
Publicado el 13 de abril de 2012
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Momento cuando las ausencias devoran el cause
El grillete de la pobreza
abre la carne
resbalas en la sangre sin nombre
rodando
rodando.
Patinas sobre orgullo herido
hielo purpura,
delgado,
peligroso
Averno creado en el tórax
del purgatorio gris de las percepciones
Ahí azotan con tiempo marchito
esperado para el juicio
ahí azotan la paciencia de enanos
que viven como reyes
ahí te abren la piel
te desvaneces con las papilas resecas
Las arenas del tiempo se evaporan en las venas
el sol resurge puntualmente en combustión
así son estos días con látigos de inmadurez
así se redescubre el peso del error cometido
el crimen perpetrado,
procrastinación
Bestia resucitada milagrosamente
perece bajo el filo dilatado de la cordura
no busques fortuna,
padece desolación
te guardas para un futuro incierto
un niño que nunca llegó
Polaridad positiva,
el buen deseo,
tu cuerpo te lo cobrará
Una historia sin geografía,
sin aritmética,
sin fecha
Has venido para repetir
por primera vez,
la senda que millones de pies ya tragaron
mi santuario está profano y en ruinas
a pesar de las pocas almas que lo han visitado
encuentras el reflejo de tu vientre
Te dejas llevar por ese viento de tinta amarga
entre estadísticas de humor corporal te hallarás
Se cumplió tu sueño,
experimentar,
comerte la mierda que es este planeta.
© Edwing Salas
Publicado el 16 de abril de 2012


He venido recopilando viejos escritos mios de Predicado.com, un portal donde empecé a publicar narraciones y atrevidos intentos de poesía. Al crear este blog, ya no hizo falta publicar en portales ajenos. Así que he traído hoy una serie de obras que llamaré Auto Homenaje/ Auto Enfrentamiento, que no es otra cosa que la publicación de estas escrituras retro como un homenaje a mi testarudez y un enfrentemiento con quien soy hoy en día, a ver que tanto he progresado o involucionado.
En esta ocasión toca el turno a un relato:
El ¡Bluuuuaaackkkkgggg! retumbó en la sala golpeando las paredes con su eco repulsivo. El vómito bañó la mesa repentinamente. Los papeles empapados de ácidos gástricos se corroen. Fluido que repentinamente y sin control salió de la boca de Jacinto.
Después de recuperar la respiración medianamente normal, el pálido rostro del hombre joven expresó molestia. Olvidó por un momento su padecer. Debe limpiar la mesa y repetir de nuevo el papeleo… así ocurrió.
Luego de ir al baño y regresar con las manos limpias y la cara fresca, llenaría un formulario nuevo.
– ¡¿Qué demonios he hecho?! ¡¿Prefiero esto a que me maten de una vez?! – se decía así mismo- ¡Un maldito cobarde! ¡Eso es lo que soy!
En la maraña de lava gris que llenaba su mente solo esas palabras repetían su ritmo frenético. Estaba perdido y lo sabía desde hace tiempo.
Haber puesto su firma en aquel papel, hace un año, lo empujó a un periodo lleno de dificultades para él y su familia. Desde que sus nombres salieron publicados en la lista de los traidores, los problemas se agudizaban cada día…pero en ese momento, todo podría cambiar si llenaba ese formulario, cuyo cuerpo, rechazó como cuando se está harto de comer tanta mala comida.
Así se traga la mentira y las injusticias que llenan a uno. Todos lo engañaron; no había buenos; solo malos y estúpidos, y él era de estos últimos, en la fiel y pura extensión de la palabra.
Hace tiempo los oficiales y milicianos estaban borrándolos del mapa. Ahora, si quería dar la oportunidad de sobrevivir a Mielsa, Octavia y Candidus, sin despedirse de ellos y no mortificarlos.
Debía confesar que conspiró, negándose a retractarse, dejando todas sus pertenencias y derechos ciudadanos al estado para resarcir el daño a la patria.
La tinta cubría los espacios señalados en el formulario: datos personales, fechas, clase de delito y el espacio que más le dolía tener que llenar: ubicación geográfica, nombre y dirección de sus cómplices. No dejaba de pensar en ellos: Alvarito, Yesca, Cuarnildo, papá, y un gran etcétera.
