Creo que fue a los doce o a los catorce años; no recuerdo muy bien qué edad tenía. Mis padres habían entrado muy tarde en la lógica fase de mudarse de la casa de mis abuelos, porque la convivencia ya no daba para más.
Eso fue cuando tenía doce. Los dos hermanos varones habíamos nacido y crecido bajo el techo de mis abuelos maternos. Yo soy el mayor y le llevo seis años a mi hermano, por lo que debo suponer que ya teníamos un par de años en esa casa cuando ocurrió la anécdota.
De más está decir cuánto odiaba cada escabroso detalle de la “nueva vivienda”, sobre todo el de los baños. Estaban afuera, pero no en dirección hacia la parte trasera: estaban antes de la casa, pegados a la puerta del garaje.
Quizás eso, muy pero muy en el fondo, haya contribuido a que no me ponga tan nervioso cuando debo hablar ante una audiencia o a que tenga poco miedo de decir algo incómodo con o sin el uso del pensamiento racional. No lo sé.
Lo cierto es que esa noche mis manos hacían su trabajo. Las musas más lindas de mi secundaria se habían adueñado de todo mi ser, y las imágenes que brotaban en mi poderosa e ingenua imaginación eran de conquista fácil gracias a mi inteligencia y valentía.
La ejecución de ese acto impuro para mi familia me ponía en trance y hacía mover mi muñeca electrizada. Los dedos de la mano, impulsados por esa fuerza, maniobraban con gran precisión sobre mi instrumento de trabajo, cuya punta impregnada con líquido se estrellaba contra una virginal superficie blanca.
Escucho pasos. Pienso: “Van a ver la luz de la habitación encendida pasada la medianoche”. La redada es inevitable.
Reaccioné instintivamente: tomé el cuaderno junto con el bolígrafo y los escondí como pude en uno de los cajones de ropa. Apagué la luz y me eché a la cama a fingir que dormía.
Enseguida se encendió la luz. Mi madre fue directa y amenazadora.
—¿Qué hacías con la luz encendida?
Yo me hacía el recién despierto a causa de su sorpresiva irrupción.
Mi argumento fue que dormía tranquilamente hasta que ella apareció. Negación absoluta de lo que había estado haciendo hasta percibir su patrullaje nocturno. Fue entonces cuando la parte acusadora emitió su descabellado juicio:
—Te estabas masturbando. Deja de hacer eso. Te van a salir pelos en las manos. Se lo voy a decir a tu padre cuando venga.
Apagó la luz y desapareció como si fuera un espíritu de esa maldita casa. Seguro notó mi risa descreída ante todo lo que decía y también mi rostro aliviado por no haberme atrapado en lo que en realidad sí hacía: escribir.
Ya a esas alturas era un perfecto masturbador secreto profesional. De hecho, nunca fui descubierto por mis padres ni por nadie. Bueno, una vez, en un periodo ya de joven adultez —hace muchísimos años— casi me descubren en un sitio donde trabajaba.
Pero me parece que llegué a borrar el historial de la computadora. No sé; fue hace más de veinte años, creo.
¿Por qué me sentí aliviado de que mi madre creyera que lo que hacía era masturbarme?
Porque capaz no se tomaría muy bien que su hijo, en plena adolescencia, se dedicara a escribir poemas, sonetos y canciones a las chicas. Eso indicaba que estaba enamorado, y si estaba enamorado, significaba que obtendría bajos rendimientos académicos. Y si salía mal en los estudios, automáticamente me convertía en una persona que “no sirve para nada”, tal y como decía mi padre.
Por eso, decidí respetar sus conceptos adultos lo más que pude, así que después de tanto esfuerzo y sacrificio, ¿adivinen qué? Terminé siendo una persona que no sirve para nada, con títulos universitarios y posgrados que lo certifican todo.
Lo que nunca he hecho ni haré en mi negra existencia es seguir reproduciendo la imbecilidad generacional. En eso sí he triunfado.
La luz arremetió contra el telón negro del cielo y el mar nocturno que conducen hacia la última deriva, plagada de todas las naves, puentes y territorios arrasados por el pirata suicida que escribe sus últimas notas de bitácora.
Está muy seguro de esa sensación. Será la última.
Una luminancia fugaz que ha aparecido, mientras las confusas ráfagas de viento y la eterna corriente de resaca lo conducen a la inevitable batalla contra el temible dios Tánatos.
El pirata, eternamente decadente, lleva el sello de la derrota en el pecho y este se abrirá al sufrir la mortal embestida de acero de cangrejo de su cazador.
Ahí recordará esa última luz de miel muy oscura, que, como muchos otros destellos luminosos en medio de la nada, nunca llegaron a ser buen puerto para establecer una existencia dorada.
Como bucanero del fracaso, que ha navegado por las incontables mareas de la derrota, aprendió a aceptar que el hundimiento prematuro es una salida muy digna y, sin duda, bien merecida.
Solo hay que sonreír y dejar que la cerveza sea la verdadera brújula. El norte, la heroína; todo eso que anestesia la travesía hacia las fauces del feroz e impredecible coloso hambriento, capaz de extinguir cualquier llama.
Lo mirará a la cara y reirá escandalosamente, con su estentórea voz, ya condenada a apagarse, mientras bebe el amargo néctar destilado, lleno de luces que divisó en el oscuro mar de la existencia, y que resultaron alucinaciones o puertos realmente prohibidos.
El poder sexual que ejercía Morella sobre cada uno de sus amantes era arrollador.
—¡Qué pase ya!
Ordenaba, mojada hasta los muslos y presa del deseo, que la penetrara de manera brutal sobre el escritorio, para culear hasta la deshidratación y el desmayo.
Yo, erecto y lubricado, me hundía en ella con el pensamiento apagado, era todo puro instinto: olores, caricias, piel, jadeos. Uno-dos-uno-dos, hasta que mi glande se enrojecía y estallaba en espuma genética sobre su monte de Venus, su ombligo o sus tetas. Adentro nunca.
La paranoia de reproducirme accidentalmente me carcomía la conciencia. Nunca he sido pro familia, sabiendo la herencia genética y financiera que poseo.
