Botellas de whisky

cantimplora Jhonny Walker

No sé si era por ver tantas series, películas y dibujos animados donde los chicos buenos siempre ganaban usando la fuerza bélica y la violencia injustificada; lo cierto es que yo estaba dispuesto a ser uno de ellos y la mejor manera de demostrarlo era inscribiéndome en el liceo militar Rafael Urdaneta, puerta de entrada para una carrera militar exitosa según mis ambiciosos planes de púber.

La fiebre por querer ser militar – a parte del bombardeo ideológico de los medios que transmitían programación acorde con otras realidades geográficas- se desató cuando me enteré que uno de mis primos, dos años mayor que yo, acudiría a una secundaria militarizada.

Tras nueve meses sin verle, una vez iniciadas sus clases en el liceo militar, me sorprendió encontrarlo flaco, alto, con el cabello rapado y comportándose como un caballero con licencia para hacer travesuras y esconder la mano, porque nunca los más grandes culparían al joven prospecto . Siempre terminaban regañando a su hermano menor y a mí, ambos teníamos la misma edad y obedecíamos las ideas de nuestro líder, el cadete.

En esa época el nivel de cercanía con esos primos me hizo pensar que tanto el hermano menor como yo podríamos entrar juntos al año siguiente en el liceo militar.

Comencé a estudiar más que nunca, empecé a hacer ejercicios, porque si entraba con mi sobrepeso infantil sabía que me sacarían la mierda de lo bello, así que decidí adelantarme e ir preparándome tal como veía en películas como Rocky, Top Gun, Karate Kid, Rambo y Reto al destino.

Mi familia empezaba a sentir la presión. Si bien es cierto que estaban de acuerdo con la idea, no poseían la madurez financiera del núcleo familiar de mis otros primos, así que con gran sacrificio mi madre y mi padre empezaron a llevarme a las preinscripciones.

Exámenes médicos:

Encontraron con que tenía una pequeña desviación en la columna. Además, yo usaba zapatos ortopédicos desde hacía año y medio, por no tener adherido totalmente el talón derecho al resto del pie. Además, era miope. Bueno, lo sigo siendo.

En el liceo militar nos desnudaron y una doctora nos palpaba la ingle para ver si no teníamos hernia. Yo pensaba que tanta humillación solo significaba el triunfo al final.

Prueba Psicológica:

Es imposible que joven de 12 años no sienta nada ante una sicóloga de 23 años, recién graduada y muy parecída a Mena Suvari en American Beauty. Ahí ya estaba clara mi tendencia a sentirme hipnotizado por mujeres mayores, inteligentes y bien conservadas.

Me preguntó si sabía cuántas naciones había liberado Bolívar. Nervioso respondí: “Cinco” y ella con voz seductora “Podrías nombrarlas, por favor” y yo sacando el pecho y metiendo la barriga: “Perú, Venezuela, Chile, Bolivia y Ecuador.

Prueba de Habilidades Psicomotoras:

No recuerdo nada, solo sé que las contesté todas.

Prueba Física:

Hice todo bien, rápido y con fuerza como Rambo.

A la salida de las pruebas vi a mis primos; el gordito presento las pruebas conmigo ese día. Por lo que pude ver no salió tan bien la prueba física, de hecho, se portó altanero y se salió del grupo de ejercicios. Tampoco era conocido en su familia como buen estudiante y a diferencia de este servidor, su familia lo quería dentro del liceo militar a ver se disciplinaba.

Mis padres estaban interesados en que el papá de mis primos les hiciera un lobby con los comandantes y profesores de la institución, para que me recomendase. Él estaba con ellos en ese momento y los conocía muy bien, no se los presentó de inmediato, sino que les dijo “Tráiganles unas botellas de whisky y se los presento” “Yo les traje unas hoy pa’ que me ayudaran al catire”       ( el primo gordo y contemporáneo conmigo).

Mis padres declinaron de la idea por no contar con el cash para comprar por lo menos 2 botellas de 18 años, así que decidieron confiar en mi talento y mis ganas de trabajar.

Tres meses después sale el listado de admitidos en la prensa local. Mi primo el gordo  estaba “In” y yo, bueno, a partir de ese día decido que estudiar en el Liceo Udón Pérez no estaba tan mal.

Como mis dos primos ya estaban dentro de la carrera militar, casi no los veía y poco a poco empecé a tomar otro rumbo donde se incrementó mi adicción por la TV, el cine y la lectura, a la vez que encontraba nuevos vicios como la música y la escritura.

Pasó un año cuando me enteré que mi primo, el gordo rubio, fue expulsado por vago y mala conducta. El mayor si continuó y pasó directo a la academia militar, donde aprobó con honores, hizo cursos y hoy día es piloto de helicópteros, los helicópteros de Chávez.

Hace tiempo me crucé con él, en el funeral de su abuelo, un tío a quien queremos mucho. Me miró y se limitó a apartarme de su camino con el hombro. Estaba gordito y chiquito, pero estaba acompañado por una mujer estilo modelo de playboy, además, había llegado en una de esas 4×4 negras que salían en las películas de los hermanos Scott (Ridley and Tonny). Mas tarde me enteré que la chica a su lado era la amante. Su esposa no había podido venir.

Con el tiempo me adapté a no pertenecer a ningún gremio en especial.

Hoy siguen los ascensos, aumentos y celebraciones militares. De seguro, se abrirán siempre muchas botellas de whisky. En la televisión nacional se sigue bombardeando a los niños con ideologías, ya no pro norteamericanas, sino pro Cubanas, pro China, pro Rusia, pro Iraní, pro Corea del Norte.

© Edwing Salas

Publicado el 27/11/10

El mandado de Richard Vladimir

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Richard Vladimir nació en el año 86 del pasado siglo XX. Su padre, un joven precoz y existencialista le puso Richard (como el presidente Nixon) Vladimir (como Lenin) para que fuera una persona justa y equilibrada.

A sus 24 años trata de ganarse la vida como escritor, es decir, está en la quiebra total. Aun así le cayó del cielo el dinero que una gran amiga le debía por haberle escrito unos guiones. De inmediato le preguntó a su mamá qué quería para almorzar y ella le dió sus indicaciones. Richard se dirigió al supermercado para comprar el almuerzo de su familia. Era uno de esos hipermercados expropiados por el gobierno para salvar la economía del pueblo.

Dos kilos de arroz, pan, dos zanahorias y carne. Obtuvo lo que le mandaron a comprar. Se dispuso a tomar su lugar en la gran cola que se formaba para pagar. Richard ve la gente que le rodea; tantos rostros, madres, padres, hijos, todos hacen sus compras y tratan de seguir adelante.

En el aparador de las revistas vio algo que le sorprendió debido al perfil ideológico del comercio donde se encontraba. Se trataba de una publicación económica de ideología capitalista llamada «Dinero”.

Inmediatamente Richard miró a los lados y tomó el ejemplar. Su portada era un cartel de propiedad privada en un terreno desértico y erosionado. Sus ojos devoraron los informes y reportajes que describían la terrible situación económica que sufría el país a causa del sistema que el presidente está implantando y cuyo triunfo significaría el monopolio estatal sobre todo los rubros de nuestra economía y sociedad.

Muchos pensamientos pasaron por su mente. ¿Si se roba la revista, alguien lo notaría?. ¿Por qué un mercado estatal deja que en sus estantes se distribuyan esas publicaciones anti socialistas?

Richard Vladimir solo hacía un mandado, se encontró con una gran paradoja de vida y al mismo tiempo descubrió la gran metáfora de su conciencia y la de millones de ciudadanos.

(c) Edwing Salas 27/08/10