Maldito Civil – Parte 3-

Se bajó del bus en el kilómetro 4. Todavía le quedaban 2 kilómetros para llegar a su casa, los cuales, cubriría caminando.

No le quedaba más dinero para tomar otro transporte. Mientras transitaba la ruta, contemplaba el paisaje lleno de subdesarrollo y decadencia. Se interrogó a sí mismo, con culpa y amargura, por qué le había tocado esa vida.

Un camión militar repleto de soldados se aproximaba y en cuanto pasó junto a él, todas las iras se acumularon en su boca, cegando la razón.

– ¡Malditos!, ¡Jala Bolas!

Al recuperar su sensatez, se vio parado en la orilla de la acera, mientras, el automotor verde oliva se detenía en la vereda de enfrente. Inmediatamente, cinco soldados bajaron, blandiendo sus ametralladoras. Alcides no corrió, se quedó ahí parado con una sonrisa muy forzada.

El miedo hace que uno se comporte de manera tan extraña que, a veces, exteriormente se demuestra todo lo contrario.

– ¡Estás detenido! ¡Vamos pa’l camión!

-¿Por qué?

-¡Por falta de respeto chico!

-Pero si eso no era con ustedes, era con un amigo que iba pasando.

-¡Pa’l camión y te sientas en el piso!

Alcides obedeció en silencio, había muy poco que negar. Su mente quedó en blanco al saberse como una pieza de ganado que va resignada al matadero.

-¡Por bocón! –pensó-

El transporte militar avanzaba. En el furgón había seis bidones de combustible y 12 soldados entre 18 y 24 años, todos de piel tostada como la suya.

Le rodeaban con mirada de saberse al mando de la situación. El disfrute del castigo se dibujaba en sus expresiones de intimidante escrutinio hacia el prisionero.

– ¡Te la das de muy valiente maldito civil! ¡Ahora vas a saber lo que es bueno! ¡Por culpa de ustedes nos tienen trabajando desde las cuatro de la mañana hijos de puta! ¡Te vamos a coger y te vamos a matar!

Alcides tragaba grueso. Su arrebato le había salido caro. Pensó en los desaparecidos de Cuba, Chile, China.

Sería una estadística de otro gobierno totalitario. El rostro de su madre llena de dolor le erizaba.

Observando desde su posición hasta el exterior, podía intuir por donde se desplazaban.

El camión cruzó por la carretera unión, de Sierra Maestra. En una parada de semáforo en rojo, la ventanilla a espaldas del conductor se abrió y el uniformado habló.

-¡González!

– ¡Mande mi sargento! – responde González con la típica prestancia de un soldado bien entrenado-

– Este escuálido no sabe que por nosotros es que tienen gasolina y alimentos y todavía nos llama jalabolas (chupamedias) y malditos ¡¿Qué le sale?!

-¡MIERDA! – gritan todos al unísono-

El sargento cerró la ventanilla de la cabina y volvió rápidamente a poner la vista en el camino. Alcides bajó la cabeza.

Uno de sus captores más fanáticos lo pateó, pero fue detenido por un cabo, que impuso respeto y cordura de inmediato. Su expresión demostraba desacuerdo con lo que ocurría.

-Permiso para hablar mi cabo -se aventuró Alcides, mirándole a los ojos en otro arrebato de pánico y calma-

Recordaba perfectamente la jerga y rangos militares, debido a sus clases de instrucción pre militar en el liceo. Y sus intentos fallidos por entrar en la escuela de oficiales de la Guardia Nacional.

-!Hable! ¡¿Qué tiene que decir?!

– ¡Si! ¡Habla! ¿Cuáles tu última voluntad? – preguntó uno de los soldados soltando una ruidosa carcajada que se contagió en todos los presentes -excepto en el cabo-

El camión dobló una esquina e inmediatamente se detuvo frente a una casa. El sargento bajó junto a los otros dos uniformados que iban de copilotos. Alcides no soltó palabra alguna, al percatarse de su presencia.

-¡Entonces! ¿Con qué somos unos jalabolas? !¿Por qué?! Porque no andamos traicionando a la patria como ustedes.

Uno de los soldados agarró al prisionero por la parte trasera del cuello de la camisa y lo hizo a un lado, mientras, otros efectivos rodaban los bidones hasta bajarlos y llevarlos hasta el interior de la casa donde habían llegado.

El sargento fue hasta allí para indicarles a sus subalternos donde irían los recipientes de combustible. Alcides al ver este movimiento se indignó aún más.

– Mi cabo, ustedes saben que esta no es la manera. ¿Por qué hacen esto? – por fin, logró expresar Alcides lo que pasaba por su mente al verse solo con él-

-Yo solo cumplo órdenes, no puedo hacer nada, mejor cállese y esté tranquilo.

El sargento salió de la casa con un filtro y empezó a repartir agua entre todos los soldados.

El cabo fue a reunirse con el grupo. Alcides aprovechó esos momentos a solas, para reflexionar.

Agarró con fuerza su bolso, en cuyo interior llevaba un litro de vinagre, pañuelos, pintura en aerosol negra y una gran pancarta doblada que decía “¡Chavéz! ¡Renuncia ya dictador!”.

Aceptó su destino. El sudor frío brotaba a chorro de sus poros. Sus labios estaban resecos. El latido de su corazón se sentía profundo e intenso. No había mariposas en su estómago, eran ratas.

La tropa miraba y se burlaba del detenido. Pronto avanzaron hacia él. Retornaron al camión, mientras, el sargento regresaba al interior de la casa con el filtro.

