Cena(ge) a Trois

 

 

Cenage a trois

Un escalón de madera separa el pequeño recibidor donde están el bar y algunas mesas, más allá, el amplio salón repleto de más mesas, envueltas en manteles blancos con  rectas líneas rojas que se cruzan.

Es un concurrido restaurante, donde todas las familias de la gran capital parecen darse cita cada domingo, para un tradicional almuerzo italiano.

En el borde de madera de ese escalón, uno de los comensales recién llegados había dejado un generoso trozo de mierda de perro que traía en sus zapatos.

– Que lo limpie el bachero.

Dijo Álvaro con su certero y ansioso tono de jefe. Omar, el mesonero que llevó a Magnolia a trabajar ese día, secundó la idea con su perenne sonrisa de Gardel en opiáceos.

Esa era la solución que aportaba cada miembro del personal que ahí laburaba cada vez que se presentaba alguna contingencia de ese estilo.

Desde colocar las pastillas de orine de los baños, hasta echar lavandina en los fluidos fétidos de basura callejera, dejada por las bolsas arrastradas por los esclavos de otros restaurantes de la cuadra.

La reciente entrada del nuevo lavaplatos le hacía candidato especial para todo tipo de tareas que los tanos criollos detestaban hacer.

Está bien, no pasa nada, William la tiene re clara de cuál es el papel que le toca desempeñar en la cadena alimentaria del nuevo ecosistema en el que se ha alojado. El problema es que cada eslabón sabe su rol.

Magnolia lo miraba condescendiente mientras libraba crueles batallas contra la grasa de las ollas, los sartenes, los platos y las delicadas copas. Malditas copas, que frágiles.

Mucho más frágiles que la mirada piadosa de Magnolia, cuyos ojos verdes de tigresa, por mucha compasión y melancolía que contengan, al hacer contacto con cualquier hombre, provocaban un incesante babeo por la boquilla del glande.

Omar la llevaba cada domingo a trabajar, para que lo asistiera a él y al resto de los camareros. Era obvio que la petisa de culo y tetas milimétricamente bien colocadas era de su entera propiedad. Está bien, no pasa nada.

Ella se confesó amante de la cumbia y el reggaetón cuando Leonardo, el cocinero estrella, le preguntó que música le gustaba.

– Vos sos de la que te montás en la tarima a bailar con la banda y todo.

Sus dientes se asomaron y sus mejillas mostraron apetitosos hoyuelos al reír. El lunar junto a sus labios, a lo Monroe, era el botón de ignición que impulsaba a todos a intentar ligársela.

Su cabello rojizo y mechones rubios completaban el cuadro de una veinteañera hot y con toda una vida de disfrutes y problemas por delante.

“Seguro ha de tener pecas en el cuello y la espalda”. Pensó William mientras un chorro de agua hirviendo quemaba sus manos, ya tostadas por la genética tropical.

Cada cierto tiempo Omar marcaba el territorio con un beso robado o alguna que otra mano, asegurando las partes que ya habían sido tocadas por él, tanto por fuera, como por dentro. Era el aviso que decía: “Si muchachos, todo esto es mío, así que cuidado”.

“Viejo hijo de puta” pensaba William con resignación. También la tenía re clara de su momentánea invisibilidad dentro del ecosistema, gracias a su trabajo (castigo).

– Permiso Williams.

“¡Que soy William! ¡No Williams! ¡Mal nacida!” Pensaba mientras mostraba una prolija sonrisa a Iskia, la pequeña repostera que bordeaba los cincuenta y se lavaba las manos compulsivamente cada cinco minutos en la bacha, interrumpiendo su trabajo.

Por si fuera poco, Marley, la llave culinaria de Leonardo, aparecía con cuchillo en mano, también para usar el agua y limpiar su herramienta de trabajo.

El espacio estaba muy reducido por los roles que la vida había puesto a desempeñar a cada uno.

– Necesito más velocidad ¡Vamos chicos! ¡Vamoooo!

Esa consigna marca la aparición de Giuseppe, el chef metalero. El verdadero número 1 de la cocina, aunque solo era en el papel. Tenía diploma por haber cursado la carrera de gastronomía, cosa que Leonardo no había hecho y, aunque la realidad justa favorecería a este último, la realidad verdadera decía que Pepe (como le llamaban), estaba a cargo.

Eso hinchaba las pelotas de Leo, cuyo sueño dorado era ser el encargado de una cocina.

Fuego, aceite y agua hirviendo. Ansiedad, dolor, carne que arde. El paisaje del averno.

Al otro lado del fino muro de cristal: familias felices disfrutando de las milanesas, los ñoquis y los sorrentinos.