Siempre fui consciente de querer solo el viejo Uno-dos-uno-dos, solamente de forma recreativa y egoísta, nunca para traer más pasajeros a este Titanic que es Latinoamérica.
Ya era demasiado usar los salones del pasillo de arriba de la segunda planta para tener relaciones, mientras se iban los alumnos de la mañana y se esperaba el arribo de los estudiantes de las dos de la tarde.
Aquellos que recibían los dos turnos de clases, abandonaban la facultad de humanidades para almorzar en el comedor universitario, cerca de la facultad de ingeniería, y regresar para cuando empezaran materias de la tarde.
Yo era uno de ellos, pero nunca iba al comedor. El menú que comía en los salones vacíos era más tentador a mi paladar y al resto de mi anatomía.
Iba a las clases de las 14:00 con ánimo renovado y con rastros de fluidos que apenas se notaban en mis jeans.
No sé cómo demonios me entraba toda la aburrida información que vertían los burócratas educativos de mis profesores; yo igual aprendía.
Ahora que reflexiono, muchos años después, el aprendizaje no se lo atribuyo a ellos, sino a mi hambre de lectura, de imágenes, de música, artes. Era un maldito troglodita intelectual.
A estas alturas de mi vida debo confesar que aprendí más sobre atracción y placeres carnales que sobre una profesión que me diera de comer.
Esos días fueron de mucha bebida, locuras y de creerse único e inmortal. Estudiar en una universidad subsidiada por el Estado es una pérdida de tiempo.
De esa universidad salieron grandes diputados y “gente respetable” que forma parte del chavismo-madurismo.
Gente que ya tenía más de doce o quince años como alumno y que, de pronto, fue graduada para ocupar cargos de diputados o legisladores de la dictadura.
Morella era increíble. Nunca pedía nada a cambio. Nos veíamos en la facultad y después, el resto de las horas, hablábamos por teléfono.
Lo peor es que ella tenía un novio formal. Según me contaba, a veces se enojaba y se violentaba con ella.
Yo caía rendido a esos relatos y quería salvarla, pero ambos estábamos conscientes de que ella no era víctima, sino victimaria.
Él también estudiaba la misma carrera. Se veía grande, bruto, violento. Ella decía que él la celaba con todos, menos conmigo, porque yo representaba tanta insignificancia y vergüenza que estaba seguro de que ella nunca se fijaría en mí.
Aunque yo coincidía con el concepto que su novio tenía de mí, la realidad demostró que ella se sentiría atraída no solo por mi personalidad odiosa, sino también por mi físico, que, aunque yo no confiaba en ese aspecto, resultaba atractivo por mi definición atlética y mis anteojos de intelectual.
Siempre fui muy inseguro de mí mismo; nunca creí encajar en los patrones hegemónicos que regían esa época. Sin embargo, considero que tuve suerte.
Al día de hoy, cada conquista se la atribuyo más al azar o a la desesperación de la chica, que a mi magnetismo natural. Sigo siendo un hombre muy inseguro, aunque mi actitud refleje lo contrario.
Siempre tuve cosas de viejo, o de persona perspicaz y madura. Eso me abría puertas insospechadas, aunque no siempre me daba cuenta de ello. Perdí muchas más oportunidades de las que gané, debido a mis miedos y autoestima frágil.
Siempre me enteraba tarde de que alguna chica que me gustaba también gustaba de mí, pero como en el fondo era muy inseguro, mantenía una actitud pretenciosa y arrolladora.
Ahora que soy un adulto descreído, cínico y perspicaz, cuando me ven caminar por la calle con mi alta carga de melanina, mis lentes oscuros y el corte a lo Wesley Snipes en Blade, sé que algo provoco, pero eso solo sirve para escribir elucubraciones estúpidas, no para sostener historias en el tiempo.
¿Te ha pasado que ves en la rasgadura de pintura en una pared algún tipo de figura animal o humana?
Todos tenemos esa condición evolutiva impregnada en nuestro sistema mental; se llama pareidolia, nombre que bautiza la función de nuestra mente creativa y reptiliana cuando tiende a humanizar objetos inanimados o dar patrones reconocibles a paisajes naturales o texturas totalmente abstractas.
Tengo recuerdos aleatorios que permanecen en la memoria. No porque sean importantes, sino porque contienen ese olor añejo de primera impresión aterradora.
No tienen lógica, ni fecha precisa, ni testigos. Solo están ahí, clavados como una astilla bajo la corteza cerebral.
Este es uno de esos recuerdos. No sé si ocurrió como lo contaré, pero lo cierto es que esa sensación aterradora me invade de vez en cuando, haciendo regresar miedos de mi primera etapa en este mundo cada vez más confuso.
Me desperté sin saber por qué. No hubo ruido, ni voces, ni movimiento. Solo la luz, esa ráfaga blanca que entró ese sábado entre las diez y las once de la mañana por los resquicios de la ventana.
Me senté en la cama. El silencio era tan espeso que podía sentirlo en la piel. Me puse de pie y caminé hacia la puerta, recubierta con ese velo desagradable que era una cortina, movida por la brisa tibia de la avanzada mañana.
Afuera, la inmensa sala, con un juego de muebles Luis XVI color caoba y sus mesitas de mármol, parecía un conjunto de tótems en medio de un museo sin público visitante.
La gran puerta de madera y las dos ventanas inmensas dejaban entrar la claridad sin filtro. Afuera, los autos estacionados parecían formar parte del mobiliario petrificado.
Ningún transeúnte, ni vecino; solo el sol abrasante, el viento opaco y el sonido de uno que otro pájaro.
Todo estaba detenido. Me quedé un momento ahí, mirando la calle sin vida. El aire tenía un olor seco, como si la casa hubiera estado cerrada por semanas. Caminé hacia el baño, pero al pasar por el comedor, algo me detuvo.
La ventana de esa parte de la casa daba al callejón. No era una vista atractiva: un arbusto tropical de ramas frágiles y hojas pequeñas, una inmensa garrafa verde de gas que hacía funcionar la cocina, agua estancada proveniente del lavadero, y un asqueroso musgo del mismo color que el contenedor gasífero, producido por la humedad del baño y el patio de lavado.
En esa vegetación pantanosa se ocultaban sapos e insectos. Otros trastos como troncos, restos de tejado y ladrillos completaban ese microuniverso subdesarrollado, carente de atractivo.
