A flote

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En ese punto de su vida, Edmundo comenzaba de nuevo. Cuarenta años ¡Por dios! Eso no es nada, que maravilloso futuro. Aún se puede empezar de cero en otro lugar. Mar, naturaleza y gente que no te juzga por lo que tienes sino por lo que eres.

Arián es el pueblito costero de apenas cincuenta casas que Edmundo escogió para vivir el resto de su vida. Alejado del lenguaje binario que tanto había amado, por el cual, dio sus mejores años, con la esperanza de convertirse en el Steve Jobs venezolano.

El chamuscado zinc del techo tenía dos troneras. Las paredes eran verde agua, casualmente desconchadas por el salitre que deja rastros amarillentos sobre espacios blancos, donde las hormigas cangrejo tienen su conjunto residencial.

El sanitario también es amarillento y sin tapas, eso no le gustó. Mucho menos que el baño no tuviera puerta, sino una cortina de tela con unas sonrientes hawaianas que bailan con un volcán de fondo en pleno ocaso.

No era la casa en la playa que se imaginaba, pero por lo menos hay un techo roto bajo el cual caerse muerto.

Lo que le había quedado del arreglo amistoso por ceder los derechos del software «Sweet» le serviría para pagar los primeros seis meses. Esa fue su última batalla perdida en la guerra de la creación tecnológica. De ahora en adelante, estaba seguro de que se mantendría con la pesca ¿Qué tan difícil podría ser?

No pudo escapar de sus libros; Programación, HTML, Visual Basic y la colección completa Armand Sautreaun, «Claves del Misterio», el best seller mundial que también tuvo tres secuelas fílmicas.

Los llevaba consigo, como el Miranda de la película. Esa última escena, donde el héroe flotaba en el mar con todos sus libros, la tenía tatuada en su memoria, así se sentía. Los estudios no te llevan a ninguna parte, no cuando vienes de donde vienes, no con ese árbol genealógico tan marchito.

A través de la ventana podía ver el azul sobre azul. Intentaría escribir algo. Por primera vez quería escribir literatura: poesía, cuentos, historias. Los algoritmos y matemáticas lo habían decepcionado. Le decían que su carrera era infaliblemente lucrativa. No si estás donde estas.

Le queda su laptop con 23 gigas de música. No televisión, no Ipad, nada de celular, eso es todo, no se necesita tanto. Un chinchorro y una sola maleta con ropa, es más que suficiente.

El sol naciente expande su anaranjado brillante sobre las olas. El agua fría en su piel le infunde energía y vitalidad. Agarra aire en sus pulmones, se queda quieto, pero se hunde. Por más que repite la operación cada día en la mañana, se va y toca fondo una y otra vez. Menos mal que siempre está cerca de la orilla. No sabe flotar.

Siempre había querido aprender a nadar, desde muy pequeño, pero le impusieron otros deberes, otras maneras de mantenerse a flote en la ciudad.

Desde su llegada, hace cinco días, las miradas de los lugareños le examinaban con curiosidad, Edmundo les sonreía con cariño mientras saludaba, algo que nunca había hecho con sus compañeros de oficina, con sus vecinos, ni siquiera en su casa.

El séptimo día pidió a unos pescadores que lo llevaran a ver como era su oficio, ellos aceptaron enseñarle con mucho gusto.

Las carcajadas al viento de los hombres de mar durante el viaje tenían el sonido de quien sabe que habrá diversión a costillas de un güevón recién llegado de la ciudad.

Mar adentro, con el viento moviendo su cara, se dio cuenta que estaba en plena crisis de los 40. Le había llegado como a los 32. Se reconoció como una persona muy precoz. No había Ferrari o Harley Davidson que comprar, ni una veinteañera que lo acompañara; era solo un viejo verde. No era de los “interesantes” adinerados.

Ahora todo es más rápido, la tecnología lo acelera todo. Miró a su alrededor y notó que los pescadores se habían callado, cada uno imbuido en sus celulares.

La lancha volaba, a veces en el aire, a veces entre las olas, y cuando caía, brincaba más alto entre las crestas espumosas que se hacían más salvajes a medida que surcaban el mar Caribe. Los pescadores seguían en silencio mandando textos.

La ola que los arrojó más alto venia larga y cargada, la vieron venir, pero era tarde para aminorar la velocidad. El peñero levantó proa dando un 360 en el aire que tiró los tripulantes al mar. El motor se salió de popa y le cayó en la cabeza a uno de ellos, la embarcación se encimó hacia el resto.