El infierno se volvía más cruel con su presencia, su mirada, su espalda mientras se hacía una coleta que dejaba ver su nuca. Era como estar frente a una de las obras maestras de la humanidad en el Louvre y no poder tocarla.

Si la cocina dejaba sentir el aroma de las frituras, ella expelía feromonas mortales y miraba tu rutina indignante en silencio. Eran solo miradas, para todos. Seguramente no era culpable de esa fuerza bruta sexual.

Álvaro entra a la cocina a ordenar cualquier pavada y también la ve. Es incómodo cuando muchos deshidratados codician la misma botella de agua, al parecer, la única en esas deplorables circunstancias de espacio-tiempo, incluso, por encima de Merlina y el resto del personal femenino.

Lo peligroso de esta ciudad son sus mujeres: tan solo mirarlas derrite tus pupilas.

El tiempo, el calor, los fierros y el porcelanato curtido, ¡Montañas enteras! Como cadáveres con vísceras rojas, blancas, verdes y amarillentas.

Te hace agonizar y maldecir cualquier deidad del universo, o todas ellas a la vez: “¡Fuck me Jesus!” “¡Suck my Dalai Lama!” “¡Go to the fucking hell Lorenzo Lamas!” “¡Estoy en llamas!”.

Ocho horas de tortura. Vejación continua “in crescendo”, como dicen estos tanos mal nacidos.

Ya en la noche, la tormenta de fuego ha pasado. Omar intercambia susurros en un rincón con la carne de su propiedad.

Los murmullos que apenas se escuchan llevan la tenue atmósfera de la tensión. Es una sociedad patriarcal, no lo olviden.

Las torres de platos y cubertería sucia se levantan como monumentos a la voracidad humana. Las manos entumecidas se mueven a un ritmo frenético desengrasando y enjuagando. El agua empapa las converse, el sudor resbala en caída libre por las sienes.

Ahí estaba de nuevo su mirada de intención condescendiente, pero de resultado erótico y provocador.

– ¿Todo bien? –Preguntó-

William respondió con la típica naturalidad que da el desespero-

-Todo bien ¿Y vos?

– Bien…

No era cierto, a William algo le decía que Magnolia; salvo, en lo físico y externo, no estaba bien.

– ¿Querés un poco de agua? –Volvió a preguntar-

William asintió tratando de esbozar sonrisa, mientras gotas de espuma hirviente brincaba hasta su cara.

Ya no había platos apilados en montañas infranqueables, en ese momento ya solo restaban unas pocas ollas y cubiertos de los chefs.

Omar apareció para despedirse con su impecable sonrisa y el puñal que generalmente lanzaba cuando le dabas la espalda.

Pero Magnolia no se fue con él. La ayudante que acomoda los platos debe permanecer hasta que cada pieza este limpia.

Manos entumecidas aún se mueven a un ritmo frenético desengrasando y enjuagando.

– ¿Te falta mucho?

William comprendió lo que traía esa interrogante.

– Ya te podés ir, yo acomodo esto, no hay problema.

– ¿Seguro?

William asintió con una sonrisa. No lo hacía por ser buena onda. Quería estar solo con su miseria y seguir maldiciendo a la humanidad y sus deidades.

Solos, el hombre y la bacha intensificaban el momento de lucha cuerpo a cuerpo contra la grasa. Vivir o morir.

Magnolia se dejó ver nuevamente, mientras buscaba en la estantería de la barra una botella de vino.

– Yo te hacía lejos –Dijo William con sincera sorpresa-

– Me voy a quedar otro rato, Álvaro y Pepe me invitaron a cenar.

En sus palabras se podían descifrar intensiones y emociones que William decidió no dejar permanecer. No era su asunto. Lo que se armaba al otro lado del delgado muro de cristal le chupaba un huevo. Posta.

El bachero termina su jornada y se cambia rápidamente para salir en busca de la calle bajo cero y la libertad que ella encierra. El mañana traería consigo el día franco.

Y, aprovechando la versatilidad de ciertas palabras para hacer juegos: para ser franco, no le interesaba en lo absoluto si esa cena para tres derivaría en otras cosas. El papel que le había tocado desempeñar no llegaba hasta esos predios.

Para continuar siendo franco, tampoco le interesó preguntarle a alguien por Magnolia, ya que esa fue la última vez cuando la vio.

No se puede especular sobre lo que pudo haber sucedido esa noche, era inevitable que todo terminaría convirtiéndose en un secreto, en conclusión: le chupaba un huevo todo.