Una gota de sudor rodó por la punta de su aguileña nariz, rebosando en la caída, la casilla que rezaba “Número de Identificación”.
La puerta se abre y de inmediato aparece una mujer de estatura media y complexión doble, de salvaje cabello rizado, elegantemente vestida a la moda ejecutiva, pero austera. Su rostro de anchos labios, no muy delicados, se movieron dejando escapar una interrogación con el más agresivo y aplastante tono:
– ¿No ha terminado?
Jacinto negó despacio, con la cabeza. Un hilo aromático se colaba por sus fosas nasales llenándolo de pánico, ira, asco. ¡Era ese maldito perfume!
– ¡Apúrese pues! ¡¿Qué espera?!
La mujer se acercó y se puso frente a él, toda parca, recalcitrante, arrogante. Lo miró con repulsión y amargura.
Jacinto la miró fijamente, triste, pero con determinación; su cara sudada dibujó con agonía y lentitud una costosa sonrisa. Ambos se miraron en silencio. Algo se presentía en el ambiente de la habitación, las paredes no escaparon de nuevo al retumbante eco…
– ¡Bluuuuaaackkkkgggg!
(c) Edwing Salas
04-Mayo-2004
Publicado el 07/02/2012

Esperaba… ¿Qué esperaba?
El gran momento. Gloria. El futuro prominente que se le había asignado si hacía lo correcto, si procrastinaba, si se reprimía, si aguantaba los golpes del clima, las sequías; si confiaba estoicamente en los espíritus de la fe.
Atento y paciente, “animal cazador”, esperaba la llegada del gran destino.
Siempre sobre un árbol. Miraba todo a su alrededor.
Se negaba a cazar presas que no estuvieran acorde con su nivel de hambre. Llegaban otros ejemplares y las hacían suyas. Él estaba seguro de que esas no eran las comidas que la naturaleza le guardaba. Siguió esperando.
Siempre sobre la copa de ese solitario árbol, mirando amaneceres, atardeceres, lluvias, truenos y ciclos lunares completos. El animal tenía ojos empañados, sin brillo, olfato nulo y colmillos mellados, a punto de caer, sin haber arrancado carne cruda, agonizante y temerosa.
El árbol empezó a dejar caer hojas, sus ramas cedían y sobre él, su vigilante, ya no tan ágil, ya no tan seguro, ya no tan esperanzado. Su piel empezó a cuartearse como tronco milenario, tenía la textura del desgaste inactivo. Había perdido algo importante, pero no sabía qué era.
No había ya tantas presas, la cantidad de nuevos animales aumentó.
Un día, despertó sintiéndose diferente, más de lo que él creía. Siempre se supo único, un ejemplar elegido. En ese punto de su existencia, ya no se sentía especial, pero, sin embargo, algo había cambiado de verdad en ese momento.
Ahora tenía piel gris plomo, húmeda, resbaladiza, sus colmillos tenían filo nuevamente, eran cuchillos infalibles que doblaban en cantidad a la de su anterior mandíbula. Sus extremidades desaparecieron.
En su lugar, dos aletas cortaban el aire a los lados y otra más grande, dorsal, se alzaba en medio de su espina, dándole aerodinamismo, velocidad y aspecto temible: “atrapa todo”.
Había llegado el día. Sea lo que sea que estaba sucediendo, era lo que esperaba. Jamás se imaginó que sus verdaderas presas estarían en el mar. Esa revelación le infundió ánimo y seguridad.
Pero, había un problema: sus branquias. Ahora debía respirar bajo el agua y se encontraba en tierra. Empezó a sentir el “O” sin el confort que le brindaría estar combinado con “H2”.
Un animal como el que se había convertido siempre debía estar en movimiento. El océano estaba lejos, muy lejos de la copa del vegetal donde vivía.
Se sintió asfixiado, convertido en tiburón sobre un árbol. La mutación solo sirvió para morir en las ramas de una planta ancestral, cuyas raíces nunca lo dejaron moverse a sus anchas.
