Un 28 de marzo nace Francisco de Miranda, un ser humano vanguardista y el verdadero creador de la idea de un continente americano unido, independiente y desarrollado en su totalidad, como las predecesoras potencias europeas.
Alguien que por sus ideas fue perseguido y traicionado por la oligarquía venezolana, que apadrinaba al joven Simón Bolívar, que siendo de abolengo, si podría liderar al país, aunque careciera del talento y el corazón del personaje que estamos recordando en este texto, cuyo apellido vemos en el interior del Arco del Triunfo, en Francia, y que si es por mí, es el único prócer al que respetaría.
Seguramente, en la actualidad, este hombre universal, con sus defectos y virtudes, se cagaría y vomitaría con toda su ira y vergüenza sobre Chávez, Maduro, Los Castro, la oposición, los militares, empresarios, delincuentes, los pobres de oficio, los mediocres, y todo aquel vivo criollo que solo puede agradecer su buena fortuna a la falta de moral, escrúpulos e instinto de superación ejercido a costas del dolor ajeno.
– ¿Qué opinas de tu país Francisco?
– No diré nada al respecto, hace rato ya, por la vergüenza y tanto bochinche, estoy mirando hacia otro lado.
El teléfono patinó por el suelo hasta quedar bajo el sofá. El sonido de la llamada se ahogó en su oscuridad. Era la segunda vez que lo llamaba durante el día y él al ver el número no quiso contestar.
Se apresuró y regresó a su asiento para continuar con la buena velada junto a su círculo familiar más querido e íntimo.
Ciertamente, no debió dar su verdadero número cuando se lo pidió apenas 24 horas atrás, pero pensó que no tendría nada de malo ser polite y estar en contacto con los vecinos, en vista de la delicada situación nacional había que establecer vínculos y así poder organizarse en caso de que la violencia desbordara las calles.
Sin embargo, dos llamadas y un mensaje en menos de un día no era un buen síntoma. El carisma no era un don natural, ni la sociabilidad era una práctica muy prolija, quizás, por eso, el (t)error.
Lo cierto es que podrían pertenecer al mismo bando, detestar al maldito régimen asesino y su ejército invasor. Podrían buscar la libertad, el progreso, la paz y la reconciliación, pero tener contacto cotidiano adicional a la colaboración vecinal no iba a suceder nunca.
Informado y sensato, pero sociable populista nunca. Recordó cuando Churchill aceptó tener a Stalin de aliado tan solo porque si se le hubiese aparecido el mismo demonio para ayudarle a derrotar a Hitler, el primer ministro inglés hubiese aceptado.
Para alguien que no se concentra mucho en atraer seres vivientes o cosas, mostrarse accesible y cortés de vez en cuando resulta una equivocación de proporciones bíblicas, porque generalmente se suele ser considerado con quiénes menos debe ser objeto de ese tipo de gestos.
A estas alturas y en vista de los tiempos, una amistad con ese tipo de personas es como cuando te llegan a vender un resort, o cuando a través de un correo electrónico te informan que te ganaste una lotería de Green Cards. Presiona Delete y huye. Marca distancia, sobre todo, si nunca te han inspirado confianza. Aléjate del sobrepeso, la celulitis, los hijastros adolescentes, el chisme y el insano interés.
Las conclusiones filosóficas no se hicieron esperar, fueron crudas y tajantes:
Un repentino saludo callejero podría arrastrar cola. Ahora la misión es esquivar a la vecina que una vez atendiste cortésmente.
Ella no es quién debe llamar, deben llamar las otras, las que si están buenas, las que me gustan, las inteligentes, las provocativas, las bien educadas y alimentadas, las que tienen un futuro, es decir, las que no tienen mi número.
“La ciruela pasa es una ciruela deshidratada. Se engloba en los frutos secos, aunque en sí misma es una fruta desecada, del mismo modo que se secan higos, albaricoques, melocotones, uvas, etcétera”. –Wikipedia-
Es un proceso donde el tiempo, junto a factores físicos y climáticos, hacen el trabajo. Como mínimo 95 grados Fahrenheit o su equivalente en Centígrados que son aproximadamente 35, poca humedad y alrededor de cinco días al aire libre.
El problema, precisamente, es ese aire, que no es libre, esa temperatura abrasiva que consume con gula desmedida, ahoga como mil infiernos, es el calor de las energías que van y vienen: las explosiones, detonaciones, impactos, penetraciones, gritos, lágrimas, sudor, neurosis e histeria colectiva.
