Cosquilla china

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Cuando Bárbara cabalga en su purasangre llamado Miller se siente en paz consigo misma. Dueña del mundo que la rodea y, sobre todo, húmeda de placer al trotar a pelo en el lomo del animal y sentir como sus labios golpean suavemente contra la espina dorsal del equino, sin nada más que mediar entre ambas pieles, que la delgada tela de su inmaculado y ceñido pantalón de ecuestre blanco, siempre marcando sin pudor su perfecta vagina libre de ropa interior.

Testigo silente de esta rutina devastadoramente excitante es Gonzalo, el tímido cuidador de los animales, cuya fijación con la dueña de todo lo que hay a su alrededor le pone nervioso y lo llena de un mutismo tal que le impide mirarla o dirigirle la palabra siquiera.

Miller acelera el paso y su amazona aprieta sus crines para no dejarse caer ante el orgasmo que experimenta con el trote mientras los golpecitos a su clítoris son marcados y rítmicos.

Desde la puerta de la caballeriza Gonzalo contempla ensimismado como el cabello azabache de Bárbara es una bandera al viento y su piel, suave y tan blanca como su pantalón de montar, brilla con el sol de la tarde.

Bárbara gime de placer en la última vuelta y cae rendida sobre el cuello de su animal, pero pronto, se percata de la mirada de su empleado e intenta recobrar la compostura, disimulando el caudal de sensaciones que ha experimentado hace escasos segundos.  Gonzalo retorna rápidamente a su labor de alimentar a los demás ejemplares, intentando fingir también.

Bárbara lleva a Miller hasta la caballeriza.

-Gonzalo.

– Mande señora.

–   Báñalo y dale de comer.

Gonzalo recibe el caballo y se da cuenta del pantalón blanco de su patrona ceñido y transparente gracias a una vagina notablemente húmeda y recién estimulada. Gonzalo se lleva al ejemplar dándole la espalda a su patrona, emitiendo una tímida frase.

–    Cosquilla China

– ¡¿Qué?! – responde ella sorprendida y sin entender-

Su empleado voltea, impulsado por su instinto de hombre, se acerca a ella y le dice:

– Eso que practica usted con Miller se llama cosquilla china, las amazonas de la isla de Creta lo hacían y en tiempos del Libertador era una costumbre aceptada en silencio por las familias pudientes. Los señores dejaban que sus señoras e hijas se reconfortaran de esa manera, todo menos verlas en la cama de un plebeyo, un negro o un indio.

Las palabras de Gonzalo se desvanecían en sus fuertes y ordinarios labios, percibidos por ella en ese momento como los más apetecibles del planeta, así como su bronceada y musculosa espalda, sus tensados pectorales, brazos y abdomen, ella los había admirado tantas veces y no se atrevía a hacerle saber su secreta afición, aún más oculta que la práctica que hacía sobre Miller, para desahogar su deseo por él, un tímido y bien formado peón de su hacienda.

La impetuosa Bárbara calló a su interlocutor acercando sus labios de porcelana a la boca de él. Ella inmediatamente buscó su lengua y ambas se entrelazaron en remolinos que emanaban corriente.

Eso fue suficiente para liberar al animal atrapado dentro de Gonzalo, quién movido por su instinto sexual abrió de tajo la camisa color salmón de Bárbara e inmediatamente comió de sus pechos con el frenesí de quien encuentra una jugosa fruta en medio del desierto después de vagar 30 días sin comida ni agua.

Bárbara entraba en calor como nunca y brindaba las edulcoradas auras de sus pezones al encanto brutal de su amante intempestivo. Gonzalo la sometió con fuerza dándole vuelta y enganchándola por el cuello con su brazo derecho, mientras, con el izquierdo bajó a retazos el pantalón ecuestre. Ella estaba entregada hace rato a los orgasmos preliminares de la situación.

Sin mediar palabra Gonzalo liberó la dura bestia de sus jeans y embistió por detrás a Bárbara, quien sintió como las paredes de su vagina se estiraban más de lo normal al dejar entrar a ese portento azabache marcado por las venas. El grito de placer que siguió a continuación inquietó a los animales de la caballeriza.

Ese día fue la última vez que Bárbara practicaría la cosquilla china para sublimar su deseo por Gonzalo el peón, quién a partir de ese momento, tampoco fue conocido por ese denominativo, sino más bien, por otro que se haría conocido en poco tiempo en todo el poblado de San Agustín del Río: Gonzalo “El caballo”.

                                                                             FIN

 

© Edwing Salas

2012-2013

Publicado el 12 Julio de 2014

Niño hiperactivo de 1790 –Primera parte-

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Os asegvro reinas del drama contemporáneo a la qve la impía sociedad moderna ha bavtizado como “hombres”,  qve no sois ni la sombra de lo qve en vna época fveron los hombres de verdad. Hidalgos caballeros qve rasgaban svs camisas para desnvdar el pecho al plomo, flechas, lanzas i espadas, con la sonrisa demente qve provoca mirar a la mverte de frente, sin baxar la cabeza, intimidándola i sedvciéndola.

