El santo

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Jean Jacques cuenta su escalón número 4.300. La desgastada camisa celeste se adhiere a su cuerpo ante tal cantidad de sudor expulsado. Vuelve a tomar agua. Bernard y Colette están en las mismas condiciones. Su asustado traductor, José, también está molido, pero sabe que eso no será nada si logran salir vivos de ahí.

Sus escoltas los escrutan y aún no saben si «pegarlos» para quitarles sus equipos de televisión o quedarse sanos y protegerlos, aunque sus humores hieran sus polveados adenoides.

Los documentalistas se ayudan en el trayecto ascendente con el mural que está a su izquierda, el mismo, tiene una imagen de Jesucristo en segundo plano, como guardando la retaguardia de su mensajero, el salvador de los pobres, el férreo personaje que ahora todos veneran.

El equipo llega a casa de Doña Aurelia, una mujer sumamente agradecida con quien hasta hace un par de meses fuera su presidente comandante. Ellos están ahí para documentar y transmitir a Europa y el mundo por qué los pobres quieren tanto al recién fenecido.

“Esta cocina me la dio él, así como la lavadora y el televisor que está allá”, dice la entrevistada mientras es captada por la cámara. Los franceses con sus propios ojos constatan que se trata de productos nuevos, de la gama de electrodomésticos producidos en china, para gente del cantón o que habita en los atestados edificios de producción social.

“Desde que él apareció, nos enseñó que no nos avergonzáramos de ser pobres”, declara con orgullo quien dice haber sido muda e invisible, ante la indiferencia de los antiguos gobiernos, conducidos por una clase rica, egoísta e indolente, “por eso ¡No volverán!”, remata con ímpetu.

En ese punto, los realizadores se muestran conmovidos ante la labor emancipadora de ese personaje que ya había pasado a la historia por desafiar a las potencias más ricas del mundo, incluyendo a su Francia natal, para llevar la justicia los más desvalidos del planeta.

“Muy pronto me van a dar una casita y voy a poder salir de aquí después de tanto tiempo, por eso, mi voto es para el sucesor, porque si pierde, nos quitarán todo lo que hemos logrado en estos 14 años”. Así lo reveló la humilde señora.

Jean Jacques le hizo saber a Aurelia a través de su intérprete que no perderá, porque toda Latinoamérica y el mundo les apoyan, “el proceso es indetenible”. Tradujo José, tal y como le habían hecho saber.

Colette fijó su atención en un altar con una foto del nuevo santo rodeado de velas, un rosario rojo y detrás, como una corte, la foto de tres jóvenes en diferentes facetas y momentos.

Le pregunta a su entrevistada por los jóvenes tras la foto del difunto. El semblante de la señora cambia por un momento, pasando de extrovertida y conversadora a pensativa y taciturna. José también hace silencio, él imagina la respuesta que viene.

“El último, el menor que me quedaba, lo mataron en diciembre”. “Estos dos de aquí, uno lo mató un PTJ y este, el mayor, no se dejó robar allá abajo y les dio una paliza a los atracadores, esa misma noche, lo vinieron a buscar y lo tirotearon ahí en el frente”.

“Aquí hay mucha gente mala, no sé porque nos vivimos matando, aquí hay justicia solamente para los ricos y oligarcas de mierda”.

Jean Jacques, visiblemente impresionado, le pregunta por la chica que se observa en otras fotos alrededor de la casa: “¿También es su hija?”

“Ah, esa es la única que me queda, está bien, ella trabaja allá abajo alquilando teléfonos. También la ayudó mi comandante, ella cobra por la misión Madres de la Patria”. Recupera su orgullo de hace un momento.

Luego de recopilar el último testimonio para su documental televisivo, los franceses emprenden su camino de retorno escaleras abajo, con el orgullo de haber retratado fielmente la historia de un país que despertó a la libertad, tras haber elegido su propio destino. El material grabado era oro.

La banda que rivalizaba la zona con quienes hacían de escoltas de los productores franceses, también vieron oro en sus enemigos tan relajados y a un puñado de “catires burgueses” con plata y equipos para vender.

No lo pensaron dos veces para emboscar al grupo en una esquina y llenarlos de plomo sin mediar palabras. Se llevaron armas, dinero y aparatos.