Edmundo sintió el tirón en su estómago al saltar y luego vio el cielo dando vueltas mientras el agua lo cacheteaba y llenaba su cuerpo de humedad y frio. Ahí lo supo. La iluminación que precede al final.

El sol lo encandiló cuando saco su cabeza intentando flotar, no había fondo bajo sus pies, se hundió rápidamente – ahora si toqué fondo- pensó con ironía y hasta sonrió tragando la primera bocanada de agua salada que le haría toser y atragantarse. Nunca logró cruzar el charco, como se lo prometió de joven universitario, ahora el charco se lo estaba tragando a él.

Sus recuerdos estaban llenos de oportunidades, futuras y pasadas, las tomadas oportunamente y las inmensamente desechadas. Era la película de su vida la que pasaba por sus ojos, pero sin editar y con muchos errores, fuera de foco y con diálogos sin contexto. Era una pésima película.

Había llegado ahí porque quería ser otra persona, sin altas expectativas, sin estrés, quería adaptarse y vivir realmente solitario, para que la misma soledad tocara fondo y se convirtiera en acompañamiento y buenos momentos.

Sus bronquios empezaron a reventar como pequeños globos, la sangre bombeaba cuarteando el corazón, la garganta marinada de tanta sal y agua. Sus pies se acalambraron y dejaron de moverse, el peso de su cuerpo lo enviaba cada vez más abajo. La luz se hacía opaca y en los oídos el eco eterno de la corriente marina.

Edmundo se sintió como Francisco de Miranda flotando en sus libros sobre el mar, a la deriva y libre.

Se dejó llevar, por fin, había superado la maldita crisis de los cuarenta. Ya no sufriría por ella. De nada le sirvieron su internet, sus películas, sus comics y sus libros. No lo salvarían su título universitario de informática, ni su postgrado en programación y análisis de sistemas, ni su adicción al trabajo para comprarse una casa digna que jamás tuvo. O pagarse los viajes que siempre quiso y mucho menos, los aparatos más codiciados en la era de las telecomunicaciones y el entretenimiento de alta definición.

El ser moribundo que era en ese momento se lamentó profundamente de no haber aprendido algo que si le hubiese dado más opciones de salvarse. La tristeza de su final le robó el alma, condenándolo para siempre en las penumbras del remordimiento, no porque jamás aprendió a nadar, sino porque nunca supo cómo vivir.

FIN

(c) Edwing Salas 04/04/12

Publicado el 4 de abril de 2012

¡Muy cierto!

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Publicado el  13 de abril de 2012

Arácnido miope

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Momento cuando las ausencias devoran el cause

El grillete de la pobreza

abre la carne

resbalas en la sangre sin nombre

rodando

rodando.

 

Patinas sobre orgullo herido

hielo purpura,

delgado,

peligroso

Averno creado en el tórax

del purgatorio gris de las percepciones

 

Ahí azotan con tiempo marchito

esperado para el juicio

ahí azotan la paciencia de enanos

que viven como reyes

ahí te abren la piel

te desvaneces con las papilas resecas

 

Las arenas del tiempo se evaporan en las venas

el sol resurge puntualmente en combustión

así son estos días con látigos de inmadurez

así se redescubre el peso del error cometido

el crimen perpetrado,

procrastinación

 

Bestia resucitada milagrosamente

perece bajo el filo dilatado de la cordura

no busques fortuna,

padece desolación

te guardas para un futuro incierto

un niño que nunca llegó

 

Polaridad positiva,

el buen deseo,

tu cuerpo te lo cobrará

Una historia sin geografía,

sin aritmética,

sin fecha

 

Has venido para repetir

por primera vez,

la senda que millones de pies ya tragaron

mi santuario está profano y en ruinas

a pesar de las pocas almas que lo han visitado

encuentras el reflejo de tu vientre

 

Te dejas llevar por ese viento de tinta amarga

entre estadísticas de humor corporal te hallarás

Se cumplió tu sueño,

experimentar,

comerte la mierda que es este planeta.

