Locura creativa literaria

Loco por crear

Estar loco no es sano, peor aún, es permanecer en un estado demencial por crear algo todos los días, que, como en mi caso, no se traduce en buscar la cura contra el cáncer o hallar el algoritmo que haga que todo lo que publiques en tus redes se haga viral.

 Más bien, es demencia por querer escribir historias sobre todo aquello que veo, lo que vivo o lo que puedo imaginar en una sabia conversación con grandes amigos.

Desde niño fui programado para sentir vergüenza por alguna inclinación que no fueran los números o las ciencias exactas, porque ciertamente, serían los números los que me sacarían de mi estatus social, no las letras, y es así como, por no hacer caso, es que he vivido como un condenado. Nada que ver con Lestat y esos putos vampiros idealizados ¡Condenado en serio mutherfuckers! Al estilo LATAM.

Porque la realidad es que la creatividad, la escritura, el cine y todas las manifestaciones artísticas están reservadas para un@s cuant@s seleccionad@s del olimpo. Y ahí, es justamente cuando entra en juego rápidamente la medición de la performance, del talento, la disciplina y sobre todo, la separación entre lo bueno que crees que eres y lo bueno que en realidad eres.

Particularmente sé, que no soy de escribir extensas novelas, ni siquiera, novelas cortas o medianas. Soy más bien, de escribir cuentos cortos, relatos, copys, tweets y artículos.

Soy muy ansioso o muy poco adaptable a los procesos largos de creación. Procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino y leo. Me revuelco con libros y tengo orgasmos con los white papers de cualquier informe sobre buenas prácticas en redes sociales.

En cambio, me encanta escribir largometrajes: doscientas, ciento veinte, noventa páginas, no son nada para mí, a la hora de poner personajes en una pantalla, por eso, intento regresar a ello cada vez que puedo, pero igualmente, cuando asumo este proceso, también procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino y leo. Tengo orgasmos con cortometrajes, películas y cualquier libro sobre Hitchcock, Michael Mann, Gordon Parks, Román Chalbaud o Akira Kurosawa.

En este momento estoy escribiendo un nuevo largometraje, claro, dentro del tiempo que tengo; le cambié el nombre: antes se me había ocurrido algo que sonara como «La noche de nuestras vidas», pero ahora, se llama «Criaturas de Buenos Aires». Ese título podría llegar a Cannes, de hecho, es el único festival al cual me gustaría asistir.

Borré a la 363 de mi LinkedIn, porque pasó de ser una luz de esperanza cuando atravesaba los momentos más difíciles como guionista amateur que creaba su primer largometraje comercial, con 26 años, a tener que verla muchos años después como «filmmaker de éxito», viviendo en Barcelona.

Hace mucho tiempo que tampoco escribo poesía. Perdí totalmente el interés por ese amor primario a describir con metáforas todo aquello que pasaba o sentía. Tengo la impresión de que ya es una expresión obsoleta y sin propósito alguno.

No puedo dejar de pensar en el maldito Bukowski, porque siento que nací con ese tipo de estrella con puntas melladas, pero luego reflexiono y digo: «El hijo de puta estaba viejo, pero aun así, lo logró. Claro, nació en Norteamérica. Vivía en Los Ángeles y parece que allá, por muy maldito que sea todo, si alguien cree que tienes talento, vas a lograrlo al final»

Eso es más difícil en la vereda donde uno está, y además, sin certeza de tener siquiera un 1% del talento y la suerte del «Buko».

«Está jodido compadre» – como dirían los mexicanos- pero, ¿Ya qué puedo hacer? Es la que hay. Igualmente, procrastino: veo YouTube, Instagram, Twitter, TikTok, Tumblr, bebo, me masturbo, camino, corro, hago ejercicios, cocino, leo, me revuelco con prostitutas y tengo orgasmos con las otras chicas que veo felices con sus vidas dentro de las redes sociales.

FIN

(c) Edwing Salas

Matar a un perdedor

Parque en Buenos Aires
Matar a un perdedor

¿Matar a un perdedor debería ser una tarea fácil y frecuente? 

Así ha de ser, porque es una especie que abunda con exabrupto en la tierra. Borrar cada pálpito, cada aliento, cada meta, cada esperanza, cada conciencia. 

De hecho, matar a un perdedor ya es una tarea cotidiana. Sucedió, sucede y sucederá por milenios hasta que el último se extinga, para dar origen la perfección del reinado de los ganadores  y su canibalismo incestuoso, que tampoco tardará en exterminarlos a ellos mismos, pero por lo menos son la manada dominante y faltarán siglos antes de que desaparezcan.

Los perdedores y los ganadores van muriendo día a día, salvo que los primeros experimentan más agonía, porque la llevan consigo desde su primer despertar a la realidad y su pesada herencia de circunstancias ruinosas. 

Mueren a diario, de forma natural, ganadores y perdedores, porque se van suicidando a cuentagotas, los primeros, porque  siempre quieren tener un vuelo más alto, nunca será suficiente altura hasta que sus alas son quemadas por el sol, tal y como se describe en la leyenda de Ícaro

Por el contrario, los últimos se van quitando la vida con la miseria o la fatalidad de sus ingenuas aspiraciones, queriendo tener alas con las que no nacieron o peor aún, siendo felices con lo que les tocó, propagándose como polvo en un paisaje árido. 

Ganadores y perdedores también se suicidan de las maneras clásicas, a ambas especies les atormentan las mismas fuerzas oscuras que se activan en su interior, aunque son quienes no ganan los que deciden finalizar el juego al saberse perdidos dentro de una inútil apuesta.

¿Matar a un perdedor es lo que quiere un ganador?

Posiblemente, pero sabe que sin la existencia de los perdedores, no habría oportunidad de pavonearse como dominadores del juego y tampoco quienes se dediquen a oficios indignos que  garanticen su comodidad en el tablero de ajedrez.

¿Un perdedor querría matar a otro perdedor? 

Por supuesto, es tan factible como que un ganador quiera matar a otro ganador, al saber que su par podría superarlo en algún momento. También, un perdedor, a cierta edad, se da cuenta de que, para terminar exitosamente con todo, aunque sea una vez, tiene que matar al derrotado que lo mira fijamente enmarcado en la pared del baño o la habitación.  

FIN

No quiero ser la hoja muerta y seca del otoño y el invierno