Se bajó del bus en el kilómetro 4. Todavía le quedaban 2 kilómetros para llegar a su casa, los cuales, cubriría caminando.
No le quedaba más dinero para tomar otro transporte. Mientras transitaba la ruta, contemplaba el paisaje lleno de subdesarrollo y decadencia. Se interrogó a sí mismo, con culpa y amargura, por qué le había tocado esa vida.
Un camión militar repleto de soldados se aproximaba y en cuanto pasó junto a él, todas las iras se acumularon en su boca, cegando la razón.
– ¡Malditos!, ¡Jala Bolas!
Al recuperar su sensatez, se vio parado en la orilla de la acera, mientras, el automotor verde oliva se detenía en la vereda de enfrente. Inmediatamente, cinco soldados bajaron, blandiendo sus ametralladoras. Alcides no corrió, se quedó ahí parado con una sonrisa muy forzada.
El miedo hace que uno se comporte de manera tan extraña que, a veces, exteriormente se demuestra todo lo contrario.
– ¡Estás detenido! ¡Vamos pa’l camión!
-¿Por qué?
-¡Por falta de respeto chico!
-Pero si eso no era con ustedes, era con un amigo que iba pasando.
-¡Pa’l camión y te sientas en el piso!
Alcides obedeció en silencio, había muy poco que negar. Su mente quedó en blanco al saberse como una pieza de ganado que va resignada al matadero.
-¡Por bocón! –pensó-
El transporte militar avanzaba. En el furgón había seis bidones de combustible y 12 soldados entre 18 y 24 años, todos de piel tostada como la suya.
Le rodeaban con mirada de saberse al mando de la situación. El disfrute del castigo se dibujaba en sus expresiones de intimidante escrutinio hacia el prisionero.
– ¡Te la das de muy valiente maldito civil! ¡Ahora vas a saber lo que es bueno! ¡Por culpa de ustedes nos tienen trabajando desde las cuatro de la mañana hijos de puta! ¡Te vamos a coger y te vamos a matar!
Alcides tragaba grueso. Su arrebato le había salido caro. Pensó en los desaparecidos de Cuba, Chile, China.
Sería una estadística de otro gobierno totalitario. El rostro de su madre llena de dolor le erizaba.
Observando desde su posición hasta el exterior, podía intuir por donde se desplazaban.
El camión cruzó por la carretera unión, de Sierra Maestra. En una parada de semáforo en rojo, la ventanilla a espaldas del conductor se abrió y el uniformado habló.
-¡González!
– ¡Mande mi sargento! – responde González con la típica prestancia de un soldado bien entrenado-
– Este escuálido no sabe que por nosotros es que tienen gasolina y alimentos y todavía nos llama jalabolas (chupamedias) y malditos ¡¿Qué le sale?!
-¡MIERDA! – gritan todos al unísono-
El sargento cerró la ventanilla de la cabina y volvió rápidamente a poner la vista en el camino. Alcides bajó la cabeza.
Uno de sus captores más fanáticos lo pateó, pero fue detenido por un cabo, que impuso respeto y cordura de inmediato. Su expresión demostraba desacuerdo con lo que ocurría.
-Permiso para hablar mi cabo -se aventuró Alcides, mirándole a los ojos en otro arrebato de pánico y calma-
Recordaba perfectamente la jerga y rangos militares, debido a sus clases de instrucción pre militar en el liceo. Y sus intentos fallidos por entrar en la escuela de oficiales de la Guardia Nacional.
-!Hable! ¡¿Qué tiene que decir?!
– ¡Si! ¡Habla! ¿Cuáles tu última voluntad? – preguntó uno de los soldados soltando una ruidosa carcajada que se contagió en todos los presentes -excepto en el cabo-
El camión dobló una esquina e inmediatamente se detuvo frente a una casa. El sargento bajó junto a los otros dos uniformados que iban de copilotos. Alcides no soltó palabra alguna, al percatarse de su presencia.
-¡Entonces! ¿Con qué somos unos jalabolas? !¿Por qué?! Porque no andamos traicionando a la patria como ustedes.
Uno de los soldados agarró al prisionero por la parte trasera del cuello de la camisa y lo hizo a un lado, mientras, otros efectivos rodaban los bidones hasta bajarlos y llevarlos hasta el interior de la casa donde habían llegado.
El sargento fue hasta allí para indicarles a sus subalternos donde irían los recipientes de combustible. Alcides al ver este movimiento se indignó aún más.