                                    Fin

© Edwing Salas
09/07/15

 

 

 

Guerreros del camino. Volumen 1

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Imaginar un mundo post apocalíptico no es difícil. Se piensa en un futuro próximo, aunque, en resumidas cuentas, esto pueda ser solo una postergación evasiva del presente inmediato.

Una de las características que exponen los futuros decadentes es la desintegración de las normas de convivencia social , la devolución del hombre hacía la sobrevivencia por medio del uso de la fuerza o astucia sin escrúpulos contra sus congéneres y el entorno natural.

Bajo esta premisa los artistas y creadores de historias de los países industrializados se preguntan ¿Qué pasaría si las máquinas tomaran el control y decidieran exterminar a los humanos?

Una epidemia zombi acaba con toda la humanidad y solo unos pocos han quedado con vida, para enfrentarse a los muertos deambulantes hambrientos y a los humanos sobrevivientes que desean sacar todo el partido posible a su favor.

Desde el punto de vista y experiencia de alguien que consigue un pequeño desahogo en la escritura en una de las zonas más inestables y conflictivas del mundo, quizás, es hasta más fácil imaginar algo parecido a Mad Max fury road.

El camino latinoamericano

Es así como, desde Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú se desata una estampida de guerreros del camino, con princesas travestis incluídas y, como testigo ante la exuberancia de la cultura y el caracter suramericano, heredado de la madre patria, un pintor errante, proveniente de Galicia.

Estos personajes podrían ser parte una road movie paranoica y caótica , pero a la vez, cómica, fresca y, hasta esperanzadora.

Los furiosos de la carretera tienen diversos motivos para embarcarse en un viaje de 7.157 kilómetros hasta la última gran capital del sur, pero el más fuerte para la mayoría de ellos es: la búsqueda de un presente y futuro mejor.

Nadie sabe si lo encontrarán, no hay certeza de ello. Lo más evidente en los rostros de cada uno es el miedo, la expectativa, la incertidumbre y la imperiosa necesidad de sobrevivir a costa de lo que sea, sobre el asfalto y, luego, en el destino alcanzado.

Esa solitud frente a los esbirros del volante bajo las órdenes del tirano Ormeño: una flota autobusera que ostenta el récord Guinness como ruta de viaje terrestre más larga, pero que también debería tener un récord mundial en pésimo servicio, maltrato e intimidación hacia los usuarios.

Ante unas condiciones de viaje de tal magnitud, estos pasajeros, provenientes de varios países, realidades y formas de pensamiento muy distintas, jamás se hubiesen juntado en otras circunstancias que no fueran las de ser aleatorios compañeros de viaje en la mencionada línea peruana con sucursales en Venezuela, Colombia y Argentina.

Desde Bogotá se empieza a formar una alianza para enfrentar durante siete días los embates de la mala planificación , el maltrato y la violación de derechos humanos básicos del usuario, que empezaron a reflejarse en el hambre, sueño atrasado y un capital que, a la entrada de cada país en tránsito se iba reduciendo exponencialmente.

Lo sui generis de esta TAZ

En el viaje los héroes van aprendiendo cosas que los van transformando.

Comparten anécdotas, objetivos y visiones del mundo, cada uno desde su perspectiva y realidad.

Ahí , por primera vez  escuchamos el término TAZ:

Temporary Autonomous Zone o Zona Autónoma Temporal es un término que se ha hecho muy popular por estos días, sobre todo, en EE.UU. España y Europa en general. Se introdujo en un ensayo escrito por Hakim Bey, publicado en 1991. En él describe la táctica sociopolítica de crear espacios temporales que eluden las estructuras formales de control social. (Wikipedia)

Las izquierdas de los países del primer mundo han tomado este principio para su renovación, tanto en el plano filosófico, cómo en las acciones de calle, pero, para alguien que ha sufrido en carne propia la crueldad de la izquierda latinoamericana, específicamente, la venezolana, modelo fascista tropical calcado del cubano, esas iniciativas, más bien son cosas muy típicas de los grupos humanos que buscan sobrevivir. Es la semilla donde nacen las sociedades.

Imaginemos, por ejemplo, que hace ciento de miles de años, no existía estado o monarquía, sino una manada de tiranosaurios o velociraptores asesinos. Las tribus humanas, por muy enemigas o diferentes que fueran, tenían que unirse para sobrevivir a la amenaza común.

Como verán, según la humilde opinión de este testigo y compañero de viaje, las zonas autónomas temporales son tan antiguas como el hombre y su pensamiento de izquierdas o de derechas, que, por cierto, hoy parecen juntarse en una melcocha populista sin nombre, para seguir arrastrando pueblos a la destrucción ciega y no para el verdadero progreso de las sociedades.

