Observaciones de un testigo ocasional.
Era una madrugada de domingo, a finales de septiembre, las dos de la mañana en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires poseía el mismo tráfico de las horas diurnas.
En esos momentos de luna proliferan seres que iluminan la noche porteña y sus antagonistas, las peligrosas deidades de las sombras.
También deambulan los observadores, algunos, condenados sin ánimo, con la espalda y el ego hechos mierda, ese era mi caso.
Subí al colectivo 168, ansioso de volver a mi refugio de la Avenida Córdoba. Llevaba conmigo 3 cervezas y el coro de pensamientos interminables que intentaban persuadirme para ejercer mi legítimo derecho a interrumpir esta existencia inmerecida, de una vez por todas.
Al abrirme paso entre la ruidosa multitud de pasajeros, buscando el fondo del colectivo, de pronto, llamaron mi atención, dos carcajadas estridentes.
La explosión de risas era de una pareja sentada a mi derecha. Charlaban con el desparpajo y el desenfreno que produce olvidarte de todo lo que te rodea.
Llegué al fondo del transporte público y tuve la suerte de encontrar un asiento libre. Al sentarme, la pareja quedó en mi diagonal izquierda. Me convertí en un espectador casual de su entregado diálogo.
Me interesó comprobar todo lo que aseguran los psicólogos, expertos en conducta y youtubers, sobre las señales que muestra una mujer que siente atracción por un hombre.
Sus ojos negros, con pupilas dilatadas, se clavaban en los de él. Las finas cejas de su rostro mostraban un arqueo perfecto. La mirada iba cambiando de dirección cada 2 minutos, apuntando hacia sus labios. Ese acto reflejo duraba milésimas de segundos, pero era constante y duró todo el trayecto en que los estudié.
Ignoraba si el interlocutor que producía esos instintos en ella, estaría al tanto del significado de esos detalles.
La chica se mordía los labios inferiores de vez en cuando, para contener la ansiedad de besar.
La coreografía de mirada, labios y risas de ella me provocaron una envidia corrosiva. Deseaba que toda esa atención y lujuria fuera dirigida a mí, para tener una noche de coito animal y taladrar cada orificio de su bendita anatomía saturada de feromonas y colágeno.
Pensé en inyectarme una de las cervezas para anestesiarme de la brutal realidad que demuestra que el tiempo clave ya pasó y únicamente queda ser fornicado por la muerte, para penetrar la zanja de una tumba.
El chico a su lado hablaba con fingida humildad acerca de sus dotes como actor y como su última presentación teatral causó tal impresión entre el público y sus compañeros del elenco que estudiaban actuación, que fue ovacionado por todos ellos.
Además, le contó que había sido felicitado con gran emoción por su instructora de actuación, a quien le otorgó crédito por ayudarlo a canalizar su talento y técnica. Palabras más, palabras menos.
El muchacho se expresaba con mucha alegría y convicción mientras ella recibía toda esa verborrea con el rostro iluminado y cachondo.
Ninguno parecía llegar a los treinta, estaban en esa época de la vida cuando te sientes con la seguridad y certeza de que Argentina y el mundo serán tuyos.
Ella también redobló su apuesta en la conversación, dejando ver que también era una artífice de la autorreferencia para demostrar su valor en el mercado de las relaciones.
– ¡La profesora Romina es una genia! Siempre me decía: «Sara, actuar es algo natural. El humano siempre está actuando. Finge que no odia su trabajo, pretende fingir que sí cumplirá sus resoluciones de año nuevo, pretende fingir que no siente envidia del vecino que se compró un coche último modelo. Actuar es parte del día a día para sobrevivir». Y eso no sabés como me ayudó a ser la mejor de su clase, cuando yo estaba en el grupo de actuación.
En ese momento supe su nombre: Sara. Todas las mujeres que se llamaban así, y que se habían cruzado en mi vida, encerraban esa magia que no les permitía pasar desapercibidas.
Explotó en mi memoria el recuerdo de mi abuela, que también se llamaba igual y cuya última imagen siempre me estremece hasta el presente.
De igual forma, el nieto que vio irse hacia la gran ciudad, no era mismo que había regresado a darle el último adiós: un veinteañero con el cabello peligrosamente largo y una delgadez alarmante.
Esa imagen también causó revuelo entre todos los familiares y metiches que presenciaban extasiados el calvario de una mujer que simbolizaba el fin de era.
Agonizó de una manera inmerecida durante sus últimos días, mientras todos los vecinos de la calle MN y alrededores, deleitaban su morbo con el circo representado por mi familia en medio del drama y el sufrimiento por la pérdida del principal cimiento que nos mantenía unidos.
En ese periodo ya se estaban gestando en mi interior las primeras derrotas y frustraciones que se irían acumulando desde los primeros enfrentamientos con el mundo, que finalmente terminarían formando un combustible a base de rabia y resentimiento crónicos, productos del descubrimiento del juego de la realidad durante la adultez.
La vieja casa de tejas se desmoronaba con los gritos de agonía, dolor, oraciones y supersticiones campesinas originadas por la histórica opresión del poder católico romano.
Sonidos muy parecidos a los del presente inmediato, pero estos últimos, poseían otro matiz.
El nivel de bullicio dentro del colectivo esa madrugada era abrumador, debido a la cantidad de jóvenes que ya venían con sus sentidos de fiesta, gracias los rituales de las previas, que los ayudaban a lubricar socialmente, antes de terminar en los locales nocturnos de Palermo, para añadirle más nafta al fuego de su ímpetu.
Tal escenario era telón de fondo perfecto para que cada pareja se sumergiera en la noche porteña y sus hechizos.
La conversación siguió durante el trayecto hacia la parada de la calle Cabrera. Este «voyeur» seguía estudiando ese antiguo ritual entre dos personas cuyo destino final podía presentirse.
Pero como todo en la vida tiene su final, yo estaba más cerca mi destino que Sara y su presa barbuda y flaca. Oprimí el botón que me eyectaría para siempre de esta historia.
Al bajar en mi parada volví a escuchar sus sonoras carcajadas, que seguramente seguirían recorriendo las calles Almagro, San Cristóbal o San Telmo, para finalmente consumar sus sueños de fines de semana, y también, los de los días laborales: porro y sexo.
Entré a mi refugio, volé la tapa de la primera Schneider para iniciar mi ritual de anestesia y aumenté mi apuesta como observador maldito, esta vez, desde el balcón de mi habitación.
FIN
(c) Edwing Salas