 

© Edwing Salas

Publicado el 16 de abril de 2012

Son…brillan…

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Veneno resucitador
Despierta,
abre sótanos
deja escapar las verdades del insomnio repentino
del líquido amitótico de vanidades lejanas
da vida al fuego arrasador
rebasa la capacidad de las ineptitudes
la violencia de las torpezas
las ficciones borradoras de realidades indelebles
que se deshacen en la humedad de lo que palpamos.
El tiempo es roca que aplasta dientes dentro de mi boca
mastico estos sinsabores con placer estoico
me hundo en falsas impresiones y trazos rígidos
los mismos que conducen un destino sin atinar
de comida y existencia chatarra
de Polar, Coca-cola y grasa de sacrificio animal
las reses llevadas al matadero
para alimentar a otro tipo de ganado más hormonal
en los ganchos están los días, los meses, las horas
las falacias, los corrientazos y el carbón
 Que raya la blanca pared, si, esa que tiene dueño… doliente
© Edwing Salas
 27/04/12

Auto Homenaje/ Auto Enfrentamiento -Experimento Nº 4-

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He venido recopilando viejos escritos mios de Predicado.com, un portal donde empecé a publicar narraciones y atrevidos intentos de poesía. Al crear este blog, ya no hizo falta publicar en portales ajenos. Así que he traído hoy una serie de obras que llamaré Auto Homenaje/ Auto Enfrentamiento, que no es otra cosa que la publicación de estas escrituras retro como un homenaje a mi testarudez y un enfrentemiento con quien soy hoy en día, a ver que tanto he progresado o involucionado. 

En esta ocasión toca el turno a un relato:

Perfume

El ¡Bluuuuaaackkkkgggg! retumbó en la sala golpeando las paredes con su eco repulsivo. El vómito bañó la mesa repentinamente. Los papeles empapados de ácidos gástricos se corroen. Fluido que repentinamente y sin control salió de la boca de Jacinto.

Después de recuperar la respiración medianamente normal, el pálido rostro del hombre joven expresó molestia. Olvidó por un momento su padecer. Debe limpiar la mesa y repetir de nuevo el papeleo… así ocurrió.

Luego de ir al baño y regresar con las manos limpias y la cara fresca, llenaría un formulario nuevo.

– ¡¿Qué demonios he hecho?! ¡¿Prefiero esto a que me maten de una vez?! – se decía así mismo- ¡Un maldito cobarde! ¡Eso es lo que soy!

En la maraña de lava gris que llenaba su mente solo esas palabras repetían su ritmo frenético. Estaba perdido y lo sabía desde hace tiempo.

Haber puesto su firma en aquel papel, hace un año, lo empujó a un periodo lleno de dificultades para él y su familia. Desde que sus nombres salieron publicados en la lista de los traidores, los problemas se agudizaban cada día…pero en ese momento, todo podría cambiar si llenaba ese formulario, cuyo cuerpo, rechazó como cuando se está harto de comer tanta mala comida.

Así se traga la mentira y las injusticias que llenan a uno. Todos lo engañaron; no había buenos; solo malos y estúpidos, y él era de estos últimos, en la fiel y pura extensión de la palabra.

Hace tiempo los oficiales y milicianos estaban borrándolos del mapa. Ahora, si quería dar la oportunidad de sobrevivir a Mielsa, Octavia y Candidus, sin despedirse de ellos y no mortificarlos.

Debía confesar que conspiró, negándose a retractarse, dejando todas sus pertenencias y derechos ciudadanos al estado para resarcir el daño a la patria.

La tinta cubría los espacios señalados en el formulario: datos personales, fechas, clase de delito y el espacio que más le dolía tener que llenar: ubicación geográfica, nombre y dirección de sus cómplices. No dejaba de pensar en ellos: Alvarito, Yesca, Cuarnildo, papá, y un gran etcétera.

Una gota de sudor rodó por la punta de su aguileña nariz, rebosando en la caída, la casilla que rezaba “Número de Identificación”.

La puerta se abre y de inmediato aparece una mujer de estatura media y complexión doble, de salvaje cabello rizado, elegantemente vestida a la moda ejecutiva, pero austera. Su rostro de anchos labios, no muy delicados, se movieron dejando escapar una interrogación con el más agresivo y aplastante tono:

– ¿No ha terminado?

Jacinto negó despacio, con la cabeza. Un hilo aromático se colaba por sus fosas nasales llenándolo de pánico, ira, asco. ¡Era ese maldito perfume!

– ¡Apúrese pues! ¡¿Qué espera?!

La mujer se acercó y se puso frente a él, toda parca, recalcitrante, arrogante. Lo miró con repulsión y amargura.

Jacinto la miró fijamente, triste, pero con determinación; su cara sudada dibujó con agonía y lentitud una costosa sonrisa. Ambos se miraron en silencio. Algo se presentía en el ambiente de la habitación, las paredes no escaparon de nuevo al retumbante eco…

– ¡Bluuuuaaackkkkgggg!

