
La luz arremetió contra el telón negro del cielo y el mar nocturno que conducen hacia la última deriva, plagada de todas las naves, puentes y territorios arrasados por el pirata suicida que escribe sus últimas notas de bitácora.
Está muy seguro de esa sensación. Será la última.
Una luminancia fugaz que ha aparecido, mientras las confusas ráfagas de viento y la eterna corriente de resaca lo conducen a la inevitable batalla contra el temible dios Tánatos.
El pirata, eternamente decadente, lleva el sello de la derrota en el pecho y este se abrirá al sufrir la mortal embestida de acero de cangrejo de su cazador.
Ahí recordará esa última luz de miel muy oscura, que, como muchos otros destellos luminosos en medio de la nada, nunca llegaron a ser buen puerto para establecer una existencia dorada.
Como bucanero del fracaso, que ha navegado por las incontables mareas de la derrota, aprendió a aceptar que el hundimiento prematuro es una salida muy digna y, sin duda, bien merecida.
Solo hay que sonreír y dejar que la cerveza sea la verdadera brújula. El norte, la heroína; todo eso que anestesia la travesía hacia las fauces del feroz e impredecible coloso hambriento, capaz de extinguir cualquier llama.
Lo mirará a la cara y reirá escandalosamente, con su estentórea voz, ya condenada a apagarse, mientras bebe el amargo néctar destilado, lleno de luces que divisó en el oscuro mar de la existencia, y que resultaron alucinaciones o puertos realmente prohibidos.
FIN
(C) Edwing Salas