Un equipaje abandonado en la terminal de El Dorado no representaba ninguna oportunidad para los genios de la viveza latina; más bien, es un recordatorio de un sangriento pasado.

¡Había que escapar como sea!
El mundo nunca ha sido un lugar seguro, pero el territorio donde nació se había convertido en un altar sangriento donde se sacrificaban vidas, sentido común y derechos universales como la libertad de pensamiento y acción.
Ramón sabía que el exilio significaba un viaje sin retorno. No había que ilusionarse.
Ser inmigrante sin un capital respetable lo convertía en un blanco fácil de la xenofobia y la aporofobia, flagelos que han marcado la piel de muchos latinoamericanos, sobre todo, en territorios predominantemente caucásicos y eurocéntricos.
También, tenía la amarga certeza de que si Cuba, hasta ese momento, no había podido liberarse de sus captores, teniendo únicamente hermosas playas, casinos y turismo para pedófilos, mucho menos lo haría su país natal, codiciado por tener el subsuelo hinchado de excremento del diablo.
Le dijo a su padre que en cuanto se estableciera en el exilio, iba a enviarle dinero y visitarlo; en algún momento.
Sabían que esas afirmaciones de despedida formaban parte de una gran mentira piadosa que ambos supieron identificar. Como hombres, decidieron no decir nada, aceptando que sus destinos estaban sellados y jamás volverían a verse.
Ramón Padre moriría dos años después del viaje emprendido por su hijo mayor, pero eso es adelantar acontecimientos postemigración. Esta historia trata sobre el inicio del viaje y sus primeros pasos, trágicos, cómicos y narrables.
Ernesto, el 14 arranco para Argentina. Primero debo tomar un vuelo a Colombia. Fue lo único que conseguí para poder salir. Una vez ahí, compraré el boleto hacia Buenos Aires.
Así fue el breve correo que Ramón envió a su gran amigo de toda la vida, Ernesto José, para notificarle que su exilio ya era un hecho y que, siguiendo sus consejos, lo más potable para emigrar era “El culo del mundo”, lo demás tendría que resolverlo por sí mismo, si lograba llegar.
El 14 de mayo de 2015, Ramón inició su viaje desde el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar con destino a la terminal de El Dorado, en Bogotá, para volar hasta la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Capital Federal de Argentina.
Antes de abordar el vuelo, pasó por el Duty Free de la terminal para comprar una hermosa bufanda con tejido rectangular, negra con azul Francia.
Ernesto le había aconsejado que llevara ropa de abrigo, porque llegaría en plena temporada otoño-invierno.
También compró chocolates venezolanos para su amigo y su esposa de ese entonces.
El mundo se abría ante los ojos de Ramón; este pasaría en tan solo horas, de temperaturas caribeñas de 38 grados centígrados, en promedio, a la belleza y melancolía del otoño argentino.
Lo primero que experimentó, tres horas después de dejar atrás a su familia, no fueron bajas temperaturas, sino la realidad brutal.
El régimen castrochavista había escupido los dólares asignados a los viajeros en una cuenta bancaria estatal, un grifo que goteaba miserias según su voluntad contra aquellos que decidían huir de la patria socialista.
Los setecientos sesenta dólares del boleto a Buenos Aires estaban negados. No había permiso para sacar la totalidad de las divisas, una vez en suelo extranjero. Le impusieron un máximo de dinero a gastar por día; el tope era 150.
Lo peor fue que el decreto se había anunciado y hecho efectivo por el dictador Nicolás Maduro, mientras él atravesaba el espacio aéreo colombiano.
Ignorante de lo que se le venía, Ramón retiró su equipaje: una gran maleta negra con ropa, documentos, cuadernos con proyectos y toda su vida; un bolso azul, de tamaño mediano, donde guardaba DVDs, videocasetes, pantuflas; y una cámara Olympus, totalmente nueva, de los años sesenta.
Este regalo del tío Andrés sería una especie de seguro contra imprevistos. Seguramente obtendría un buen dinero al vender esta pieza de colección, en caso de emergencias.
Por último, y no menos importante, su mochila, en ella tenía su preciada laptop, con menos de dos años de uso; libros, algunos CDs y una libreta para documentar cualquier hecho o idea que pudiera surgir en el camino.
Fue en búsqueda del ansiado boleto sin perder tiempo. Se felicitaba en sus pensamientos porque, por fin, algo le iba a salir bien y sin complicaciones.
La tarjeta de crédito del Banco Venezuela, otorgada por el régimen a quienes necesitaban dólares para viajar, pasó por los puntos de Avianca, LATAM y Copa con el mismo resultado: fondos insuficientes.
El equivalente en divisa colombiana de la suma inamovible era dos millones novecientos mil pesos.
Ramón no entendía nada y sintió que la maldición de las complicaciones nunca lo abandonaría.
Irremediablemente, las cosas que a los demás les salían con facilidad, a él siempre le costaría el doble o el triple conseguirlo. Su vida siempre estuvo marcada por esa anomalía hereditaria.
La desesperación empezó a recorrer su cuerpo como una corriente fría. Volvió a intentarlo en cada oficina comercial que ofrecía vuelos a la Argentina; directos, con escalas, nada.
Anduvo por toda la terminal con su equipaje a cuestas, y este le pesaba cada vez más, con cada intento fallido. La maldita tarjeta socialista estaba cumpliendo su función.
Continuará…
(c) Edwing Salas