No creía en fantasmas

Chica Fantasma.gif

Estaba perdiendo la pelea contra el sueño. Debía esperar el magno evento de la noche que se transmitiría en vivo, en todo el mundo. El combate a muerte entre Zark y Wellom, directo desde Las Vegas. 

A él, en verdad, le importaba un bledo ese acontecimiento. La inercia colectiva que provocaba el autoaislamiento, era la corriente que lo llevaba.

Ya eran varios días sin poder conciliar un sueño reparador. Todo era culpa de ese fantasma, aunque se negaba de plano a creer en esa figura espectral que salía de noche, a molestarlo y a pasearse frente a su humanidad con vida, pero sin sentido.

Él veía la figura femenina, de largos cabellos lacios, piel canela y aparente serenidad. No sabía si la tonalidad de su dermis era natural o solo un signo de descomposición.

Ya a estas alturas esos fenómenos no le asustaban. Le atemorizaba más la insolvencia económica, la falta de un propósito y el demencial comportamiento de la gente.

Tampoco podía temer, salvo un estado de esquizofrenia, producto del alto nivel de estrés. Quizás, los espíritus eran creados por su mente en constante zozobra, lo que desató un pánico verdaderamente lacerante, por varios minutos.

Se escuchó el “toc” “toc” en la ventana. “Ahí vamos de nuevo”. Se dijo a sí mismo.

Su psique, como ciudadano fuera de todos los mercados, estaría tan deteriorada, que experimentaba proyecciones de su subconsciente, de manera exacerbada, producto del mismo Síndrome de Estocolmo que provoca la opresión constante del día a día, lleno de incertidumbre.

“El país es una eterna pelea entre víctimas, que están canalizando mal lo que en ellos produce la tiranía”

– ¿Tienes llave? ¿Puedes abrirme?

Se le presentó el espectro, hablándole con dulzura.

–   Puedes salir de la misma forma que entraste

–   No me refiero a la casa, ya es mi posesión. Me refiero a tu voluntad.

Él sonrió con mirada cínica.

– ¿No te parece ya un abuso que te metas en mi casa a molestar sin razón alguna?

Si los espíritus o aparecidos tenían algún sentido de la cortesía, eso seguro la molestaría.

–   Vengo de muy lejos. Necesito refugio. -dijo ella con sutil imploración-

–   Ya estás en mi casa y lo hiciste sin pedir permiso.

–   Sí, pero habitar tu casa no es suficiente, también debo habitar tu mundo interior, tu alma. No soy una entidad dañina, incluso, puedo hacerte compañía.

–   Estoy percibiendo erróneamente la realidad y mi mente está jugando conmigo. Eres una mala alucinación.

– ¿Y si la alucinación eres tú?

–   Pues, si es así, creo que estás muy perturbada.

–   Eso no se le dice a una mujer, por muy muerta, que uno esté.

–   Soy defensor del feminismo, si quieres libertad y emancipación, asume también sus peligros.

– ¿Por qué me desprecias? ¿Me temes acaso?

–   Tu deambular nocturno y tus apariciones me sacan de quicio.

Qué serenidad luego de esa sentencia.

Ella reanudó la conversación con tono triste.

–   Lo peor de deambular entre territorios devastados como este, es que ves como todos los clichés se hacen más fuertes. Te comportas como una cáscara vacía esperando a que alguien te aplaste por misericordia.

–   Somos miles de cáscaras vacías esperando a que nos saquen de nuestra miseria humana. Debes disfrutar que cada día llegue más gente hasta el plano donde te encuentras.

–   Es ley natural –respondió disfrutando lo descarada de su respuesta-              

– ¿Y tú? ¿Cómo moriste? Te ves joven.

–   Me gusta demasiado la fiesta y en mi caso, tomé un cocktail, que nunca la detuvo. Mi corazón sí lo hizo al cabo de doce horas. 

–   Entonces deberías alojarte en casa de alguien un poco «más animado».

–   Es que tu soledad me intriga. Eres tan huraño, encerrado en estas cuatro paredes. Temes salir, te temes a ti mismo, le temes al fracaso que convive contigo hace años.

Esas palabras sí que lo hirieron. Intentó permanecer impasible.

–   Ya sabes, me cansé de que me saludaran con un “¿Qué tal?» Ese saludo realmente es un eufemismo de «Sal de mi vista ser molesto»

El espectro estalla en una carcajada.

