En este mundo se ve de todo. Nunca se llegan a cumplir suficientes años como para perder totalmente la capacidad de asombro y eso quedó enteramente demostrado cuando se conoció el caso del Hombre Alce.
Las democracias se parecen cada vez más a las dictaduras, las dictaduras se confunden con las democracias, la confianza ahora es desconfianza. Las izquierdas dicen que todo es culpa de las derechas y estas, dicen lo mismo de sus contrarias. Mientras hay sociedades que quieren liberarse, otras, quieren ser esclavizadas.
Pero en medio de tanto caos, desigualdad, corrupción e injusticias, está el amor, el sexo y la satisfacción de los instintos básicos.
La soledad, por encima del dinero que asegura victorias y absoluta comodidad. Corría el año 2019. El amor era un líquido que fluía libremente por las metrópolis.
Cambió, se intensificaron los niveles de selección natural, la hipergamia dictaba las normas con más fuerza que nunca. Entonces, no se estancaba, ni duraba tanto tiempo en el mismo lugar.
Eso, sin duda, es verdadera evolución. Igualdad, con o sin superioridad moral. El maridaje perfecto Charles Darwin – Zygmunt Bauman.
El Hombre Alce le llamaron en las redes sociales y medios convencionales a ese ser deformado por un extraño padecimiento adquirido en la India, o en Bangladesh, quizás.
Él adoraba las culturas milenarias y la espiritualidad. Eso lo llevó un largo peregrinaje en la búsqueda de sí mismo, para alcanzar la elevación espiritual,pero en cambio, terminó con un desorden metabólico provocado por una bacteria extraña llamada «Lontanus Ausensis».
En todas partes reseñaron como Bernard Luisantis, oriundo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con 29 años, había pasado de ser una persona normal, de clase media alta y aspiracionalista, con sueños y proyectos, junto a su esposa Lidia Flesher, – de 28 años- a protagonizar un drama que alimentaría el morbo de todo el planeta por un larguísimo periodo de 15 días.
Luego, la atención se enfocó totalmente a seguir las incidencias del conmovedor caso del primer Drone autónomo que, tras pasar al estado de la singularidad tecnológica, empezó a auto percibirse como la primera inteligencia artificial transgénero de la aviación contemporánea, pero esa tendría que ser otra historia.
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Bernard y Lidia habían nacido a mitad de los años noventa del siglo pasado. Sin duda, pertenecían a una generación privilegiada que les permitía el sagrado derecho de contar con muchas opciones para elegir. El poder y la libertad de hacer, sentir y tener el control de sus decisiones.
Se conocieron durante la secundaria y aunque Bernard siempre sintió una desbocada pasión por su compañera Lidia, ella no notaba nada especial en él.
Fue con el tiempo, cuando se dio cuenta que su pretendiente era una persona fiel y devota a sus caderas de odalisca.
Eso ocurrió justo después de la decepción amorosa más grande de su vida. Lidia, ya a punto de graduarse en la universidad, fue engañada por Martín, el joven alfa con quien creía que pasaría el resto de su existencia.
«Tincho”, con descaro y sin decoro, le puso prominentes cuernos con varias mujeres tan sensuales como ella y también, con otro compañero del club de rugby. Lidia se sintió desechable y rebajada hasta el último peldaño de la dignidad.
Bernard le tendió la mano y prometió cuidarla, apoyarla y por sobre todas las cosas, amarla.
Ella al principio no le creyó, solo lo utilizaba mientras tenía encuentros casuales con muchos otros, para ahogar sus penas y encontrar un alfa digno de entablar una relación duradera y reproductiva.
Bernard no era, ni siquiera, la cuarta opción, pero finalmente Lidia se dio cuenta de que no encontraría a más nadie capaz de acompañarla con un amor y estoicismo semejante.
Entonces, se dejó fluir y por fin, terminó enamorándose perdidamente de él y ya nada podría separarles.
Bernard le otorgó el lugar que se merecía, aunque era él quien realmente debía cuidar la confianza que su novia le había dado. Ella jamás le permitiría comportarse como la mayoría de los hombres que habían pasado por su vida.
Él tampoco poseía ese perfil seductor y mujeriego. Mucho menos, tenía propensión al liderazgo o el esfuerzo por concretar algún objetivo en particular. Su empresa más grande había sido conquistar pacientemente a Lidia, por quien sentía devoción absoluta.