Vosotros, con svs artilvgios qve parecen magia negra venida desde el infierno. Svs falsos doctores, a los qve llamáis psicólogos, psiqviatras o consexeros, dignos de la bestialidad imaginativa sin alma de los aborígenes, qve prolongan sv agonía, gracias a vn pvñado de papel inservible, qve ni los mismísimos indios vsarían para envolver meriendas. Os recetan adminícvlos i cvras milagrosas para estar tranqvilos. No sabéis qve el opio i el ron de Jamaica proporcionan la qvietvd de mil cementerios.

Es precisamente a vosotros qve va dirigido este testimonio, sobre el hombre más notable qve época algvna haya podido regalarle al mvndo.

Vn magno caballero, destinado a llevar el arpa con canciones de libertad por toda la América, acompañada por el cercenar de vna la espada desenvainada contra el enemigo, con el indiscvtible sello del glorioso relinchar de sv corcel.

Ese  gran general, qve planeó importantes batallas, dando lo mexor de svs dotes en el arte del baile, en las bacanales qve se daban en sv honor, lvego de derrotar en increíbles combates a los soldados del imperio. O también, en mvchas ocasiones, antes de ello.

El resto de la hvmanidad, inferior en condición, le ha calvmniado de mantvano cobarde i monárqvico, tan solo por no asistir a pelear al lado de svs tropas en esas crventas batallas qve delineaba de forma perfecta en sv mente, cvando se encontraba transitando vn vals la noche anterior, xvnto a algvna exqvisita dama de la sociedad, antes de llevársela a sv habitación o aparecérsele de imprevisto dentro de la alcoba, faltando veinte minutos para la hora de las almas en pena.

¿Por qvé llamar excretas de pollo al hombre qve ya había ganado una conqvista dvrante la noche? i precisaba del día para descansar del axetreo i planear la sigviente movida qve lograra las victorias necesarias para expvlsar al invasor español.

Es bien sabido qve la carne es débil, i cómo Jesvcristo, padeciendo la condición hvmana, también demostró sus flaqvezas –Mi santísimo señor todopoderoso no se ofenda por la comparación- El general también caía en las tentadoras garras de la lvxvria, tal cómo sus héroes más admirados: Napoleón, Alexandro Magno i las deidades griegas.

Si sv afilado e insaciable sable de carne se antojaba con vna negra, pves, esa noche penetraba a vna esclava. Si le agradaban las gracias i modales de vna criolla, pves se cabalgaba a la criolla i listo. Si vn xoven o vn soldado le parecían bvenmozo i valiente, pues véngase también.

Svs celebraciones favoritas eran las de temática griega, donde él i svs generales se hvndían en vna marexada hvmana de cverpos desnvdos, donde todos i todas las presentes llevaban lo svyo, tal i cómo lo hacía el gran Alexandro i sv corte en el esplendor de sv creciente imperio. I qve conste, no estoi inventando o exagerando nada. Sv mismísima excelencia era vn individvo de vangvardia, así mismo se lo hizo saber a su qverido amigo Perv´ De Lacroix.

El general era vn hombre versátil, vniversal, o como diríais en vvestra época: vnisex.

Vaya vsted a saber lo qve ello significa, pero es lo qve  vvestro gentilicio diría ¿Cierto?

Pves bien, cómo habeís notado, padezco de vna verborrea incontrolable, i eso siempre me desvía del camino principal para llevarme por las hermosas, pero bizantinas sendas del divagveo. Es por eso qve ofrezco sinceras excvsas porqve el testimonio qve había venido a relatarles no es el qve han presenciado.

Lo qve qvería contaros de mi general no pertenece a sv etapa pvblica historica, narrada hasta el hastío en vuestro presente. Lo qve realmente debí haberles narrado fve cómo era sv niñez, cuales fveron las anécdotas i acontecimientos qve formaron al mozo rebelde e indomable, aqvel qve escapó de casa de sv tío para refvgiarse en la vivienda de sv maestro con nombre idéntico al de sv merced.

Qvizás penséis qve se trató de vna infancia atormentada i triste, pero dexadme deciros qve os equivocáis.

El peqveñín fve vn niño felíz i sin ningvn tipo de mortificaciones. Gozó de la atención de sv santísima madre i svs encantadoras i bien instrvídas hermanas, qvienes poseían el don de la sabiduría al saber quererlo, pero sin mimarle hasta el pvnto de la odiosa malcriadez.

El infante era svmamente inqvieto ¿Qvién no lo es en esa etapa de la existencia?

Qvizás los dramáticos i exagerados de vvestra época le llamen…le llamen… “Jiperactivo”. “Hiperactivo”, así es ¿Verdad?

Bveno, de cvalqvier manera, hoy no tengo tiempo de nadar hasta esas profvndidades. Pero les prometo qve tan pronto como regrese, les contaré como era el niño hiperactivo del ano 1790 de nvestro señor, a los siete años.

Por lo pronto, debo partir, ha cantado el gallo, se aproxima el alba. La hora de las almas en pena ha terminado.

   Continuará….

(c) Edwing Salas

  30/05/14 

 

 

 

 

Niño hiperactivo de 1790 -Parte final-

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¡Oh, vaya, pero qve pvntval sois!

Aqví os encontráis de nvevo. Me alegra saber qve aún existe gente de vvestra época qve se preocvpa por la memoria de mi general, qve el poderoso lo tenga a bven resgvardo i le haya perdonado svs pecados, qve fueron mogollón eh, pero oxala sv obra emancipadora le haya procvrado vn lvgar en el Olimpo glorioso de los héroes. Como se lo merece, cómo él siempre lo deseó.

