
¿Te ha pasado que ves en la rasgadura de pintura en una pared algún tipo de figura animal o humana?
Todos tenemos esa condición evolutiva impregnada en nuestro sistema mental; se llama pareidolia, nombre que bautiza la función de nuestra mente creativa y reptiliana cuando tiende a humanizar objetos inanimados o dar patrones reconocibles a paisajes naturales o texturas totalmente abstractas.
Tengo recuerdos aleatorios que permanecen en la memoria. No porque sean importantes, sino porque contienen ese olor añejo de primera impresión aterradora.
No tienen lógica, ni fecha precisa, ni testigos. Solo están ahí, clavados como una astilla bajo la corteza cerebral.
Este es uno de esos recuerdos. No sé si ocurrió como lo contaré, pero lo cierto es que esa sensación aterradora me invade de vez en cuando, haciendo regresar miedos de mi primera etapa en este mundo cada vez más confuso.
Me desperté sin saber por qué. No hubo ruido, ni voces, ni movimiento. Solo la luz, esa ráfaga blanca que entró ese sábado entre las diez y las once de la mañana por los resquicios de la ventana.
Me senté en la cama. El silencio era tan espeso que podía sentirlo en la piel. Me puse de pie y caminé hacia la puerta, recubierta con ese velo desagradable que era una cortina, movida por la brisa tibia de la avanzada mañana.
Afuera, la inmensa sala, con un juego de muebles Luis XVI color caoba y sus mesitas de mármol, parecía un conjunto de tótems en medio de un museo sin público visitante.
La gran puerta de madera y las dos ventanas inmensas dejaban entrar la claridad sin filtro. Afuera, los autos estacionados parecían formar parte del mobiliario petrificado.
Ningún transeúnte, ni vecino; solo el sol abrasante, el viento opaco y el sonido de uno que otro pájaro.
Todo estaba detenido. Me quedé un momento ahí, mirando la calle sin vida. El aire tenía un olor seco, como si la casa hubiera estado cerrada por semanas. Caminé hacia el baño, pero al pasar por el comedor, algo me detuvo.
La ventana de esa parte de la casa daba al callejón. No era una vista atractiva: un arbusto tropical de ramas frágiles y hojas pequeñas, una inmensa garrafa verde de gas que hacía funcionar la cocina, agua estancada proveniente del lavadero, y un asqueroso musgo del mismo color que el contenedor gasífero, producido por la humedad del baño y el patio de lavado.
En esa vegetación pantanosa se ocultaban sapos e insectos. Otros trastos como troncos, restos de tejado y ladrillos completaban ese microuniverso subdesarrollado, carente de atractivo.
Pero esa mañana tenía algo distinto. Me acerqué despacio, como si la tela metálica que protegía la ventana pudiera romperse con el sonido de mis pasos descalzos.
Entre los trastes viejos y la chatarra amontonada, algo se movía. Al principio no lo entendí. Era una forma, una silueta, algo que no debía estar ahí. Pantalones anchos, ropa muerta colgada o tirada en la cerca que separaba nuestra casa y la de los vecinos.
Me quedé quieto. La figura se infló, se arqueó y comenzó a cambiar. No era humano. No era animal. Era ambas cosas.
La presencia amorfa se tensó como si tuviera huesos, y de pronto apareció una cabeza de caballo. No una cualquiera. De carreras. Con anteojeras redondas que resaltaban sus ojos vigilantes, pero carentes de alma.
No respiraba. No se movía. Pero estaba vivo. Me miraba. Me juzgaba. Lo sentía. Exigía algo que no podía entender. El miedo llegó de golpe, como una ola que se estrella contra las rocas.
Intenté moverme, pero el cuerpo no respondía. El caballo seguía ahí, inmóvil, pero cada segundo parecía más real. Más presente. No lograba entender nada de lo que estaba ocurriendo.
Entonces, como si el mundo recordara que debía seguir girando, la figura se quebró. Se deshizo. Y en su lugar, un gato blanco y negro de la calle cruzó los trastes con indiferencia, saltando hacia la casa vecina.
Me quedé ahí, con el corazón golpeando como si quisiera escapar por mi boca. No había caballo. No había ojos. Solo el gato y el callejón.
El silencio ahora se había colado en la mente. Ella terminó inventando algo que nunca estuvo.
Nunca volví a ver esa figura. Ni en ese callejón, ni en ningún otro. Pero a veces, cuando la luz entra sin permiso y la casa está en silencio, me detengo frente a una ventana cualquiera.
Y espero. No sé qué. Solo espero. Porque hay cosas que no se ven con los ojos, sino con el miedo y la imaginación desbocada como un caballo de carreras sin control.
FIN
(c) Edwing Salas