La familia Luisantis nunca vio a Lidia como la persona más conveniente para el consentido Bernard y eso la alentó a luchar por estar juntos. Un asunto de rivalidad natural entre suegra y nuera.
Cora, la mamá de Bernard, ejercía una tremenda influencia sobre todas sus decisiones, hasta el punto de ponerlo siempre en situación de escoger entre ella o su novia.
Cada ocasión, cada detalle, cada reunión social era una batalla para ver quién atraía más las atenciones y cuidados del flaco, aunque él desarrollaría rápidamente la manera de voltear a su favor esa circunstancia.
—Existe una forma de ponerle límite a mamá.
—¿Cuál es?
Bernard sacó una cajita cuadrada de su bolsillo y como si se tratase de un prestidigitador, hizo aparecer un anillo de brillantes y se lo puso en el dedo anular izquierdo a Lidia.
En la boda, los padres de la novia estaban contentos por el gran paso que había dado. Ya se había graduado de administradora contable. Siempre fue muy independiente y determinada. Lo que más temían en ella era su temperamento y en verdad, no había que objetar nada.
Bernard, por su parte, se encargaría del negocio familiar de los laboratorios, tal como lo había hecho su difunto padre. Para él, tampoco había que esforzarse tanto en una universidad. Con estar al tanto de lo que hacían quienes realmente sabían cómo funcionaba el negocio, era suficiente para vivir con tranquilidad.
La personalidad aguerrida y determinada de Cora, le ayudó a resistir el leve ACV que le dio en la boda. Lidia ya tenía derecho al capital que ella y su familia habían construido con tanto sacrificio.
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“Luna de miel | luna de miel”, con ese fraseo clásico de la música pop podrían definirse los primeros 2 años en pareja de Lidia y Bernard, luego de su primer tour por Europa, como punto de partida de su unión matrimonial.
Vivían en un cuatro ambientes en Palermo SoHo. Trabajo, vida social, coches del año. Todo iba sobre ruedas, hasta que, de pronto, en uno de esos eventos de terraza al aire libre en la primavera de Buenos Aires, uno de los pilares de la relación, reflexiona: «Quizás, el matrimonio es algo más, tipo cuando se llega a los 35 o 40 años».
Esa epifanía oscura se impregnó como polvo en una alfombra y se adueñó de todo el departamento, de sus palabras, de sus miradas y de su lecho matrimonial.
“¿Qué está pasando?” Se preguntaba ella, de igual manera él. Uno se lo preguntó al otro durante un domingo de invierno a las 6 de la tarde, cuando el bajón del «Blue monday» asomaba en el horizonte.
¿Era demasiado tarde o demasiado temprano para reproducirse?
La familia de ella pensaba que era el momento, en cambio, la familia de él, siempre fieles al catolicismo, empezaron a recalcular el polémico y delicado tema del aborto en caso de conocerse la noticia del embarazo.
Cora sabía que con el título de “abuela” se confirmaría su paso oficial a la tercera edad y quedaría asentado el peligro latente de un heredero salido de las entrañas de su némesis.
Durante los momentos felices las demostraciones de amor entre ambos eran más que ideales para concebir un hijo, sin embargo, el milagro de la vida no estallaba en el vientre de Lidia.
Con el tiempo y las situaciones en las que se vio envuelta en la rivalidad con su suegra, deseó quedar embarazada para terminar de “matar a la bruja”, pero la magia no ocurría.
En un reencuentro de amigos de la universidad, en el que Bernard se negó a participar, Lidia descubrió que la huella que Martín había dejado en su cuerpo estaba intacta, fue así como el exnovio aprovechó la oportunidad para abrir piernas que se creían cerradas para siempre.
A las 9 de la mañana del siguiente día, Lidia regresaba al departamento y se encontró con que su esposo le había preparado el desayuno. Ambos comieron tranquilamente, agitando cada vez más el silencio.
Los días sucesivos mostraron un aumento de la tensión entre la pareja. A medida que su matrimonio perdía sustento, los silencios se hicieron más largos y las discusiones más frecuentes.
Se sentían atrapados en un círculo vicioso de desconfianza y resentimiento, incapaces de encontrar una solución.
