Cama de escombros

LA-FOTO-DEL-DÍA-AMOR-EN-LA-GUARIMBA

El fuego rodea todo, como una oda hollywoodense a la forma en que hacen el amor.

Un estallido de velocidad ralentizada y combustión de las pieles, a lo David Lynch y sus mujeres con doble personalidad, con capacidad para arruinar a un hombre anónimo, normal.

Pasión fuera de toda posibilidad de respirar profundo y tomar distancia, para pensar mejor la decisión a tomar. No hay tiempo para ello.

Saben que desde algún lugar los están mirando, pero la tensión sexual acumulada desde que estalló la guerra es más apremiante.

Les protege el manto del parque sin luz, contiguo a los escombros que han acumulado para impedir el paso del enemigo. Se dice que ahora el número asciende a 4000 uniformados, sin contar las fuerzas motorizadas civiles, quienes son los más dañinos e inescrupulosos y actúan bajo el amparo de quienes visten de verde oliva.

La orden que tienen es de acabar con la rebelión, caiga quien caiga, cueste lo que cueste.

Ella le pide que controle sus aullidos de placer y que le avise cuando vaya a acabar. No quiere que su franela tricolor tenga un pegoste sexual, porque, además, es la única prenda que tiene y lleva ya 48 horas con ella.

El régimen les cortó el agua, la luz, Internet, y si pudiera, les cortaría el oxígeno para arrasar de una vez por todas con todos ellos.

Se aman, son la versión tropical de los actores del Mayo Francés de 1968, pero a diferencia de este, hay muertos por doquier y una violencia cotidiana, típica de los países que no tienen estaciones climáticas.

Disfrutarán de la pasión de sus cuerpos mientras defienden la causa rebelde. No hay mejor afrodisiaco que ir ligeros y saciados a desafiar la muerte, escoltada por armamento de guerra de alto calibre.

Se escucha el estruendo de un mata suegras, ambos brincan con sus espasmos y el fatídico aviso de la eminente llegada de los colectivos paramilitares, la guardia nacional y la policía estatal.

Sus pantalones ascienden de nuevo hasta sus cinturas, no hay tiempo para deshacerse de la lubricación y la sensación que aún invade sus órganos de placer. Ha llegado el momento de la lucha.

Si ambos sobreviven, por lo menos un día y una noche más, habrá una nueva oportunidad para el apasionamiento a escondidas, para no provocar la ira de quienes aún tienen hambre.

Hay quienes ya no podrán sentirse de esa forma, han servido para alimentar el espíritu inquebrantable de la causa y como plato arrebatado a los artrópodos, que ya no cuentan con las desapariciones, sino con tiempo real y sus performances directos desde Youtube, Twitter y Facebook.

Evidencia que indigna a quienes luchan por la libertad y descubre a quienes, de ser derrotados, podrían ser alimento para los organismos necrófagos, omnívoros y oportunistas, que se van sucediendo en el tiempo, dependiendo del estado de descomposición del cadáver.

                                                                        FIN

© Edwing Salas

30/03/14

El santo

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Jean Jacques cuenta su escalón número 4.300. La desgastada camisa celeste se adhiere a su cuerpo ante tal cantidad de sudor expulsado. Vuelve a tomar agua. Bernard y Colette están en las mismas condiciones. Su asustado traductor, José, también está molido, pero sabe que eso no será nada si logran salir vivos de ahí.

Sus escoltas los escrutan y aún no saben si «pegarlos» para quitarles sus equipos de televisión o quedarse sanos y protegerlos, aunque sus humores hieran sus polveados adenoides.

Los documentalistas se ayudan en el trayecto ascendente con el mural que está a su izquierda, el mismo, tiene una imagen de Jesucristo en segundo plano, como guardando la retaguardia de su mensajero, el salvador de los pobres, el férreo personaje que ahora todos veneran.