Este proceso de maceración se ha hecho lacerante y lleva un tiempo indescriptiblemente largo e impredecible. Está viciado desde el principio, por tanto, ni siquiera se sabe qué resultará. La pérdida de líquido, el desierto interno junto a un cielo oscuro son las escamas del reblandecimiento y el desgaste natural.
El ciclo no se detiene, aunque con matices fuera del orden natura, la degradación avanza transformando lo impío en impávido. Expuestos a la soledad de la cadena alimentaria de esta era, la carne y el cañón es la bipolaridad del reacomodo de las bacterias que inician el proceso de putrefacción y liberan gases de depósitos fósiles.
Las raíces emergen como manos secas a través de la tierra, mientras las ramas, hojas y retoños pierden el oxígeno vital en las profundidades de su risa defensiva y la búsqueda de un último vaho de luz.
Fruto amargo, sin valor nutricional, con la propiedad de fundir una papila con el estruendo de la ira, el desangramiento y la ceguera. No hay condiciones adecuadas, nunca han existido, ni siquiera una fotosíntesis limpia y ordinaria que libera del carbono, sino que deriva en azufre. Es una tierra fértil de tragedia e inamovilidad.
La sensación imperante, sequedad, en la piel, el aliento inhalado y exhalado, la mirada, el alma. Falto de fluidos que demuestran vida, movimiento. Los segundos ya inútiles se desplazan en bastón y llenos de telarañas.
La decisión voluntaria es de auto inanición sicológica y social, impuesta desde la soledad de la habitación que paraliza, la burbuja que te protege del pandemónium exterior, ese donde no sabes si volverás a perder y ellos se quedarán.
Hoy, como todos los días, hay sangre, fuego, sudor y lágrimas, la falta de una vida normal es ese insomnio que guía tus pasos.
La deshidratación de la existencia y el alma, las metas y las expectativas. Ciruela pasa, el bocado que ojalá no se coman en una celebración los mismos que secuestran nuestras victorias: carnuzos agusanados que ríen sin labios, mostrando mandíbula amarillenta y colgante. Seis generaciones han pasado y perteneces a la cosecha de este año.
Tengo demasiado por escribir, pero siempre creo que nunca es suficiente.
Entre las imágenes por crear y la literatura para escapar rápidamente de uno mismo, decanto segundos de vida que no tienen contra reembolso, ni ganancias. Si las tuviera, creo que no sería tan adictivo.
Y como toda pasión, como toda causa perdida; esta es una eterna lucha entre la procrastinación, la pereza, la indisciplina, las inseguridades… contra la necesidad suprema de cumplir con el mandato interno; igualmente, a clientes y en general, a quienes necesiten un comienzo, un desarrollo, un final.
El primero en imponerse esa esclavitud es quien levanta el látigo y quien recibe el azote. Es el mismo que disfruta y padece el ambiguo y contradictorio impulso creador.
La obra es el destino, no el medio, y la recompensa es pensar, sentir, crear y traerla a este lado para servirla ante la vista de cualquier cómplice que desee contemplar el resultado del azaroso culto al disfrute propio, tan solo unos segundos. Así funciona.
Observo en silencio lo que me rodea cuando estoy fuera de mi madriguera. Me convierto en mosca sobre la pared. Tomo las migajas que me encuentro por ahí, inmediatamente vuelvo a mi encierro y empiezo a tejer letras en esta máquina luminosa.
Hace años es una obsesión, desde niño, algo que siempre me ha dado pena confesar, porque hay un gran margen de fracaso. Es una vocación amarga y menesterosa, en cualquier parte del mundo y, mucho más, en infra universos tropicales y tierras australes.
– ¡Cállate! ¡Maldita puta! ¡Sigue mamando y deja que Alejandro el cubano te siga rompiendo el esfínter!
La mujer contiene las lágrimas, pero deja escapar lo que parece ser un grito de dolor a través de la mordaza. Su dominador continua el juego de roles con mucha seriedad.
– Tu sabes que nadie te tratará tan bien como te hemos tratado mi padre y yo. Esos sifrinos (chetos) de mierda te aborrecen y te veían como una pobre arrastrada de barrio. Agradece que yo te estoy cuidando, que yo soy como tú. Vengo del mismo lugar. Junto con mi hermano Alejandro te haré muy feliz.
El dominador la agarra por el cuello, aplicando una llave de lucha libre, tras unos segundos el rostro de la mujer se pone colorado.
Sentado en una silla, mirando el espectáculo con deleite, un viejo con uniforme verde oliva se masturba mientras una asiática menor de edad, también desnuda, le sopla cocaína en la cara.