Fue entonces, cuando Lidia propuso darse un tiempo para reflexionar sobre su relación. Aunque se trataba de una decisión difícil, estuvieron de acuerdo en que necesitaban espacio para pensar y encontrar respuestas.
Bernard, sintiendo una mezcla de alivio y tristeza por las decepciones sufridas, aceptó la propuesta y decidió emprender un viaje a la India en busca de esa paz espiritual que alguna vez soñó.
Lo único constante son los cambios.

En la India, Bernard abrazó con excesivos ánimos la espiritualidad del país, visitando templos y practicando meditación.
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos por encontrar respuestas, se sintió cada vez más perdido y desconectado. No podía sacarse de la mente la sensación de infidelidad que había quedado plasmada ese domingo en el que desayunaron juntos por última vez.
En Buenos Aires, Lidia dejó el departamento y se fue con todas sus pertenencias sin notificar nada a la familia de Bernard. Volvió a revivir su pasión por Martín y juntos acordaron tener una relación abierta, algo más acorde con estos tiempos.
No vivirían juntos, ella necesitaba espacio para pensar en lo que iba a hacer con su futuro. El lugar adecuado para poder analizar las cosas con claridad, era uno de los hostales internacionales de Palermo, donde la línea que separa los días y las noches es muy delgada y confusa.
A pesar de la distancia, Bernard también estaba en sintonía con la exploración de sus deseos más íntimos, descubriendo banquetes que llenaban su existencia vacía con hedonismo puro y peligroso.
Su lado espiritual rápidamente dio un viraje de 180 grados y se tornó en una ferviente sed de alcohol, cuerpos y el constante fulgor de un hipotálamo hiperestímulado.
Literalmente, borrar el recuerdo de su excompañera le hizo traspasar todo tipo de fronteras. Entre las más importantes, por supuesto, estaban las geográficas.
En una de sus exploraciones por Bangladesh, país vecino de la India, Bernard descubrió hasta dónde eran capaces las dulces veinteañeras, que por el equivalente a 3 dólares, podían hacer desaparecer todo rastro de Lidia en sus cinco sentidos.
Alcohol, hachís, cocaína, éxtasis. El templo de su cuerpo entraba en la espiritualidad química.
En Buenos Aires, Lidia abrió de par en par las puertas de su templo para darle cabida los tríos con «Tincho» y su colega rugbier y, en ocasiones, con alguna amiga venezolana que se les unía luego de bailar salsa erótica toda la noche en el boliche tropical Fidelo.
Nada los unía. Tan solo hacía falta formalizar su divorcio y que cada uno volviese a su mundo. Bernard estaba pensado seriamente en no regresar y expandir su experiencia sensorial en Tangier, Marruecos.
— Tenés que regresar. Hacete cargo. Te lo dije mil veces. Esa mujer no te convenía. Vení, divorciate y si querés, luego, nos instalamos en Europa. No me gusta que andes en esos lugares tan precarios.
Cora se esforzaba para que su hijo recuperara la cordura y retornara a la vida que tenía previamente antes de casarse. Para Bernard, esas videollamadas eran un cable a tierra. Un clamor a la conciencia. Sin embargo, el flaco sentía un vacío tan inmenso que muy pronto se convenció a sí mismo de que era un ente sin alma.
En Buenos Aires, Lidia completó la solicitud de divorcio alegando diferencias irreconciliables. No podía compartir su vida y perder su tiempo con alguien tan tibio, así prometiera una estabilidad económica como pocas en la Argentina.
Las noches de cacería la habían transformado en una figura avasallante, un espécimen alfa que ganaba kilos y flacidez, pero eso no disminuía su valor como mujer que sabe tener control sobre los hombres.
Se sentía imbatible, empoderada, rabiosa y altamente deseada. Era como si tuviese membresía ilimitada a un restaurante de tenedor libre, donde podía escoger un menú diferente en cada visita y saciarse hasta sentir culpa de tanta gula.
Siempre supo que esa era su naturaleza y hasta hace pocos meses evadía esa pulsión salvaje, pero ya no más.
Los locales nocturnos se volvieron repetitivos e insuficientes. Entonces, recurrió a Tinder, Happn, Badoo e Innercircle. Todo un mundo de posibilidades estaba a sus pies.
De la misma manera, Sergei se inclinaba ante su personalidad dominante escondida tras su voz infantil, rogándole por una relación monógama… o abierta. Lo que ella quisiera.
