La princesa tras el mostrador

Diana

Su piel, la nariz aguileña, el largo de su cabello y lo generoso de sus dotes femeninas lo han traído de cabeza últimamente. Cuando era más joven ya perfilaba en lo que se convertiría en poco tiempo, aunque a largo plazo, bueno ¿Quién sabe?

Su madre, de origen andino, tiene el fenotipo, pero luce como la antítesis de lo que es ella ahora, quizás, en sus tiempos, la señora tenía su mismo atractivo ¿Qué va a saber uno?

Así trabaja Cronos, dañino en la crianza de descendencia en un país tan sufrido como este, pero ¿Qué se le va a hacer? Telle est la vie.

La altura que logra cuando usa tacones y traje de ejecutiva, lo intimida y reduce. Una vez iba saliendo y ella llegaba de la universidad (o el trabajo) y dejó boquiabiertos a todos los que se encontraban en el negocio.

Ignoraba como debió haber sido su expresión, pero ella se dio cuenta rápidamente de lo que pudo haber pintado su cara ansiosa. Su gestualidad siempre terminaba delatándole.

Cada día es un placer culpable ir a comprar en la bodega de su padre. Jamás los caros y escasos productos de primera necesidad habían sido una coartada tan perfecta para cruzarse con una persona; buscar un dialogo casual, intercambiar miradas, sumergirse en las profundidades del buceo.

La princesa tras el mostrador. Así la bautizó. No sabía su nombre, ni qué hacía, más bien, temía que ya tuviese novio o marido. Un individuo con carro que sabría proveerla.

No hay nada más nulo y de baja calaña en una comunidad popular que un lector empedernido y ermitaño, con toda la pinta de un abandonado del destino, a merced de las letras y el intelecto. El mundo y la economía al revés.

El resto de los habitantes del populoso sector iban de compras con sus mujeres e hijos, pero no dejaban de arreglar sus miradas para que llegasen hasta su objetivo, sin ser avistadas por sus esposas o concubinas. Ella les atendía sonriente y siempre con buen humor coloquial.

A pesar de su notoriedad de flor de pantano, nunca se ha creído por encima, ni siquiera, del anciano borracho más andrajoso y miserable que asiste diariamente en busca del paraíso dentro de botellas color ámbar.

La princesa tras el mostrador debe tener muchos admiradores, piensa él, desde el claustro de sus días, frente a las páginas en blanco, en su desordenada habitación. ¿Qué podríamos tener en común? Salvo el plátano, las papas, la harina y el queso.

Solo se trata de percepciones y deseos andrajosos, también en busca de alcohol. Es la flor del pantano, ya lo había dicho, cierto, pero para él, que ya estaba en los treinta, grande para hacer mandados, andar entrando a pie en bodeguitas, deambular anónimamente por el vecindario en el que siempre había sido un desconocido, donde sus amigos ya no existían, porque consiguieron el American Dream.

Compraba en esa tiendita de la familia andina, con la última princesa, en ciernes de reina. En vez de buscar productos en grandes y exclusivos mercados, ahí donde compra la gente leída y de buena familia, los herederos de fenotipo, pedigree, abolengo.

A esa pequeña tiendita llegaba frecuentemente a tomarse una malta un profesor que le había dado clases en la universidad, con la barba blanca casi en el pecho, su comunismo orgulloso y su prepotencia de exguerrillero triunfador. Con su Mitsubishi 4X4 de 2 millones de bolívares, que lo transportaba a su nada obrerista hogar, en medio de una de las urbanizaciones más exclusivas de la ciudad.

Se imaginaba que la razón por la cual el vejete profesor visitaba la humilde bodega quizás era La princesa tras el mostrador. Cuando se llega a cierta edad, ya nada importa, porque el hombre se sabe perdido, desahuciado y libre.

No hay nada que perder, y menos, si tienes tantas propiedades que puedes vender, si la victoria no siempre llega.

Por su parte, el silente admirador de la rosa en el lodazal, ese que deambula como fantasma y llega preguntando “¿Hay pláfaro verde?” porque su lengua se sale del carril cada vez que los ojos de él se cruzan en la trayectoria de los de ella, y nunca logra articular más de lo necesario para pronunciar “buenos días” y “gracias”.

Ese sujeto seguirá siendo parte del séquito de súbditos anónimos que verán la vida un poco mejor, al sentir la adrenalina de tener en frente una realeza natural, cautivante e igualmente anónima, como lo suelen ser las Lady Di de los sectores de clase obrera, en los reinados del subdesarrollo.

FIN

 

© Edwing Salas

26/06/14

Pañuelo

PAUELO_1

He ampliado los límites de esta ciudad

Es una extensión enorme de territorio

Unido con puntadas y nudos de horca

Convierto un pañuelo en sábana

La tierra plana donde me mantendré seguro

El puente que vence la brecha y el precipicio

Cae en las entrañas del cañón

Sólo quiero mantenerme a salvo

No estamos en New York

Pero igualmente las islas son necesarias

Terminaría siendo una caricatura borrosa

De algún personaje de Junot

Aunque es mejor eso que ser coliforme fecal

Haciendo vida en un arado mar

Agua de vertedero, estancada

Quizás la única diáspora de la que llegue a formar parte

Será la de los que se despiden de este plano

No hay posibilidades de encontrar otro boleto

El oro sale a la superficie

Brillo, solidez, valor

El estiércol es simplemente abono

Compost en la barriga de esa voraz bestia

Pobreza de nombre

Apellido subdesarrollo

Abolengo y linaje

De quienes son café y no crema

Con la vista estrellada en el muro más cercano

Bloqueando el horizonte

Estrechando el aire

Cercenando la conciencia

De sosiego y ambición

De calambres existenciales

Y espasmos neuronales

El acabose

La cuenta de salida

De los hermanos esperados

Bautizados con calidad de vida

Sobre muchas muertes de dudosa categoría

La esperanza está a la derecha del dios padre

Como los ceros de sus saldos

Los intentos son números

Los números intentos

Y cada mal paso una declaración

De buen resultado imperfecto

Cruzan con este brillante oscilar

medias verdades y tragedias completas

He aquí tu risa crónica

Interrumpida por corazas

Sincerando la cuantía de nuestras carnes

Dejando el atril con vísceras, amargura e irritabilidad

Lo corrosivo de una disciplinada verdad.

© Edwing Salas

05/05/14