Así transcurre la vida de Venezuela, mujer muy linda, pero no muy inteligente. Su crónica ingenuidad y sus constantes fracasos sentimentales la han convertido en una persona llena de vicios y con una autoestima que le ha hecho perder su norte e identidad.
Sin embargo, ella cree ser feliz y piensa que aún falta para llegar al fondo.
Se bajó del bus en el kilómetro 4. Todavía le quedaban 2 kilómetros para llegar a su casa, los cuales, cubriría caminando.
No le quedaba más dinero para tomar otro transporte. Mientras transitaba la ruta, contemplaba el paisaje lleno de subdesarrollo y decadencia. Se interrogó a sí mismo, con culpa y amargura, por qué le había tocado esa vida.
Un camión militar repleto de soldados se aproximaba y en cuanto pasó junto a él, todas las iras se acumularon en su boca, cegando la razón.
– ¡Malditos!, ¡Jala Bolas!
Al recuperar su sensatez, se vio parado en la orilla de la acera, mientras, el automotor verde oliva se detenía en la vereda de enfrente. Inmediatamente, cinco soldados bajaron, blandiendo sus ametralladoras. Alcides no corrió, se quedó ahí parado con una sonrisa muy forzada.
El miedo hace que uno se comporte de manera tan extraña que, a veces, exteriormente se demuestra todo lo contrario.
– ¡Estás detenido! ¡Vamos pa’l camión!
-¿Por qué?
-¡Por falta de respeto chico!
-Pero si eso no era con ustedes, era con un amigo que iba pasando.
-¡Pa’l camión y te sientas en el piso!
Alcides obedeció en silencio, había muy poco que negar. Su mente quedó en blanco al saberse como una pieza de ganado que va resignada al matadero.
-¡Por bocón! –pensó-
El transporte militar avanzaba. En el furgón había seis bidones de combustible y 12 soldados entre 18 y 24 años, todos de piel tostada como la suya.
Le rodeaban con mirada de saberse al mando de la situación. El disfrute del castigo se dibujaba en sus expresiones de intimidante escrutinio hacia el prisionero.
– ¡Te la das de muy valiente maldito civil! ¡Ahora vas a saber lo que es bueno! ¡Por culpa de ustedes nos tienen trabajando desde las cuatro de la mañana hijos de puta! ¡Te vamos a coger y te vamos a matar!
Alcides tragaba grueso. Su arrebato le había salido caro. Pensó en los desaparecidos de Cuba, Chile, China.
Sería una estadística de otro gobierno totalitario. El rostro de su madre llena de dolor le erizaba.
Observando desde su posición hasta el exterior, podía intuir por donde se desplazaban.
El camión cruzó por la carretera unión, de Sierra Maestra. En una parada de semáforo en rojo, la ventanilla a espaldas del conductor se abrió y el uniformado habló.
-¡González!
– ¡Mande mi sargento! – responde González con la típica prestancia de un soldado bien entrenado-
– Este escuálido no sabe que por nosotros es que tienen gasolina y alimentos y todavía nos llama jalabolas (chupamedias) y malditos ¡¿Qué le sale?!
-¡MIERDA! – gritan todos al unísono-
El sargento cerró la ventanilla de la cabina y volvió rápidamente a poner la vista en el camino. Alcides bajó la cabeza.
Uno de sus captores más fanáticos lo pateó, pero fue detenido por un cabo, que impuso respeto y cordura de inmediato. Su expresión demostraba desacuerdo con lo que ocurría.
-Permiso para hablar mi cabo -se aventuró Alcides, mirándole a los ojos en otro arrebato de pánico y calma-
Recordaba perfectamente la jerga y rangos militares, debido a sus clases de instrucción pre militar en el liceo. Y sus intentos fallidos por entrar en la escuela de oficiales de la Guardia Nacional.
-!Hable! ¡¿Qué tiene que decir?!
– ¡Si! ¡Habla! ¿Cuáles tu última voluntad? – preguntó uno de los soldados soltando una ruidosa carcajada que se contagió en todos los presentes -excepto en el cabo-
El camión dobló una esquina e inmediatamente se detuvo frente a una casa. El sargento bajó junto a los otros dos uniformados que iban de copilotos. Alcides no soltó palabra alguna, al percatarse de su presencia.
-¡Entonces! ¿Con qué somos unos jalabolas? !¿Por qué?! Porque no andamos traicionando a la patria como ustedes.
Uno de los soldados agarró al prisionero por la parte trasera del cuello de la camisa y lo hizo a un lado, mientras, otros efectivos rodaban los bidones hasta bajarlos y llevarlos hasta el interior de la casa donde habían llegado.