FIN
© Edwing Salas
24/07/12
Publicado el 25 de mayo de 2012

El rostro que Reinaldo miraba cada día frente al espejo ya no estaba. En su lugar veía la cara del hombre más famoso del mundo en la última década. Estaba listo para representar su mejor papel.
De ser un fracasado actor cómico e imitador, por necesidad, por fin, sería reconocido como un verdadero actor de carácter, en el rol más importante de su vida.
Jamás pensó que el personaje que él imitaba tan bien, como muchos otros, y que le había provocado la salida de un espectáculo de televisión, lo rescataría convirtiéndolo en un ave fénix.
La fama y el poder habían llegado. En diez minutos se dirigiría al país por primera vez. Atrás quedaron los días de sobrevivencia para pagar la pensión, la lucha con los malcriados dramaturgos teatrales, con despiadados ejecutivos de los canales, con los insensibles jefes de castings, con los tiránicos directores de cine y televisión.
Pasados ya seis meses, las sesiones de trabajo para ajustarse al personaje no han sido fáciles. Trabajar con estos hermanos ha sido más difícil y exigente, quizás, que trabajar con Los grandes de Hollywood: los Hermanos Wachowsky, Los Cohen o The Hughes Bros.
Los hermanos con los que trabajaba Reinaldo si eran arrechos de verdad. No como esos bobos gringos. Con estos dos, si no sigues todo al pie de la letra, estás acabado, literalmente.
Hasta tuvo que someterse a varias cirugías, que incluyeron cuerdas vocales, para tener el mismo tono de voz, según el perfil del personaje, aunque él se lo sabía todo al dedillo. Lo demás fue como unas vacaciones pagadas en una isla paradisiaca.
Ya no veía un fracasado cada vez que se paraba frente al espejo. Ahora veía a un hombre nuevo. A su memoria llegó aquella escena de «Face Off» de John Woo, cuando Castor Troy se reconoce dueño de la situación al tener el rostro de su antagonista, el chico bueno de la película. A veces la realidad imita al arte.
Ahora el mejor sería él. Pagarán todos aquellos que lo despreciaron, las mujeres que lo abandonaron porque no ofrecía ningún futuro, los que nunca creyeron en él, los que le habían negado trabajo por feo y falta de chispa. Esos sentimientos venían a él y le ayudaban a construir el personaje al que la vida le impuso representar, gracias al cielo, por azares de aquello que llaman destino.
El Reinaldo Félix de 50 años que todos conocieron, estaba muerto y enterrado, con lápida, dedicatoria y cobertura en los medios ¡Sorprendente!
– Señor presidente, cinco minutos para salir al aire – le dice su escolta de confianza-
Sale a la sala presidencial, listo para el mejor papel de su vida, eso era el Oscar de la existencia. En los parlantes se empezó a escuchar la voz grave de un locutor: “Esta es una transmisión del ministerio del poder popular para la comunicación y la información de la república Bolivariana de Venezuela y La red nacional de radio y televisión”.
© Edwing Salas
31/05/12
Publicado el 1ero de junio de 2012


Bastó que el pequeño Emeterio dijera con pesar “¿Por qué dios tuvo que hacer este mundo así?” para que su abuelita Rosaura brincara despavorida y gritara “¡Dios mío! ¡Herejía! ¡Blasfemia! ¡¿Por qué hablas así?!”.
Su hija Marcela, la madre del niño, también se ofuscó al ver que el pequeño filosofaba con rabia delante de su abuela, al no habérsele dado permiso para ir a jugar fútbol con su balón. El escándalo de ambas mujeres ante las peligrosas ocurrencias de Emeterio fue a parar a oídos de Marcial.
– ¡¿Quieres salir a jugar?! ¡Vamos pues! ¡Vamos ya para la calle! ¡Vamos! -grita Marcial-
– ¡No papi! ¡Mentira! ¡Yo me voy a portar bien! ¡Yo no voy a decir más nada! ¡Por favor! – implora –
Su voz se quebró y sus piernas temblaban. Marcial se empezó a quitar el grueso cinturón marrón de cuero.
– ¡Vamos o te jodo aquí mismo!
– Ya Marcial, no es para tanto, tú sabes cómo me pongo yo, pero ya pasó, el niño no dijo nada malo, fui yo quien entendió mal.