Luego de unos segundos, apareció con su mujer embarazada y se despidió cariñosamente de ella. Se acercó hasta donde estaba Alcides.

-Bueno, ahora si nos vamos a encargar del pajarito este.

Se montó en el vehículo y lo puso en marcha. La calle maltrecha por los huecos, se sentía por el vaivén del transporte pesado, mientras, seguía el sendero hasta retornar a la autopista principal número 1, para ir en dirección hacia el gran puente.

Quizás sería lanzado desde la pila 21, la parte más alta de la estructura. Pronto ese pensamiento fue descartado por el joven prisionero.

Seguramente le encerrarían y lo presentarían ante los medios como un desestabilizador, capturado en plena conspiración contra las fuerzas armadas, quienes desplegaron su labor de socorro a los pobres, mientras, el país es víctima de un plan internacional de guerra económica y sicológica.

Miles de formas de tortura, escarnio público y muerte desfilaron por su mente, como un catálogo infausto.

Cada inhalación de aire se hacía más pronunciada. Nunca debió regresar a esa puta ciudad, o mejor dicho, debió haber salido del país, aunque sea por tierra.

El transporte militar se fue orillando despacio, a la derecha, hasta detenerse.

Los latidos de Alcides se aceleraron, ese era el sitio. El sargento bajó y se dirigió a él.

– ¡Bájate!

Alcides obedeció. Ya en tierra, se dio cuenta de que estaban al lado de un estadio de softball. Estaban en plena autopista 1, donde escasos vehículos pasaban.

-¡Cinco y no te veo maldito civil! ¡Cinco y no te veo!

Le iban a disparar por la espalda. El recién liberado no quería correr.

-¡CINCO Y NO TE VEO!

Alcides emprendió la carrera, esperando escuchar las repetidas percusiones de las ametralladoras.

La abundante arena hacía lenta y enredada su locomoción, pero aun así, desarrolló fuerza y velocidad, persiguiendo la libertad y el sueño de trabajar, ahorrar dinero, independizarse, comprar una casa, un auto y tener una buena mujer.

Corrió como nunca, buscando el norte. Al cabo de tres minutos, se detuvo y volteó para darse cuenta de que sus captores ya se habían marchado.

El sabor a muerte en su boca y su entrega de condenado se transformaron en una rabia tremenda, al tener que irse caminando hasta su casa, que ahora, se encontraba a nueve kilómetros de distancia.

Hubiese preferido la muerte de un inadaptado, a tener que cubrir tal distancia a pie.

Por fin llegó a su casa. Observó a su familia y agradeció estar con ellos. Se miró en el espejo de su habitación y por primera vez, vio lo poco que era.

Relató el hecho a su grabadora de voz y guardó las pequeñas cintas magnetofónicas para cuando llegara el momento de tener que plasmar lo ocurrido para la posteridad. Nunca contó lo ocurrido a nadie.

Al cabo de un buen tiempo, encontró las cintas y se dio cuenta de que ese hecho permanecía aún intacto, grabado en su memoria.

Ese episodio cada vez menos grave, en comparación con lo que se vendría después, para las víctimas del régimen que secuestró a la “Pequeña Venecia”, visto a la distancia de los años subsiguientes, salía a flote cada vez que veía a los militares, de la mano con el dictador, imponiéndose a la fuerza ante los “malditos civiles”, que aún luchaban por liberar al país, luchando con la valentía, el arrojo y la demencia que genera combatir por la dignidad.

FIN

© Edwing Salas

19/11/13

Publicado 19th November 2013 por

El relámpago y la montaña

rayo.jpg

Cuando Briceño resbaló en la ducha y su nuca se partió en dos contra la orilla del desnivel no alcanzó siquiera a pensar “Que muerte tan estúpida y común”.

Su alma llegó rápidamente al páramo de las cuentas pendientes, un paisaje de hermosas montañas azules, envueltas en suave neblina malva y cubiertas con nieve color salmón.

Muchos creen en el purgatorio, pero la verdad es que cuando alguien muere va hacia esas cúspides a tener su auditoria personal, el cuadre de las facturas, las cuentas pendientes que dejaste en vida, ya sea por hacer o dejar de hacer. Es el encuentro con la verdad de tu vida, con lo que realmente es.

Una voz profunda le dijo:

–  Javier Enrique Briceño Céspedes, 54 años, se cumplió tu plazo en el plano carnal y ha concluido según lo previsto.

–  Si, está muy bien, pero y yo, es decir, mi cuerpo como se va a quedar ahí, desnudo.

–   No te preocupes, la envoltura biogénica será encontrada al tercer día, gracias al olor de tu descomposición, según está previsto en tu epilogo. Te harán un homenaje post mortem y los medios de comunicación reseñarán tu labor como gran hombre de las letras.

–   Bien, eso está bien, pero digo, ¿De quién fue la idea de morir tan estúpidamente?

–   Fue tuya, escogiste tu manera de morir

–    No lo recuerdo.

– Esa es parte de la gran paradoja. En esta fase todavía no recordarás muchas de tus elecciones para inserción y abandono del espacio humano temporal.

– ¡Háblame en cristiano y muéstrate! ¡Hazme el favor!

–   La conciencia no se materializa, lo más terrenal que puede llegar a ser es un sonido.

–   Ah, ¿Eres mi conciencia acaso?