Pero esa mañana tenía algo distinto. Me acerqué despacio, como si la tela metálica que protegía la ventana pudiera romperse con el sonido de mis pasos descalzos.
Entre los trastes viejos y la chatarra amontonada, algo se movía. Al principio no lo entendí. Era una forma, una silueta, algo que no debía estar ahí. Pantalones anchos, ropa muerta colgada o tirada en la cerca que separaba nuestra casa y la de los vecinos.
Me quedé quieto. La figura se infló, se arqueó y comenzó a cambiar. No era humano. No era animal. Era ambas cosas.
La presencia amorfa se tensó como si tuviera huesos, y de pronto apareció una cabeza de caballo. No una cualquiera. De carreras. Con anteojeras redondas que resaltaban sus ojos vigilantes, pero carentes de alma.
No respiraba. No se movía. Pero estaba vivo. Me miraba. Me juzgaba. Lo sentía. Exigía algo que no podía entender. El miedo llegó de golpe, como una ola que se estrella contra las rocas.
Intenté moverme, pero el cuerpo no respondía. El caballo seguía ahí, inmóvil, pero cada segundo parecía más real. Más presente. No lograba entender nada de lo que estaba ocurriendo.
Entonces, como si el mundo recordara que debía seguir girando, la figura se quebró. Se deshizo. Y en su lugar, un gato blanco y negro de la calle cruzó los trastes con indiferencia, saltando hacia la casa vecina.
Me quedé ahí, con el corazón golpeando como si quisiera escapar por mi boca. No había caballo. No había ojos. Solo el gato y el callejón.
El silencio ahora se había colado en la mente. Ella terminó inventando algo que nunca estuvo.
Nunca volví a ver esa figura. Ni en ese callejón, ni en ningún otro. Pero a veces, cuando la luz entra sin permiso y la casa está en silencio, me detengo frente a una ventana cualquiera.
Y espero. No sé qué. Solo espero. Porque hay cosas que no se ven con los ojos, sino con el miedo y la imaginación desbocada como un caballo de carreras sin control.
Un equipaje abandonado en la terminal de El Dorado no representaba ninguna oportunidad para los genios de la viveza latina; más bien, es un recordatorio de un sangriento pasado.
¡Había que escapar como sea!
El mundo nunca ha sido un lugar seguro, pero el territorio donde nació se había convertido en un altar sangriento donde se sacrificaban vidas, sentido común y derechos universales como la libertad de pensamiento y acción.
Ramón sabía que el exilio significaba un viaje sin retorno. No había que ilusionarse.
Ser inmigrante sin un capital respetable lo convertía en un blanco fácil de la xenofobia y la aporofobia, flagelos que han marcado la piel de muchos latinoamericanos, sobre todo, en territorios predominantemente caucásicos y eurocéntricos.
También, tenía la amarga certeza de que si Cuba, hasta ese momento, no había podido liberarse de sus captores, teniendo únicamente hermosas playas, casinos y turismo para pedófilos, mucho menos lo haría su país natal, codiciado por tener el subsuelo hinchado de excremento del diablo.
Le dijo a su padre que en cuanto se estableciera en el exilio, iba a enviarle dinero y visitarlo; en algún momento.
Sabían que esas afirmaciones de despedida formaban parte de una gran mentira piadosa que ambos supieron identificar. Como hombres, decidieron no decir nada, aceptando que sus destinos estaban sellados y jamás volverían a verse.
Ramón Padre moriría dos años después del viaje emprendido por su hijo mayor, pero eso es adelantar acontecimientos postemigración. Esta historia trata sobre el inicio del viaje y sus primeros pasos, trágicos, cómicos y narrables.
Ernesto, el 14 arranco para Argentina. Primero debo tomar un vuelo a Colombia. Fue lo único que conseguí para poder salir. Una vez ahí, compraré el boleto hacia Buenos Aires.
Así fue el breve correo que Ramón envió a su gran amigo de toda la vida, Ernesto José, para notificarle que su exilio ya era un hecho y que, siguiendo sus consejos, lo más potable para emigrar era “El culo del mundo”, lo demás tendría que resolverlo por sí mismo, si lograba llegar.
El 14 de mayo de 2015, Ramón inició su viaje desde el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar con destino a la terminal de El Dorado, en Bogotá, para volar hasta la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Capital Federal de Argentina.
Antes de abordar el vuelo, pasó por el Duty Free de la terminal para comprar una hermosa bufanda con tejido rectangular, negra con azul Francia.
Ernesto le había aconsejado que llevara ropa de abrigo, porque llegaría en plena temporada otoño-invierno.
También compró chocolates venezolanos para su amigo y su esposa de ese entonces.
El mundo se abría ante los ojos de Ramón; este pasaría en tan solo horas, de temperaturas caribeñas de 38 grados centígrados, en promedio, a la belleza y melancolía del otoño argentino.
Lo primero que experimentó, tres horas después de dejar atrás a su familia, no fueron bajas temperaturas, sino la realidad brutal.
El régimen castrochavista había escupido los dólares asignados a los viajeros en una cuenta bancaria estatal, un grifo que goteaba miserias según su voluntad contra aquellos que decidían huir de la patria socialista.
Los setecientos sesenta dólares del boleto a Buenos Aires estaban negados. No había permiso para sacar la totalidad de las divisas, una vez en suelo extranjero. Le impusieron un máximo de dinero a gastar por día; el tope era 150.
Lo peor fue que el decreto se había anunciado y hecho efectivo por el dictador Nicolás Maduro, mientras él atravesaba el espacio aéreo colombiano.
Ignorante de lo que se le venía, Ramón retiró su equipaje: una gran maleta negra con ropa, documentos, cuadernos con proyectos y toda su vida; un bolso azul, de tamaño mediano, donde guardaba DVDs, videocasetes, pantuflas; y una cámara Olympus, totalmente nueva, de los años sesenta.
Este regalo del tío Andrés sería una especie de seguro contra imprevistos. Seguramente obtendría un buen dinero al vender esta pieza de colección, en caso de emergencias.