Bveno, al grano caballeros: recverdo perfectamente haberlos citado aqví en este mismo lvgar i a esta misma hora, qve es la de los hombres como mi merced, para relatarles los detalles de la mocedad de mi gran general.

Al cerciorarme qve sois cristianos de palabra , empezaré por deciros qve el hombre maravilloso qve conoció el mvndo, empezó a tener svs primeros destellos por allá en 1790, a los siete años, por aqvel entonces, ese peqveño descendiente de los Bolibarjauregui ya tenía cinco años habiendo svperado la mverte de su padre, qvién se despidió de lo terrenal cvando el niño apenas tenía dos, marcando el designio de la tvbercvlosis en su genealogía, bveno , todavía hay mal intencionados i envidiosos qvienes xvran en vano que tanto padre como hixo fueron víctimas de sus miembros voraces i cvlifandangveros, pero ¡Eso es falso! ¿Me han escuchado? ¡Falso!

Doña María Concepción i svs hixas, las hermanas mayores del infante cvidaban de él mvy bien, siempre lo hicieron. Avnque la madame no qvería maltratar sus senos de porcelana para qve no qvedaran como los de una india: aplastados i rechvpados, le encargaba esta tarea a Hipólita , la nodriza principal , alternándose ambas esa labor.

La negra Hipólita fue la vnica qve metía sv teta en la boca del niño, aparte de Doña Concepción.

Así como les he asegvrado qve lo de las venéreas complicadas en tvbercvlosis es totalmente falso, así mismo le xvro, por mi cabeza, qve ningvna cvbana amamantó al general cuando era apenas vn qvervbín, avnque con los años llegó a hablarme de las tetas i el cvlo de vna cvbana qve conoció mientras organizaba sv campaña por el Caribe.

Me dijo qve se fue en leches enseguida sobre el chinchorro, ante la fogosidad de esa esclava cvbana que satisfacía a los hombres de la casa grande, mientras se encontraban de visita en Haiti.

También, creo qve me dijo, de esto si no estoy mvy segvro, son vnos cvantos siglos, saben, i la memoria de este anciano espectral, svele patinar de vez en cvando. Pero creo recordar, qve en vna oportvnidad, cuando habíamos fvmado vn poco de opio i libado unas cvantas botellas de ron, me dijo  qve vna cvbana fve qvien lo inicio como hombre, todas ellas son así, sabrosas, les gvsta el baile, el trago dvro i satisfacer sus fvegos internos, gratis o por dinero.

Cvando había monedas o comidas de por medio, se esmeraban mvcho más, pero en verdad, con el perdón de Dios, qve el diablo me lleve si esas no eran las hembras más calientes del continente. Ignoro cómo lo serán ahora en sv época, pero en la nvestra eran de lo más libertinas.

Volviendo a lo qve nos ha xvntado a esta hora, el niño a los siete años era como cvalqvier otro de sv edad i posición, sin dvda, tvvo una infancia plena i feliz: se bañaba en el río, le gvstaban los dvlces, odiaba ir a misa, se deleitaba en repetir las insolencias de los grandes entre sus compañeros de xuego i era castigado constantemente por esta causa.

Adoraba montar a caballo, avnqve tenían mvcho cvidado en no permitírselo en exceso. A esa edad ya era un fiel amante de la mvsica, aprendió a bailar viendo i practicando con svs hermanas mayores, qvienes elogiaban sv talento natvral i oído nato para llevar el ritmo i ejecvtar los pasos, como si se tratase del cortesano más asidvo de las galas francesas.

Otra de svs pasiones era la lectura. Pasaba horas bajo los frondosos árboles de las enramadas disfrvtando de versos, sonetos i también las historias i romanceros caballerescos de entonces, deleite de la chiquillería mantuana.

Cómo todo chiqvitín de grandes ínfvlas, como las qve siempre tvvo dvrante toda sv existencia, i qve mis palabras no le ofendan,qveria saberlo todo, i llenaba a svs mayores con pregvntas cvya cantidad i complexidad, obligaba a los aludidos a regañarlo o mandarlo a hacer cvalqvier otra cosa, para sacarle de la cabeza esas locas ideas i conversaciones qve ya reflejaban sv profvndidad para las grandes proclamas i discvrsos.

Debido a ello, sv tío le daba vna reprimenda verbal i lo mandaba a qve se entretvviera con el pasatiempo más popvlar entre los xovencitos de sv alcvrnia: apedrear esclavos.

Se volvió todo vn experto en golpear i sabotear a svs sirvientes e hixos peqveños a cvalqvier hora del día i época del año. Llegó a desarrollar vna verdadera afición por esa actividad i ya en su advltez, se qvexaba de extrañar esa sana costumbre de sv época.

De hecho, durante el fervor de la gverra libertaria llegó a decirme:

“A veces me provoca amarrarlos en vn pilote i apedrearles, azotarles i luego me los pasaría a todos i todas por el arma de mi carne, lástima qve ahora debo darles la libertad, tan solo para asgvrarme qve en vn fvtvro ellos no le hagan eso a mi merced, tal cómo se lo hicieron a los lores de Haití. Avnque la parte de ser pasado por svs garrotes, me tiene sin cuidado, no es tan doloroso como me decía Miranda, además, yo soy vn hombre”

Qvizas vosotros, en vuestra época habríais catalogado la niñez del general como agitada i mui inquieta, pero se os asegvro, era vn niño dvlce, precoz i mui bien portado. En otras palabras, no era vn hiper…vn hiper, bveno, ya saben, eso pves, ¡Vna ladilla!