–   ¿En serio? Te juro que pensé en saludarte de esa manera al aparecerme frente a ti.

–   Pues, ya ves, ahorrémonos incomodidades y desaparece para siempre.

Ella se esfumó.

Él se imaginó que perdió la paciencia al ser tratada con tanta frialdad. Total, era un fantasma ¿No? Nadie iba a vivir gratis en su cutre mono ambiente. Ni viva ni muerta.

Por fin, en el televisor se mostraban los entretelones de La Pelea del Siglo, tal y como se titulan todos los combates de boxeo que mueven millones de dólares en publicidad y ganancias. 

Mientras aparecían celebridades y patrocinantes, a él lo invadió un pensamiento. 

“Si tu inframundo te ha dado tanto y te sientes ciudadano de primera, es lógico que no quieras irte. Pero, aparentemente, esta alma en pena, pretende estar más acá que allá. Quizás, no sea tan popular entre los espantos, o no hay vida, digo, vida social, nocturna”

Ante las conclusiones que sacaba en su mente, tras el episodio paranormal, llegó a decir:

-Que jodido está todo.

En ese momento, todo quedó a oscuras, haciéndole gritar de rabia. 

– ¡Maldita tiranía!

–   No fue la tiranía, he sido yo –se escuchó la voz muy cerca y, a la vez, muy lejos-

– ¡Pero qué coño es lo que pasa! ¡Déjame en paz!

Se levantó, tropezó y rompió cosas de la habitación en penumbra. 

– ¡Tranquilo! ¡Cálmate! ¡Por favor! ¡No te pongas así!

– ¡¿Y cómo coño quieres que me ponga?!

-Escúchame esto último, por favor.

El silencio y la oscuridad se hicieron uno. Por fin, la voz, que ya no sonaba dulce, sino, más bien, manipuladora, atravesó el aire:

–   Sé que pasas todo el día escribiendo, pero nada es realmente bueno: tienes errores de todo tipo; ortográficos, de sintaxis, coherencia, fluidez. Eres un completo desastre. Y, para colmo, has comprado esa pose gastada de incomprendido y maldito, además de bebedor empedernido. Eso no te llevará a ningún lado ¿Sabes cuantos espíritus como tú habitan en mi mundo? Todos fracasados anónimos. Yo puedo ser tu musa, te puedo ayudar a crear y tú, a cambio, me permites quedarme en tu interior.

La insonoridad se hizo insoportable. Solo se escuchaba la respiración agitada de él.

Por fin alcanzó a decir:

– ¿Por qué no dejas que sea yo quien me adentre en ti? Es lo que siempre he querido

-Disculpa, pero creo que estás malinterpretando las cosas.

-Acabas de proponerme ser mi musa

-Sí, pero de manera platónica, infantil, nada de poseer mi esencia.

-¡Olvídalo entonces! No tengo musas para escribir, lamentablemente, dependo es de las escaramuzas. Una musa implica cierta relación armónica y soy un ser que carece de armonía y sosiego.

– Yo tengo ese sosiego que buscas, soy una buena compañía.

– ¡Eres la inexistencia y el ímpetu vacío seduciéndome! ¡Vete maldita! ¡Vete de una vez! 

– Soy insaciable, pero a ti te rechazo, solo necesito alojarme en ti para cazar a quienes me interesan, ¡¿Acaso no entiendes? ¡Ser vivo imbécil!

– Sí, lo sé, te he visto aparecer, solo para tratarme con desdén, tienes otro objetivo, lo sé. Estoy acostumbrado a esa sensación. 

– ¡Necesito almas!

– ¡Desaparece de una vez por todas de mis carencias, maldita sanguijuela!

– Eres el loco frente al muro del manicomio –suelta una carcajada malvada, ya convertida en lo que realmente es-

– ¡No tengo musas para escribir y no quiero tenerlas! ¡Yo te expulso de mí ser aberración narrativa!

La luz retorna. En el televisor dan una película de terror. El evento deportivo más esperado ha terminado hace tres horas. 

                                     Fin

© Edwing Salas

08/05/15

Pavos reales

Imagen-animada-Pavo-real-05

“Hubo una época en la que las aves no son como las vemos ahora. Entre ellas había constantes riñas porque todas creían que tenían mayor importancia que las otras, algunas por lo bello de su canto, otras por sus llamativos plumajes.”

