
Estaba perdiendo la pelea contra el sueño. Debía esperar el magno evento de la noche que se transmitiría en vivo, en todo el mundo. El combate a muerte entre Zark y Wellom, directo desde Las Vegas.
A él, en verdad, le importaba un bledo ese acontecimiento. La inercia colectiva que provocaba el autoaislamiento, era la corriente que lo llevaba.
Ya eran varios días sin poder conciliar un sueño reparador. Todo era culpa de ese fantasma, aunque se negaba de plano a creer en esa figura espectral que salía de noche, a molestarlo y a pasearse frente a su humanidad con vida, pero sin sentido.
Él veía la figura femenina, de largos cabellos lacios, piel canela y aparente serenidad. No sabía si la tonalidad de su dermis era natural o solo un signo de descomposición.
Ya a estas alturas esos fenómenos no le asustaban. Le atemorizaba más la insolvencia económica, la falta de un propósito y el demencial comportamiento de la gente.
Tampoco podía temer, salvo un estado de esquizofrenia, producto del alto nivel de estrés. Quizás, los espíritus eran creados por su mente en constante zozobra, lo que desató un pánico verdaderamente lacerante, por varios minutos.
Se escuchó el “toc” “toc” en la ventana. “Ahí vamos de nuevo”. Se dijo a sí mismo.
Su psique, como ciudadano fuera de todos los mercados, estaría tan deteriorada, que experimentaba proyecciones de su subconsciente, de manera exacerbada, producto del mismo Síndrome de Estocolmo que provoca la opresión constante del día a día, lleno de incertidumbre.
“El país es una eterna pelea entre víctimas, que están canalizando mal lo que en ellos produce la tiranía”
– ¿Tienes llave? ¿Puedes abrirme?
Se le presentó el espectro, hablándole con dulzura.
– Puedes salir de la misma forma que entraste
– No me refiero a la casa, ya es mi posesión. Me refiero a tu voluntad.
Él sonrió con mirada cínica.
– ¿No te parece ya un abuso que te metas en mi casa a molestar sin razón alguna?
Si los espíritus o aparecidos tenían algún sentido de la cortesía, eso seguro la molestaría.
– Vengo de muy lejos. Necesito refugio. -dijo ella con sutil imploración-
– Ya estás en mi casa y lo hiciste sin pedir permiso.
– Sí, pero habitar tu casa no es suficiente, también debo habitar tu mundo interior, tu alma. No soy una entidad dañina, incluso, puedo hacerte compañía.
– Estoy percibiendo erróneamente la realidad y mi mente está jugando conmigo. Eres una mala alucinación.
– ¿Y si la alucinación eres tú?
– Pues, si es así, creo que estás muy perturbada.
– Eso no se le dice a una mujer, por muy muerta, que uno esté.
– Soy defensor del feminismo, si quieres libertad y emancipación, asume también sus peligros.
– ¿Por qué me desprecias? ¿Me temes acaso?
– Tu deambular nocturno y tus apariciones me sacan de quicio.
Qué serenidad luego de esa sentencia.
Ella reanudó la conversación con tono triste.
– Lo peor de deambular entre territorios devastados como este, es que ves como todos los clichés se hacen más fuertes. Te comportas como una cáscara vacía esperando a que alguien te aplaste por misericordia.
– Somos miles de cáscaras vacías esperando a que nos saquen de nuestra miseria humana. Debes disfrutar que cada día llegue más gente hasta el plano donde te encuentras.
– Es ley natural –respondió disfrutando lo descarada de su respuesta-
– ¿Y tú? ¿Cómo moriste? Te ves joven.
– Me gusta demasiado la fiesta y en mi caso, tomé un cocktail, que nunca la detuvo. Mi corazón sí lo hizo al cabo de doce horas.
– Entonces deberías alojarte en casa de alguien un poco «más animado».
– Es que tu soledad me intriga. Eres tan huraño, encerrado en estas cuatro paredes. Temes salir, te temes a ti mismo, le temes al fracaso que convive contigo hace años.
Esas palabras sí que lo hirieron. Intentó permanecer impasible.