Por último, y no menos importante, su mochila, en ella tenía su preciada laptop, con menos de dos años de uso; libros, algunos CDs y una libreta para documentar cualquier hecho o idea que pudiera surgir en el camino.
Fue en búsqueda del ansiado boleto sin perder tiempo. Se felicitaba en sus pensamientos porque, por fin, algo le iba a salir bien y sin complicaciones.
La tarjeta de crédito del Banco Venezuela, otorgada por el régimen a quienes necesitaban dólares para viajar, pasó por los puntos de Avianca, LATAM y Copa con el mismo resultado: fondos insuficientes.
El equivalente en divisa colombiana de la suma inamovible era dos millones novecientos mil pesos.
Ramón no entendía nada y sintió que la maldición de las complicaciones nunca lo abandonaría.
Irremediablemente, las cosas que a los demás les salían con facilidad, a él siempre le costaría el doble o el triple conseguirlo. Su vida siempre estuvo marcada por esa anomalía hereditaria.
La desesperación empezó a recorrer su cuerpo como una corriente fría. Volvió a intentarlo en cada oficina comercial que ofrecía vuelos a la Argentina; directos, con escalas, nada.
Anduvo por toda la terminal con su equipaje a cuestas, y este le pesaba cada vez más, con cada intento fallido. La maldita tarjeta socialista estaba cumpliendo su función.
Me conozco muy bien y sé que la oscuridad, cuando aparece, desencadena una desagradable secuencia de desaciertos.
Esmeraldas y canela.
Su presencia arrolladora se presentaba como sutil, pero era todo falso, donde ella aparecía, siempre surgían problemas de deseo desmedido.
Atendía a los clientes con una sonrisa que te aflojaba las rodillas, y esos ojos verdes como botellas de cerveza; te miraban hasta embriagarte.
La pizzería, con su olor a levadura y salame. Esa lista de canciones, que se repetía durante 8 horas, hasta provocarte náuseas, era otro empleo deshonroso, que me causaba malestar y culpa, pero con ella ahí, se convertía en algo mucho peor.
A mis 45 años, la existencia era un castigo por irresponsable y falto de visión. Un eco de días idénticos, cumpliendo la condena de los extranjeros.
Ella y su piel canela brillaban con la luz tenue del local, era en esos momentos de encuentro fortuito con sus ojos, cuando la esperanza me invadía. Me estaba envenenando con la nociva poción de la fe ante lo imposible.
La brutal verdad era que estaba fuera de competencia. Los otros compañeros: el encargado, el pizzero y hasta el delivery, todos lubricaban por ella. Pero contaban con la ventaja de la juventud.
Qué sé yo, a estas alturas, uno ya se conoce la vida en la jungla de concreto de Capital Federal y cómo funciona la selección natural.
En una ocasión, ella se sentó frente a mí y conversamos, durante el receso de la comida. No sé si lo hizo por compasión o educación.
A estas alturas, soy muy escéptico para pensar que a mi edad, todavía genero algún tipo de magnetismo, mucho menos, con tantos desaciertos a cuestas.
Hice todo para ignorar el monólogo interno que se estaba produciendo en mi cabeza, mientras me esforzaba al máximo para mantenerme en silencio, dejándola hablar de sus estudios y el arte que le apasionaba.
Pero no tengo sangre fría y fue ahí cuando me dejé llevar. También confesé mi culpabilidad de ser apasionado por el mismo oficio que estaba aprendiendo.
Fui más lejos y revelé verdades que nunca habían salido a la luz, como mi participación en varios proyectos que llegaron a producirse, pero hoy día, todo eso formaba parte de un pasado iluso y olvidado.
Mi vida no ha dejado de ser azarosa, ni siquiera, en el comienzo de mi ocaso.
Urge sobrevivir ante todo y protegerse de uno mismo.
Por eso, durante ese diálogo, cometí el error de dejar de sentirme un fracasado y fijé mi vista en ese par de esmeraldas hipnotizantes, mientras continué hablando con humor y cinismo.
Sospechaba ¡No! Más bien tenía la certeza, de que ella era plenamente consciente del efecto que causaba.
No era vanidad, quizás, sino una cualidad innata, una forma de ser que la situaba, sin proponérselo directamente, en una posición de absoluta ventaja.
Lo veía en la manera en que el encargado se esforzaba por hacerla reír, en la torpeza repentina del pizzero, al servirle una porción extra, incluso, en el silencio algo más prolongado del delivery cuando ella le indicaba a donde estaban destinados los pedidos.
Nosotros orbitábamos a su alrededor, cada uno a su manera, conscientes de la competencia tácita que se genera entre primates, ante la presencia de una verdadera hembra.
Estaba totalmente seguro que yo no era el alfa. Me conocía muy bien.
Mi mente descontrolada se empeñaba en forzarme a sentir el calor de su atención, aunque no pudiera descifrar su significado.
¿Curiosidad? ¿Simple cortesía? ¿O acaso, una chispa, por pequeña que fuera, de algo más?
El invierno porteño mordía como un perro rabioso, colándose por las rendijas de mi refugio. La humedad me calaba los huesos. Otra señal de esa condena a sentir el frío ajeno como propio.
La botella era mi alivio después de cada jornada. Sedaba la intensidad del veneno de sus ojos y la canela de su piel en mis sentidos.
Noches largas, con la culpa de una existencia a medio gas, intentando ahogar su imagen sonriendo a otros, a los que tenían la billetera abultada y el cabello color sol.
Entre trago y trago, el sistema inmune fue cediendo.
La gripe se instaló como un inquilino molesto. Una fiebre que me hacía sentir fragilidad y mi absoluta falta de protección ante las inclemencias del virus más potente: el deseo no correspondido.
Pedí un día libre, un respiro en esa condena de ocho horas al día, oliendo a pizza y escuchando esa lista de canciones que ya me taladraba el cerebro.
Un día para toser, escupir flema e intentar no tragarme el llanto verdoso de mi nariz congestionada.
El viernes volví al antro de harina y levadura, arrastrando el cuerpo como un costal de huesos. Estaba solo un poco mejor, pero ya pedir permiso de 24 horas en un empleo como estos es ir socavando mi estabilidad laboral.
El sábado, la generadora del magnetismo impune estaba ahí. Su presencia era el efecto placebo que sublimaba mi estado febril.