             La Leyenda de Las plumas del Pavo Real.   México

Estaba todo listo: billetera con tarjetas y efectivo, automóvil lavado, engrasado y con motor a punto. El perfume, dominando la habitación con su viril presencia en el aire y delatado en la ropa por gotas aun impregnadas en la camisa.

Cabello húmedo, recién cortado apenas hace unos días, peinado de forma milimétrica. La cara limpia de todo rastro de barba. Nunca pudo entender como había personas que podían dejarse la llamada “barba de tres días”.

Frente al espejo brillaba su más preciado tesoro: esa sonrisa blanca, reluciente, reflejo de la buena actitud ante la vida, del buen humor, esa constancia impresa que ha determinado siempre lo bien que ha salido todo, lo bien que saldrá.

“Para tener una mujer, hay que tener un buen coche”

Su padre se había quedado corto con esa afirmación. La verdad es que con un carro se podían tener todas las mujeres, era como tener una llave maestra a todas las puertas.

Su pene poseía buen tamaño, funcionaba bien, él sabía que su desempeño en las artes carnales era bueno, pero estaba seguro que lo primero que una mujer le mira es forma en que llega, luego la vestimenta, el look y finalmente, la actitud.

Su sonrisa ganó más terreno cuando comprobó por enésima vez que él era un combo completo. No sentía lástima ni remordimiento cuando destruía a otros hombres menos dotados por la naturaleza en el arte de conquistar mujeres.

Tampoco se veía obligado a tener ningún tipo de responsabilidad cuando cambiaba de pareja o añadía una amante más a su itinerario.

Esos hombres menos dotados deben existir para hacerlo ver más excelso, más ganador, más deseable como partido, aun ante el supuesto de que él no estuviera consiente de sus grandes ventajas en la vida, como efectivamente hay muchos.

La naturaleza no solo debe dotarte de una buena anatomía y cerebro, también es vital la capacidad para llenarte de mejores plumas en tu cola. El pavo real más vistoso es quien se perpetúa. El león más cruel es quién se aparea.

“Dominamos el planeta porque le hemos añadido a las feromonas dinero, autos, casas y bienes materiales”

Esa reflexión siguió alimentando su ego. Hasta más agudo se había vuelto.

“La verdadera poesía para una mujer es poder llevarla y traerla cómodamente en un buen vehículo”

“Si para lograr ligar debo llevarla a comer pizza y luego, en otra ocasión, conducirla hasta un quemadero de gas petrolero, pues qué diablos, es atractiva, inteligente y sabe lo que quiere”.

–    Me quiere a mi.

Nunca entendió porque otros hombres se deprimían. La depresión no es para los ganadores, no te permite proyectar seguridad y confianza.

Los únicos libros que debía leer y entender eran los de contabilidad, esos si arrojan verdadera luz y sabiduría.

Esos hombres poco llamativos, desgarbados, sin chance alguno: minimizados por “la inteligencia y la sensibilidad” emulaban al Quijote en sus libros.

“Jamás leería una mierda tan larga y aburrida, además dañina”

“Quieren sufrir, que sufran, es lo más fácil. El dolor es un escape fácil. ¡Trabajen! ¡Báñense!”

El sonido de la música a todo volumen envolvía sus pensamientos, por eso, cuando cayó en la boca abierta de esa alcantarilla en medio de la calle sintió como si el volante fuera poseído por alguna fuerza superior.

Logro salir rápidamente, pero ya el daño estaba hecho. Los neumáticos delantero y trasero del lado izquierdo dejaron escapar el aire mientras los rines perdieron redondez. Apenas le dio tiempo de orillarse a la derecha.

– ¡Me lleva!

No valía la pena ensuciarse cambiando un neumático, igualmente faltaría el segundo. Había que tomar la decisión más rápida y lógica. Llamar una grúa.

Luego de hacerlo se comunicó con su chica. Le contó lo ocurrido y le prometió que la velada se cumpliría el día siguiente.

Ella se angustió y preocupó, se quedó vestida y con un hilo dental nuevo sin exhibir, hasta el día siguiente, obvio. Su teléfono sonó nuevamente, se trataba de su mejor amiga preguntándole si por fin saldría. La chica contó lo ocurrido y del otro lado del auricular preguntaron si seguía vestida. La respuesta fue afirmativa.