El pintor abstracto de moda estaba exponiendo en una de las mejores galerías del SoHo y la invitó para que viera sus obras, entre líneas, dedicadas a los eventuales encuentros que sostenían en medio de las furiosas noches de fin de semana.
Era la ocasión perfecta para conocer a algún atractivo coleccionista de arte que la colocase en el lugar que ella se merecía.
Ya estaba aburrida de cazar presas fáciles. Era el momento de cerrar ciclos y comenzar de nuevo. Eso sí, siempre junto a alguien con la capacidad de mantenerla en el sitial de honor que le correspondía por destino manifiesto.
Su mente, cuerpo y espíritu empezaban a clamar para que iniciase el camino hacia la sanación.
Las salpicaduras de tinta roja, blanca y amarilla con cubos temblorosos y otras formas garabateadas, bajo un lienzo negro y púrpura, daban la impresión de un terrible accidente automovilístico donde cuadros de Pollock, Picasso y Monet resultaban descuartizados entre un amasijo de chatarra reciclada.
La pintura de 6 metros de alto por 6 de ancho era impresionante, solo en tamaño. Los estudiantes de arte que se encontraban en la galería se preguntaban por qué tal aberración era expuesta en una de las galerías más famosas de la ciudad. Su pensamiento delataba su ingenuidad ante la vida.
La obra, que ocupaba la pared central del recinto, llevaba por nombre “La Loba”. Su musa inspiradora se sentía halagada, aún sabiendo que las distintas sensaciones que producía en quienes la contemplaban distaban de una buena crítica.
Se limitaba a degustar su trago de champán mientras veía y se dejaba ver, entre conocidos y extraños.
Contemplaba el mural por última vez antes de esfumarse, luego de detectar la carencia de especímenes que desataran en su interior deseo y admiración.
De pronto, notó una presencia silenciosa a su lado, cosa que incrementó su hastío del lugar, ya que varios insignificantes habían intentado la misma técnica de preguntar algo o emitir una frase que la obligase a interactuar..
Dirigió su mirada, solo por reflejo, a quien tenía al lado, simplemente para descolocarlo cuando iniciara su retirada. Luego de escrutarlo con típica altivez, fue ella la que entró en shock.
— Hola Lidia, pensé que nos ibamos a ver solo en tribunales.
La copa de champán estalló en mil pedazos al chocar contra el inmaculado piso de mármol.
Sus miradas se encontraron en medio de la galería. Fue un instante en el que todas las palabras no dichas, el dolor compartido y los arrepentimientos resurgieron.
Bernard había decidido regresar a la Argentina para finiquitar su divorcio y preparar todo para instalarse en Madrid con su madre. Su proceder estuvo signado por el apremio de hacerse cargo de aquello que él mismo había provocado.
Se veía alarmantemente delgado, con ojos hundidos y sin brillo, además de una barba poco poblada y desordenada que le impregnaba el sello del deterioro que provoca vivir sin reglas en el tercer mundo oriental.
Su presencia en el sitio era tremendamente azarosa, ya que una de sus nuevas amistades pseudo-espirituales del sudeste asiático le citó en el lugar para reencontrarse y, a partir de ahí, disfrutar de la salvaje noche porteña. Pero finalmente, no se presentó, dejándolo plantado.
A pesar de sus diferencias y de las circunstancias terribles que los habían llevado hasta allí, los dos sintieron una conexión que trascendía sus propios tormentos como pareja.
El inesperado abrazo de ella fue suficiente para resucitar aquello que se creía extinto para siempre.
Agonías varias
Confrontar sus propias responsabilidades en la relación fallida les llevó tiempo. La intimidad aún no se reanudaba, quizás, porque ambos se sentían tan culpables de perder la cuenta de los cuerpos consumidos, que ninguno se atrevía a confesar, ni mucho menos, insinuar usar la cama para algo más que dormir.
Bastaba con saber que uno estaba al lado del otro y que ya nada los separaría. Habían prometido vivir en reciprocidad y mantener a flote esa complicada empresa conocida como matrimonio y familia.
Ese compromiso incluía desmontar toda mala influencia de Cora y el entorno familiar de Bernard. Fue una de las condiciones que impuso Lidia antes de empezar la reconstrucción de sus vidas.
