Me conozco muy bien y sé que la oscuridad, cuando aparece, desencadena una desagradable secuencia de desaciertos.

Su presencia arrolladora se presentaba como sutil, pero era todo falso, donde ella aparecía, siempre surgían problemas de deseo desmedido.
Atendía a los clientes con una sonrisa que te aflojaba las rodillas, y esos ojos verdes como botellas de cerveza; te miraban hasta embriagarte.
La pizzería, con su olor a levadura y salame. Esa lista de canciones, que se repetía durante 8 horas, hasta provocarte náuseas, era otro empleo deshonroso, que me causaba malestar y culpa, pero con ella ahí, se convertía en algo mucho peor.
A mis 45 años, la existencia era un castigo por irresponsable y falto de visión. Un eco de días idénticos, cumpliendo la condena de los extranjeros.
Ella y su piel canela brillaban con la luz tenue del local, era en esos momentos de encuentro fortuito con sus ojos, cuando la esperanza me invadía. Me estaba envenenando con la nociva poción de la fe ante lo imposible.
La brutal verdad era que estaba fuera de competencia. Los otros compañeros: el encargado, el pizzero y hasta el delivery, todos lubricaban por ella. Pero contaban con la ventaja de la juventud.
Qué sé yo, a estas alturas, uno ya se conoce la vida en la jungla de concreto de Capital Federal y cómo funciona la selección natural.
En una ocasión, ella se sentó frente a mí y conversamos, durante el receso de la comida. No sé si lo hizo por compasión o educación.
A estas alturas, soy muy escéptico para pensar que a mi edad, todavía genero algún tipo de magnetismo, mucho menos, con tantos desaciertos a cuestas.
Hice todo para ignorar el monólogo interno que se estaba produciendo en mi cabeza, mientras me esforzaba al máximo para mantenerme en silencio, dejándola hablar de sus estudios y el arte que le apasionaba.
Pero no tengo sangre fría y fue ahí cuando me dejé llevar. También confesé mi culpabilidad de ser apasionado por el mismo oficio que estaba aprendiendo.
Fui más lejos y revelé verdades que nunca habían salido a la luz, como mi participación en varios proyectos que llegaron a producirse, pero hoy día, todo eso formaba parte de un pasado iluso y olvidado.
Mi vida no ha dejado de ser azarosa, ni siquiera, en el comienzo de mi ocaso.
Urge sobrevivir ante todo y protegerse de uno mismo.
Por eso, durante ese diálogo, cometí el error de dejar de sentirme un fracasado y fijé mi vista en ese par de esmeraldas hipnotizantes, mientras continué hablando con humor y cinismo.
Sospechaba ¡No! Más bien tenía la certeza, de que ella era plenamente consciente del efecto que causaba.
No era vanidad, quizás, sino una cualidad innata, una forma de ser que la situaba, sin proponérselo directamente, en una posición de absoluta ventaja.
Lo veía en la manera en que el encargado se esforzaba por hacerla reír, en la torpeza repentina del pizzero, al servirle una porción extra, incluso, en el silencio algo más prolongado del delivery cuando ella le indicaba a donde estaban destinados los pedidos.
Nosotros orbitábamos a su alrededor, cada uno a su manera, conscientes de la competencia tácita que se genera entre primates, ante la presencia de una verdadera hembra.
Estaba totalmente seguro que yo no era el alfa. Me conocía muy bien.
Mi mente descontrolada se empeñaba en forzarme a sentir el calor de su atención, aunque no pudiera descifrar su significado.
¿Curiosidad? ¿Simple cortesía? ¿O acaso, una chispa, por pequeña que fuera, de algo más?
El invierno porteño mordía como un perro rabioso, colándose por las rendijas de mi refugio. La humedad me calaba los huesos. Otra señal de esa condena a sentir el frío ajeno como propio.
La botella era mi alivio después de cada jornada. Sedaba la intensidad del veneno de sus ojos y la canela de su piel en mis sentidos.
Noches largas, con la culpa de una existencia a medio gas, intentando ahogar su imagen sonriendo a otros, a los que tenían la billetera abultada y el cabello color sol.
Entre trago y trago, el sistema inmune fue cediendo.
La gripe se instaló como un inquilino molesto. Una fiebre que me hacía sentir fragilidad y mi absoluta falta de protección ante las inclemencias del virus más potente: el deseo no correspondido.
Pedí un día libre, un respiro en esa condena de ocho horas al día, oliendo a pizza y escuchando esa lista de canciones que ya me taladraba el cerebro.
Un día para toser, escupir flema e intentar no tragarme el llanto verdoso de mi nariz congestionada.
El viernes volví al antro de harina y levadura, arrastrando el cuerpo como un costal de huesos. Estaba solo un poco mejor, pero ya pedir permiso de 24 horas en un empleo como estos es ir socavando mi estabilidad laboral.
El sábado, la generadora del magnetismo impune estaba ahí. Su presencia era el efecto placebo que sublimaba mi estado febril.
Eso me convertía en el mejor actor de carácter que interpretaba al hombre duro, gracioso y con desenfrenada voluntad de trabajo.
Había una camaradería real, sí, forjada en las largas horas y el ritmo frenético del oficio.
Compartíamos risas por los clientes extraños, nos ayudábamos en los momentos de mayor demanda y hasta nos contábamos alguna que otra pena.
El humor cínico era mi trinchera, mi forma de navegar, esa extraña mezcla de condena con redención.
Recuerdo que ese día hubo buenas propinas. Ella se fue antes, porque tenía un compromiso, dejándonos con el ritual del cierre: el trapo húmedo sobre las mesas, las sillas apiladas como un presagio de otra noche solitaria.