Veinticinco minutos después, adornado por las llamas de los quemaderos de gas natural de la zona residencial, se presentaba un vehículo de lujo del año, un rustico deportivo. El volumen de la música hacía temblar los vidrios con su bajo.

La mejor amiga llamó y la chica salió. Entró al vehículo. Ahí le presentaron al dueño del flamante transporte. Quizás, el nuevo hilo dental sería exhibido después de todo.

La naturaleza provee gran número de pavos reales, unos más vistosos que otros, pero no hay problema, para esas especies el dolor y la tristeza no existen. Eso solo ocurre a los menos dotados, a los quijotescos con barbas de tres días, idealizadores de los mitos.

   FIN

© Edwing Salas

19/04/15  

Dolor de muela

frente_al_espejo

El cielo está de un azul nítido, el sol hace brillar las nubes, los pájaros cantan el calor mañanero. Amanda contempla su cara en el espejo y no soporta el dolor. Es una tortura física, pero lo que más le resiente y hiere su ego es verse con una mejilla más grande que otra.

Ojeras, expresión descompuesta. Es uno de esos días donde el auto examen frente al espejo reprueba lo físico y lo espiritual. Otra vez esa bendita muela. Tanto posponer el momento de visitar al dentista le ha pasado factura.

Solo existe un culpable. La persona que sufre en la superficie reflejada por el espejo

Tras la imagen reflejada se abre el botiquín, descubriendo el portal hacia el mundo de los analgésicos de auto prescripción para esa clase de momentos. Ninguno lograría quitarle ese terrible dolor y entumecimiento de la cara. Ella lo sabía, así que desistió rápidamente de la idea.

Hervor y latidos. La sangre paralizada intenta pasar y hace que la zona afectada emita pulsaciones que hieren y hacen asomar lágrimas

Ella solo pensaba que en el siglo XXI el dolor físico no debería existir, luego se percató que sus ganglios también parecían estar inflamados. «Cada generación tiene sus dinosaurios muertos, todos seremos fósiles»

Pues Amanda quería ahorrase el trance por el paralizante dolor y estar tan quieta y relajada como un fósil que, sin preocupación, veía el tiempo pasar, enterrada en miles de recuerdos sobre los cuales caían gotas de “todo tiempo pasado fue mejor”.

«Todo antes de esta hinchazón de muelas ha sido mejor. Hasta la vez cuando tuve que salir desnuda de las gradas del liceo porque me robaron la ropa mientras tiraba, fue mejor».

Así eran los pensamientos que circulaban por su mente.  «Debería existir una pastilla que te quite el dolor para siempre. O un medicamento que elimine gente»

Para poder salir a buscar otras gentes que no puedan ser borradas, porque son las que te ayudarán.

Parece que la fiebre había hecho acto de presencia hacía ya un cuarto de hora. Quizás eso es lo que la hace tener esos desvaríos.

La infección es poderosa, pero, así como no vale la pena ingerir los analgésicos comunes de esos que se convierten en anuncios de televisión, también resulta inútil encontrar antibióticos inexistentes o entrar vía emergencia en el consultorio del odontólogo.

«Estoy aburrida, tengo muchas ganas de leer y garabatear a mano sobre un papel»

Se puso a bocetar imágenes de su infancia en el último rollo de papel toilette que existe a 150 kilómetros a la redonda.

Sesenta minutos frente al espejo y contando. Una nueva marca. Estaba atrapada por su imagen decadente, por esa mejilla latente y por las ojeras del abandono propio. Su aliento profundo empañaba el vidrio, provocando opacidad

“Las granjas del juego de Farmville en Facebook también serán expropiadas”

“Antes de querer formar parte de algo, primero forma parte de ti mismo”

“Vivimos donde las palabras son muchas y muy ricas, hermosamente adornadas y llenas de presunto significado, ellas se imponen ante las pobres acciones que permanecen en la oscuridad y el anonimato”.

“La ignorancia no es una carencia de conocimientos y opiniones, es más bien un sistema de conceptos y prácticas adaptadas a una existencia esencial. Por mucho amor que halla entre tú y una persona ignorante, si expresas una idea u opinión que se salga de ese sistema, serás agredido y castigado”.