–  Si eso es lo que crees, entonces, así es…

Eso dejó realmente confundido a Briceño. Esa no era su idea de la muerte, ni de rendir cuentas, afortunadamente, pero sabía que igualmente las cosas se iban a poner muy locas.

– ¿Preparado para tu biografía? – preguntó la voz de la conciencia-

Briceño asintió demostrando cada vez más intriga y nerviosismo.

Una espesa neblina malva que pasaba frente a él se detuvo y cambió de color. Ahora era blanca y sobre ella se empezaban a reflejar imágenes como en una película.

Ahí estaban su padre y su madre de novios la noche en que fue concebido.

– ¿Tengo que ver esto? – preguntó avergonzado y con ansias, típica reacción freudiana-

El silencio y el vacío fueron respuesta suficiente. A medida que transcurrían las imágenes venían a él las mismas sensaciones que sintió en cada momento: dolores, placeres, anhelos, envidias, temores, frustraciones, alegrías, regocijo, satisfacciones; la dulzura de la razón en cada buena decisión y la amargura del error cometido.

Había mucha saturación y cansancio dominándole, pero lo visto le llenaba de optimismo al saber que la balanza pesaría más del lado de las buenas obras, hasta que se topó con ese recuerdo, en apariencia olvidado, pero sintió el renovado peso de los dos años en que se vio atormentado por tal muestra de cobardía e indecisión.

Fue hace veinte años, en una serranía tropical donde la lluvia de media noche azotaba el paisaje con gotas gruesas que caían sin piedad. Cada relámpago se quebraba en el firmamento e iluminaba el verde paisaje y a su persona, acompañado de esa chica a quien hace tiempo venia “sobreestimando” gracias al continuo trato en el trabajo, el cual, los había llevado hasta ahí.

Su animal interior llevaba rato erguido y babeando, buscando la oportunidad para atacar. Quizás la chica estaría en busca de alguien o se dejaría llevar, es decir, era una aventura de una noche en una montaña, era perfecto, eso era todo. Pero Briceño, no muy guapo y, en ese momento, pobre, se dejó llevar por su peor enemigo: el futuro.

A pesar del ron, el clima y el paisaje, no actuó, sino que evaluó la situación y se dio cuenta que él no podía llevar las cosas al siguiente nivel. Sería el principio del fin: coger tan solo por diversión, para luego engancharse a coger por amor. ¿Después qué?

Sabía que, si se decidía y todo fluía satisfactoriamente, se enamoraría. Se conocía, o eso creía en ese momento, si la unión se quebraba tiempo después, él sería el más perjudicado y, si todo se iba a la mierda de inmediato a causa de su falsa percepción e interpretación de las cosas que venían sucediendo, también sería un desastre.

Ella no era linda, de hecho, no entraba en su perfil de mujer atractiva, solo era una chica “cogible”, pero definitivamente algo tenía: encanto natural, ingenuidad y bondades únicas, mucha inteligencia, sensibilidad y visión romántica de las cosas.

La semana siguiente a esa noche confusa sintió y pensó: “Esas son las peores, hablan de amor sincero, libertad plena y abolición de prejuicios, siempre y cuando la tarjeta de crédito y la chequera no dejen de funcionar” -Una hippie de mierda clase media-

– ¡Me engañaste! ¡Me engañaste hija de puta!

– ¿Me hablas a mí? – preguntó la voz-

– ¡Por supuesto que sí! ¡Grandísima sucia! ¡Ella pudo haber sido la chica!

– Se dio el lugar el momento, la oportunidad y tú hiciste una elección, la elección fue no actuar

–   Fui un estúpido y un cobarde. Desde ese día nunca fue lo mismo, esa noche había conexión, pero al amanecer lo había arruinado todo. Soy un imbécil, desperdicié muchas oportunidades como esa en mi vida.

–  Entiendo y también siento que ese sentimiento es muy perturbador. La condena que recae al no saber que hubiese sucedido de haber escogido la otra opción, la más evidente, la que cualquiera hubiese elegido.

-Tú me ordenaste no dejarme llevar por lo evidente.

–   Y te fue bien ¿No?

-Sí, pero me invade de nuevo la incertidumbre. Ahora quisiera haber escogido “mejor” que “bien”.

-Con este recuerdo en específico ¿Te sientes arrepentido?

– Si.

– Estamos avanzando.

– ¿En qué? ¿Qué tratas de decirme?

-De todo lo que has visto, es lo primero de lo que te arrepientes, no es gran cosa, pero ahí hay una sensación de culpabilidad y te arrepientes.

– ¿Entonces? ¿Esta es una experiencia de aprendizaje? ¿O una cuenta pendiente que tengo?

-Podría ser.

– ¿Con ella o conmigo mismo?

– Ahí está el secreto de la duda- dice la conciencia con aires de sabiduría infinita-

– ¿Qué ocurrió con ella?

–   Vamos, lo sabes bien. Se casó un año después con ese compañero de ustedes que venía cortejándola y es una feliz dama de familia, rica y está a punto de ver graduar en Francia a su hijo mayor.

– ¿Entonces? ¿Al final hice lo correcto?

– El temor a que ella te cortara las alas repentinamente y te dijera que estaba saliendo con ese muchacho más aventajado que tú fue lo que te obligó a ponerme en medio. Te ha llevado mucho tiempo creer…

– ¡¿Creer en qué?! ¡¿En la bondad del ser humano?! ¡¿En la buena fortuna?! ¡¿En dios?! ¡¿En la suerte?!