 FIN

© Edwing Salas

04/07/14

Ilusionista

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Después de hurgarse frente al espejo su mirada le transmitió la verdad.

No escrutaba nada en su anatomía física, solo quería examinar más allá. Traspasar el fenómeno de refracción de la luz, introducirse en su reflejo y ejecutar la mesura definitiva del camino recorrido.

¿Cuánto de eso había en lo que hoy veía sobre el cristal pulido?

Cuanta intransigencia, cuanta postergación, cuanto miedo. Cuantas balas de salva y cuantos puentes volando en forma de ceniza.

Creencias, dogmas a futuro que habían aniquilado tanta fuerza natural, pura y llena de caballos salvajes, descogotándose pendiente abajo, pero con zancadas siempre imperturbables hacia adelante.

– ¿Crees en el destino?

–   Claro, por supuesto, el destino es la muerte. Es la ineludible meta.     –respondió sonriente y convencido-

Su respuesta sincera y sencilla horrorizó, no era New Age, desafinaba con la ocasión social, era demasiado biológica y pragmática para alcanzar el vuelo de los sueños y planes de papel que el resto de sus interlocutores arrojaba al aire.

El sosiego es lo que uno termina eligiendo luego de años de minimización. La verdad es más dura de lo que somos capaces de reconocer. La realidad no es lo que bota el espejo, sino lo que simboliza en las pupilas.

Buscaba la verdadera vocación, luego de errar pidiéndole a Dios el adelanto del infarto que le tenía reservado para cuando llegara a los sesenta años. Deshacerse de la existencia propia era algo muy ruidoso y cliché. Aunque se trataba del verdadero asunto filosófico, según Camus, ya no tenía caso aferrarse a ese axioma.

El público y los extras de ese espectáculo tampoco descifraban lo evidente. Estaban demasiado impresionados con las imponentes imágenes de vitalidad, inteligencia, talento extremo y profundidad del carácter. Espejismos.

-No te preocupes, tendrás un gran futuro, estas destinado a ello

Sabía que no era un gran aporte a la humanidad, pero las respuestas emitidas por los receptores le demostraban contradicción y lástima.

-No hay brazas ni purgatorios, ni vaticanos, ni edenes, ni amor, ni sacrificio. Ni Freud con sus vicios

Aun así, cada frase encerraba la magia de la oscuridad y la incomprensión, era un inconformismo lacerante. Antes de que las cosas empeoraran procuraba guardar en el sombrero las criaturas monstruosas que se apuraban por salir.

Ni ingenuos dioses cabalgando en sus cruces. La silla eléctrica de sus tiempos. Del amor al sexo, del sexo al amor, pero nunca amor nueve meses y después autoflagelación.

Se hallaba en ese laberinto/ encrucijada para el valor: Darwin, el diablo y Dios. Alguno será mito, y otros, superstición. Como este tiempo va pasando, las arrugas se aferran al cristal reflector a pesar de su longevidad. La naturaleza es insegura, al igual que sus omnipotentes dioses, no puede haber otra explicación.

Todas nuestras virtudes y defectos, con ronquidos y mal olor, respiran bajo un alma divina, por la matemática de nuestra pasión.

Por fin, descubrió de qué iba todo. Cronos se mostró desnudo, dejando ver horas, minutos, segundos, milésimas; ahí lo comprendió. Buscaba su verdadero talento ¿Cuál era su don en este mundo?

Recapituló en todos sus años y ahí vio la luz, la conclusión: siempre había sido Ilusionista.

Era ilusionista: al principio creaba la ilusión de ser un individuo agudo, astuto, noble, inteligente, amable, sensual, trabajador y talentoso. Posteriormente la gente se daba cuenta que todo era ficticio, un truco. Nada era real.

 FIN

 

© Edwing Salas

01/05/14

Lu…

Lu...

Y entonces salieron a la calle derramándose con su hambrienta locura. Eran llamaradas de antojo las que consumían avenidas enteras, dejando a su paso ceniza y escombros. Lamentos de hombría, feminidad y resistencia.

Todos, como almas en pena, esperaban con ansias el momento justo para volver a nacer de ese dolor intenso de los meses pasados.

Transformarse en nuevo símbolo de adaptabilidad, valor y perdón.

Cada noche en un cajón azul, pero nunca volverse sobre los pasos agónicos. Tarde o temprano un extremo los batiría contra el otro.

Terminando así sus esperas y sometiéndolos a lugares de más brillo y, ya mucho menos, a territorios en los albores de la miseria.

     FIN

© Edwing Salas

Primer transcrito del manuscrito original: 10/08/02

Transcripción digital y edición 16/04/14

Despiertos

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Nunca se sabe cómo se sale del trance de un sueño profundo,  simplemente despertamos. El día entra primero por los oídos, luego se empieza a sentir el cuerpo y todo su peso, más tarde, experimentamos la sensación del aparato respiratorio laborando ininterrumpidamente y, por último, se levantan las persianas de piel de los párpados para que la luz nos de conciencia. Hemos regresado.