– ¡No se meta doña Rosaura! ¡Por eso es que estos coños después no sirven para nada! ¡Por el bendito amor a los hijos!
Emeterio caminó y agarró su balón. Era el ser más miserable del mundo. Era un monstruo, había causado de nuevo un problema entre sus familiares. Él solo quería jugar fútbol, pero cada paso que daba le pesaba más y más, como si sus pies arrastraran sendos grilletes.
Se detuvo en el pequeño portón de hierro. Marcial le abrió.
– ¡Sal a jugar!
Emeterio no quería salir, ya no quería jugar, solo quería ir a su cuarto y meterse bajo su almohada para llorar hasta quedarse dormido. El llanto se le acumulaba en el pecho, mientras su visión se inundó de agua.
El niño atravesó el umbral hacia la calle. Estaba despejada. Era sábado, cuatro y media de la tarde, un momento perfecto para jugar.
El balón tocó el piso, pero el niño se quedó ahí mirándolo, de hecho, no miraba el balón. Miraba el piso, contemplaba su sombra.
– ¡Anda pues! Juega ¡Juega o te jodo! ¿No querías estar en la calle?
– Marcial no grites, se van a enterar los vecinos – dice Marcela-
El niño pateó el balón y comenzó el juego. Su voluntad contra su humanidad. Quería llorar, quería estar solo, callado, arrepentido de querer jugar, de haber insistido hasta el cansancio para que le dejaran salir, de haber dicho lo que dijo después de que su padre y su madre le negaron el permiso. Sin duda era un castigo de Dios por haberlo cuestionado.
Los vecinos se asomaban a verlo jugar, incluso los otros niños del callejón. El veía caras que lo miraban con burla, con saña, como quien ve un monstruo culpable de mil crímenes caminar hasta el patíbulo.
Pateó nuevamente y miró hacia su casa. Su padre, quien lo había vigilado desde la pequeña cerca, ya no estaba. Quizás lo había malinterpretado, quizás Marcial si quería que jugara y se metió cuando vio que su hijo ya estaba haciendo lo que quería.
Emeterio aprovechó ese momento para sentarse en el borde de la deteriorada cerca de ladrillos y tratar de serenarse. Colar el llanto entre bocanadas de aire y secarse las lágrimas que se desbordaron en cuanto se sentó.
Sintió mucho miedo, pero ya todo estaba pasando, venia la calma después de la tormenta. Se disculpó con Dios por todo lo que dijo.
En ese instante sintió un rayo chocar con su espalda. Inmediatamente, el ardor y lo caliente, lo estremecieron. Se levantó disparado.
– ¡Que juegues no joda! – Marcial lo había azotado con la correa marrón –
El vecino de enfrente, el señor Moisés, iba saliendo y le tocó contemplar lo que estaba sucediendo. Emeterio y él cruzaron miradas. El buen anciano solo podía observar con dolor e impotencia. Marcial estaba decidido a formar a una persona que sirviera para algo.
– ¡Vamos! ¡¿Quieres calle?! ¡Ahí tienes tu calle!
Emeterio gritaba, lloraba y a la vez jugaba fútbol. Pateaba el balón, metía gol. Sacaba de nuevo. Corría de aquí para allá. Con todas sus ganas. La gente salía a ver lo que estaba sucediendo. En apariencia, un niño jugando solo, pero sin rostro de disfrute por lo que hacía.
Lo que sucedió después no logró recordarlo. Todo era borroso, confuso. Emeterio revivió ese y otros hechos de similar naturaleza al buscar el nombre de Don Marcial en su agenda de contactos, para escribirle un mensaje. Se encontraba refugiado en casa de un amigo.
Marcela y el propio Marcial, hace ya tres semanas, le habían dicho que se fuera de la casa, porque él ya era un hombre y no debía estar ahí.
En la pantalla del móvil podía verse la fecha: Domingo de 17 junio de 2012, 2 PM. “Feliz día del padre”. Escribió Emeterio. Diez minutos después su teléfono sonó recibiendo un mensaje de vuelta de Don Marcial: “Gracias”.