La desgastada camisa celeste de Jean Jacques ahora estaba empapada de sangre y sudor. Levantó su mirada para contemplar el mural que tenía a un costado, con la mirada de Jesucristo al fondo y la de su ungido, aún más cerca y frontal.

Esa imagen lo estaba mirando y él, con su último aliento, le pidió al nuevo santo que lo salvara. Si lo hacía empezaría a creer en divinidades, y más aún, en la del “Comandante Supremo”, que sabía que era capaz de todo, incluso de superar al Jesús que cuidaba su retaguardia.

                                                                FIN

© Edwing Salas

01/04/13

 

 

Memoria llena

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Es un vestido rugoso

azul marino

El mar sobre tu piel

canto silencioso

Sirena que no pretende hechizar

cangrejo que lleva encima

la vastedad desoladora

La mirada perdida en el horizonte

la mala mano en esta partida

Ases por tréboles

comodín de la despedida

encuentro innecesario

olas quebradas sobre el mecanismo del reloj

Vacío que inunda cada compartimiento

la duda en la respiración

las porosidades blancas

las complexiones delgadas

las edades doradas

los sueños en ebullición

Ese vestido que llevas

son los paisajes donde deseas perderte

esos lugares donde llueve sombra

donde te diriges en cada descuido

donde te cobijas con tu espíritu libre

Es la certeza lo que rompe huesos

lo que establece la acertada distancia

lo que impide surfear en esas olas y arrancarlas

Para sumergirme en la profundidad de tu anhelada

y morbosa libertad

la corriente arrastra hacia la resaca,

la resaca asfixiante de preguntas

El arrecife que rasgará más que una piel,

una piel de esclavo.

Carne viva sin pequeña muerte

se pudre de inanición

como planes fijados con tachuelas

en una cartelera de trabajos destacados

en un cuadro de honor desahuciado.

 

 © Edwing Salas 01/04/12

Publicado 1ero de mayo de 2012

A flote

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En ese punto de su vida, Edmundo comenzaba de nuevo. Cuarenta años ¡Por dios! Eso no es nada, que maravilloso futuro. Aún se puede empezar de cero en otro lugar. Mar, naturaleza y gente que no te juzga por lo que tienes sino por lo que eres.

Arián es el pueblito costero de apenas cincuenta casas que Edmundo escogió para vivir el resto de su vida. Alejado del lenguaje binario que tanto había amado, por el cual, dio sus mejores años, con la esperanza de convertirse en el Steve Jobs venezolano.

El chamuscado zinc del techo tenía dos troneras. Las paredes eran verde agua, casualmente desconchadas por el salitre que deja rastros amarillentos sobre espacios blancos, donde las hormigas cangrejo tienen su conjunto residencial.

El sanitario también es amarillento y sin tapas, eso no le gustó. Mucho menos que el baño no tuviera puerta, sino una cortina de tela con unas sonrientes hawaianas que bailan con un volcán de fondo en pleno ocaso.

No era la casa en la playa que se imaginaba, pero por lo menos hay un techo roto bajo el cual caerse muerto.

Lo que le había quedado del arreglo amistoso por ceder los derechos del software «Sweet» le serviría para pagar los primeros seis meses. Esa fue su última batalla perdida en la guerra de la creación tecnológica. De ahora en adelante, estaba seguro de que se mantendría con la pesca ¿Qué tan difícil podría ser?

No pudo escapar de sus libros; Programación, HTML, Visual Basic y la colección completa Armand Sautreaun, «Claves del Misterio», el best seller mundial que también tuvo tres secuelas fílmicas.

Los llevaba consigo, como el Miranda de la película. Esa última escena, donde el héroe flotaba en el mar con todos sus libros, la tenía tatuada en su memoria, así se sentía. Los estudios no te llevan a ninguna parte, no cuando vienes de donde vienes, no con ese árbol genealógico tan marchito.

A través de la ventana podía ver el azul sobre azul. Intentaría escribir algo. Por primera vez quería escribir literatura: poesía, cuentos, historias. Los algoritmos y matemáticas lo habían decepcionado. Le decían que su carrera era infaliblemente lucrativa. No si estás donde estas.

Le queda su laptop con 23 gigas de música. No televisión, no Ipad, nada de celular, eso es todo, no se necesita tanto. Un chinchorro y una sola maleta con ropa, es más que suficiente.