El equipo llega a casa de Doña Aurelia, una mujer sumamente agradecida con quien hasta hace un par de meses fuera su presidente comandante. Ellos están ahí para documentar y transmitir a Europa y el mundo por qué los pobres quieren tanto al recién fenecido.

“Esta cocina me la dio él, así como la lavadora y el televisor que está allá”, dice la entrevistada mientras es captada por la cámara. Los franceses con sus propios ojos constatan que se trata de productos nuevos, de la gama de electrodomésticos producidos en china, para gente del cantón o que habita en los atestados edificios de producción social.

“Desde que él apareció, nos enseñó que no nos avergonzáramos de ser pobres”, declara con orgullo quien dice haber sido muda e invisible, ante la indiferencia de los antiguos gobiernos, conducidos por una clase rica, egoísta e indolente, “por eso ¡No volverán!”, remata con ímpetu.

En ese punto, los realizadores se muestran conmovidos ante la labor emancipadora de ese personaje que ya había pasado a la historia por desafiar a las potencias más ricas del mundo, incluyendo a su Francia natal, para llevar la justicia los más desvalidos del planeta.

“Muy pronto me van a dar una casita y voy a poder salir de aquí después de tanto tiempo, por eso, mi voto es para el sucesor, porque si pierde, nos quitarán todo lo que hemos logrado en estos 14 años”. Así lo reveló la humilde señora.

Jean Jacques le hizo saber a Aurelia a través de su intérprete que no perderá, porque toda Latinoamérica y el mundo les apoyan, “el proceso es indetenible”. Tradujo José, tal y como le habían hecho saber.

Colette fijó su atención en un altar con una foto del nuevo santo rodeado de velas, un rosario rojo y detrás, como una corte, la foto de tres jóvenes en diferentes facetas y momentos.

Le pregunta a su entrevistada por los jóvenes tras la foto del difunto. El semblante de la señora cambia por un momento, pasando de extrovertida y conversadora a pensativa y taciturna. José también hace silencio, él imagina la respuesta que viene.

“El último, el menor que me quedaba, lo mataron en diciembre”. “Estos dos de aquí, uno lo mató un PTJ y este, el mayor, no se dejó robar allá abajo y les dio una paliza a los atracadores, esa misma noche, lo vinieron a buscar y lo tirotearon ahí en el frente”.

“Aquí hay mucha gente mala, no sé porque nos vivimos matando, aquí hay justicia solamente para los ricos y oligarcas de mierda”.

Jean Jacques, visiblemente impresionado, le pregunta por la chica que se observa en otras fotos alrededor de la casa: “¿También es su hija?”

“Ah, esa es la única que me queda, está bien, ella trabaja allá abajo alquilando teléfonos. También la ayudó mi comandante, ella cobra por la misión Madres de la Patria”. Recupera su orgullo de hace un momento.

Luego de recopilar el último testimonio para su documental televisivo, los franceses emprenden su camino de retorno escaleras abajo, con el orgullo de haber retratado fielmente la historia de un país que despertó a la libertad, tras haber elegido su propio destino. El material grabado era oro.

La banda que rivalizaba la zona con quienes hacían de escoltas de los productores franceses, también vieron oro en sus enemigos tan relajados y a un puñado de “catires burgueses” con plata y equipos para vender.

No lo pensaron dos veces para emboscar al grupo en una esquina y llenarlos de plomo sin mediar palabras. Se llevaron armas, dinero y aparatos.

La desgastada camisa celeste de Jean Jacques ahora estaba empapada de sangre y sudor. Levantó su mirada para contemplar el mural que tenía a un costado, con la mirada de Jesucristo al fondo y la de su ungido, aún más cerca y frontal.

Esa imagen lo estaba mirando y él, con su último aliento, le pidió al nuevo santo que lo salvara. Si lo hacía empezaría a creer en divinidades, y más aún, en la del “Comandante Supremo”, que sabía que era capaz de todo, incluso de superar al Jesús que cuidaba su retaguardia.

                                                                FIN

© Edwing Salas

01/04/13