Terminamos de hacer lo que correspondía y se cerró el local. Mi estado gripal había regresado por venganza, mientras mi cuerpo solo me pedía un trago.
Caminé hacia mi casa, sintiendo el asfalto helado bajo mis pies.
Y entonces la vi. En la parada de autobús frente a mi puerta. Iluminada por la luz de la calle, su pelo castaño oscuro contrastaba con el aire gélido.
-¡Hola!
Dijo, con esa sonrisa, que aún era capaz de aflojarme algo más que las rodillas, incluso con la gripe royéndome por dentro.
Me acerqué, impulsado por una torpeza febril, por esa rara conjunción de cansancio y una última bocanada de esperanza.
– ¿A dónde vas?
-A un bar en Belgrano, a reunirme con unas amigas.
– Seguro que algún pibe con mejor suerte te espera.
Solté, con ese humor ácido que era mi escudo. Ella intentó esquivar la frase, como si no quisiera confrontar esa verdad evidente.
– No, solo vamos a charlar y tomar unos tragos, porque tenemos tiempo sin vernos.
– Como podés darte cuenta, no nací ayer, así que, tranquila. Estás en tu momento.
Insistí, sintiendo la urgencia de marcar territorio, aunque fuera verbalmente. Ella, como el ser extraordinario que era, dio la vuelta todo a su favor.
– ¿Vos cómo te sentís? ¿Mejor?
-Yo, mucho mejor.
Mentí, la garganta áspera como papel de lija. No quería que sintiera lástima, no quería que pensara que me quedaría ahí, pegado a su aura.
Me despedí, deseándole una buena noche, con la culpa punzándome ya en el pecho por no haber aprovechado ese instante.
Al llegar a mi tugurio, el arrepentimiento se hizo insoportable. ¿Y si esa breve charla era una señal? ¿Y si había desperdiciado la única grieta en su armadura?
Di media vuelta, como un idiota con mocos en la nariz y bajé las escaleras como un demente.
La encontré todavía en la parada, bajo la luz en la que se estaban empezando a estrellar gotas de una tormenta que ya pronto abriría el vientre sobre toda la ciudad de la furia.
Mi regreso a su encuentro pareció tensarla.
– ¡Volvé a tu casa!
Me dijo con voz incómoda.
-Tu gripe puede empeorar con esta lluvia.
– No te hagas drama -Le contesté- hierva mala nunca muere.
Ella no pareció tomarlo con buen humor y sus ojos verdes se llenaron de nubes tormentosas y relampagueantes.
Llegó el colectivo, ese monstruo ruidoso que vino en su rescate la para llevarsela de mi lado, sepultando lo que pudo haber sido una oportunidad de conocerla mejor, dejándome con la lluvia helada y la certeza de haber metido la pata hasta el fondo.
Los días siguientes fueron muy diferentes. La distancia era palpable, se había levantado un muro invisible entre nosotros.
Ella, amable con todos, distante conmigo. Yo, tosiendo mi derrota como un tuberculoso.
Las cartas estaban sobre la mesa: la selección natural era implacable. Y el extranjero, no tenía una mano favorable en esa partida.
Mis compañeros seguían en la silenciosa competencia por su atención.
Cada noche la botella era mi único consuelo, un anestésico barato para la punzada constante de la humillación.
El trato de mis jefes, siempre áspero y condescendiente, se había vuelto insoportable. Sentía su desprecio velado.
La frustración se acumulaba, noche tras noche, como la grasa oscura en una freídora.
Finalmente, la tensión explotó. Una discusión absurda con uno de los dueños, una nimiedad sobre la limpieza del baño, se convirtió en la válvula de escape de toda esa rabia contenida.
Le dije lo que pensaba de su trato, de la explotación, de la miseria de ese empleo. Sentí su mirada sorprendida, el silencio repentino en el local. En ese instante, supe que no podía seguir.
Al día siguiente presenté mi renuncia. Fue un acto impulsivo, una liberación agridulce. Dejaba atrás el olor, la lista de canciones machacona, la presencia de esos ojos que eran una herida abierta.
A pocas semanas de haber renunciado me reencontré con algunos de mis excompañeros en uno de los bares de Villa Crespo, para celebrar mi liberación del yugo de otro patronazgo tóxico de gastronomía en esta ciudad.
Ellos tampoco se sentían a gusto con el trabajo, pero no tenían el valor de rebelarse contra la autoridad y el mal manejo de tan prometedor establecimiento.
Un adulto curtido de 45 años si puede hacerlo con total comodidad y desparpajo, aunque no tenga certeza acerca del futuro próximo.
Ella estaba predente. Cuando me acerqué para saludarla, de inmediato, percibí su incomodidad y rechazo.
Estaba sentada junto al encargado rubio, intercambiando secretos y risas. La confirmación de lo que mi escepticismo ya había anticipado.
La conversación fluyó entre chistes y anécdotas del viejo trabajo. Yo me mantuve al margen, bebiendo mi cerveza amarga, sintiendo una punzada de vacío mezclado con resignación.
Cuando llegó el momento de despedirme, estreché la mano de todos, incluso la de ella. Un apretón breve, sin palabras innecesarias.
Al salir a la noche fría de Buenos Aires, sentí el peso de un breve espejismo de deseo en medio de la oscuridad.
Una derrota más en la larga lista de errores de un extranjero que busca su lugar en una ciudad hermosa y cruel, como los seres que la habitan.
FIN
(c) Edwing Salas