El sol naciente expande su anaranjado brillante sobre las olas. El agua fría en su piel le infunde energía y vitalidad. Agarra aire en sus pulmones, se queda quieto, pero se hunde. Por más que repite la operación cada día en la mañana, se va y toca fondo una y otra vez. Menos mal que siempre está cerca de la orilla. No sabe flotar.

Siempre había querido aprender a nadar, desde muy pequeño, pero le impusieron otros deberes, otras maneras de mantenerse a flote en la ciudad.

Desde su llegada, hace cinco días, las miradas de los lugareños le examinaban con curiosidad, Edmundo les sonreía con cariño mientras saludaba, algo que nunca había hecho con sus compañeros de oficina, con sus vecinos, ni siquiera en su casa.

El séptimo día pidió a unos pescadores que lo llevaran a ver como era su oficio, ellos aceptaron enseñarle con mucho gusto.

Las carcajadas al viento de los hombres de mar durante el viaje tenían el sonido de quien sabe que habrá diversión a costillas de un güevón recién llegado de la ciudad.

Mar adentro, con el viento moviendo su cara, se dio cuenta que estaba en plena crisis de los 40. Le había llegado como a los 32. Se reconoció como una persona muy precoz. No había Ferrari o Harley Davidson que comprar, ni una veinteañera que lo acompañara; era solo un viejo verde. No era de los “interesantes” adinerados.

Ahora todo es más rápido, la tecnología lo acelera todo. Miró a su alrededor y notó que los pescadores se habían callado, cada uno imbuido en sus celulares.

La lancha volaba, a veces en el aire, a veces entre las olas, y cuando caía, brincaba más alto entre las crestas espumosas que se hacían más salvajes a medida que surcaban el mar Caribe. Los pescadores seguían en silencio mandando textos.

La ola que los arrojó más alto venia larga y cargada, la vieron venir, pero era tarde para aminorar la velocidad. El peñero levantó proa dando un 360 en el aire que tiró los tripulantes al mar. El motor se salió de popa y le cayó en la cabeza a uno de ellos, la embarcación se encimó hacia el resto.

Edmundo sintió el tirón en su estómago al saltar y luego vio el cielo dando vueltas mientras el agua lo cacheteaba y llenaba su cuerpo de humedad y frio. Ahí lo supo. La iluminación que precede al final.

El sol lo encandiló cuando saco su cabeza intentando flotar, no había fondo bajo sus pies, se hundió rápidamente – ahora si toqué fondo- pensó con ironía y hasta sonrió tragando la primera bocanada de agua salada que le haría toser y atragantarse. Nunca logró cruzar el charco, como se lo prometió de joven universitario, ahora el charco se lo estaba tragando a él.

Sus recuerdos estaban llenos de oportunidades, futuras y pasadas, las tomadas oportunamente y las inmensamente desechadas. Era la película de su vida la que pasaba por sus ojos, pero sin editar y con muchos errores, fuera de foco y con diálogos sin contexto. Era una pésima película.

Había llegado ahí porque quería ser otra persona, sin altas expectativas, sin estrés, quería adaptarse y vivir realmente solitario, para que la misma soledad tocara fondo y se convirtiera en acompañamiento y buenos momentos.

Sus bronquios empezaron a reventar como pequeños globos, la sangre bombeaba cuarteando el corazón, la garganta marinada de tanta sal y agua. Sus pies se acalambraron y dejaron de moverse, el peso de su cuerpo lo enviaba cada vez más abajo. La luz se hacía opaca y en los oídos el eco eterno de la corriente marina.

Edmundo se sintió como Francisco de Miranda flotando en sus libros sobre el mar, a la deriva y libre.

Se dejó llevar, por fin, había superado la maldita crisis de los cuarenta. Ya no sufriría por ella. De nada le sirvieron su internet, sus películas, sus comics y sus libros. No lo salvarían su título universitario de informática, ni su postgrado en programación y análisis de sistemas, ni su adicción al trabajo para comprarse una casa digna que jamás tuvo. O pagarse los viajes que siempre quiso y mucho menos, los aparatos más codiciados en la era de las telecomunicaciones y el entretenimiento de alta definición.