Eso me convertía en el mejor actor de carácter que interpretaba al hombre duro, gracioso y con desenfrenada voluntad de trabajo.
Había una camaradería real, sí, forjada en las largas horas y el ritmo frenético del oficio.
Compartíamos risas por los clientes extraños, nos ayudábamos en los momentos de mayor demanda y hasta nos contábamos alguna que otra pena.
El humor cínico era mi trinchera, mi forma de navegar, esa extraña mezcla de condena con redención.
Recuerdo que ese día hubo buenas propinas. Ella se fue antes, porque tenía un compromiso, dejándonos con el ritual del cierre: el trapo húmedo sobre las mesas, las sillas apiladas como un presagio de otra noche solitaria.
Terminamos de hacer lo que correspondía y se cerró el local. Mi estado gripal había regresado por venganza, mientras mi cuerpo solo me pedía un trago.
Caminé hacia mi casa, sintiendo el asfalto helado bajo mis pies.
Y entonces la vi. En la parada de autobús frente a mi puerta. Iluminada por la luz de la calle, su pelo castaño oscuro contrastaba con el aire gélido.
-¡Hola!
Dijo, con esa sonrisa, que aún era capaz de aflojarme algo más que las rodillas, incluso con la gripe royéndome por dentro.
Me acerqué, impulsado por una torpeza febril, por esa rara conjunción de cansancio y una última bocanada de esperanza.
– ¿A dónde vas?
-A un bar en Belgrano, a reunirme con unas amigas.
– Seguro que algún pibe con mejor suerte te espera.
Solté, con ese humor ácido que era mi escudo. Ella intentó esquivar la frase, como si no quisiera confrontar esa verdad evidente.
– No, solo vamos a charlar y tomar unos tragos, porque tenemos tiempo sin vernos.
– Como podés darte cuenta, no nací ayer, así que, tranquila. Estás en tu momento.
Insistí, sintiendo la urgencia de marcar territorio, aunque fuera verbalmente. Ella, como el ser extraordinario que era, dio la vuelta todo a su favor.
– ¿Vos cómo te sentís? ¿Mejor?
-Yo, mucho mejor.
Mentí, la garganta áspera como papel de lija. No quería que sintiera lástima, no quería que pensara que me quedaría ahí, pegado a su aura.
Me despedí, deseándole una buena noche, con la culpa punzándome ya en el pecho por no haber aprovechado ese instante.
Al llegar a mi tugurio, el arrepentimiento se hizo insoportable. ¿Y si esa breve charla era una señal? ¿Y si había desperdiciado la única grieta en su armadura?
Di media vuelta, como un idiota con mocos en la nariz y bajé las escaleras como un demente.
La encontré todavía en la parada, bajo la luz en la que se estaban empezando a estrellar gotas de una tormenta que ya pronto abriría el vientre sobre toda la ciudad de la furia.
Mi regreso a su encuentro pareció tensarla.
– ¡Volvé a tu casa!
Me dijo con voz incómoda.
-Tu gripe puede empeorar con esta lluvia.
– No te hagas drama -Le contesté- hierva mala nunca muere.
Ella no pareció tomarlo con buen humor y sus ojos verdes se llenaron de nubes tormentosas y relampagueantes.
Llegó el colectivo, ese monstruo ruidoso que vino en su rescate la para llevarsela de mi lado, sepultando lo que pudo haber sido una oportunidad de conocerla mejor, dejándome con la lluvia helada y la certeza de haber metido la pata hasta el fondo.
Los días siguientes fueron muy diferentes. La distancia era palpable, se había levantado un muro invisible entre nosotros.
Ella, amable con todos, distante conmigo. Yo, tosiendo mi derrota como un tuberculoso.
Las cartas estaban sobre la mesa: la selección natural era implacable. Y el extranjero, no tenía una mano favorable en esa partida.
Mis compañeros seguían en la silenciosa competencia por su atención.
Cada noche la botella era mi único consuelo, un anestésico barato para la punzada constante de la humillación.
El trato de mis jefes, siempre áspero y condescendiente, se había vuelto insoportable. Sentía su desprecio velado.
La frustración se acumulaba, noche tras noche, como la grasa oscura en una freídora.
Finalmente, la tensión explotó. Una discusión absurda con uno de los dueños, una nimiedad sobre la limpieza del baño, se convirtió en la válvula de escape de toda esa rabia contenida.
Le dije lo que pensaba de su trato, de la explotación, de la miseria de ese empleo. Sentí su mirada sorprendida, el silencio repentino en el local. En ese instante, supe que no podía seguir.
Al día siguiente presenté mi renuncia. Fue un acto impulsivo, una liberación agridulce. Dejaba atrás el olor, la lista de canciones machacona, la presencia de esos ojos que eran una herida abierta.
A pocas semanas de haber renunciado me reencontré con algunos de mis excompañeros en uno de los bares de Villa Crespo, para celebrar mi liberación del yugo de otro patronazgo tóxico de gastronomía en esta ciudad.
Ellos tampoco se sentían a gusto con el trabajo, pero no tenían el valor de rebelarse contra la autoridad y el mal manejo de tan prometedor establecimiento.
Un adulto curtido de 45 años si puede hacerlo con total comodidad y desparpajo, aunque no tenga certeza acerca del futuro próximo.
Ella estaba predente. Cuando me acerqué para saludarla, de inmediato, percibí su incomodidad y rechazo.
Estaba sentada junto al encargado rubio, intercambiando secretos y risas. La confirmación de lo que mi escepticismo ya había anticipado.
La conversación fluyó entre chistes y anécdotas del viejo trabajo. Yo me mantuve al margen, bebiendo mi cerveza amarga, sintiendo una punzada de vacío mezclado con resignación.
Cuando llegó el momento de despedirme, estreché la mano de todos, incluso la de ella. Un apretón breve, sin palabras innecesarias.
Al salir a la noche fría de Buenos Aires, sentí el peso de un breve espejismo de deseo en medio de la oscuridad.
Una derrota más en la larga lista de errores de un extranjero que busca su lugar en una ciudad hermosa y cruel, como los seres que la habitan.
Era una madrugada de domingo, a finales de septiembre, las dos de la mañana en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires poseía el mismo tráfico de las horas diurnas.