“Buenos Días. Despertar bien temprano es un indicador de estar vivo y que el día no tiene suficientes horas para poder hacer todo lo que queremos y debemos”.

¡Maldito dolor! ¡Maldito espejo! ¡Maldita infección!

¡Maldita fiebre y sus delirios!

FIN

© Edwing Salas

23/12/14

Invitaciones y ofrecimientos

beach.gif

«Tengo una casa en la playa, en Villa Marina. Yo se la había ofrecído a tu mamá y a tu papá, para que fueran un fin de semana, o un feriado, lo que tenían era que avisarme una semana antes, para verificar que no estuviera ocupada o desordenada.

 ***

Trina, la mamá de Vicente, nunca pudo ir.

Ahora que no está y el tiempo les obliga a no consumirse en su ausencia, ellos, sus hijos, los nietos, su esposo, decidieron que, quizás, la familia debía hacer un viaje para trasladar el recuerdo de ella hasta los parajes de la costa falconiana, donde seguramente la imaginarían sonriendo hiperbólicamente, bailando las guarachas tropicales y cocinando exquisitos manjares recién sacados del manto acuático.

Entonces, tomando las palabras del señor Sammy, el amigo de la familia que formaba parte del selecto grupo de individuos del ocaso, que se reunía religiosamente en su casa a jugar dominó desde hacía incontables años y quién les había ofrecido la casa de playa en una, dos, varias ocasiones, sin que el viaje pudiera concretarse estando ella en este plano; le notificaron al regordete señor que por fin habían decidido ir. Les urgía cambiar de aires la añoranza crónica.

–   Llámame en una semana y te aviso.

Eso le notificó el señor Sammy a Vicente, a través del móvil, luego que este lo llamó para preguntarle por las posibilidades de ir a la casa de la playa durante el puente feriado que se aproximaba.

La entonación de voz con la que respondió el dueño de la propiedad fue muy distinta a la que acompañaba el ofrecimiento de la casa en medio de la fraternidad etílica de los días de visita habitual.

Vicente estaba muy animado con la idea de que sus sobrinas pequeñas pudieran ver el mar y disfrutar de él por primera vez. Recordó cuando en su niñez él adoraba la playa, luego, en la adolescencia y ahora, en la adultez, el sombrío clima montañoso era su predilección.

Transcurrieron ocho días y en la fecha pautada para obtener la respuesta, Vicente llamó al señor Sammy. Este le notificó lo siguiente:

–   No puedo prestarte la casa, es de mi mujer y ella es muy delicada con eso, además, está ocupada, unos sobrinos se están quedando y no sé cuándo se van.

Vicente agradeció de forma parsimoniosa y ofreció disculpas por el atrevimiento de proponerle usar la casa de la playa. Él no tenía mucha confianza con el señor, eran sus padres. Su mamá ya no estaba y su padre no se metía en esas cosas. La idea realmente fue de él y sus hermanos. No se pudo. Ya fue

El pensamiento que en los días subsiguientes angustió a Vicente era una simple reflexión: «Que capacidad tienen algunas personas de hacer ofrecimientos de la boca para afuera, pero que se esfuman en el momento cuando accedes a los mismos. Es algo así como, una irresponsable manera de ser ostentosos con los demás. Una falsa solidaridad, echonería, boconería, charlatanería».

Por esos días, también le ocurrió que un amigo que había logrado huir a su Colombia natal, le invitaba insistentemente a que emigrara. Él mismo se ocuparía en ofrecerle asilo y ayuda hasta que se estabilizara y pudiera independizarse

Todo su círculo amistoso se había esfumado, como buenos clases medias, habían huido, no les fue fácil, les dolió muchísimo. Irte de tu tierra nunca es algo fácil, pero ciertamente, tenían una posibilidad que muchos otros añoraban.

Los que se quedaban porque no tenían dichas posibilidades, sentían una puñalada en el estómago cuando veían a un experto en televisión opinando que se estaban yendo los mejores cerebros del país

En las redes sociales también se pueden encontrar declaraciones de gente diciendo que, quienes se quedaban, era porque constituían una parvada de conformistas, masoquistas o lame botas del régimen.

Para ninguna de las dos caras de la moneda es, o ha sido fácil.