Así fue como iniciaron la nueva etapa de restitución amorosa. Cada uno dejaba atrás todo lo sucedido en los últimos meses, con la promesa de volverse una pareja más fuerte, si lograban superar todas las heridas que les produjo el conflicto.
Bernard fue el primero en expresar cuánto atesoraba dormir y despertar al lado de su amada. Sabía que las relaciones íntimas empezarían a fluir tarde o temprano. Solo era cuestión de tiempo.
Lidia, también se sentía aliviada y agradecida. El peso de su voluntad en la convivencia se hizo aún más evidente y eso la condujo a retribuir ese nivel de entrega con su consentimiento para reanudar la intimidad entre ambos.
La notificación fue insinuada en forma muy sugerente durante el final del desayuno del viernes. Al finalizar la jornada, luego de cumplir con sus respectivas responsabilidades de ese día, ambos, dejarían libre sus instintos más básicos, como en los primeros días de la convivencia. Un momento realmente decisivo para ambos.
El reloj marcaba las 6:15 de la tarde cuando Lidia regresó al departamento. Una brisa suave acariciaba las persianas, mientras ella recibía la llegada de la noche con una sonrisa. Había pasado todo el día planeando la esperada velada.
Dejó su bolso en el sofá y comenzó a sacar con cuidado los productos que había comprado con tanto esmero. Sobre la mesa del comedor, colocó una botella de champán de una prestigiosa bodega francesa, un regalo que ella misma se había concedido. La etiqueta dorada brillaba con la promesa de una noche llena de fuego.
El aroma tentador de una baguette fresca llenó el aire mientras sacaba una canasta de mimbre con pan recién horneado. La pieza estaba acompañada de una selección de quesos franceses: brie suave, de cabra con hierbas y un intenso Roquefort.
Colocó cada queso en una elegante tabla de madera, junto con uvas rojas y nueces. Continuó trabajando con otros ingredientes. Preparó una ensalada fresca con espinacas tiernas, fresas maduras y pistacho.
Como una obra maestra, la mezcla estaba contenida en un tazón de vidrio que chispeaba bajo la luz de las velas que había encendido. El aceite de oliva extra virgen y el vinagre balsámico llenaban pequeñas y delicadas botellas de cristal, listos para aderezar los vegetales.
El plato principal consistía en filetes de salmón a la parrilla, marinados en un aderezo. Colocó las porciones en platos individuales, adornándolas con rodajas de limón y un toque de eneldo fresco. Bernard no salió de su mente ni por un momento, estaba empezando a notar que tardaba. Se fijó en el reloj y vio que eran las 7:25.
Evitó impacientarse, en cualquier momento cruzaría por esa puerta cargando un gran ramo de flores, un peluche o, mejor aún, pastillas de éxtasis con la cara del «Che”.
Con la mesa elegantemente preparada y la comida exquisita lista para ser degustada, Lidia se tomó un momento para arreglarse, aprovechando el retraso de su marido.
Cuando entró al cuarto y encendió la luz, no podía creer lo que veía. Bernard yacía en la cama, cubierto de pies a cabeza con la sábana, temblando en posición fetal.
—¡Amor! ¡¿Qué hacés aquí?!
Bernard responde con voz débil.
—Lidia, por fin llegaste.
Lidia se acercó con rapidez y le tocó la frente, al instante percibió que ardía en fiebre y había algo más que la inquietó. Hizo a un lado la manta para ver mejor a su esposo y de inmediato la sorprendió el terror.
—¡Bernard! ¡¿Qué te pasó?!
Su frente mostraba como se ramificaban dos protuberancias que parecían ser de sangre coagulada.
— Nada, creo que me va a dar gripe. Me duele mucho la cabeza y supongo que tengo fiebre. Dejame dormir y vas a ver que mañana voy a estar mejor. Perdón por no poder cumplirte hoy, mi vida.
Su voz se fue apagando.
—¡Bernard!
Jamás un nombre había sido gritado con tanto horror.
Un sol carmesí se oculta en el horizonte marítimo, tiñendo de rojo las aguas del Golfo de Bengala, de donde empiezan a emerger como sirenas el conjunto de amantes transaccionales de Bernard, con sus anatomías perfectamente visibles y definidas. Su sensual danza provocan gozo y excitación en él. Cada persona realiza una coreografía diferente hasta convertirse en deidades como Durga, Kali, Lakshmi, Saraswati y Ganesh. El agua hierve hasta convertirse en lava. Los dioses se derriten en ella, hasta que una cobra gigante emerge desde las profundidades y lo ataca.