En esos momentos de luna proliferan seres que iluminan la noche porteña y sus antagonistas, las peligrosas deidades de las sombras.
También deambulan los observadores, algunos, condenados sin ánimo, con la espalda y el ego hechos mierda, ese era mi caso.
Subí al colectivo 168, ansioso de volver a mi refugio de la Avenida Córdoba. Llevaba conmigo 3 cervezas y el coro de pensamientos interminables que intentaban persuadirme para ejercer mi legítimo derecho a interrumpir esta existencia inmerecida, de una vez por todas.
Al abrirme paso entre la ruidosa multitud de pasajeros, buscando el fondo del colectivo, de pronto, llamaron mi atención, dos carcajadas estridentes.
La explosión de risas era de una pareja sentada a mi derecha. Charlaban con el desparpajo y el desenfreno que produce olvidarte de todo lo que te rodea.
Llegué al fondo del transporte público y tuve la suerte de encontrar un asiento libre. Al sentarme, la pareja quedó en mi diagonal izquierda. Me convertí en un espectador casual de su entregado diálogo.
Me interesó comprobar todo lo que aseguran los psicólogos, expertos en conducta y youtubers, sobre las señales que muestra una mujer que siente atracción por un hombre.
Sus ojos negros, con pupilas dilatadas, se clavaban en los de él. Las finas cejas de su rostro mostraban un arqueo perfecto. La mirada iba cambiando de dirección cada 2 minutos, apuntando hacia sus labios. Ese acto reflejo duraba milésimas de segundos, pero era constante y duró todo el trayecto en que los estudié.
Ignoraba si el interlocutor que producía esos instintos en ella, estaría al tanto del significado de esos detalles.
La chica se mordía los labios inferiores de vez en cuando, para contener la ansiedad de besar.
La coreografía de mirada, labios y risas de ella me provocaron una envidia corrosiva. Deseaba que toda esa atención y lujuria fuera dirigida a mí, para tener una noche de coito animal y taladrar cada orificio de su bendita anatomía saturada de feromonas y colágeno.
Pensé en inyectarme una de las cervezas para anestesiarme de la brutal realidad que demuestra que el tiempo clave ya pasó y únicamente queda ser fornicado por la muerte, para penetrar la zanja de una tumba.
El chico a su lado hablaba con fingida humildad acerca de sus dotes como actor y como su última presentación teatral causó tal impresión entre el público y sus compañeros del elenco que estudiaban actuación, que fue ovacionado por todos ellos.
Además, le contó que había sido felicitado con gran emoción por su instructora de actuación, a quien le otorgó crédito por ayudarlo a canalizar su talento y técnica. Palabras más, palabras menos.
El muchacho se expresaba con mucha alegría y convicción mientras ella recibía toda esa verborrea con el rostro iluminado y cachondo.
Ninguno parecía llegar a los treinta, estaban en esa época de la vida cuando te sientes con la seguridad y certeza de que Argentina y el mundo serán tuyos.
Ella también redobló su apuesta en la conversación, dejando ver que también era una artífice de la autorreferencia para demostrar su valor en el mercado de las relaciones.
– ¡La profesora Romina es una genia! Siempre me decía: «Sara, actuar es algo natural. El humano siempre está actuando. Finge que no odia su trabajo, pretende fingir que sí cumplirá sus resoluciones de año nuevo, pretende fingir que no siente envidia del vecino que se compró un coche último modelo. Actuar es parte del día a día para sobrevivir». Y eso no sabés como me ayudó a ser la mejor de su clase, cuando yo estaba en el grupo de actuación.
En ese momento supe su nombre: Sara. Todas las mujeres que se llamaban así, y que se habían cruzado en mi vida, encerraban esa magia que no les permitía pasar desapercibidas.
Explotó en mi memoria el recuerdo de mi abuela, que también se llamaba igual y cuya última imagen siempre me estremece hasta el presente.
De igual forma, el nieto que vio irse hacia la gran ciudad, no era mismo que había regresado a darle el último adiós: un veinteañero con el cabello peligrosamente largo y una delgadez alarmante.
Esa imagen también causó revuelo entre todos los familiares y metiches que presenciaban extasiados el calvario de una mujer que simbolizaba el fin de era.
Agonizó de una manera inmerecida durante sus últimos días, mientras todos los vecinos de la calle MN y alrededores, deleitaban su morbo con el circo representado por mi familia en medio del drama y el sufrimiento por la pérdida del principal cimiento que nos mantenía unidos.
En ese periodo ya se estaban gestando en mi interior las primeras derrotas y frustraciones que se irían acumulando desde los primeros enfrentamientos con el mundo, que finalmente terminarían formando un combustible a base de rabia y resentimiento crónicos, productos del descubrimiento del juego de la realidad durante la adultez.
La vieja casa de tejas se desmoronaba con los gritos de agonía, dolor, oraciones y supersticiones campesinas originadas por la histórica opresión del poder católico romano.
Sonidos muy parecidos a los del presente inmediato, pero estos últimos, poseían otro matiz.
El nivel de bullicio dentro del colectivo esa madrugada era abrumador, debido a la cantidad de jóvenes que ya venían con sus sentidos de fiesta, gracias los rituales de las previas, que los ayudaban a lubricar socialmente, antes de terminar en los locales nocturnos de Palermo, para añadirle más nafta al fuego de su ímpetu.
Tal escenario era telón de fondo perfecto para que cada pareja se sumergiera en la noche porteña y sus hechizos.
La conversación siguió durante el trayecto hacia la parada de la calle Cabrera. Este «voyeur» seguía estudiando ese antiguo ritual entre dos personas cuyo destino final podía presentirse.
Pero como todo en la vida tiene su final, yo estaba más cerca mi destino que Sara y su presa barbuda y flaca. Oprimí el botón que me eyectaría para siempre de esta historia.
Al bajar en mi parada volví a escuchar sus sonoras carcajadas, que seguramente seguirían recorriendo las calles Almagro, San Cristóbal o San Telmo, para finalmente consumar sus sueños de fines de semana, y también, los de los días laborales: porro y sexo.