El ser moribundo que era en ese momento se lamentó profundamente de no haber aprendido algo que si le hubiese dado más opciones de salvarse. La tristeza de su final le robó el alma, condenándolo para siempre en las penumbras del remordimiento, no porque jamás aprendió a nadar, sino porque nunca supo cómo vivir.

FIN

(c) Edwing Salas 04/04/12

Publicado el 4 de abril de 2012

¡Muy cierto!

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Publicado el  13 de abril de 2012

Arácnido miope

tarantula-gigante

Momento cuando las ausencias devoran el cause

El grillete de la pobreza

abre la carne

resbalas en la sangre sin nombre

rodando

rodando.

 

Patinas sobre orgullo herido

hielo purpura,

delgado,

peligroso

Averno creado en el tórax

del purgatorio gris de las percepciones

 

Ahí azotan con tiempo marchito

esperado para el juicio

ahí azotan la paciencia de enanos

que viven como reyes

ahí te abren la piel

te desvaneces con las papilas resecas

 

Las arenas del tiempo se evaporan en las venas

el sol resurge puntualmente en combustión

así son estos días con látigos de inmadurez

así se redescubre el peso del error cometido

el crimen perpetrado,

procrastinación

 

Bestia resucitada milagrosamente

perece bajo el filo dilatado de la cordura

no busques fortuna,

padece desolación

te guardas para un futuro incierto

un niño que nunca llegó

 

Polaridad positiva,

el buen deseo,

tu cuerpo te lo cobrará

Una historia sin geografía,

sin aritmética,

sin fecha

 

Has venido para repetir

por primera vez,

la senda que millones de pies ya tragaron

mi santuario está profano y en ruinas

a pesar de las pocas almas que lo han visitado

encuentras el reflejo de tu vientre

 

Te dejas llevar por ese viento de tinta amarga

entre estadísticas de humor corporal te hallarás

Se cumplió tu sueño,

experimentar,

comerte la mierda que es este planeta.

 

© Edwing Salas

Publicado el 16 de abril de 2012

Son…brillan…

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Veneno resucitador
Despierta,
abre sótanos
deja escapar las verdades del insomnio repentino
del líquido amitótico de vanidades lejanas
da vida al fuego arrasador
rebasa la capacidad de las ineptitudes
la violencia de las torpezas
las ficciones borradoras de realidades indelebles
que se deshacen en la humedad de lo que palpamos.
El tiempo es roca que aplasta dientes dentro de mi boca
mastico estos sinsabores con placer estoico
me hundo en falsas impresiones y trazos rígidos
los mismos que conducen un destino sin atinar
de comida y existencia chatarra
de Polar, Coca-cola y grasa de sacrificio animal
las reses llevadas al matadero
para alimentar a otro tipo de ganado más hormonal
en los ganchos están los días, los meses, las horas
las falacias, los corrientazos y el carbón
 Que raya la blanca pared, si, esa que tiene dueño… doliente
© Edwing Salas
 27/04/12

Auto Homenaje/ Auto Enfrentamiento -Experimento Nº 4-

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He venido recopilando viejos escritos mios de Predicado.com, un portal donde empecé a publicar narraciones y atrevidos intentos de poesía. Al crear este blog, ya no hizo falta publicar en portales ajenos. Así que he traído hoy una serie de obras que llamaré Auto Homenaje/ Auto Enfrentamiento, que no es otra cosa que la publicación de estas escrituras retro como un homenaje a mi testarudez y un enfrentemiento con quien soy hoy en día, a ver que tanto he progresado o involucionado. 

En esta ocasión toca el turno a un relato:

Perfume

El ¡Bluuuuaaackkkkgggg! retumbó en la sala golpeando las paredes con su eco repulsivo. El vómito bañó la mesa repentinamente. Los papeles empapados de ácidos gástricos se corroen. Fluido que repentinamente y sin control salió de la boca de Jacinto.

Después de recuperar la respiración medianamente normal, el pálido rostro del hombre joven expresó molestia. Olvidó por un momento su padecer. Debe limpiar la mesa y repetir de nuevo el papeleo… así ocurrió.

Luego de ir al baño y regresar con las manos limpias y la cara fresca, llenaría un formulario nuevo.

– ¡¿Qué demonios he hecho?! ¡¿Prefiero esto a que me maten de una vez?! – se decía así mismo- ¡Un maldito cobarde! ¡Eso es lo que soy!