– Si, digámoslo así, y, además, en ti

-En este momento no sé si creo en mi o en todo esto. ¿Dónde me encuentro exactamente? ¿Qué hago aquí?

-Otra gran paradoja.

El tiempo para las almas no es el mismo para quienes son de carne y hueso, sin embargo, lo proclive de Briceño a entablar discusiones y debates filosóficos de trascendencia para “evaluarlo todo, de cara al futuro”, le hizo permanecer más de lo que le tocaba en la cima de su montaña de las cuentas.

Tan solo encarar esa insignificante deuda consigo mismo le llevó varios milenios discutiendo con la voz de su conciencia ¿O de su subconsciente?

Aún le faltaba enfrentarse con los recuerdos de las decisiones que realmente influyeron en su vida y ejercieron algún efecto positivo o negativo en otras personas de su verdadero círculo de vida.

FIN

© Edwing Salas

21/09/13 

Frontera marcadamente delineada

La frontera delineada.jpg

Viajas en colectivo…

del primer mundo

Esos segundos que se detienen para que la tinta pixelada impregne ese algoritmo

sobre inmaculada carne de los códigos binarios

eso marca una distancia de quién diría “by far”

y todas tus ligaduras lucen pequeñas delante de los grandes monumentos del planeta feliz

 

Bien alimentada y educada

bienaventurada y bendita

Ítalo criolla y mamífera

me veo obligado a detenerme,

los evangélicos llaman a mi puerta

me escabullo entre las sombras para dejarlos exactamente como he quedado yo

 

Ellos lo superarán

aun trato de descubrir qué es y cuánto vale la fe

¿Cuánto vale la buena vida?

How Much?

 

Es la pregunta en las grandes tiendas por departamentos

donde tus raíces perforan tierra fértil para crecer con seguridad

¿Cuánto vale la genética?

¿Cuánto valen mis páginas leídas?

y las bastardeces de pertenecer al 90% del resto

 

52% en estado de satisfacción

40% vegetarianos, hipsters y vendedores de Herbalife

Lo que queda: alienados, dementes, inconformes y soñadores

Excedente improductivo

 

Hay periodos en lo que se toca más el fondo

es como el limo en el suelo de los tanques caseros

pero en cada resbalón pierdes aliento

te entregas al abandono del largo camino que has dejado atrás

y que nunca has querido recorrer

 

Al final no hubiese existido el “Happy Ending”

los carroñeros harían el trabajo

todo dependería de un documento

no un estado de cuenta

sino un borrón y cuenta nueva en el estado civil

 

Me hubieras mandado al averno cargando todas mis metáforas

las dejaría caer una por una, porque irían perdiendo su valor

tal cual están hoy

 

Al despedirme de este plano no dejaría ninguna herencia

salvo la ineficacia de saber vivir

 

Como ven

esos ojos oblicuados en los que me perdí y aún no me encuentro

son seda color miel

pero hace rato eso me tiene sin cuidado

porque a pesar de tus formas

 

Tus fondos no son profundidad en la que deseo ser cangrejo

más bien, el anonimato que me otorga el silencio

es la frontera bien delineada del soldado norcoreano

que anhela ser disparado contra Seúl.

 

© Edwing Salas

14/08/13 

Beats

Brazo de hierro
codo de platino
una voz impone el camino
la máquina obedece
Del aura que encierra en sus úteros el metabolismo cósmico
un parto de candiles nos dejará ver el futuro del mundo
girando en el tornamesa
Piel negra con ritmos ancestrales
por sus venas corren fluidos relampagueantes
Así dejarás colarme en las entrañas de tu cerebro
el cuerpo húmedo se mueve al compás de latidos y jadeos
Todo un caos
Después de la oscuridad
vendrá la nueva versión de una deidad
para re- crear y reproducir orgasmos
onda expansiva sin que nada más importe
Lo que está allá afuera, después de esa ventana…
…es el mar

 © Edwing Salas

08/08/13

 

Hype!

Matas Seattle.jpg

Nuevamente

un candado rodea los labios

Oxido blanco

Otro lengüetazo

Ya más cerca

al doblar dos décadas

procrastinación

Vuelvo a intentar las mismas cosas vacías e insulsas

el cabello sigue creciendo

la mano propia

se empeña en cortarlo

mandando al demonio

mil veces a la mitad del salón

Repite el ritual

antes de cada graduación

la UDV es la peor

contra la que nunca podrá tanta preparación

ahí entré buscando

verdadera identidad

espero por un número

que otorgue verdadera existencia

Saldo positivo

No es la historia

son los hechos

las consecuencias

La nave que me trajo

ya cumplió

partió

como quisiera entrar de nuevo

Algún día regresará

eso está escrito

como un mal soneto

buscar el carril

despedida modesta

lamento desnudo y sin nombre

Vacío

Árido

el fósil que es esa pila de huesos

Thánatos

Única

con verdadera y amplia perspectiva del asunto.

 

© Edwing Salas

26/07/13 

Una vida muy buena

Perro Callejero.jpg

Un perro. Un simple vagabundo marrón amarillento, como tierra erosionada, sin pedigree. Ese ser tan insignificante había causado este fortuito desastre de proporciones bíblicas, sin quererlo y sin conciencia de lo sucedido.

Marcial reaccionó por reflejo tirando el volante hacia la derecha, lo que sucedió después fue un gran bache surreal de tiempo, mientras, el espacio a su alrededor parecía estar en las fauces de un dragón de siete cabezas.