Bogotá, buen clima, ciudad pujante y logras con tu trabajo lo que no logras en un país bajo una tiranía.

Vicente, de forma desesperada, buscó pesos para irse con alguito en el bolsillo. No tenía tarjeta de crédito, por lo tanto, obtener divisas para viajar se le hacía imposible. Tuvo que recurrir a las transacciones negras. Pero el peso colombiano también le era difícil de encontrar.

Su tía pudo prestarle 30 mil bolívares con la promesa de que él debía devolvérselos en pesos o dólares, una vez se hubiere establecido en la hermana república.

Antes, la historia era diferente. Del país vecino, cantidades ingentes de inmigrantes llegaban en busca de una vida tranquila y un futuro mejor. Treinta años después, la historia se desarrollaba de manera inversa.

La devaluación era inminente. La escasez y la ira provocada por un sistema que mutila las libertades más esenciales de un ser humano, pusieron a pelear a hermano contra hermano a la puerta de los supermercados y tiendas de alimentos, tan solo por migajas.

Las escenas vistas en las redes sociales -porque ya en la TV no se podían airear ese tipo de asuntos- le provocaban una urgencia tal, que decidió irse así, sin esperar ni planear más nada. Debía escapar cuanto antes.  En Cúcuta cambiaria los inservibles bolívares por unos cuantos pesos.

Cuando Vicente le comunicó la presurosa decisión a su amigo vía Skype, este le dijo:

–   Men, no sé si puedo ayudarte, vienen unos amigos a quedarse y ellos si traen suficientes pesos, además, aquí las cosas no son tan fáciles ¿Qué pasa si no logras encontrar trabajo? No podré tenerte por mucho tiempo

Vicente agradeció de forma parsimoniosa y ofreció disculpas a su amigo por el atrevimiento de hacer caso a sus insistentes invitaciones a salvarle la vida de forma “desinteresada”.

Vicente recordó de nuevo al señor Sammy y su descripción de la casa en Villa Marina. Se imaginó con los suyos disfrutando del viento del crepúsculo acariciando sus rostros, las gaviotas zambulléndose en mar, para salir segundos más tarde, con peces en el pico. Sus sobrinas chapoteando en las olas, felices.

Que capacidad tienen algunas personas de hacer ofrecimientos de la boca para afuera, pero que se esfuman en el momento cuando decides entrar en acción, tomando sus palabras en serio.

Irresponsable manera de ser ostentosos con los demás. Una falsa solidaridad. Echonería. Boconería. Charlatanería. Venezolanidad.

 FIN

© Edwing Salas

01/11/14

La fiesta en el súper …

Fiesta en el super 2

Al bajarse la última compuerta, cerrarse el último candado, encajar el último cerrojo y encender el sistema de alarmas, se apagan las luces. Los habitantes de la comunidad más recalcitrante que ciudad alguna pueda albergar salen de sus contenedores, sus orificios, sus árboles y pasan del basurero trasero del supermercado a sus corredores principales. Son las diez de la noche. La jornada de fiesta alimenticia comienza.

Se han ido los gigantescos y amenazadores humanos. Ahora las ratas son las dueñas del lugar. Inician su bacanal entre las envolturas de papel sintético de los anaqueles, las impenetrables latas y los frágiles mantos de envoplast que cubren los embutidos del moho y la humedad, pero no de unos dientes diseñados para roer y cortar con suma precisión y frialdad.

Mientras la vida del animal superior del planeta transcurre entre economías depredadoras, guerras santas y plastificación de los sentimientos. Afilados dientes roen cemento, hierro, madera, plástico, poliestireno.

Rasgan sin parar día y noche, tratando de entrar en sus casas, en sus comercios, en sus cuarteles, en sus palacios de gobierno y recintos asamblearios. Hay que encontrar agua, alimentos y, sobre todo, un nido donde traer las crías que seguirán devorando el mundo de forma subrepticia y desesperada.

Los pasillos del supermercado se convierten en transitadas avenidas de una gran ciudad con rascacielos divididos por departamentos. Antes, era una metrópolis pujante de marcas y productos, pero ahora, muchos ya no están.

Los transeúntes de la noche, quizás notan algo raro, pero para ellos y su indescriptible capacidad de sobrevivir y adaptarse, la falta de leche, harina, aceite y otros rubros para el sustento y la sobrevivencia de los asquerosos humanos les tienen sin cuidado. Para ellas, aún todo es pletórico, abundante.