En la maraña de lava gris que llenaba su mente solo esas palabras repetían su ritmo frenético. Estaba perdido y lo sabía desde hace tiempo.

Haber puesto su firma en aquel papel, hace un año, lo empujó a un periodo lleno de dificultades para él y su familia. Desde que sus nombres salieron publicados en la lista de los traidores, los problemas se agudizaban cada día…pero en ese momento, todo podría cambiar si llenaba ese formulario, cuyo cuerpo, rechazó como cuando se está harto de comer tanta mala comida.

Así se traga la mentira y las injusticias que llenan a uno. Todos lo engañaron; no había buenos; solo malos y estúpidos, y él era de estos últimos, en la fiel y pura extensión de la palabra.

Hace tiempo los oficiales y milicianos estaban borrándolos del mapa. Ahora, si quería dar la oportunidad de sobrevivir a Mielsa, Octavia y Candidus, sin despedirse de ellos y no mortificarlos.

Debía confesar que conspiró, negándose a retractarse, dejando todas sus pertenencias y derechos ciudadanos al estado para resarcir el daño a la patria.

La tinta cubría los espacios señalados en el formulario: datos personales, fechas, clase de delito y el espacio que más le dolía tener que llenar: ubicación geográfica, nombre y dirección de sus cómplices. No dejaba de pensar en ellos: Alvarito, Yesca, Cuarnildo, papá, y un gran etcétera.

Una gota de sudor rodó por la punta de su aguileña nariz, rebosando en la caída, la casilla que rezaba “Número de Identificación”.

La puerta se abre y de inmediato aparece una mujer de estatura media y complexión doble, de salvaje cabello rizado, elegantemente vestida a la moda ejecutiva, pero austera. Su rostro de anchos labios, no muy delicados, se movieron dejando escapar una interrogación con el más agresivo y aplastante tono:

– ¿No ha terminado?

Jacinto negó despacio, con la cabeza. Un hilo aromático se colaba por sus fosas nasales llenándolo de pánico, ira, asco. ¡Era ese maldito perfume!

– ¡Apúrese pues! ¡¿Qué espera?!

La mujer se acercó y se puso frente a él, toda parca, recalcitrante, arrogante. Lo miró con repulsión y amargura.

Jacinto la miró fijamente, triste, pero con determinación; su cara sudada dibujó con agonía y lentitud una costosa sonrisa. Ambos se miraron en silencio. Algo se presentía en el ambiente de la habitación, las paredes no escaparon de nuevo al retumbante eco…

– ¡Bluuuuaaackkkkgggg!

(c) Edwing Salas

04-Mayo-2004 

Publicado el 07/02/2012

Convertido en tiburón

Shark

Esperaba… ¿Qué esperaba?

El gran momento. El futuro prominente que se le había asignado si hacía lo correcto, si procrastinaba, si se reprimía, si aguantaba los golpes del clima; si confiaba estoicamente en los espíritus de la fe.

Atento y paciente, “animal cazador”, esperaba la llegada del gran destino. Siempre sobre un árbol. Miraba todo a su alrededor.

Se negaba a cazar presas que no estuvieran acordes con su nivel de hambre. Llegaban otros ejemplares y las hacían suyas.

Él estaba seguro de que esas no eran las comidas que la naturaleza le guardaba. Siguió esperando.

Siempre sobre la copa de ese solitario árbol, contemplando amaneceres, atardeceres, lluvias, truenos y ciclos lunares completos.

El animal tenía ojos empañados, sin brillo. Olfato nulo y colmillos mellados, a punto de caer, sin haber arrancado carne cruda agonizante y temerosa.

El árbol empezó a quedar sin hojas, sus ramas cedían. El vigilante permanecía en el mismo sitio. Ya no tan ágil, ya no tan seguro, ya no tan esperanzado.

Su piel empezó a cuartearse como tronco milenario, tenía la textura del desgaste inactivo. Había perdido algo importante, pero no sabía qué era.

Ya no había tantas presas; la cantidad de nuevos animales aumentó.

Un día, despertó sintiéndose diferente, más de lo que él creía. Siempre se supo único, un ejemplar elegido.

En ese punto de su existencia, ya no se sentía especial, pero, sin embargo, algo había cambiado de verdad en ese momento.