– Mi cabo, ustedes saben que esta no es la manera. ¿Por qué hacen esto? – por fin, logró expresar Alcides lo que pasaba por su mente al verse solo con él-
-Yo solo cumplo órdenes, no puedo hacer nada, mejor cállese y esté tranquilo.
El sargento salió de la casa con un filtro y empezó a repartir agua entre todos los soldados.
El cabo fue a reunirse con el grupo. Alcides aprovechó esos momentos a solas, para reflexionar.
Agarró con fuerza su bolso, en cuyo interior llevaba un litro de vinagre, pañuelos, pintura en aerosol negra y una gran pancarta doblada que decía “¡Chavéz! ¡Renuncia ya dictador!”.
Aceptó su destino. El sudor frío brotaba a chorro de sus poros. Sus labios estaban resecos. El latido de su corazón se sentía profundo e intenso. No había mariposas en su estómago, eran ratas.
La tropa miraba y se burlaba del detenido. Pronto avanzaron hacia él. Retornaron al camión, mientras, el sargento regresaba al interior de la casa con el filtro.
Luego de unos segundos, apareció con su mujer embarazada y se despidió cariñosamente de ella. Se acercó hasta donde estaba Alcides.
-Bueno, ahora si nos vamos a encargar del pajarito este.
Se montó en el vehículo y lo puso en marcha. La calle maltrecha por los huecos, se sentía por el vaivén del transporte pesado, mientras, seguía el sendero hasta retornar a la autopista principal número 1, para ir en dirección hacia el gran puente.
Quizás sería lanzado desde la pila 21, la parte más alta de la estructura. Pronto ese pensamiento fue descartado por el joven prisionero.
Seguramente le encerrarían y lo presentarían ante los medios como un desestabilizador, capturado en plena conspiración contra las fuerzas armadas, quienes desplegaron su labor de socorro a los pobres, mientras, el país es víctima de un plan internacional de guerra económica y sicológica.
Miles de formas de tortura, escarnio público y muerte desfilaron por su mente, como un catálogo infausto.
Cada inhalación de aire se hacía más pronunciada. Nunca debió regresar a esa puta ciudad, o mejor dicho, debió haber salido del país, aunque sea por tierra.
El transporte militar se fue orillando despacio, a la derecha, hasta detenerse.
Los latidos de Alcides se aceleraron, ese era el sitio. El sargento bajó y se dirigió a él.
– ¡Bájate!
Alcides obedeció. Ya en tierra, se dio cuenta de que estaban al lado de un estadio de softball. Estaban en plena autopista 1, donde escasos vehículos pasaban.
-¡Cinco y no te veo maldito civil! ¡Cinco y no te veo!
Le iban a disparar por la espalda. El recién liberado no quería correr.
-¡CINCO Y NO TE VEO!
Alcides emprendió la carrera, esperando escuchar las repetidas percusiones de las ametralladoras.
La abundante arena hacía lenta y enredada su locomoción, pero aun así, desarrolló fuerza y velocidad, persiguiendo la libertad y el sueño de trabajar, ahorrar dinero, independizarse, comprar una casa, un auto y tener una buena mujer.
Corrió como nunca, buscando el norte. Al cabo de tres minutos, se detuvo y volteó para darse cuenta de que sus captores ya se habían marchado.
El sabor a muerte en su boca y su entrega de condenado se transformaron en una rabia tremenda, al tener que irse caminando hasta su casa, que ahora, se encontraba a nueve kilómetros de distancia.
Hubiese preferido la muerte de un inadaptado, a tener que cubrir tal distancia a pie.
Por fin llegó a su casa. Observó a su familia y agradeció estar con ellos. Se miró en el espejo de su habitación y por primera vez, vio lo poco que era.
Relató el hecho a su grabadora de voz y guardó las pequeñas cintas magnetofónicas para cuando llegara el momento de tener que plasmar lo ocurrido para la posteridad. Nunca contó lo ocurrido a nadie.
Al cabo de un buen tiempo, encontró las cintas y se dio cuenta de que ese hecho permanecía aún intacto, grabado en su memoria.
Ese episodio cada vez menos grave, en comparación con lo que se vendría después, para las víctimas del régimen que secuestró a la “Pequeña Venecia”, visto a la distancia de los años subsiguientes, salía a flote cada vez que veía a los militares, de la mano con el dictador, imponiéndose a la fuerza ante los “malditos civiles”, que aún luchaban por liberar al país, luchando con la valentía, el arrojo y la demencia que genera combatir por la dignidad.
FIN
© Edwing Salas
19/11/13
Publicado 19th November 2013 por