No sabía si habían transcurrido diez segundos, diez minutos o diez días. Sentía su cara, tenía la sensación de cada uno de sus músculos faciales palpitando. Pudo expulsar de su boca vidrio triturado, así como sus cuatro dientes frontales.

Escupía sangre. Su rostro era un frondoso campo de esquirlas cubierto totalmente de rojo. Sus ojos se salvaron. El primer milagro. Pensó.

La punzada en el tórax, la respiración empezó a doler como mil karmas. El volante se dobló en su pecho. Las fosas nasales y oídos empezaron a expulsar hilillos escarlatas.

Como pudo, dirigió su mirada hacia abajo, que, en realidad, era arriba de su cabeza. Vio su mano derecha doblada hasta reposar sobre su muñeca. Quedó impresionado, pero aún no experimentaba ese dolor. Tampoco podía mover sus piernas, de hecho, no las sentía.

El lamento apagado como de un animal que aúlla en busca de misericordia lo sacó de su propia valoración.

– ¡Alicia! Mi amor, tranquila, papi te va a sacar de aquí ¡Quédate conmigo!

La niña se calmó, pero de pronto empezó a respirar agitadamente mientras el pitido de sus aspiraciones y exhalaciones se hacía enloquecedor. Convulsionaba.

Marcial miró hacia el asiento del copiloto y no había nadie.

– ¡Venecia! ¡Veneciaaaaa!

Ese esfuerzo por gritar le despertó todos los dolores. Las lágrimas se abrían camino entre tanta sangre y vidrio.

Un joven sin camisa se asomó.

– ¡Aquí hay dos!

Inmediatamente se apartó desapareciendo del campo visual de Marcial, pero este escuchó claramente cuando dijo:

– Que bolas, el chofer es el que está mejorcito.

Otra voz joven, con tono jerárquico ordenó:

– Revisen la camioneta a ver qué hay de bueno.

Marcial clama:

– ¡Ayúdennos! ¡Tomen lo que quieran, pero lleven a mi esposa y a mi hija a un hospital que se me mueren!

– Será a la carajita porque tu mujer lo que quedó fue pegada.

Esa fue la respuesta que provino del exterior, acompañada de risas. Marcial intentó contener el llanto que explotaba en él, sintió cada parte rota de su cuerpo, pero no le dolía, hizo un esfuerzo por liberarse, pero su sistema estaba apagado.

Tras él, en el techo, Alicia convulsionaba de nuevo. Se ahogaba y echaba sangre por cada orificio. Abrieron la compuerta de atrás de la camioneta.

– ¡Por favor! ¡Salven a mi hija! ¡Se los suplico! ¡Tengo mucho dinero! ¡Los puedo recompensar de por vida! ¡Ustedes no se imaginan quién soy!

– Lo sabemos general

Se agacha el joven cuya voz parecía ser la del líder. Vio muy cerca de él a ese adolescente que no parecía llegar a los 20 años. El muchacho, flaco y moreno le mostró una ametralladora AR-15 y un uniforme de gala con tres soles, envuelto en una bolsa de tintorería.

– ¡Así es muchacho! ¡Soy un general del ejército y te puedo resolver con lo que te dé la gana! ¡Dólares! ¡Te puedo dar una caja de fusiles si quieres! ¡Sácanos de aquí y llévanos a un hospital!

El joven lo miraba. Estaba considerando su oferta.

– Epa Wincho aquí están los cargadores – le dice uno de sus secuaces-

– Coño, mi general, muy tentadora su oferta, me dejó pensando un momento… pero no puedo correr riesgos. Ya no hace falta que nos resuelva, ya con esto que estaba atrás en la camioneta me basta y me sobra.

Así le contestó el Wincho, jefe de la banda La tropa, quienes habían visto el accidente desde su concha y bajaron a la autopista en busca de algún botín.

El muchacho sin camisa se metió por el lado del copiloto y reviso la parte delantera del vehículo. Tal como lo olfatearon, había un 9 mm en la guantera, totalmente cargada. Cinco “peines” estaban regados en el interior de la cabina.

– ¡Muchacho! ¡Wincho ten piedad de mí y de mi hija! ¡Ten piedad de ella, apenas está comenzando a vivir!

– Yo creo más bien que está terminando, y usted también, pero tranquilo, no se preocupen, seguro ustedes han tenido una vida cartelúa, usted es militar y lo que tienen es real parejo. Yo no soy ambicioso, con esto me conformo.

Los ayudantes de Wincho metieron a Venecia en la cabina, al lado de Marcial. Él pudo ver como su esposa tenía medio rostro borrado, al parecer, también se había fracturado la cervical al ser expulsada por la centrifuga de la camioneta último modelo mientras se volcaba.

Tres menores de edad llegaron con bidones de gasolina más grandes que ellos. El perro callejero aún se paseaba tranquilo, oliendo basura y meando en el monte, apenas prestaba atención a lo que ocurría.

Empezó a llover gasolina. Su penetrante olor se apoderó del interior de la camioneta. Alicia estaba ya con su mamá y Marcial pronto se iría a reunir con ellas en el cielo, aunque quizás no. Pensó mejor.

FIN

 

©Edwing Salas

04/06/13

Obelisco y lluvia

Obelisco.jpg

En frente, muy cerca: El Obelisco, alto. Hacia el noreste, la montaña bañada de niebla y bruma reconfortante. Esa gaseosa blanca se aproxima acariciando las dermis con baja temperatura y esperanza.

