
La premisa grabada a fuego en la mente de Marcos es: Hay que adaptarse y abrazar la cultura del país que te ha recibido.
Él forma parte de los 7,7 millones que han huido de la dictadura militar genocida que oprime su país.
Después de 9 años en la hermosa metrópoli que lo ha acogido, una de las cosas que más le desconciertan es cómo él siempre ha estado de acuerdo en condenar a la antigua dictadura argentina y sus víctimas: sean 30.000 o 14. La cantidad no importa.
Siente que entre algunos locales, parece no haber una comprensión solidaria con lo que ocurre en su lugar de nacimiento. Aseguran cualquier cosa, menos la existencia de una tiranía que somete a la gente al colapso permanente.
Lo que frecuentemente le resulta raro es que aquellos que condenan a sus tiranos militares, parecen convalidar las atrocidades de los dictadores del Caribe, quienes, por cierto, utilizan las mismas torturas y homicidios de sus antecesores australes, superándolos en alevosía y descaro.
«Debe haber dictaduras más bonitas que otras».
Reflexiona con fingida ingenuidad.
Apartando todo eso, el tango es una de las tareas que se ha propuesto Marcos para aprender y sentirse más familiarizado con la llamada pasión argentina.
Cada miércoles, sin falta, se presenta en las clases del club barrial Villa Malcolm, en la avenida Córdoba, entre Serrano y Thames.
Ahí se encuentra con su amigo Martín, quien le insistió hasta hacerlo ir. Martín, su mujer y sus chicos asisten desde hace años al tradicional lugar.
Marcos vivía a escasas dos cuadras y le quedaba perfecto para cerrar las tardes de caminata y ejercicio por todo Palermo, como premio a sus amadas jornadas de trabajo creativo desde casa.
¡Cuántos recuerdos añorados!
De esos días de gloria pasada, podía atestiguar la maravillosa metamorfosis de la mujer argentina, una vez que se cambiaba de zapatos y empezaba el ritual de baile al compás de los viejos discos de vinilo transferidos a formato MP3.
El espectáculo no solo tenía piel local: norteamericanas, japonesas, alemanas, francesas, brasileñas.
Era contemplar la danza del mundo, representada por cuellos, espaldas y piernas, llenas de anocheceres rojos y amaneceres amasados por el cumplimiento de sus fantasías lejos de sus estructuradas sociedades.
La luz escarlata y amarilla aumentaba la pulsión por el baile. En medio del torbellino, Marcos era detenido por las rigurosidades impuestas por ese estilo musical tan único y, a la vez, tan complejo.
– Esto no es salsa.
Esas frases lo frenaban en seco, haciéndole dudar sobre sus capacidades de aprendizaje y adopción de nuevas culturas. Este baile es tan único como la yerba mate, como la rivalidad entre River y Boca.
Tan de aquí como el Día de las Madres, que se celebra en octubre y no en mayo, como lo hace el resto de Occidente.
Con el pasar de las semanas, Marcos dedicó más tiempo al trote y las caminatas. Se presentaba en Villa Malcolm ya al final de las clases, solo para ser testigo de las metamorfosis tangueras que constituyen una muestra muy local de los rituales darwinistas que siempre han movido al ser humano.
FIN
(c) Edwing Salas