FIN
© Edwing Salas
22/06/12
Publicado el 23 de junio de 2012

Es viernes por la noche, me encuentro de muy buen humor y estuve recopilando viejos escritos míos de Predicado.com, un portal donde empecé a publicar narraciones y atrevidos intentos de poesía. Al crear este blog, ya no hizo falta publicar en portales ajenos. Así que he traído hoy una serie de obras que llamaré Auto Homenaje/ Auto Enfrentamiento, que no es otra cosa más que la publicación de estas escrituras retro como un homenaje a mi testarudez y un enfrentamiento con quien soy hoy en día, a ver que tanto he progresado o involucionado.
Mis pies desnudos llevan impregnados el olor del camino recorrido y aún falta más…
Esto arruinó la noche, perdona el atrevimiento de mostrarte defectos tan pronto, excúsame si te ha molestado.
Desde hace unas horas he venido perdiendo la compostura. No doy sorpresas de tiempo…sorprendo de una vez, el mismo día, primero de cruzar casualidades, si caigo mal, era de esperarse.
En caso de causar simpatía sería preciso probarnos, así de sencillo claro y conciso.
Al no buscar, se hace fácil no volver a ver …y ¿Olvidar?
Seguro tu olfato alberga malos recuerdos, tu hastío disparó honestidad.
Mi elocuencia de prisionero sin condena, mis modales de caballero, mis ganas de beberme tus resplandores y la embriaguez de presencias no calculadas. Veamos qué tan imprescindible es tu inmaculado espíritu libre.
Sé que lo eres, pero eso no te absuelve, conversemos luego… cuando volvamos a darnos cuenta de que nos hemos topado des fortuitamente en la orilla serena de nuestras cavilaciones y egoísmos.
© Edwing Salas
17 de mayo de 2004
Publicado el 3 de septiembre de 2011

Es viernes por la noche, me encuentro de muy buen humor y estuve recopilando viejos escritos míos de Predicado.com, un portal donde empecé a publicar narraciones y atrevidos intentos de poesía. Al crear este blog, ya no hizo falta publicar en portales ajenos. Así que he traído hoy una serie de obras que llamaré Auto Homenaje/ Auto Enfrentamiento, que no es otra cosa más que la publicación de estas escrituras retro como un homenaje a mi testarudez y un enfrentamiento con quien soy hoy en día, a ver que tanto he progresado o involucionado.
Ser parte del silencio…respirar sin sonoridades a contraviento… si la realidad y el sueño se dieran la mano serian siameses borrosos que bajo el sol pueden sudar corriente prismática, trayendo en su caudal ángulos rectos, obtusos, venenosos.
Ser parte del silencio… inmóvil, en paredes acolchadas recibiendo las ondas sonoras de un taladro haciendo su ruidoso trabajo.
En las aceras del pensamiento seis mil millones de parásitos se muerden entre sí, se chupan sangre. Desde allá afuera solo se ve una esfera silente. No hay vacío en estas habitaciones llenas de gritos; mil denteras han causado. Repiten sin cesar, el mismo año miserable.
Manos cortadas y sangrantes siguen aferrándose a esa cruz de papel. Degustan virtud. Saborean daño. Autocomplacencia de masoquismo blanco y negro. Desgarran sus bilis de indignación ante lo desconocido.
Castrados, cegados, fuertes; pero destructibles…como todo principio y final nunca se separan. Eternamente unidos por el camino, sabio consejero.
Para ser parte del silencio hay que escuchar lo que hay dentro y ser sordo de ojos abiertos. Sentir la caída de un alfiler… tu silencio…no es igual al de los demás… pero la profundidad es la misma. Aun así, nadie se ahoga en anhelos. Susurren despacio sus desesperos, sigan … unidos vencerán. Unidos son felices. Unidos no saben ni donde están. Unidos engordaremos la extinción.
Cuando se dividan las nubes en suaves y ásperas… haz recuento de las sílabas que construyeron palabras sinceras. Que lleguen con orden, pero no para ordenar. Que lleguen fuertes de plenitud y no de volumen. Acompañadas con el asombroso, y en desuso, tacto de una caricia…y sé parte del silencio
© Edwing Salas
23 septiembre de 2005
Publicado 17 de septiembre de 2011