El presidente…

Los constantes “errores” y maltratos de los choferes de Ormeño contrastaban dramáticamente  con el ambiente jovial y relajado que proporciona el Presidente y su equipo de gobierno.

Se trataba de un animado y fiestero joven colombiano autoproclamado líder indiscutible del viaje, que increíblemente contaba con su entorno de escoltas y ministros, cuya ausencia hubiese hecho la travesía más dolorosa e inaguantable.

Las promesas, tono y discurso populista de este presidente en constante campaña durante todo el recorrido  era igual a la de cada político en el poder en América Latina, salvo que las de éste, como eran acordes con la realidad, de alguna u otra manera, terminaba cumpliéndolas, a diferencia de los mega capataces empoderados, cuyos mandatos desaforados obligan a muchos  a buscar el primer aeropuerto o tramo de carretera a ver si algo bueno se consigue en el camino.

Cosas como: poder ver el mar a través de la ventana del autobús. Una parada donde se pueda ir al baño y comer o, una buena película, eran prometidas por este presidente borrachín, cantarín y bailador. ¡Me lleve El Puma! ¡Se cumplían! ¡Se cumplían! ¡Maldita sea!

¿Por qué por tierra y no por aire?

Esa pregunta debería contestarla Fidel, Raúl o Nicolás.

El plan A era escapar por aire, primero, tomando un vuelo desde Caracas hasta Bogotá y de ahí, con los 600 dólares del cupo Cadivi/Cencoex, realizar un viaje de apenas 8 horas, más o menos, pero como en toda historia con tintes cinematográficos, algo sale mal, lo que obliga a los protagonistas a tomar decisiones que los conducirán por caminos diferentes a los que tenían planeados, pero al final, estas sendas inesperadas son las que terminarán transformándoles profundamente.

En caso de esta historia, los villanos de la tiranía venezolana tenían todo planeado: Las Tarjetas prepagadas del Banco de Venezuela no pasaban por montos mayores a 100 dólares diarios, lo que hizo imposible la huida menos estresante.

El individuo común de los países vecinos de Venezuela igual tiene problemas, a final de cuentas, también son latinoamericanos, pero saben que el país que vio nacer al enano Bolívar es actualmente como una especie de infierno sobre la tierra. Así que se sienten reconfortados de no vivir de esa manera y cuando dices tu nacionalidad ya te ven muy parecido como ven a un cubano, con esa especie de lastima, burla y un no se sabe qué.

Muchos también temen que en algún momento sus naciones terminen igual. Como, por ejemplo, Ecuador, de la que se sabrán historias en el 2do volumen.

El ciudadano latino lo sabe, y está consciente que sus políticos en el poder también lo saben, pero estos últimos perciben ganancias directas o tienen algún tipo de interés en que la tragedia continúe.

                                                                                                                                                                       Machu Pichu

 

Un nombre lleno de misticismo y que despierta curiosidad, por eso luce como un buen subtítulo, pero no, no se pasó ni cerca de ahí.Lo que sí es cierto es que, en Perú, la imagen de la marginalidad venezolana estaba de nuevo ante los ojos miopes del cronista: mucha pobreza, abandono, desidia, todo esto adornado por grandes murales de candidatos políticos prometiendo el cambio que nunca vendrá. Todos lo saben.

Mucha decepción con el trato de los peruanos, el hecho de que 2 choferes y un administrador de la ruta Ormeño nos hayan hecho la vida imposible y, de paso, se burlen y amenacen a los pasajeros, los convertía como en una especie de eco del maltrato de la dictadura fascista venezolana hacia sus ciudadanos.

¿Eso habrá tenido cierta influencia para la predisposición hacía el resto de los nobles peruanos? Quizás.

¿Jaime Bayly y Mario Vargas Llosa son los únicos blancos en Perú?

Quizás por eso creen que todos los reconocimientos y premios han de ser para ellos.

¿Estos personajes hace cuanto ya no viven en Perú?

Hace mucho. Viven en Estados Unidos.

¿Quiénes se lanzan en campaña política por el poder viven en Perú?

¿Llegan, hacen campaña, se van y luego regresan si resultan ganadores?

                                                                     **********

¿O habrá sido el hecho de que en todos los puestos de frontera iban sustrayendo pertenencias del equipaje del cronista narrador? Puede ser.

¿Quizás habrá contribuido a este juicio haber presenciado como le quitaban 20 dólares a un compañero de viaje ecuatoriano y 40 a cada reina travesti, justo antes de la entrada a Chile? Usted amigo(a) lector(a) ¿Qué opina?