La mente empieza a arrojar la información pendiente: recuerdos, retazos de sueños, la agenda de propósitos. Ya estamos de nuevo en el plano real, ese que nos muestra o intenta convencernos de que estamos con vida, tenemos una, mientras, las ausencias se acumulan con el peso del vacío. De un giro, esa certeza de saberse un ser viviente, se convierte en banalidad.

Somos errores y a eso vinimos, a errar, por eso, quizás, nuestra verdadera obra sea un mural de imperfecciones éticas, físicas, psicológicas, perceptivas y egocéntricas, en mayor o menor medida, de acuerdo a la valentía o cobardía de nuestras configuraciones genéticas.

La naturaleza es precisa, pragmática, hermosa y sobre todo, cruel, entonces, existen dos clases de suicidas: los que toman el “indigno” atajo y los que siguen la senda llamada vida, la cual, lleva al mismo destino. Avanzas, autodestruyéndote a cuenta gotas, no de un solo golpe, cómo los primeros.

Tocas el piso helado con pies desnudos. La jornada está a punto de comenzar. Afuera todos pretenden felicidad, un estado que puede ilustrarse con una bengala u estrella fugaz. Sin duda existe, los consumidores de crack la conocen y saben lo efímera que es.

Ciertamente, los que deben considerarse afortunados son quienes han experimentado el “aquí y ahora”. Han penetrado por las diminutas e indetectables puertas de ese estado temporal, cuyas vastas salidas someten al pasado y al futuro a rangos de menor jerarquía, cuyas existencias son de dudosa fidelidad.

La culpa, el arrepentimiento, la añoranza, son costras sangrantes que arden al sol. La ausencia es una enfermedad carnes adentro que consume como ácido clorhídrico. Agua oxigenada, agua bendita o agua de pupilas dan lo mismo. Corren como río desbordado toda la mañana al percatarse del silencio aturdidor. No hay pabilo, hojas de plátano, ni las entrañas de alcaparra, pulpa de cerdo y aceitunas.

Limpias, haces que el reproductor de audio realice un tributo musical. La escoba es protagonista mientras baila con el polvo. Luego el coleto entra en acción para secar ese torrente de agua salada que en algún momento se desbordó esa misma mañana.

Hay polvo y cenizas, pero quizás, seamos partículas más diminutas. El problema no es la ortografía, sino la sintaxis de nuestras presencias en este plano. Se ha perdido el sentido, o quizás nunca lo hubo. Después de escuchar esas piezas musicales e iniciar el drenaje, solo podemos concluir que los fantasmas somos y hemos sido nosotros.

FIN

© Edwing Salas

25/12/13

Botellas de whisky

cantimplora Jhonny Walker

No sé si era por ver tantas series, películas y dibujos animados donde los chicos buenos siempre ganaban usando la fuerza bélica y la violencia injustificada; lo cierto es que yo estaba dispuesto a ser uno de ellos y la mejor manera de demostrarlo era inscribiéndome en el liceo militar Rafael Urdaneta, puerta de entrada para una carrera militar exitosa según mis ambiciosos planes de púber.

La fiebre por querer ser militar – a parte del bombardeo ideológico de los medios que transmitían programación acorde con otras realidades geográficas- se desató cuando me enteré que uno de mis primos, dos años mayor que yo, acudiría a una secundaria militarizada.

Tras nueve meses sin verle, una vez iniciadas sus clases en el liceo militar, me sorprendió encontrarlo flaco, alto, con el cabello rapado y comportándose como un caballero con licencia para hacer travesuras y esconder la mano, porque nunca los más grandes culparían al joven prospecto . Siempre terminaban regañando a su hermano menor y a mí, ambos teníamos la misma edad y obedecíamos las ideas de nuestro líder, el cadete.

En esa época el nivel de cercanía con esos primos me hizo pensar que tanto el hermano menor como yo podríamos entrar juntos al año siguiente en el liceo militar.

Comencé a estudiar más que nunca, empecé a hacer ejercicios, porque si entraba con mi sobrepeso infantil sabía que me sacarían la mierda de lo bello, así que decidí adelantarme e ir preparándome tal como veía en películas como Rocky, Top Gun, Karate Kid, Rambo y Reto al destino.

Mi familia empezaba a sentir la presión. Si bien es cierto que estaban de acuerdo con la idea, no poseían la madurez financiera del núcleo familiar de mis otros primos, así que con gran sacrificio mi madre y mi padre empezaron a llevarme a las preinscripciones.

Exámenes médicos:

Encontraron con que tenía una pequeña desviación en la columna. Además, yo usaba zapatos ortopédicos desde hacía año y medio, por no tener adherido totalmente el talón derecho al resto del pie. Además, era miope. Bueno, lo sigo siendo.

En el liceo militar nos desnudaron y una doctora nos palpaba la ingle para ver si no teníamos hernia. Yo pensaba que tanta humillación solo significaba el triunfo al final.

Prueba Psicológica:

Es imposible que joven de 12 años no sienta nada ante una sicóloga de 23 años, recién graduada y muy parecída a Mena Suvari en American Beauty. Ahí ya estaba clara mi tendencia a sentirme hipnotizado por mujeres mayores, inteligentes y bien conservadas.

Me preguntó si sabía cuántas naciones había liberado Bolívar. Nervioso respondí: “Cinco” y ella con voz seductora “Podrías nombrarlas, por favor” y yo sacando el pecho y metiendo la barriga: “Perú, Venezuela, Chile, Bolivia y Ecuador.