El reloj es centro de la atención, la música en los audífonos es solo una unidad de medida cronológica, mientras, se queman horas en vez de calorías.

Comunicación simultánea con otras dos capitales latinoamericanas, Antony Joseph and the Spasm Band, la hora y el chat.

Como quizás lo predijo Alvin Toffler, el futuro está en las manos, ahora solo falta el momento de recibir el mensaje o la llamada que confirmará el tan esperado plan del día.

Pasan maestras de color, ejecutivos caucásicos, obreros multiétnicos, la vida que se pasa en la dolorosa monotonía sin salida es el rasgo principal de algunos de ellos y su silencio, que grita desesperación.

Ese no parece ser el caso de los adolescentes que se devoran y rozan sus cuerpos como si se tratase de un performance público en medio de la plaza. Sus hormonas no conocen el miedo escénico. Sus existencias no sufrirán el mismo final del resto del mundo, ellos si lo lograrán, están seguros.

Un señor de clase obrera y todo el cliché visual que conlleva este término ha llegado cansado a una banca. Reposa y su mirada se detiene por completo en la pareja de jóvenes. Sus cinco décadas quisieran retroceder hasta esos enérgicos 18.

Su silencio descubre la certeza de que ellos también terminarán como él y su mujer. Esta tierra no da para más, mucho menos para los que abundan, cuya única utilidad es votar por quienes viven cerca del obelisco.

¿Por qué no dejan que la gente se tumbe en la grama? El viento frío invita a ser feliz, hay pocos en la plaza, pero se saben alegres. Ya no habrá ningún demente disparando a mansalva. El fluído sonoro que pasa entre los audífonos es parte del paisaje construido por la bruma. El reloj marca otros números, pero el aparato permanece en silencio.

Un punk veinteañero con cresta perfecta y ropa negra, incluyendo chaqueta con púas y todo el cliché que define el término, atraviesa la plaza. Hasta el coche rosado con su hija recién nacida es un tópico rancio, parece que tampoco lo logrará, pronto tomará la banca del señor con 50, que ya ha retomado su camino hacia su realidad plagada de paredes naranja y techos plateados, o verdes.

El viento se hace más abrasivo y ha traído nubes grises que parecen ser tocadas por la punta del obelisco. Al moverse son rasgadas por él. Gotas frías caen, más brisa, música, la gente empieza a abandonar sus lugares para buscar guarecerse.

Falsa alarma, las nubes pasaron de largo con lo que traían en sus panzas infladas. La luz empieza a marcharse tras ellas. Pasan más transeúntes. Amigos se encuentran, el que lleva la torta en la caja es quien guía el camino hacia el sitio de reuniones.

La pareja se desplaza como si fuera uno. Cruzan la plaza, él avanza abrazándola y besándola. Ella prendida a su cuello, adherida a sus labios y montada sobre sus pies se deja llevar.

El aparato ilumina, la penumbra ahora le da notoriedad. Temperatura perfecta, reconfortante, tranquilidad, melodías de climas con estilo de vida, cero mensajes, cero llamadas, el plan se cayó.

Tiempo quemado en vano, dinero incluido. El futuro está ahora en nuestras manos, se lleva en los bolsillos, pero no se tiene control de los eventos de nuestros destinos, del pasado, del presente y el porvenir.

  FIN

© Edwing Salas

 01/06/13

El santo

Jesucristo Chavez.jpg

Jean Jacques cuenta su escalón número 4.300. La desgastada camisa celeste se adhiere a su cuerpo ante tal cantidad de sudor expulsado. Vuelve a tomar agua. Bernard y Colette están en las mismas condiciones. Su asustado traductor, José, también está molido, pero sabe que eso no será nada si logran salir vivos de ahí.

Sus escoltas los escrutan y aún no saben si «pegarlos» para quitarles sus equipos de televisión o quedarse sanos y protegerlos, aunque sus humores hieran sus polveados adenoides.

Los documentalistas se ayudan en el trayecto ascendente con el mural que está a su izquierda, el mismo, tiene una imagen de Jesucristo en segundo plano, como guardando la retaguardia de su mensajero, el salvador de los pobres, el férreo personaje que ahora todos veneran.

El equipo llega a casa de Doña Aurelia, una mujer sumamente agradecida con quien hasta hace un par de meses fuera su presidente comandante. Ellos están ahí para documentar y transmitir a Europa y el mundo por qué los pobres quieren tanto al recién fenecido.

“Esta cocina me la dio él, así como la lavadora y el televisor que está allá”, dice la entrevistada mientras es captada por la cámara. Los franceses con sus propios ojos constatan que se trata de productos nuevos, de la gama de electrodomésticos producidos en china, para gente del cantón o que habita en los atestados edificios de producción social.

“Desde que él apareció, nos enseñó que no nos avergonzáramos de ser pobres”, declara con orgullo quien dice haber sido muda e invisible, ante la indiferencia de los antiguos gobiernos, conducidos por una clase rica, egoísta e indolente, “por eso ¡No volverán!”, remata con ímpetu.

En ese punto, los realizadores se muestran conmovidos ante la labor emancipadora de ese personaje que ya había pasado a la historia por desafiar a las potencias más ricas del mundo, incluyendo a su Francia natal, para llevar la justicia los más desvalidos del planeta.

“Muy pronto me van a dar una casita y voy a poder salir de aquí después de tanto tiempo, por eso, mi voto es para el sucesor, porque si pierde, nos quitarán todo lo que hemos logrado en estos 14 años”. Así lo reveló la humilde señora.