Resulta surreal el hecho de que en ese mismo puesto de frontera una chica contratada por el estado hacía una encuesta sobre lo visto y vivido en Perú ¿Gustó? ¿Recomendaría a la gente que viaje a Perú? ¿Sí? ¿No?

Sorprendentemente había una casilla que decía lo siguiente: Si lo recomiendo, pero con muchas reservas y precaución.

Esa era la de la bofetada con guante blanco y la que hace pensar bien ante el “No”.

El bolígrafo obedeció a la mano y marcó:  Si lo recomiendo, pero…

Al terminar el test, la agradable y cordial chica obsequió un lindo presente por haber realizado la encuesta. Se trataba de una pequeña y entrañable figurita representativa del gentilicio peruano que logró llegar a destino con su nuevo dueño.
                                                                                                                                                                     ¿El final del camino?
Vale la pena resaltar como “positivo” para uno, como bastardito de Bolívar, el hecho de que el pasaporte propio aún es visto con cierto respeto. Es verdad, robaron importantes pertenencias del equipaje que iba en las bodegas del bus, pero a nivel personal, nunca hubo requisas, preguntas o miradas suspicaces o de desprecio.

Con alarma se hacía notable como todo lo contrario sucedía a los compañeros de Colombia, Perú, Ecuador, mientras más se avanzaba hacia territorio caucásico.

En breve tiempo tocó descubrir en carne propia que quizás el prejuicio pudiera tener algo de fundamento.

Sucedió al llegar a Buenos Aires. La reflexión surgió al momento de descubrir que quizás alguno de estos “compañeros/amigos” de la Zona Autónoma Temporal había sustraído la laptop del bolso de mano del distraído e ingenuo cronista venezolano sin que éste lo notase siquiera.

  Continuará…

© Edwing Salas 25/05/15-24/06/15

Notas del escritor: 

Han pasado 4 años desde que decidí exiliarme de mi país y esta crónica fue lo primero que escribí al llegar a la Argentina en mayo de 2015. Hoy día en esta nota quisiera reivindicar, sobre todo, al hermoso gentilicio peruano. Acá he conocido gente que representa lo que es ser verdadero ciudadano del Perú: honrados, trabajadores, educados, alegres, virtudes que hoy más que nunca están visibles en este país, cuya reputación es muy positiva dentro de la región ya que en lo económico, judicial, social y empresarial hace rato decidieron hacer bien las cosas para ser una nación triunfadora. ¡Viva Perú!

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Reflexionando sobre estos cuatro años que llevo en Argentina debo confesar el nivel de preocupación que provoca el saber que este país, simplemente es tan inviable como Venezuela, ya que, al igual que la tierra donde nací,  la sociedad está siendo destruida por las castas políticas y económicas que se han impuesto desde tiempos antiguos. Lo cuál, lo hace propenso a colapsos y gobiernos saqueadores, cuya ideología no importa, porque el resultado es el mismo: una nación que sufre y se diluye en su caos mortal.

Guerreros del camino. Volumen 2

Mad Max 1

Las consecuencias de una decisión propia, o alguna acción perpetrada por terceros, pueden durar por un buen tiempo.

Ese es el caso de la computadora robada al ingenuo cronista venezolano, quién, luego de tres meses, volvió a maldecir a los hermanos latinoamericanos que le habían despojado de su herramienta de trabajo, como si hubiese sido ayer.

La rabia y frustración se volvieron a manifestar cuando este logró comprar una notebook usada, pero, en muy buen estado y a precio bastante razonable.

El único detalle: el sistema operativo era Ubuntu, un software elaborado a partir de Linux que, de pronto, hizo que el disco duro externo de un terabyte donde el escribiente guardaba todas sus creaciones, junto a 300 GB de música, dejaran de funcionar.

Luego de varios días conectando el dispositivo al ordenador portátil sin ningún problema, este fue afectado por la data de Ubuntu, haciéndolo irreconocible en las «MACS» de sus roommates y en la mencionada notebook.

Al momento de empezar este segundo volumen de la crónica Guerreros del camino, tanto el ordenador, como el disco duro externo fueron enviados a reparar, para saber con certeza cuál era el problema y si existía la posibilidad de un final feliz.

Mientras tanto, la MAC de Majo, seguiría siendo la herramienta que permitiría seguir hilando hechos sobre la ruta de escape hacia el cono sur, proveniente desde un país ya inexistente, gracias a la marabunta que también ya lleva tiempo manifestándose acá en la Argentina. Lo que convierte a esta nación en un sitio de transito debido a su peligrosa cercanía con la epidemia de las hegemonías populistas del continente.