Prueba de Habilidades Psicomotoras:

No recuerdo nada, solo sé que las contesté todas.

Prueba Física:

Hice todo bien, rápido y con fuerza como Rambo.

A la salida de las pruebas vi a mis primos; el gordito presento las pruebas conmigo ese día. Por lo que pude ver no salió tan bien la prueba física, de hecho, se portó altanero y se salió del grupo de ejercicios. Tampoco era conocido en su familia como buen estudiante y a diferencia de este servidor, su familia lo quería dentro del liceo militar a ver se disciplinaba.

Mis padres estaban interesados en que el papá de mis primos les hiciera un lobby con los comandantes y profesores de la institución, para que me recomendase. Él estaba con ellos en ese momento y los conocía muy bien, no se los presentó de inmediato, sino que les dijo “Tráiganles unas botellas de whisky y se los presento” “Yo les traje unas hoy pa’ que me ayudaran al catire”       ( el primo gordo y contemporáneo conmigo).

Mis padres declinaron de la idea por no contar con el cash para comprar por lo menos 2 botellas de 18 años, así que decidieron confiar en mi talento y mis ganas de trabajar.

Tres meses después sale el listado de admitidos en la prensa local. Mi primo el gordo  estaba “In” y yo, bueno, a partir de ese día decido que estudiar en el Liceo Udón Pérez no estaba tan mal.

Como mis dos primos ya estaban dentro de la carrera militar, casi no los veía y poco a poco empecé a tomar otro rumbo donde se incrementó mi adicción por la TV, el cine y la lectura, a la vez que encontraba nuevos vicios como la música y la escritura.

Pasó un año cuando me enteré que mi primo, el gordo rubio, fue expulsado por vago y mala conducta. El mayor si continuó y pasó directo a la academia militar, donde aprobó con honores, hizo cursos y hoy día es piloto de helicópteros, los helicópteros de Chávez.

Hace tiempo me crucé con él, en el funeral de su abuelo, un tío a quien queremos mucho. Me miró y se limitó a apartarme de su camino con el hombro. Estaba gordito y chiquito, pero estaba acompañado por una mujer estilo modelo de playboy, además, había llegado en una de esas 4×4 negras que salían en las películas de los hermanos Scott (Ridley and Tonny). Mas tarde me enteré que la chica a su lado era la amante. Su esposa no había podido venir.

Con el tiempo me adapté a no pertenecer a ningún gremio en especial.

Hoy siguen los ascensos, aumentos y celebraciones militares. De seguro, se abrirán siempre muchas botellas de whisky. En la televisión nacional se sigue bombardeando a los niños con ideologías, ya no pro norteamericanas, sino pro Cubanas, pro China, pro Rusia, pro Iraní, pro Corea del Norte.

© Edwing Salas

Publicado el 27/11/10

El mandado de Richard Vladimir

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Richard Vladimir nació en el año 86 del pasado siglo XX. Su padre, un joven precoz y existencialista le puso Richard (como el presidente Nixon) Vladimir (como Lenin) para que fuera una persona justa y equilibrada.

A sus 24 años trata de ganarse la vida como escritor, es decir, está en la quiebra total. Aun así le cayó del cielo el dinero que una gran amiga le debía por haberle escrito unos guiones. De inmediato le preguntó a su mamá qué quería para almorzar y ella le dió sus indicaciones. Richard se dirigió al supermercado para comprar el almuerzo de su familia. Era uno de esos hipermercados expropiados por el gobierno para salvar la economía del pueblo.

Dos kilos de arroz, pan, dos zanahorias y carne. Obtuvo lo que le mandaron a comprar. Se dispuso a tomar su lugar en la gran cola que se formaba para pagar. Richard ve la gente que le rodea; tantos rostros, madres, padres, hijos, todos hacen sus compras y tratan de seguir adelante.

En el aparador de las revistas vio algo que le sorprendió debido al perfil ideológico del comercio donde se encontraba. Se trataba de una publicación económica de ideología capitalista llamada «Dinero”.

Inmediatamente Richard miró a los lados y tomó el ejemplar. Su portada era un cartel de propiedad privada en un terreno desértico y erosionado. Sus ojos devoraron los informes y reportajes que describían la terrible situación económica que sufría el país a causa del sistema que el presidente está implantando y cuyo triunfo significaría el monopolio estatal sobre todo los rubros de nuestra economía y sociedad.

Muchos pensamientos pasaron por su mente. ¿Si se roba la revista, alguien lo notaría?. ¿Por qué un mercado estatal deja que en sus estantes se distribuyan esas publicaciones anti socialistas?

Richard Vladimir solo hacía un mandado, se encontró con una gran paradoja de vida y al mismo tiempo descubrió la gran metáfora de su conciencia y la de millones de ciudadanos.

(c) Edwing Salas 27/08/10

La escoba

Escoba2019La puta escoba, ese primitivo instrumento que va de aquí para allá, tras un polvo que se esparce día a día por todos lados, como la mala situación del planeta. Está en cada rincón, cada pasillo, cada habitación. Impide cada intento de superación.