Jean Jacques le hizo saber a Aurelia a través de su intérprete que no perderá, porque toda Latinoamérica y el mundo les apoyan, “el proceso es indetenible”. Tradujo José, tal y como le habían hecho saber.

Colette fijó su atención en un altar con una foto del nuevo santo rodeado de velas, un rosario rojo y detrás, como una corte, la foto de tres jóvenes en diferentes facetas y momentos.

Le pregunta a su entrevistada por los jóvenes tras la foto del difunto. El semblante de la señora cambia por un momento, pasando de extrovertida y conversadora a pensativa y taciturna. José también hace silencio, él imagina la respuesta que viene.

“El último, el menor que me quedaba, lo mataron en diciembre”. “Estos dos de aquí, uno lo mató un PTJ y este, el mayor, no se dejó robar allá abajo y les dio una paliza a los atracadores, esa misma noche, lo vinieron a buscar y lo tirotearon ahí en el frente”.

“Aquí hay mucha gente mala, no sé porque nos vivimos matando, aquí hay justicia solamente para los ricos y oligarcas de mierda”.

Jean Jacques, visiblemente impresionado, le pregunta por la chica que se observa en otras fotos alrededor de la casa: “¿También es su hija?”

“Ah, esa es la única que me queda, está bien, ella trabaja allá abajo alquilando teléfonos. También la ayudó mi comandante, ella cobra por la misión Madres de la Patria”. Recupera su orgullo de hace un momento.

Luego de recopilar el último testimonio para su documental televisivo, los franceses emprenden su camino de retorno escaleras abajo, con el orgullo de haber retratado fielmente la historia de un país que despertó a la libertad, tras haber elegido su propio destino. El material grabado era oro.

La banda que rivalizaba la zona con quienes hacían de escoltas de los productores franceses, también vieron oro en sus enemigos tan relajados y a un puñado de “catires burgueses” con plata y equipos para vender.

No lo pensaron dos veces para emboscar al grupo en una esquina y llenarlos de plomo sin mediar palabras. Se llevaron armas, dinero y aparatos.

La desgastada camisa celeste de Jean Jacques ahora estaba empapada de sangre y sudor. Levantó su mirada para contemplar el mural que tenía a un costado, con la mirada de Jesucristo al fondo y la de su ungido, aún más cerca y frontal.

Esa imagen lo estaba mirando y él, con su último aliento, le pidió al nuevo santo que lo salvara. Si lo hacía empezaría a creer en divinidades, y más aún, en la del “Comandante Supremo”, que sabía que era capaz de todo, incluso de superar al Jesús que cuidaba su retaguardia.

                                                                FIN

© Edwing Salas

01/04/13

 

 

Memoria llena

Memoria llena.jpg

Es un vestido rugoso

azul marino

El mar sobre tu piel

canto silencioso

Sirena que no pretende hechizar

cangrejo que lleva encima

la vastedad desoladora

La mirada perdida en el horizonte

la mala mano en esta partida

Ases por tréboles

comodín de la despedida

encuentro innecesario

olas quebradas sobre el mecanismo del reloj

Vacío que inunda cada compartimiento

la duda en la respiración

las porosidades blancas

las complexiones delgadas

las edades doradas

los sueños en ebullición

Ese vestido que llevas

son los paisajes donde deseas perderte

esos lugares donde llueve sombra

donde te diriges en cada descuido

donde te cobijas con tu espíritu libre

Es la certeza lo que rompe huesos

lo que establece la acertada distancia

lo que impide surfear en esas olas y arrancarlas

Para sumergirme en la profundidad de tu anhelada

y morbosa libertad

la corriente arrastra hacia la resaca,

la resaca asfixiante de preguntas

El arrecife que rasgará más que una piel,

una piel de esclavo.

Carne viva sin pequeña muerte

se pudre de inanición

como planes fijados con tachuelas

en una cartelera de trabajos destacados

en un cuadro de honor desahuciado.

 

 © Edwing Salas 01/04/12

Publicado 1ero de mayo de 2012

A flote

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En ese punto de su vida, Edmundo comenzaba de nuevo. Cuarenta años ¡Por dios! Eso no es nada, que maravilloso futuro. Aún se puede empezar de cero en otro lugar. Mar, naturaleza y gente que no te juzga por lo que tienes sino por lo que eres.

Arián es el pueblito costero de apenas cincuenta casas que Edmundo escogió para vivir el resto de su vida. Alejado del lenguaje binario que tanto había amado, por el cual, dio sus mejores años, con la esperanza de convertirse en el Steve Jobs venezolano.

El chamuscado zinc del techo tenía dos troneras. Las paredes eran verde agua, casualmente desconchadas por el salitre que deja rastros amarillentos sobre espacios blancos, donde las hormigas cangrejo tienen su conjunto residencial.

El sanitario también es amarillento y sin tapas, eso no le gustó. Mucho menos que el baño no tuviera puerta, sino una cortina de tela con unas sonrientes hawaianas que bailan con un volcán de fondo en pleno ocaso.

No era la casa en la playa que se imaginaba, pero por lo menos hay un techo roto bajo el cual caerse muerto.

Lo que le había quedado del arreglo amistoso por ceder los derechos del software «Sweet» le serviría para pagar los primeros seis meses. Esa fue su última batalla perdida en la guerra de la creación tecnológica. De ahora en adelante, estaba seguro de que se mantendría con la pesca ¿Qué tan difícil podría ser?