Entré a mi refugio, volé la tapa de la primera Schneider para iniciar mi ritual de anestesia y aumenté mi apuesta como observador maldito, esta vez, desde el balcón de mi habitación.
66 millones de años antes de la existencia del primer espécimen humano los dinosaurios reinaban sobre el planeta, según narran los relatos científicos evolucionistas.
La evidencia actual indica que la mayoría eran herbívoros. Sin embargo, Google también nos ofrece una lista de los carnívoros, presumiblemente los más agresivos:
Dilophosaurus
Carnotaurus
Ceratosaurus
Velociraptor
Tyrannosaurus Rex (el más popular, presente en diversas películas)
Allosaurus
Albertosaurus
Spinosaurus
Estos lagartos colosales, de sangre fría, depredaban a sus rivales herbívoros cuando no se dedicaban al canibalismo. Se creían dueños y señores del incipiente globo terráqueo.
Eran tiempos violentos e impredecibles, llenos de instinto asesino. Si reflexionamos, no distan mucho del modo en que los humanos transitamos por el mismo planeta, pero esta historia trata sobre los dinosaurios, no sobre los primates que, millones de años después de su aparición, dominarían la Tierra.
El ego era el motor de los dinosaurios y jamás dudaron de su poderío superior como especie. Eran rápidos, furiosos y luchadores implacables.
Los herbívoros, por su parte, no eran débiles. De hecho, muchos de ellos superaban a los carnívoros en tamaño y poseían cuernos, piel venenosa y un «orgullo vegano» superior:sabían que sus excrementos no contenían carbono y eran mucho más biodegradables que los de sus depredadores.
Cada bando mantenía el equilibrio biológico del planeta. En ocasiones, los reptiles herbívoros masacraban a sus enemigos en defensa propia, mientras que en otras épocas los carnívoros arrasaban con zonas enteras, tiñendo la tierra de rojo, con sangre baja en hierro.
Era un mundo cruel y sanguinario, pero regido por un balance natural. La única certeza es que la paridad era evidente. No existía una merma significativa que situara en desventaja numérica a ninguno de los bandos. Además, ignoraban las ventajas del censo demográfico.
Sus ciclos reproductivos eran frecuentes e ininterrumpidos, a pesar de las dificultades climáticas que el planeta, como organismo vivo y autónomo, presentaba a estos seres.
Y ni hablar de las criaturas asombrosas que habitaban el ecosistema marino, a miles de metros de profundidad, en el fondo de la inmensa placa tectónica que convertía la Tierra en un cascarón recubierto de suelo endurecido por los sedimentos volcánicos.
Podían comer, reproducirse y masacrarse entre sí a diario, sin tener ninguna conciencia sobre su futuro en el mundo.
Se sentían seguros y eternos porque sabían que eran lo más poderoso y evolucionado que la naturaleza había creado durante el período Cretácico. Esta sensación, sin duda, infló su ego reptiliano.
Las teorías sobre la extinción
Un día, el cielo se oscureció con una velocidad aterradora. Un asteroide gigante, una roca espacial del tamaño de una montaña, surcó la atmósfera con rapidez de vértigo y se estrelló con un estruendo ensordecedor en lo que hoy es la Península de Yucatán, en México.
El impacto fue apocalíptico. La explosión liberó una energía equivalente a miles de bombas atómicas, desencadenando terremotos, tsunamis e incendios a escala global. El cielo se llenó de polvo y cenizas, bloqueando la luz del sol, sumiendo al planeta en un invierno nuclear que duró años.
La mayoría de las especies no sobrevivió al impacto directo o a los efectos colaterales. Las plantas, sin la luz del sol, no pudieron fotosintetizar, y la cadena alimenticia colapsó.
Los herbívoros, hambrientos, perecieron en masa, seguidos de sus depredadores carnívoros, incluyendo a los otrora invencibles Tyrannosaurus Rex.
Hoy, como recordatorio de ese fatídico evento para la comunidad del Cretáceo, nos queda el Cráter de Chicxulub.
Nada es eterno en el universo
Los científicos han debatido durante décadas las causas de la extinción masiva del Cretácico. La teoría del impacto del asteroide es la más aceptada, pero otras hipótesis también se han propuesto:
Erupciones volcánicas
Algunos creen que una serie de erupciones volcánicas gigantescas en el Decán, India, liberaron gases tóxicos y cenizas que contribuyeron al calentamiento global y la muerte de los dinosaurios.
Enfermedades
Otros sugieren que una enfermedad propagada por bacterias o virus pudo haber diezmado a las poblaciones de dinosaurios, debilitándolas y haciéndolas más vulnerables a otros factores.
Esta teoría es usada por los creadores de Los Simpsons para el especial de Halloween de su sexta temporada. En una de las historias del episodio, titulada: Tiempo y castigo, parodiando a la novela «Crimen y castigo», de Fiódor Dostoievski.
En el clip, Homero viaja en el tiempo accidentalmente hacia el Cretácico, en varias ocasiones, y en una ellas, estornuda, acabando con la existencia de todos los dinosaurios.
Cambio climático:
El enfriamiento o el calentamiento global, también podría haber jugado un papel en la extinción, alterando los hábitats y dificultando la supervivencia de los dinosaurios.
La Tierra, como organismo vivo, siempre va a querer deshacerse de las pulgas que intenten desafiarla con sus egos inflados de poder y superioridad, olvidándose de su origen.
Como es sabido por todos a lo largo de millones de años, el planeta ha pasado por periodos intermitentes de temperaturas extremas: calor infernal o hielo abrasador.
El ser humano comenzó su senda evolutiva en un periodo con condiciones climáticas y ambientales ideales para su desarrollo, durante un paréntesis entre glaciaciones o calores desérticos.
Si ellos pudieran opinar
Actualmente, se debate sobre el calentamiento global, fenómeno en el que ha contribuido el ego inflado del Homo sapiens, con sus constantes emisiones de carbono, por casi 100 años.
¿Será eso suficiente para fundir o destruir un planeta tan poderoso?
Si los dinosaurios pudieran opinar con base en su experiencia, capaz y no se mostrarían tan de acuerdo con esas teorías. Y seguramente, no sería una cuestión de ego reptiliano.