La pobreza; es arrecho sacarla, como el polvo de la casa. Luís envejece como las paredes de la vieja vivienda. Tiene años tratando de salir de esa maldita e injusta condición, es una de las pocas mayorías a la que pertenece, el 87% de habitantes del país es de limitados recursos. Qué coño importa que la casa deba barrerse a diario.

Esa dañina obsesión es de Marinéz. Así como el coleto, la cocina, el repetitivo arroz y las letanías de pasta con plátanos, el puerco, la cerveza, el cigarro y el café. Ella es feliz limpiando todos los días, es lo más fácil.

Las urbanizaciones, edificios y cosas sofisticadas no son para ella, nunca podrá pagarlas. Nunca ha pedido demasiado, solo cerveza, cigarro, café, puerco, arroz, pasta y su negro Agustín, quien, por cierto, está en el monte y llega el fin de semana.

Ante las paginas desplegadas de La Guerra de los Mundos, de H.G. Wells, Luís sufre la invasión de su espacio al sentir el arrastre de la escoba bajo sus pies. Marinéz, ejecuta su rutina de limpieza con agresividad. Está segura que su hijo tiene algo malo: después de ir a la universidad sigue pelando bolas, mucho más que ellos, que nunca estudiaron.

Luís no deja de pensar en H.G. Wells, quien siendo hijo de una humilde criada, le ruega encarecidamente a su mamá que lo lleve a la ciudad de Londres para estudiar, de lo contrario,  se vería obligado a cometer suicidio, porque esa vida de pobreza y falta de superación no eran para él.

¿Que habría pensado Marinéz si su hijo le pidiese dinero para irse a Londres? Eso no sería una situación de ciencia ficción. Sería, más bien, “Social Ficción”.

El polvo se aloja en la nariz de Luís, le provoca tos y estornudos. Su mamá arrecia la operación de barrido transmitiendo un mensaje claro, sin emitir palabra alguna: “desaparece y déjame limpiar”. El lector, culpable y derrotado, se retira, buscando las sombras de las matas del patio para continuar su escape de la realidad.

Cada cabeza es un mundo, por eso, diariamente hay dominación, segregación, genocidio, homicidio, fratricidio, suicidio y éxodo.

Cada segundo es una guerra entre dos, tres, cuatro y miles de mundos. Lo que estorba o no se entiende merece ser destruido.

(c) Edwing Salas

Celeste

Maverick 1Una escandalosa carcajada, cornetazos, humo negro saliendo del escape.

– Ese Rafa si es güevón, vos creéis que yo me voy a matar
Porque la mujer mía me deje, no joda.

Un carro frena chirriando en el asfalto y su conductor grita:

– ¡Respete el pare!

José responde con un grito de filosofía nihilista

– ¡No hombre guevón, andá a mamar!

Continua su dialogo y especie de declaración interna de principios con un compañero de la línea que iba a buscar un repuesto para su Dodge Dart. 

El Maverick por puesto de la ruta 18 de Octubre-Centro también era ocupado por una señora bien gorda y despeinada, una madre soltera con sus dos hijos pequeños, que destruyen la paciencia y un joven Office boy, nervioso por ser este su primer día de trabajo.

– Ah, bueno como te iba diciendo, tantas mujeres que hay porai y se va a envenenar porque la otra lo dejó.

– Y que se tomó una vaina de esa pa’ matar hormigas, pero
Ya y que se está recuperando oíste. Le lograron sacar
La molleja esa a tiempo.

– ¿Así es la verga? ‘ta bien, bueno se salvó de esta,
Ahí tiene otro chance a ver si lo va a desperdiciar.

– En la esquina señor.

El tímido Office Boy llega a su destino y trata de bajarse entre los gritos y empujones de los niños y su madre. 

Una vez que el pasajero está afuera, el chofer reanuda su ruidosa marcha dejando atrás la estela de humo negro, frenazos, cornetas e insultos bien corrosivos.

La ruta hasta el centro y viceversa fue recorrida exitosamente por José y su oxidado Maverick 76 “celeste desgastado”. Como era de esperarse, fue un día tranquilo y sin novedad: colas, gritos, abusos de carretera y pasajeros variopintos; universos de a pie que se debaten entre la ruina y la gloria.

A las siete y media José llega a su casa, mete su carrito en el garaje.

 En la cocina le echa la bendición a Cristofer y Magda, saluda a María con un beso en la mejilla; ella toma el dinero de la jornada de trabajo. Minutos después todos están en la mesa. Al terminar la cena, un poco de televisión: la novela de las nueve, que el hombre del volante no termina de ver debido al cansancio.

– ¡Kikirikiiiiiiiiiiii !!!!

El trabajo de los gallos irrumpe por la ventana acompañado por el rugir de un motor diesel, seguidamente hay un coro de pipotes rebotando en el piso. El ronquido de José es otro sonido mañanero que no se inmuta.

Ya aclara, el ronquido se apaga. José despierta, se le ha hecho un poco tarde. La respectiva sentada en el water clock, el bañito, la cepillada.

Vestido y fresco va a la cocina por su acostumbrado café para comenzar el día. No hay.

– Verga

José sale al garaje, se embarca en el “por puesto”. El carro no prende. Se baja enfadado.

– ¡Primero el café, ahora la verga esta! ¡Amanecí bonito pues!

Abre la capota. Se queda mirando el motor; ajusta los cables de la batería y se monta de nuevo, pasa switch y afortunadamente el motor responde.