Neanderthal del altiplano

Quien narra no era el único venezolano en esta travesía; en la terminal autobusera de Bogotá coincidió con otros dos coterráneos: Leonardo*, un joven que se dirigía a construir vida en Lima y a quién ya el cronista había visto en Maiquetía, de hecho, viajaron a Colombia en el mismo avión.

Además, estaba Eva*, una digna representante del gentilicio femenino venezolano: 20 a 24 años, canela clara, flaca, alta, de larga cabellera lacia, rostro simétrico, apacible y con aparente ingenuidad. Su destino era la ciudad Guayaquil.

La nacionalidad compartida y el instinto de supervivencia hicieron posible que los tres se juntaran.

Quito, Guayaquil, Trujillo, Lima, Santiago, Buenos Aires. Destinos que ya presentaban atraso en el cronograma de viajes. Eran las 11 de la noche y el transporte de la línea Ormeño, aún no aparecía. Se suponía debía partir a las nueve en punto.

Todos los pasajeros estaban realmente molestos y, para colmo, el único señor que representaba a la línea en la terminal; el mismo que vendía los boletos, sacó una balanza para pesar el equipaje de cada uno.

El cronista pagó alrededor de 90 dólares en sobrepeso. El viaje le estaba resultando casi al mismo precio que si se tratase de un traslado por avión.

El autobús llegó pasada la media noche, proveniente (irónicamente), de Venezuela. Desde ese momento, uno de los tres choferes, cuya apariencia era la de un Neanderthal del altiplano, empezó con insultos y malas caras hacia quienes esperaban, quizás, para que no les reprochasen ese descaro de impuntualidad.

El recorrido hasta Cali duró día y medio. Ahí abordaron El Presidente y la comitiva de pasajeros más pintoresca que haya visto persona alguna. Ahí, quizás, estaban quienes hoy tienen la notebook del cronista.

Los pasajeros empezaban a establecer amistad entre sí durante las paradas en los pueblitos cercanos a la frontera colombo ecuatoriana. Leonardo, artero, vendía cigarrillos, hacía bromas con el presidente y sus amigos.  Hacía relaciones públicas, armaba su ghetto.

Eva conversaba a solas con un joven ecuatoriano que también tenía como destino la ciudad de Guayaquil: siempre sonriente, blanco, alto, flaco, melenudo y con anteojos.

Candy*, una joven peruana que se dirigía a su país con el corazón en ruinas, también se compenetró en esta pequeña OEA itinerante.

Se decía que el autobús se había retrasado porque tuvieron que detenerse varias veces para reparar una falla que venía agravándose con cada kilómetro alcanzado.

Sin duda, el mayor desafío a la anatomía humana era tratar de dormir durante ocho días y medio en un ángulo de aproximadamente 94 grados, que era todo lo que podía inclinarse cada asiento del colectivo, para intentar descansar.

Durante la segunda noche del viaje algunos pasajeros eran despertados por la sensación de falta de movimiento y efectivamente, comprobaban que el transporte se hallaba detenido. La situación iba sumando más atraso.

Sobre las 3 AM alcanzaron la frontera con Ecuador. Ahí sellarían su salida de Colombia y luego debían atravesar a pie un frío puente, para marcar ingreso en el nuevo territorio.

La tarjeta del Banco de Venezuela se deslizaba por última vez a través del sensor de un cajero colombiano, dando el mismo resultado para el cronista: no era posible retirar más afectivo.

Debía olvidarse para siempre de los casi dos millones de pesos que permanecían en la cuenta habilitada por los opresores de su país.

De ahí en adelante, le tocaba resolver con la divisa americana que había conseguido por su cuenta en el mercado negro.

Varados en Quito, frente a un supermercado

Supermercado

Ya para el medio día, la unidad atravesaba la avenida Simón Bolívar de Quito y se detuvo en un semáforo en rojo.

El escritor hacía rato observaba el apacible paisaje ecuatoriano a través de la ventana. El resto del tráfico avanzaba con naturalidad dejando de lado al colectivo, que permanecía como un animal inerte bajo el sol, como buscando calentar su temperatura corporal.

La ansiedad se manifestaba en un silencio punzante. El Neanderthal apareció con potente y agresiva voz:

–   Señores estamos accidentados, tenemos un problema con la manguera del compresor, pero ya mandamos a buscar a un mecánico para que la repare.

El justo descontento de los usuarios se desbordó en reclamos gritos y recriminaciones, pero el poder y la desfachatez de estos conductores era como la de gobernantes reprimiendo para no perder el control de la situación.

