié de nuevo mi decisión sobre el destino para comer. Finalmente, entré en un restaurante tradicional que forma parte de una cadena. Antes, funcionaba en el mismo lugar el Bar Carioca, cantina popular entre habitantes de épocas pasadas, que ahora revolotean como espectros en la memoria.

El sitio, en plena avenida Córdoba y Lavalleja, ha sido remodelado, pero posee los mismos grandes ventanales, que dejan entrar sin ningún tipo de reproches la reconfortante brisa de este domingo.

Tomé una mesa situada en una de las grandes ventanas. Finalmente, logré mi objetivo. Un exquisto brunch dominguero.

Ahí caí en cuenta que era la primera vez -desde mi llegada a esta abrumadora ciudad, hace 7 años- que veía a un roedor vivo en su estado más silvestre. En 2015, cuando llegué, y trabajaba en gastronomía, vi un ratón muerto, pero ese nunca contó.

Pasaron siete años para poder ver una rata ¡Y qué rata! Emergiendo del subsuelo y haciendo su rutina de cada día.

FIN

(c) Edwing Salas

Algunas muertes…

Frase Algunas Muertes