(c) Edwing Salas

04-Mayo-2004 

Publicado el 07/02/2012

Convertido en tiburón

Shark

Esperaba… ¿Qué esperaba?

El gran momento. Gloria. El futuro prominente que se le había asignado si hacía lo correcto, si procrastinaba, si se reprimía, si aguantaba los golpes del clima, las sequías; si confiaba estoicamente en los espíritus de la fe.

Atento y paciente, “animal cazador”, esperaba la llegada del gran destino.

Siempre sobre un árbol. Miraba todo a su alrededor.

Se negaba a cazar presas que no estuvieran acorde con su nivel de hambre. Llegaban otros ejemplares y las hacían suyas. Él estaba seguro de que esas no eran las comidas que la naturaleza le guardaba. Siguió esperando.

Siempre sobre la copa de ese solitario árbol, mirando amaneceres, atardeceres, lluvias, truenos y ciclos lunares completos. El animal tenía ojos empañados, sin brillo, olfato nulo y colmillos mellados, a punto de caer, sin haber arrancado carne cruda, agonizante y temerosa.

El árbol empezó a dejar caer hojas, sus ramas cedían y sobre él, su vigilante, ya no tan ágil, ya no tan seguro, ya no tan esperanzado. Su piel empezó a cuartearse como tronco milenario, tenía la textura del desgaste inactivo. Había perdido algo importante, pero no sabía qué era.

No había ya tantas presas, la cantidad de nuevos animales aumentó.

Un día, despertó sintiéndose diferente, más de lo que él creía. Siempre se supo único, un ejemplar elegido. En ese punto de su existencia, ya no se sentía especial, pero, sin embargo, algo había cambiado de verdad en ese momento.

Ahora tenía piel gris plomo, húmeda, resbaladiza, sus colmillos tenían filo nuevamente, eran cuchillos infalibles que doblaban en cantidad a la de su anterior mandíbula. Sus extremidades desaparecieron.

En su lugar, dos aletas cortaban el aire a los lados y otra más grande, dorsal, se alzaba en medio de su espina, dándole aerodinamismo, velocidad y aspecto temible: “atrapa todo”.

Había llegado el día. Sea lo que sea que estaba sucediendo, era lo que esperaba. Jamás se imaginó que sus verdaderas presas estarían en el mar. Esa revelación le infundió ánimo y seguridad.

Pero, había un problema: sus branquias. Ahora debía respirar bajo el agua y se encontraba en tierra. Empezó a sentir el “O” sin el confort que le brindaría estar combinado con “H2”.

Un animal como el que se había convertido siempre debía estar en movimiento. El océano estaba lejos, muy lejos de la copa del vegetal donde vivía.

Se sintió asfixiado, convertido en tiburón sobre un árbol. La mutación solo sirvió para morir en las ramas de una planta ancestral, cuyas raíces nunca lo dejaron moverse a sus anchas.

  FIN

© Edwing Salas

24/07/12

Publicado el 25 de mayo de 2012

El papel de su vida

Camara P2

El rostro que Reinaldo miraba cada día frente al espejo ya no estaba. En su lugar veía la cara del hombre más famoso del mundo en la última década. Estaba listo para representar su mejor papel.

De ser un fracasado actor cómico e imitador, por necesidad, por fin, sería reconocido como un verdadero actor de carácter, en el rol más importante de su vida.

Jamás pensó que el personaje que él imitaba tan bien, como muchos otros, y que le había provocado la salida de un espectáculo de televisión, lo rescataría convirtiéndolo en un ave fénix.

La fama y el poder habían llegado. En diez minutos se dirigiría al país por primera vez. Atrás quedaron los días de sobrevivencia para pagar la pensión, la lucha con los malcriados dramaturgos teatrales, con despiadados ejecutivos de los canales, con los insensibles jefes de castings, con los tiránicos directores de cine y televisión.

Pasados ya seis meses, las sesiones de trabajo para ajustarse al personaje no han sido fáciles. Trabajar con estos hermanos ha sido más difícil y exigente, quizás, que trabajar con Los grandes de Hollywood: los Hermanos Wachowsky, Los Cohen o The Hughes Bros.

Los hermanos con los que trabajaba Reinaldo si eran arrechos de verdad. No como esos bobos gringos. Con estos dos, si no sigues todo al pie de la letra, estás acabado, literalmente.