Esta coyuntura fue inmediatamente confrontada por el presidente de los pasajeros, quién anunció un plan de contingencia para revertir el problema: comprar aguardiente y jugo de frutas tropicales para hacer un cóctel.

En ese punto ya había mucha camaradería: “Venezuela”, “Colombia”, “Ecuador”, “Perú”; cada grupo se refería al otro con el nombre de sus respectivos países. Inmediatamente aparecieron los dólares en sus diferentes formatos; billetes, monedas de un centavo, un cuarto y los populares «Washington».

Una comisión integrada por Leonardo y dos jóvenes del entorno presidencial fueron los encargados de comprar la mercancía en el hipermercado que estaba a 20 metros de donde permanecían, se divisaba a través de las ventanillas.

Los chistes, las risas, las chanzas por la evidente cercanía entre Eva y el sonriente hippie melenudo, el hambre y las historias personales, contadas por cada uno, evidenciaban el tiempo transcurrido, que se podía ver a través del cristal de las dos botellas de aguardiente vacías.

El cronista revisaba su presupuesto para disponerse a comparar algo para echarle al estómago ya que los domingos, en cualquier parte de mundo, es el día de no hacer nada, por ello, la tripulación del autobús tardaba tanto en encontrar una manguera nueva para el compresor, la cual, era fundamental, entre otras cosas para los frenos.

Una señora que también se dirigía a Guayaquil pidió al cronista que le hiciera el favor de comprarle un jugo. Otra dama también le encargó una Coca-Cola. El periodista salió con 7 dólares camino al supermercado, Candy, la chica peruana, pero que no lucía como tal, lo acompañó. Ella también necesitaba comprar algunas cosas.

Las puertas corredizas del establecimiento se abrieron, Candy y el cronista entraron, este último deleitó sus ojos al ver los anaqueles llenos de variados productos y marcas que en su ex país llevaban tiempo escaseando por el guion aplicado por quienes usurpan el poder, venido directamente desde Cuba y que, Allende, en su momento, también aplicó en la Chile pre Pinochet.

– ¿En serio en su país no se consigue papel higiénico, ni carne, ni harina, ni artículos de higiene?

El cronista sintió vergüenza al responder. Observar todos esos productos con su verdadero valor en dólares le hizo darle el beneficio de la duda Rafael Correa y su gabinete económico, quizás este presidente era diferente al resto del club de los caudillos.

Una economía dolarizada decía mucho en su favor, apartándole de los otros miembros del club formado por mandatarios de Bolivia, Argentina, Nicaragua, Cuba y Venezuela.

Veinticuatro horas después Roberto*, otro ecuatoriano que se unió al viaje en la terminal de Ormeño en Quito, le contó que, al principio, la economía dolarizada ayudo mucho a los de su país, pero luego el gobierno empezó a cobrar impuestos de forma desmedida.

Él vivía en una vivienda alquilada, poseía un vehículo humilde y una moto. Se veía obligado a cancelar un impuesto por posesión de bienes de transporte o algo así, además de otra serie de gravámenes que le habían obligado a emigrar a Argentina para trabajar, dejando a su esposa y sus tres hijas para conseguirles un mejor sustento. El pobre no podía dejar su condición tan rápidamente como la gente imaginaba.

El impetuoso e irrespetuoso Correa volvió a ser arrojado al tacho de la basura de los caudillos dictatoriales del hemisferio sur.

Lo que si era cierto es que las Pringles podían ser compradas en un dólar, todo lo que quisieras llevarte tenía un precio real en divisa americana, la cual, circula libremente en el país. Cuan jodida está la tierra innombrable de donde había partido el narrador.

Entre las desgracias de Venezuela y las que les estaba contando su nueva amiga Candy, el cronista no pudo dejar de establecer una analogía entre ambas. La chica que iba a su lado era una joven que había sufrido de niña un trauma que le había jodido su presente y, si no trabajaba para solucionarlo, quizás su futuro fuera aún peor.

El testimonio sirvió para atar cabos y entender por qué Laura Bozzo había emergido desde el Perú como una fuerza avasalladora que vivía de exponer la sordidez de las comunidades marginales.

Hoy México es quién la alberga para que siga exhibiendo la decadencia actuada y magnificada de los desposeídos, ese lado que no se extinguirá hasta que el populismo mediático desaparezca y para que eso suceda, esas clases menos favorecidas deben escalar posiciones económicas a través de la preparación y el trabajo duro, para no aparecer denigrándose en TV, es decir, el mismo callejón sin salida de siempre que nos lleva a una utopía.