Ahora tenía piel gris plomo, húmeda, resbaladiza; sus colmillos tenían filo nuevamente. Eran cuchillos que fileteaban y doblaban en cantidad a la de su anterior mandíbula. Sus extremidades desaparecieron.

En su lugar, dos aletas cortaban el aire a los lados y otra más grande, dorsal, se alzaba en medio de su espina, dándole aerodinamismo, velocidad y aspecto temible: “atrapa todo”.

Había llegado el día. Sea lo que sea que estaba sucediendo, era lo que esperaba. Jamás se imaginó que sus verdaderas presas estarían en el mar.

Esa revelación le infundió ánimo y seguridad. Pero había un problema: sus branquias. Ahora debía respirar bajo el agua y se encontraba en tierra. Empezó a sentir el “O” sin el confort que le brindaría estar combinado con “H2”.

Un animal como el que se había convertido siempre debía estar en movimiento. El océano estaba lejos, muy lejos de la copa del árbol donde vivía.

Se sintió asfixiado, convertido en tiburón. La mutación solo sirvió para morir en las ramas de una planta ancestral, cuyas raíces nunca lo dejaron moverse a sus anchas.

  FIN

© Edwing Salas

24/07/12

Publicado el 25 de mayo de 2012

El papel de su vida

Camara P2

El rostro que Reinaldo miraba cada día frente al espejo ya no estaba. En su lugar veía la cara del hombre más famoso del mundo en la última década. Estaba listo para representar su mejor papel.

De ser un fracasado actor cómico e imitador, por necesidad, por fin, sería reconocido como un verdadero actor de carácter, en el rol más importante de su vida.

Jamás pensó que el personaje que él imitaba tan bien, como muchos otros, y que le había provocado la salida de un espectáculo de televisión, lo rescataría convirtiéndolo en un ave fénix.

La fama y el poder habían llegado. En diez minutos se dirigiría al país por primera vez. Atrás quedaron los días de sobrevivencia para pagar la pensión, la lucha con los malcriados dramaturgos teatrales, con despiadados ejecutivos de los canales, con los insensibles jefes de castings, con los tiránicos directores de cine y televisión.

Pasados ya seis meses, las sesiones de trabajo para ajustarse al personaje no han sido fáciles. Trabajar con estos hermanos ha sido más difícil y exigente, quizás, que trabajar con Los grandes de Hollywood: los Hermanos Wachowsky, Los Cohen o The Hughes Bros.

Los hermanos con los que trabajaba Reinaldo si eran arrechos de verdad. No como esos bobos gringos. Con estos dos, si no sigues todo al pie de la letra, estás acabado, literalmente.

Hasta tuvo que someterse a varias cirugías, que incluyeron cuerdas vocales, para tener el mismo tono de voz, según el perfil del personaje, aunque él se lo sabía todo al dedillo. Lo demás fue como unas vacaciones pagadas en una isla paradisiaca.

Ya no veía un fracasado cada vez que se paraba frente al espejo. Ahora veía a un hombre nuevo. A su memoria llegó aquella escena de «Face Off» de John Woo, cuando Castor Troy se reconoce dueño de la situación al tener el rostro de su antagonista, el chico bueno de la película. A veces la realidad imita al arte.

Ahora el mejor sería él. Pagarán todos aquellos que lo despreciaron, las mujeres que lo abandonaron porque no ofrecía ningún futuro, los que nunca creyeron en él, los que le habían negado trabajo por feo y falta de chispa. Esos sentimientos venían a él y le ayudaban a construir el personaje al que la vida le impuso representar, gracias al cielo, por azares de aquello que llaman destino.

El Reinaldo Félix de 50 años que todos conocieron, estaba muerto y enterrado, con lápida, dedicatoria y cobertura en los medios ¡Sorprendente!

– Señor presidente, cinco minutos para salir al aire  – le dice su escolta de confianza-

Sale a la sala presidencial, listo para el mejor papel de su vida, eso era el Oscar de la existencia. En los parlantes se empezó a escuchar la voz grave de un locutor: “Esta es una transmisión del ministerio del poder popular para la comunicación y la información de la república Bolivariana de Venezuela y La red nacional de radio y televisión”.

© Edwing Salas

31/05/12

Publicado el 1ero de junio de 2012

¡Así es!

Frase 1

Publicado el 6 de  junio de  2012