Hasta tuvo que someterse a varias cirugías, que incluyeron cuerdas vocales, para tener el mismo tono de voz, según el perfil del personaje, aunque él se lo sabía todo al dedillo. Lo demás fue como unas vacaciones pagadas en una isla paradisiaca.

Ya no veía un fracasado cada vez que se paraba frente al espejo. Ahora veía a un hombre nuevo. A su memoria llegó aquella escena de «Face Off» de John Woo, cuando Castor Troy se reconoce dueño de la situación al tener el rostro de su antagonista, el chico bueno de la película. A veces la realidad imita al arte.

Ahora el mejor sería él. Pagarán todos aquellos que lo despreciaron, las mujeres que lo abandonaron porque no ofrecía ningún futuro, los que nunca creyeron en él, los que le habían negado trabajo por feo y falta de chispa. Esos sentimientos venían a él y le ayudaban a construir el personaje al que la vida le impuso representar, gracias al cielo, por azares de aquello que llaman destino.

El Reinaldo Félix de 50 años que todos conocieron, estaba muerto y enterrado, con lápida, dedicatoria y cobertura en los medios ¡Sorprendente!

– Señor presidente, cinco minutos para salir al aire  – le dice su escolta de confianza-

Sale a la sala presidencial, listo para el mejor papel de su vida, eso era el Oscar de la existencia. En los parlantes se empezó a escuchar la voz grave de un locutor: “Esta es una transmisión del ministerio del poder popular para la comunicación y la información de la república Bolivariana de Venezuela y La red nacional de radio y televisión”.

© Edwing Salas

31/05/12

Publicado el 1ero de junio de 2012

¡Así es!

Frase 1

Publicado el 6 de  junio de  2012

Por la espalda

Por la espalda

Bastó que el pequeño Emeterio dijera con pesar “¿Por qué dios tuvo que hacer este mundo así?” para que su abuelita Rosaura brincara despavorida y gritara “¡Dios mío! ¡Herejía! ¡Blasfemia! ¡¿Por qué hablas así?!”.

Su hija Marcela, la madre del niño, también se ofuscó al ver que el pequeño filosofaba con rabia delante de su abuela, al no habérsele dado permiso para ir a jugar fútbol con su balón. El escándalo de ambas mujeres ante las peligrosas ocurrencias de Emeterio fue a parar a oídos de Marcial.

– ¡¿Quieres salir a jugar?! ¡Vamos pues! ¡Vamos ya para la calle! ¡Vamos! -grita Marcial-

– ¡No papi! ¡Mentira! ¡Yo me voy a portar bien! ¡Yo no voy a decir más nada! ¡Por favor!   –  implora –

Su voz se quebró y sus piernas temblaban. Marcial se empezó a quitar el grueso cinturón marrón de cuero.

– ¡Vamos o te jodo aquí mismo!

–  Ya Marcial, no es para tanto, tú sabes cómo me pongo yo, pero ya pasó, el niño no dijo nada malo, fui yo quien entendió mal.

– ¡No se meta doña Rosaura! ¡Por eso es que estos coños después no sirven para nada! ¡Por el bendito amor a los hijos!

Emeterio caminó y agarró su balón. Era el ser más miserable del mundo. Era un monstruo, había causado de nuevo un problema entre sus familiares. Él solo quería jugar fútbol, pero cada paso que daba le pesaba más y más, como si sus pies arrastraran sendos grilletes.

Se detuvo en el pequeño portón de hierro. Marcial le abrió.

– ¡Sal a jugar!

Emeterio no quería salir, ya no quería jugar, solo quería ir a su cuarto y meterse bajo su almohada para llorar hasta quedarse dormido. El llanto se le acumulaba en el pecho, mientras su visión se inundó de agua.

El niño atravesó el umbral hacia la calle. Estaba despejada. Era sábado, cuatro y media de la tarde, un momento perfecto para jugar.

El balón tocó el piso, pero el niño se quedó ahí mirándolo, de hecho, no miraba el balón. Miraba el piso, contemplaba su sombra.

– ¡Anda pues! Juega ¡Juega o te jodo! ¿No querías estar en la calle?

– Marcial no grites, se van a enterar los vecinos – dice Marcela-

El niño pateó el balón y comenzó el juego. Su voluntad contra su humanidad. Quería llorar, quería estar solo, callado, arrepentido de querer jugar, de haber insistido hasta el cansancio para que le dejaran salir, de haber dicho lo que dijo después de que su padre y su madre le negaron el permiso. Sin duda era un castigo de Dios por haberlo cuestionado.