Sería, más bien, cuestión de su ignorancia de cómo tener industrias que consiguiesen una vida evolucionada y cómoda, a tal punto, de elevar la temperatura del globo terráqueo, para inducir a la autodestrucción.
Finalmente, los dinosaurios representan el pasado, lo que ya no es tendencia. Lo que ya no existe. Eso también les irá sucediendo a los humanos que dejaron atrás su juventud hace tiempo.
Sus egos pronto serán impactados por los meteoritos de la adultez, la vejez y la muerte.
La premisa grabada a fuego en la mente de Marcos es: Hay que adaptarse y abrazar la cultura del país que te ha recibido.
Él forma parte de los 7,7 millones que han huido de la dictadura militar genocida que oprime su país.
Después de 9 años en la hermosa metrópoli que lo ha acogido, una de las cosas que más le desconciertan es cómo él siempre ha estado de acuerdo en condenar a la antigua dictadura argentina y sus víctimas: sean 30.000 o 14. La cantidad no importa.
Siente que entre algunos locales, parece no haber una comprensión solidaria con lo que ocurre en su lugar de nacimiento. Aseguran cualquier cosa, menos la existencia de una tiranía que somete a la gente al colapso permanente.
Lo que frecuentemente le resulta raro es que aquellos que condenan a sus tiranos militares, parecen convalidar las atrocidades de los dictadores del Caribe, quienes, por cierto, utilizan las mismas torturas y homicidios de sus antecesores australes, superándolos en alevosía y descaro.
«Debe haber dictaduras más bonitas que otras».
Reflexiona con fingida ingenuidad.
Apartando todo eso, el tango es una de las tareas que se ha propuesto Marcos para aprender y sentirse más familiarizado con la llamada pasión argentina.
Cada miércoles, sin falta, se presenta en las clases del club barrial Villa Malcolm, en la avenida Córdoba, entre Serrano y Thames.
Ahí se encuentra con su amigo Martín, quien le insistió hasta hacerlo ir. Martín, su mujer y sus chicos asisten desde hace años al tradicional lugar.
Marcos vivía a escasas dos cuadras y le quedaba perfecto para cerrar las tardes de caminata y ejercicio por todo Palermo, como premio a sus amadas jornadas de trabajo creativo desde casa.
¡Cuántos recuerdos añorados!
De esos días de gloria pasada, podía atestiguar la maravillosa metamorfosis de la mujer argentina, una vez que se cambiaba de zapatos y empezaba el ritual de baile al compás de los viejos discos de vinilo transferidos a formato MP3.
El espectáculo no solo tenía piel local: norteamericanas, japonesas, alemanas, francesas, brasileñas.
Era contemplar la danza del mundo, representada por cuellos, espaldas y piernas, llenas de anocheceres rojos y amaneceres amasados por el cumplimiento de sus fantasías lejos de sus estructuradas sociedades.
La luz escarlata y amarilla aumentaba la pulsión por el baile. En medio del torbellino, Marcos era detenido por las rigurosidades impuestas por ese estilo musical tan único y, a la vez, tan complejo.
– Esto no es salsa.
Esas frases lo frenaban en seco, haciéndole dudar sobre sus capacidades de aprendizaje y adopción de nuevas culturas. Este baile es tan único como la yerba mate, como la rivalidad entre River y Boca.
Tan de aquí como el Día de las Madres, que se celebra en octubre y no en mayo, como lo hace el resto de Occidente.
Con el pasar de las semanas, Marcos dedicó más tiempo al trote y las caminatas. Se presentaba en Villa Malcolm ya al final de las clases, solo para ser testigo de las metamorfosis tangueras que constituyen una muestra muy local de los rituales darwinistas que siempre han movido al ser humano.
Hernán sabía que no era una persona carismática. Comprendía muy bien que muchas de sus decisiones, conductas y su carencia de bienes materiales no le proporcionaban estatus, vida social o relaciones amorosas de las cuales poder enorgullecerse.
Sin embargo, recientemente recordó con hilarante ironía la vez cuando le notificaron sobre la prematura muerte de un excompañero de la universidad.
Gabriel había sido víctima de un trombo surgido en una pierna infectada, lo que le originó un infarto fatal, luego de meses de hospitalización. ¿Cómo había podido pasarle esto a un hombre sano de 37 años? Con una pequeña hija y en ascenso hacia una prometedora carrera de comentarista deportivo.
Los deportes eran su mayor obsesión. Siempre quiso ser una estrella del baloncesto, béisbol o fútbol. Su fisionomía no le permitía cumplir sus sueños, así como tampoco sus prominentes gafas de topo. Era un sujeto muy querido por su integridad, calidad humana y trabajo.
-Habiendo tantos políticos, asesinos y ladrones, tenía que tocarle a este agradable ser humano. Nada tiene sentido.
Fue la respuesta de Hernán al enterarse del hecho, gracias a una llamada de Liliana, excompañera de la escuela de comunicaciones, con quien mantenía el contacto debido a que ambos habían formado parte de un equipo de producción audiovisual recientemente.
– ¿Quieres ir a darle el último adiós? Vamos todos los compañeros de la facultad.
En ese punto, Hernán dudó. Después de la graduación, nunca se sintió apegado a la idea de mantenerse en contacto con sus colegas de la carrera, ya que nunca encajó, ni por su conducta, ni por su apariencia, ni por su apellido insípido.
Estaba seguro de que si el fallecido hubiera sido él, ninguno de ellos habría asistido, y les daría igual si lo arrojaban a una fosa común o si lo dejaban en el depósito de cadáveres no reclamados de la facultad de medicina.
– ¿Hernán sigues ahí?
– Sí. ¿Dónde será el velatorio?
-En el Club Gallego. La comunidad deportiva decidió hacerle una ceremonia privada en la capilla del lugar.
-Okey, dime la hora de la ceremonia y seguramente apareceré por allá.
-Otra cosa Hernán.
-Sí, dime.
-Los que no recibieron invitación oficial y los que no son miembros del club, tienen que pagar para ver al difunto.
– O…key, yo te llamo.
Hernán cerró la llamada y apagó el celular. De inmediato continuó tecleando en su computadora, sin perder el objetivo del día: terminar y enviar el script de la jornada a la plataforma de contenidos para la que trabajaba.