Bernard despierta en una unidad de cuidados intensivos, rodeado de eminencias médicas nacionales e internacionales.
—Señor Luisantis, por favor, mantenga la calma, todo va a estar bien.
Con las palabras del doctor a cargo de la investigación fue recibido Bernard en su regreso al mundo consciente, tras permanecer nueve días en un coma inducido, debido al proceso en el que el virus terminaba de completar su ciclo de desarrollo.
Esto significó la transformación de su lóbulo frontal en la base de dos ramificaciones de material cartilaginoso y proteico que se asemejaban a las astas de un cérvido, pero en menor escala que esta especie.
El color de su piel se había tornado marrón, debido a las complicaciones renales, convirtiéndolo en una especie de versión humanizada de los alces. Sus manos también se deformaron al punto de poseer una enferma similitud con pezuñas.
El mundo, tal cual como él lo había conocido, ya no existía y se había convertido en un total infierno. Cora estaba internada en el mismo prestigioso hospital, por sufrir un derrame masivo, 72 horas luego de internar a su hijo y presenciar parte de su inevitable cambio.
Lidia también desapareció al séptimo día de reclusión de su marido, aunque la prensa aseguraba que se encontraba oculta en la isla de Margarita, en Venezuela. País que se habría ofrecido a esconderla y protegerla, a cambio de información sobre la misteriosa enfermedad.
Nadie se atrevía a concluir nada ante las idas y vueltas de los carroñeros medios, porque recibían con placer culposo cada dato que salía de las salas editoriales.
La investigación, a cargo de los mejores hombres de ciencia, dieron como resultado varios datos que se conocieron en todo el mundo:
- La enfermedad es una variación del VPH y se contagia solamente por la vía del contacto sexual entre personas con «Pthirus pubis» o ladillas. Estos insectos parásitos actúan como portador del agente activo «Lontanus Ausensis», que se inyecta a través del proceso de extracción sanguínea del humano por parte del ácaro.
- El virus se mantendría aislado dentro del paciente 0 mientras el mismo esté impedido de sostener relaciones sexuales con otra persona. Circunstancia que la comunidad científica estaba convencida de que era inquebrantable, debido a las “condiciones y aspecto” del ecosistema que lo aloja. Eso era una noticia alentadora para todo el planeta.
- El rastreo de este inédito hallazgo de la naturaleza concluye que la alteración genética se produjo cuando un mosquito de Bangradesh succionó la sangre de un pangolín de la zona, que a su vez, había comido gusanos de una fosa común desconocida.
- Luego, dicho mosquito, copuló con una ladilla y esta fue el vehículo para contagiar a los humanos.
El informe hacía referencia contextual del caso de Dede Koswara, un ciudadano de Indonesia que ganó notoriedad internacional debido a su rara condición médica. Sus síntomas comenzaron cuando era un adolescente y desarrolló crecimientos verrugosos en sus manos y pies que se asemejaban a ramas, lo que le valió el sobrenombre de “El Hombre Árbol”.
Finalmente, Bernard fue dado de alta. En la entrada del hospital la prensa local e internacional se presentaba con sus cámaras para darse un banquete y mostrarle al mundo las aberraciones de la naturaleza.
El Hombre Alce fue perseguido por los periodistas hasta su departamento de Palermo SoHo. Una vez dentro, se dedicó a pensar cuál sería el método más rápido e indoloro para poner fin a su desdichada existencia.
Durante los días siguientes la situación se tornó más mórbida. Su imagen recorría el mundo como un meme alusivo a las personas que son víctimas de alguna infidelidad, debido a la evidente similitud entre sus «astas» y el folclore que designa a los cornudos.
Nadie reparó en su dolor, en su sufrimiento, en lo que sería su vida de ahora en adelante.
Mucho menos, luego de que uno de los drones de prensa sensacionalista que sobrevolaba su edificio en busca de alguna imagen, cortó conexiones con el mando a control remoto para volar libre como una golondrina y construir su nido junto a algún macho para fecundar y eclosionar huevos.
Nunca se llegan a cumplir suficientes años como para perder totalmente la capacidad de asombro.
FIN
(c) Edwing Salas