Los vecinos se asomaban a verlo jugar, incluso los otros niños del callejón. El veía caras que lo miraban con burla, con saña, como quien ve un monstruo culpable de mil crímenes caminar hasta el patíbulo.

Pateó nuevamente y miró hacia su casa. Su padre, quien lo había vigilado desde la pequeña cerca, ya no estaba. Quizás lo había malinterpretado, quizás Marcial si quería que jugara y se metió cuando vio que su hijo ya estaba haciendo lo que quería.

Emeterio aprovechó ese momento para sentarse en el borde de la deteriorada cerca de ladrillos y tratar de serenarse. Colar el llanto entre bocanadas de aire y secarse las lágrimas que se desbordaron en cuanto se sentó.

Sintió mucho miedo, pero ya todo estaba pasando, venia la calma después de la tormenta. Se disculpó con Dios por todo lo que dijo.

En ese instante sintió un rayo chocar con su espalda. Inmediatamente, el ardor y lo caliente, lo estremecieron. Se levantó disparado.

– ¡Que juegues no joda! – Marcial lo había azotado con la correa marrón –

El vecino de enfrente, el señor Moisés, iba saliendo y le tocó contemplar lo que estaba sucediendo. Emeterio y él cruzaron miradas. El buen anciano solo podía observar con dolor e impotencia. Marcial estaba decidido a formar a una persona que sirviera para algo.

– ¡Vamos! ¡¿Quieres calle?! ¡Ahí tienes tu calle!

Emeterio gritaba, lloraba y a la vez jugaba fútbol. Pateaba el balón, metía gol. Sacaba de nuevo.  Corría de aquí para allá. Con todas sus ganas. La gente salía a ver lo que estaba sucediendo. En apariencia, un niño jugando solo, pero sin rostro de disfrute por lo que hacía.

Lo que sucedió después no logró recordarlo. Todo era borroso, confuso. Emeterio revivió ese y otros hechos de similar naturaleza al buscar el nombre de Don Marcial en su agenda de contactos, para escribirle un mensaje. Se encontraba refugiado en casa de un amigo.

Marcela y el propio Marcial, hace ya tres semanas, le habían dicho que se fuera de la casa, porque él ya era un hombre y no debía estar ahí.

En la pantalla del móvil podía verse la fecha: Domingo de 17 junio de 2012, 2 PM. “Feliz día del padre”. Escribió Emeterio. Diez minutos después su teléfono sonó recibiendo un mensaje de vuelta de Don Marcial: “Gracias”.

  FIN

© Edwing Salas

22/06/12

Publicado el 23 de junio de 2012

Auto Homenaje / Auto Enfrentamiento -Experimento Nº 1-

Zapapeces

Es viernes por la noche, me encuentro de muy buen humor y estuve recopilando viejos escritos míos de Predicado.com, un portal donde empecé a publicar narraciones y atrevidos intentos de poesía. Al crear este blog, ya no hizo falta publicar en portales ajenos. Así que he traído hoy una serie de obras que llamaré Auto Homenaje/ Auto Enfrentamiento, que no es otra cosa más que la publicación de estas escrituras retro como un homenaje a mi testarudez y un enfrentamiento con quien soy hoy en día, a ver que tanto he progresado o involucionado.

(Des) Velada

Mis pies desnudos llevan impregnados el olor del camino recorrido y aún falta más…

Esto arruinó la noche, perdona el atrevimiento de mostrarte defectos tan pronto, excúsame si te ha molestado.

Desde hace unas horas he venido perdiendo la compostura. No doy sorpresas de tiempo…sorprendo de una vez, el mismo día, primero de cruzar casualidades, si caigo mal, era de esperarse.

En caso de causar simpatía sería preciso probarnos, así de sencillo claro y conciso.

Al no buscar, se hace fácil no volver a ver …y ¿Olvidar?

Seguro tu olfato alberga malos recuerdos, tu hastío disparó honestidad.

Mi elocuencia de prisionero sin condena, mis modales de caballero, mis ganas de beberme tus resplandores y la embriaguez de presencias no calculadas. Veamos qué tan imprescindible es tu inmaculado espíritu libre.

Sé que lo eres, pero eso no te absuelve, conversemos luego… cuando volvamos a darnos cuenta de que nos hemos topado des fortuitamente en la orilla serena de nuestras cavilaciones y egoísmos.  

© Edwing Salas

17 de mayo de 2004

Publicado el 3 de septiembre de 2011