“Al hombre que reclama mucho hay que ponerle los cuernos”

Como una letanía cantaba el Neanderthal del altiplano su presunta canción típica peruana, mientras, los otros dos choferes y el administrador de Ormeño en Ecuador reían y se burlaban del cronista venezolano y del hippie ecuatoriano mientras intentaban mediar para que habilitaran otra unidad de transporte o, por lo menos, les devolvieran el dinero de los boletos, para seguir el viaje por su cuenta.

Habían transcurrido cuatro horas y el bus seguía varado. No consiguieron el repuesto nuevo que hacía falta, en su lugar, encontraron un mecánico que repararía la manguera averiada, aumentando nuestras posibilidades de salir en los medios como víctimas de un terrible accidente en la autopista de los andes, prolífica en pendientes y curvas peligrosas.

Los pasajeros básicamente fueron sometidos a cumplir con la despótica voluntad de los conductores, quienes se defendían ferozmente, aunque les hacíamos saber que el reclamo no era personal, sino contra la empresa para la que trabajaban, la cual, no deberían defender con tanta vehemencia ya que en cualquier momento esta también los podría correr como a unos perros cuando se le cante.

El hippie fue blanco de más burlas y chanzas cuando Eva fue rescatada por otros amigos de Venezuela, quienes la llevarían sana a su destino. El presidente reía, porque ni siquiera un beso pudo darle el amigable joven. Hasta llegar a su destino al amable personaje solo le quedaba reírse de sí mismo con el resto de sus compañeros de viaje.

La mayoría de los pasajeros que iban a Quito o Guayaquil fueron rescatados por familiares y amigos.

“Vaya con fe”

Eso fue lo que dijo el mecánico al escritor cuando este interrogó qué pasaría si la manguera de los frenos se llegase a dañar en pleno trayecto por la autopista empinada, curvilínea y peligrosa de Los Andes.

Al narrador no le quedó otra que cubrirse con la sangre preciosa de cristo e invocar a todos los santos para poder llegar a salvo a destino y seriamente, gracias a la ayuda divina, se debió el buen final del trayecto, no sin antes, por supuesto, pasar a recoger en la terminal de Quito a Roberto y Sancho*, el artista gallego, ambos harían trayecto hasta la ciudad de Mendoza.

Roberto iría revelando más detalles de Ecuador y los planes de la clase gobernante para perpetuarse en el poder, al igual que en Nicaragua, Bolivia, Cuba, Venezuela y Argentina.

Al momento de terminar esta crónica, el realizador de la misma había recibido su ordenador formateado y con Windows XP, pero su disco duro portátil de un terabyte no había corrido con tanta suerte, Ubuntu había dañado el dispositivo con particiones y reescritura que trajo como consecuencia una data irreconocible en ningún equipo y lo más probable, es que habría de formatearse.

Las noticias sobre las deportaciones de ciudadanos colombianos por parte de la tiranía venezolana le afectaban, porque se trataba de gente inocente y en su mayoría trabajadora, pero tampoco podía dejar de pensar que toda la incomodidad y molestia ocurrida con su ordenador y su disco duro tenían que ver, posiblemente, con costeños que no podían evitar demostrar la viveza latinoamericana que tanto afecta a víctimas y victimarios, por eso, tantas percepciones y sentimientos encontrados.

He de creer que no se trata de un estigma cultural, sino, al contrario, nosotros somos el estigma de la cultura.

FIN

© Edwing Salas

(*) Nombres ficcionados de personas reales para mantener su integridad física y moral.

01/09/15

Notas del escritor: 

Han pasado 4 años desde que decidí exiliarme de mi país y esta crónica fue lo primero que escribí al llegar a la Argentina en mayo de 2015. Hoy día en esta nota quisiera reivindicar, sobre todo, al hermoso gentilicio peruano. Acá he conocido gente que representa lo que es ser verdadero ciudadano del Perú: honrados, trabajadores, educados, alegres, virtudes que hoy más que nunca están visibles en este país, cuya reputación es muy positiva dentro de la región ya que en lo económico, judicial, social y empresarial hace rato decidieron hacer bien las cosas para ser una nación triunfadora. ¡Viva Perú!

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Reflexionando sobre estos cuatro años que llevo en Argentina debo confesar el nivel de preocupación que provoca el saber que este país, simplemente es tan inviable como Venezuela, ya que, al igual que la tierra donde nací,  la sociedad está siendo destruida por las castas políticas y económicas que se han impuesto desde tiempos antiguos. Lo cuál lo hace propenso a colapsos y gobiernos saqueadores, cuya ideología no importa, porque el resultado es el mismo: una nación que sufre y se diluye en su caos mortal.