El sargento fue hasta allí para indicarles a sus subalternos donde irían los recipientes de combustible. Alcides al ver este movimiento se indignó aún más.
– Mi cabo, ustedes saben que esta no es la manera. ¿Por qué hacen esto? – por fin, logró expresar Alcides lo que pasaba por su mente al verse solo con él-
-Yo solo cumplo órdenes, no puedo hacer nada, mejor cállese y esté tranquilo.
El sargento salió de la casa con un filtro y empezó a repartir agua entre todos los soldados.
El cabo fue a reunirse con el grupo. Alcides aprovechó esos momentos a solas, para reflexionar.
Agarró con fuerza su bolso, en cuyo interior llevaba un litro de vinagre, pañuelos, pintura en aerosol negra y una gran pancarta doblada que decía “¡Chavéz! ¡Renuncia ya dictador!”.
Aceptó su destino. El sudor frío brotaba a chorro de sus poros. Sus labios estaban resecos. El latido de su corazón se sentía profundo e intenso. No había mariposas en su estómago, eran ratas.
La tropa miraba y se burlaba del detenido. Pronto avanzaron hacia él. Retornaron al camión, mientras, el sargento regresaba al interior de la casa con el filtro.
Luego de unos segundos, apareció con su mujer embarazada y se despidió cariñosamente de ella. Se acercó hasta donde estaba Alcides.
-Bueno, ahora si nos vamos a encargar del pajarito este.
Se montó en el vehículo y lo puso en marcha. La calle maltrecha por los huecos, se sentía por el vaivén del transporte pesado, mientras, seguía el sendero hasta retornar a la autopista principal número 1, para ir en dirección hacia el gran puente.
Quizás sería lanzado desde la pila 21, la parte más alta de la estructura. Pronto ese pensamiento fue descartado por el joven prisionero.
Seguramente le encerrarían y lo presentarían ante los medios como un desestabilizador, capturado en plena conspiración contra las fuerzas armadas, quienes desplegaron su labor de socorro a los pobres, mientras, el país es víctima de un plan internacional de guerra económica y sicológica.
Miles de formas de tortura, escarnio público y muerte desfilaron por su mente, como un catálogo infausto.
Cada inhalación de aire se hacía más pronunciada. Nunca debió regresar a esa puta ciudad, o mejor dicho, debió haber salido del país, aunque sea por tierra.
El transporte militar se fue orillando despacio, a la derecha, hasta detenerse.
Los latidos de Alcides se aceleraron, ese era el sitio. El sargento bajó y se dirigió a él.
– ¡Bájate!
Alcides obedeció. Ya en tierra, se dio cuenta de que estaban al lado de un estadio de softball. Estaban en plena autopista 1, donde escasos vehículos pasaban.
-¡Cinco y no te veo maldito civil! ¡Cinco y no te veo!
Le iban a disparar por la espalda. El recién liberado no quería correr.
-¡CINCO Y NO TE VEO!
Alcides emprendió la carrera, esperando escuchar las repetidas percusiones de las ametralladoras.
La abundante arena hacía lenta y enredada su locomoción, pero aun así, desarrolló fuerza y velocidad, persiguiendo la libertad y el sueño de trabajar, ahorrar dinero, independizarse, comprar una casa, un auto y tener una buena mujer.
Corrió como nunca, buscando el norte. Al cabo de tres minutos, se detuvo y volteó para darse cuenta de que sus captores ya se habían marchado.
El sabor a muerte en su boca y su entrega de condenado se transformaron en una rabia tremenda, al tener que irse caminando hasta su casa, que ahora, se encontraba a nueve kilómetros de distancia.
Hubiese preferido la muerte de un inadaptado, a tener que cubrir tal distancia a pie.
Por fin llegó a su casa. Observó a su familia y agradeció estar con ellos. Se miró en el espejo de su habitación y por primera vez, vio lo poco que era.
Relató el hecho a su grabadora de voz y guardó las pequeñas cintas magnetofónicas para cuando llegara el momento de tener que plasmar lo ocurrido para la posteridad. Nunca contó lo ocurrido a nadie.
Al cabo de un buen tiempo, encontró las cintas y se dio cuenta de que ese hecho permanecía aún intacto, grabado en su memoria.
Ese episodio cada vez menos grave, en comparación con lo que se vendría después, para las víctimas del régimen que secuestró a la “Pequeña Venecia”, visto a la distancia de los años subsiguientes, salía a flote cada vez que veía a los militares, de la mano con el dictador, imponiéndose a la fuerza ante los “malditos civiles”, que aún luchaban por liberar al país, luchando con la valentía, el arrojo y la demencia que genera combatir por la dignidad.