– Ya sabes, me cansé de que me saludaran con un “¿Qué tal?» Ese saludo realmente es un eufemismo de «Sal de mi vista ser molesto»
El espectro estalla en una carcajada.
– ¿En serio? Te juro que pensé en saludarte de esa manera al aparecerme frente a ti.
– Pues, ya ves, ahorrémonos incomodidades y desaparece para siempre.
Ella se esfumó.
Él se imaginó que perdió la paciencia al ser tratada con tanta frialdad. Total, era un fantasma ¿No? Nadie iba a vivir gratis en su cutre mono ambiente. Ni viva ni muerta.
Por fin, en el televisor se mostraban los entretelones de La Pelea del Siglo, tal y como se titulan todos los combates de boxeo que mueven millones de dólares en publicidad y ganancias.
Mientras aparecían celebridades y patrocinantes, a él lo invadió un pensamiento.
“Si tu inframundo te ha dado tanto y te sientes ciudadano de primera, es lógico que no quieras irte. Pero, aparentemente, esta alma en pena, pretende estar más acá que allá. Quizás, no sea tan popular entre los espantos, o no hay vida, digo, vida social, nocturna”
Ante las conclusiones que sacaba en su mente, tras el episodio paranormal, llegó a decir:
-Que jodido está todo.
En ese momento, todo quedó a oscuras, haciéndole gritar de rabia.
– ¡Maldita tiranía!
– No fue la tiranía, he sido yo –se escuchó la voz muy cerca y, a la vez, muy lejos-
– ¡Pero qué coño es lo que pasa! ¡Déjame en paz!
Se levantó, tropezó y rompió cosas de la habitación en penumbra.
– ¡Tranquilo! ¡Cálmate! ¡Por favor! ¡No te pongas así!
– ¡¿Y cómo coño quieres que me ponga?!
-Escúchame esto último, por favor.
El silencio y la oscuridad se hicieron uno. Por fin, la voz, que ya no sonaba dulce, sino, más bien, manipuladora, atravesó el aire:
– Sé que pasas todo el día escribiendo, pero nada es realmente bueno: tienes errores de todo tipo; ortográficos, de sintaxis, coherencia, fluidez. Eres un completo desastre. Y, para colmo, has comprado esa pose gastada de incomprendido y maldito, además de bebedor empedernido. Eso no te llevará a ningún lado ¿Sabes cuantos espíritus como tú habitan en mi mundo? Todos fracasados anónimos. Yo puedo ser tu musa, te puedo ayudar a crear y tú, a cambio, me permites quedarme en tu interior.
La insonoridad se hizo insoportable. Solo se escuchaba la respiración agitada de él.
Por fin alcanzó a decir:
– ¿Por qué no dejas que sea yo quien me adentre en ti? Es lo que siempre he querido
-Disculpa, pero creo que estás malinterpretando las cosas.
-Acabas de proponerme ser mi musa
-Sí, pero de manera platónica, infantil, nada de poseer mi esencia.
-¡Olvídalo entonces! No tengo musas para escribir, lamentablemente, dependo es de las escaramuzas. Una musa implica cierta relación armónica y soy un ser que carece de armonía y sosiego.
– Yo tengo ese sosiego que buscas, soy una buena compañía.
– ¡Eres la inexistencia y el ímpetu vacío seduciéndome! ¡Vete maldita! ¡Vete de una vez!
– Soy insaciable, pero a ti te rechazo, solo necesito alojarme en ti para cazar a quienes me interesan, ¡¿Acaso no entiendes? ¡Ser vivo imbécil!
– Sí, lo sé, te he visto aparecer, solo para tratarme con desdén, tienes otro objetivo, lo sé. Estoy acostumbrado a esa sensación.
– ¡Necesito almas!
– ¡Desaparece de una vez por todas de mis carencias, maldita sanguijuela!
– Eres el loco frente al muro del manicomio –suelta una carcajada malvada, ya convertida en lo que realmente es-
– ¡No tengo musas para escribir y no quiero tenerlas! ¡Yo te expulso de mí ser aberración narrativa!
La luz retorna. En el televisor dan una película de terror. El evento deportivo más esperado ha terminado hace tres horas.
Fin
© Edwing Salas
08/05/15