No pudo escapar de sus libros; Programación, HTML, Visual Basic y la colección completa Armand Sautreaun, «Claves del Misterio», el best seller mundial que también tuvo tres secuelas fílmicas.

Los llevaba consigo, como el Miranda de la película. Esa última escena, donde el héroe flotaba en el mar con todos sus libros, la tenía tatuada en su memoria, así se sentía. Los estudios no te llevan a ninguna parte, no cuando vienes de donde vienes, no con ese árbol genealógico tan marchito.

A través de la ventana podía ver el azul sobre azul. Intentaría escribir algo. Por primera vez quería escribir literatura: poesía, cuentos, historias. Los algoritmos y matemáticas lo habían decepcionado. Le decían que su carrera era infaliblemente lucrativa. No si estás donde estas.

Le queda su laptop con 23 gigas de música. No televisión, no Ipad, nada de celular, eso es todo, no se necesita tanto. Un chinchorro y una sola maleta con ropa, es más que suficiente.

El sol naciente expande su anaranjado brillante sobre las olas. El agua fría en su piel le infunde energía y vitalidad. Agarra aire en sus pulmones, se queda quieto, pero se hunde. Por más que repite la operación cada día en la mañana, se va y toca fondo una y otra vez. Menos mal que siempre está cerca de la orilla. No sabe flotar.

Siempre había querido aprender a nadar, desde muy pequeño, pero le impusieron otros deberes, otras maneras de mantenerse a flote en la ciudad.

Desde su llegada, hace cinco días, las miradas de los lugareños le examinaban con curiosidad, Edmundo les sonreía con cariño mientras saludaba, algo que nunca había hecho con sus compañeros de oficina, con sus vecinos, ni siquiera en su casa.

El séptimo día pidió a unos pescadores que lo llevaran a ver como era su oficio, ellos aceptaron enseñarle con mucho gusto.

Las carcajadas al viento de los hombres de mar durante el viaje tenían el sonido de quien sabe que habrá diversión a costillas de un güevón recién llegado de la ciudad.

Mar adentro, con el viento moviendo su cara, se dio cuenta que estaba en plena crisis de los 40. Le había llegado como a los 32. Se reconoció como una persona muy precoz. No había Ferrari o Harley Davidson que comprar, ni una veinteañera que lo acompañara; era solo un viejo verde. No era de los “interesantes” adinerados.

Ahora todo es más rápido, la tecnología lo acelera todo. Miró a su alrededor y notó que los pescadores se habían callado, cada uno imbuido en sus celulares.

La lancha volaba, a veces en el aire, a veces entre las olas, y cuando caía, brincaba más alto entre las crestas espumosas que se hacían más salvajes a medida que surcaban el mar Caribe. Los pescadores seguían en silencio mandando textos.

La ola que los arrojó más alto venia larga y cargada, la vieron venir, pero era tarde para aminorar la velocidad. El peñero levantó proa dando un 360 en el aire que tiró los tripulantes al mar. El motor se salió de popa y le cayó en la cabeza a uno de ellos, la embarcación se encimó hacia el resto.

Edmundo sintió el tirón en su estómago al saltar y luego vio el cielo dando vueltas mientras el agua lo cacheteaba y llenaba su cuerpo de humedad y frio. Ahí lo supo. La iluminación que precede al final.

El sol lo encandiló cuando saco su cabeza intentando flotar, no había fondo bajo sus pies, se hundió rápidamente – ahora si toqué fondo- pensó con ironía y hasta sonrió tragando la primera bocanada de agua salada que le haría toser y atragantarse. Nunca logró cruzar el charco, como se lo prometió de joven universitario, ahora el charco se lo estaba tragando a él.

Sus recuerdos estaban llenos de oportunidades, futuras y pasadas, las tomadas oportunamente y las inmensamente desechadas. Era la película de su vida la que pasaba por sus ojos, pero sin editar y con muchos errores, fuera de foco y con diálogos sin contexto. Era una pésima película.

Había llegado ahí porque quería ser otra persona, sin altas expectativas, sin estrés, quería adaptarse y vivir realmente solitario, para que la misma soledad tocara fondo y se convirtiera en acompañamiento y buenos momentos.

Sus bronquios empezaron a reventar como pequeños globos, la sangre bombeaba cuarteando el corazón, la garganta marinada de tanta sal y agua. Sus pies se acalambraron y dejaron de moverse, el peso de su cuerpo lo enviaba cada vez más abajo. La luz se hacía opaca y en los oídos el eco eterno de la corriente marina.

Edmundo se sintió como Francisco de Miranda flotando en sus libros sobre el mar, a la deriva y libre.

Se dejó llevar, por fin, había superado la maldita crisis de los cuarenta. Ya no sufriría por ella. De nada le sirvieron su internet, sus películas, sus comics y sus libros. No lo salvarían su título universitario de informática, ni su postgrado en programación y análisis de sistemas, ni su adicción al trabajo para comprarse una casa digna que jamás tuvo. O pagarse los viajes que siempre quiso y mucho menos, los aparatos más codiciados en la era de las telecomunicaciones y el entretenimiento de alta definición.

El ser moribundo que era en ese momento se lamentó profundamente de no haber aprendido algo que si le hubiese dado más opciones de salvarse. La tristeza de su final le robó el alma, condenándolo para siempre en las penumbras del remordimiento, no porque jamás aprendió a nadar, sino porque nunca supo cómo vivir.

FIN

(c) Edwing Salas 04/04/12

Publicado el 4 de abril de 2012