Unas buscan despacio e instintivamente. Otras cruzan de un lado a otro, llevadas por el hambre, la premura y la astucia. Los fantasmas no existen, solo estos seres que una vez casi acaban con Europa entre 1348 y 1350. En aquél entonces, el humano, aunque cruel, era frágil y aún tenía temor de Dios.

Los chillidos frenéticos delatan la actividad de estas criaturas cada vez más grandes y amenazadoras. Mientras más grande es el roedor, más sucia tiene el alma la ciudad, el país, el continente.

Ese sonido agudo que producen obedece a que se pelean por un botín de maní o jamón de pavo, por una porción de pan o el queso pasteurizado. Otras, solo emiten el gemido de placer mientras fornican sobre la caja registradora. Algunas ratas kinky les gusta aparearse sobre las carnes congeladas o sobre las acelgas. No hay sitio, ni instinto que las detenga.

Sus excretas son la única señal que delata su presencia. Están sobre el tocino, los refrescos, los perfumes, los desinfectantes, los cables de alta tensión, las bombillas. Son omnipresentes y casi siempre pasan desapercibidas ante las personas que alimentan su morbo en las colas y respiran el imperceptible olor de un desecho orgánico con el tamaño y la descripción de una pequeña semilla negra, de aproximadamente, medio centímetro.

Hasta un roedor de campo se daría cuenta de lo inútil que resulta aglomerarse y perder, dos, tres, cuatro, cinco y hasta seis horas en una fila para obtener solo miserias, violencia, enemigos y una autoestima cada vez más baja.

Las ratas solo deben esperar a que se haga de noche. Para ellas no existen tiempo de espera, ni productos regulados, ni capta huellas, solo entran y ya.

Durante el día, no hay chillidos de roedores, pero si el clamor y los gritos de mujeres que se matan a puño limpio en esas colas en la entrada del local. Hay desespero, traslado de un pasillo a otro en búsqueda del rubro deseado que ha activado las alarmas del instinto de supervivencia, porque ya no existe, está regulado y quizás en Colombia valga buen dinero.

Es muy probable que antes, ni siquiera tomaran en cuenta ese producto tan codiciado. Se daba por sentado para siempre su existencia infinita y su función permanente como parte del bloque de la cotidianidad, eso que cada vez luce más distorsionado e imposible.

Los animales en dos patas no pueden roer poliestireno, ni madera, ni hierro, no tienen dientes para eso, pero igual se las arreglan para rasgar las migajas de su presupuesto familiar.

El robo que desmigajó una moneda fantasiosa, impuesto para empobrecer y controlar voluntades por alimañas más recalcitrantes que los roedores, ha carcomido las almas, les ha abierto un hueco en la inteligencia, donde iba el sentido común. Esos espacios vacíos ahora son madriguera de ratas, sapos, serpientes, alacranes, topos, sanguijuelas y vampiros.

El humano tropical que habita en el norte de la América del sur es un santuario de animales plaga que habitan en el fondo de su ser.

Sus horas de vida se van en búsqueda de recursos, refugio, un orificio por donde entrar a la bacanal de quienes mandan. Una ranura por donde mirar el espectáculo del enriquecimiento, el despilfarro. El sexo sobre cadáveres abaleados, la risa sobre el llanto de niños sin futuro, el descaro que da la tradición y la herencia bárbara.

Son las cuatro de la mañana. Empiezan a salir de sus agujeros las personas que inician la espera en la entrada del supermercado.

Estoicismo es un concepto que no entienden las ratas de alcantarilla. Ellas buscarán salir del laberinto. Grabarán el camino recorrido una y otra vez hasta encontrar la salida correcta.

Esperarán en la oscuridad de los basureros, brincarán a las espaldas de los hombres del aseo urbano, mientras estos voltean sus casas/silos para llevarse su sustento diario. Es una guerra no declarada, asimétrica, instintiva y fundamentalista. La similitud entre las especies es cada vez mayor.

Toda alimaña que se arrastra por el piso lo sabe, en especial, aquellos que se empeñan a permanecer con sus dos rodillas sobre la tierra.

     FIN

© Edwing Salas

22/10/14

Ilustración:

© Edwing Salas