– Verga menos mal

El conductor sale a buscar a dios con su humeante vehiculo en medio del picante sol, que ya es tema del día, e irá arreciando a medida que transcurren las horas, y con ellas, los embotellamientos, los gritos, las cornetas, los frenazos y el transporte de pasajeros que andan en lo mismo que el conductor: yendo y viniendo por la vida, buscando el camino más corto.

Es un anochecer lleno de naranja y gris. Por un lado, el sol en su ocaso se niega a morir. Desde el este, las nubes arropan todo a su paso, llenas de aguas tormentosas. El Maverick llega con el motor ronco. Su conductor llega con ganas de mear.

– Mari ya llegué.

Hay silencio y luces apagadas.

– ¿Mari…?

Magda sale de su cuarto sin decir una palabra.

– Verga, prendan la luz aunque sea.

Seguidamente José va a cada rincón donde hay un interruptor para iluminar la casa.

– ¿Y tu madre?

– Se fue

El rostro de la niña es confuso. Cristofer aparece sudado y con su balón en la mano. José no comprende.

– ¡¿Cómo que se fue?! ¡¿Pa´donde?!

Magda respondió con profundo deseo de saber lo mismo

– No sé

Cristofer fue más abundante en respuestas

– Nos llevó esta mañana a la escuela con el señor del aseo
Y allá nos abrazó y nos dijo que no podía inos a buscar.
Nos mandó a portános bien y nos mando a decite
que te quiere mucho y que no tenéis culpa de nada

– Y que por favor, la perdonéis.

Completó Magda.

Un flash los encandila y un pummmm les deja sordos. Oscuridad total. De pronto otro relámpago ilumina por unos instantes sus rostros perdidos. El techo de zinc comienza a recibir la tormenta.

Nadie pudo dormir hasta bien entrada la madrugada por la borrasca de sentimientos y pensamientos oscuros. La lluvia dejó de caer a eso de las cinco de la mañana.

Después de un corto dormitar, José abre los ojos y extiende la mano buscando el cuerpo ausente de María. Se sienta y no deja de mirar el piso. Tose, tose, tose.

Los sonidos del exterior entran por la ventana como cada mañana. El pasar de los carros sobre el asfalto mojado y una tremenda claridad de sol tomando venganza, recuerdan que hay trabajo por hacer.

La cafetera está vacía otra vez. El Maverick está frente a la casa. Se le olvidó guardarlo. José se introduce y un fuerte olor a moho golpea su olfato. Primero escampa afuera. Pasa switch, switch, switch, switch. Nada.

José repite la letanía de bajarse y revisar el motor. Ajusta los cables de la batería, pasa switch, nada. Carburador, nada. Arranque, nada. Motor ahogado. El chofer mira su casa desierta por un rato buscando su imagen y la de su familia.

Un claxon saca a José de su desesperada ilusión.

– ¿Qué fue mijo? ¿Tay quedao?

José niega en silencio.

– Viste que el mío quedó como una verga.

Le comenta en voz alta el hombre a bordo del Dodge Dart con identificación de porpuesto.

– ¿Te ayudo o qué?

– No, dale nos vemos ahorita en la parada.

Contesta José en una convincente actuación de que todo está bien.

– Okey, nos vemos

El Dodge arranca dejando una estela de humo, mientras José se queda parado frente a su carro. Tose, tose, tose.

La casa silenciosa y sombría recibe inmediatamente la presencia de José, que ha entrado a buscar algo con que arreglar la falla de su vehiculo.

Una caja de madera que contiene varias herramientas y productos para carros es el objetivo de su búsqueda. La encuentra y empieza a hurgar en ella. Consigue la botella de “Relámpago”: “El limpia motor que pone a rugir su automóvil”.

Tres días han pasado y el Maverick celeste permanece inmóvil frente a la casa oscura y solitaria. En el Hospital Universitario el cuerpo de papel al que quedó reducido José, pierde la batalla contra el envenenamiento, complicado con un cuadro de neumonía. Los médicos lucharon hasta el final para detener su partida.

En la misma unidad de cuidados intensivos una familia está feliz por la mejoría de su hijo menor, aunque eso haya costado la hipoteca de la casa en medicinas y aparatos.

La mañana siguiente, un Dodge Dart recoge pasajeros en su acostumbrada ruta. Ya lleva sus cinco puestos ocupados. 

La luz roja de un semáforo le hace detener. A su lado se para un compañero de la misma línea 18 de Octubre-Centro, tripulando un Fairlane 500.

El chofer del gigantesco auto llama la atención del conductor del Dodge:

– ¡Hey! ¿Supiste? José ya peló bolas

– Más bien aguantó mucho ¿Vos sabéis qué es tomar limpia
Motor? ¿Y de paso, complicao con neumonía?

– Ese José si es güevón, creía que se iba a salvar como Rafa.

– Bueno, que dios lo tenga en la gloria y lo perdone. Bien güevón que resultó ser. ¿Vos creéis que yo me voy a matar porque la mujer mía me deje? ¡No joda!

El semáforo cambia a verde y ambos carros arrancan como si se tratara de un rally, irrespetando el transito, haciendo estallar los gritos, insultos, cornetas e incrementando el stress y el calor en una ciudad donde todos juran ir por una ruta segura.

© Edwing Salas.

Foto: http://www.maverickcometclub.org