Cosquilla china

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Cuando Bárbara cabalga en su purasangre llamado Miller se siente en paz consigo misma. Dueña del mundo que la rodea y, sobre todo, húmeda de placer al trotar a pelo en el lomo del animal y sentir como sus labios golpean suavemente contra la espina dorsal del equino, sin nada más que mediar entre ambas pieles, que la delgada tela de su inmaculado y ceñido pantalón de ecuestre blanco, siempre marcando sin pudor su perfecta vagina libre de ropa interior.

Testigo silente de esta rutina devastadoramente excitante es Gonzalo, el tímido cuidador de los animales, cuya fijación con la dueña de todo lo que hay a su alrededor le pone nervioso y lo llena de un mutismo tal que le impide mirarla o dirigirle la palabra siquiera.

Miller acelera el paso y su amazona aprieta sus crines para no dejarse caer ante el orgasmo que experimenta con el trote mientras los golpecitos a su clítoris son marcados y rítmicos.

Desde la puerta de la caballeriza Gonzalo contempla ensimismado como el cabello azabache de Bárbara es una bandera al viento y su piel, suave y tan blanca como su pantalón de montar, brilla con el sol de la tarde.

Bárbara gime de placer en la última vuelta y cae rendida sobre el cuello de su animal, pero pronto, se percata de la mirada de su empleado e intenta recobrar la compostura, disimulando el caudal de sensaciones que ha experimentado hace escasos segundos.  Gonzalo retorna rápidamente a su labor de alimentar a los demás ejemplares, intentando fingir también.

Bárbara lleva a Miller hasta la caballeriza.

-Gonzalo.

– Mande señora.

–   Báñalo y dale de comer.

Gonzalo recibe el caballo y se da cuenta del pantalón blanco de su patrona ceñido y transparente gracias a una vagina notablemente húmeda y recién estimulada. Gonzalo se lleva al ejemplar dándole la espalda a su patrona, emitiendo una tímida frase.

–    Cosquilla China

– ¡¿Qué?! – responde ella sorprendida y sin entender-

Su empleado voltea, impulsado por su instinto de hombre, se acerca a ella y le dice:

– Eso que practica usted con Miller se llama cosquilla china, las amazonas de la isla de Creta lo hacían y en tiempos del Libertador era una costumbre aceptada en silencio por las familias pudientes. Los señores dejaban que sus señoras e hijas se reconfortaran de esa manera, todo menos verlas en la cama de un plebeyo, un negro o un indio.

Las palabras de Gonzalo se desvanecían en sus fuertes y ordinarios labios, percibidos por ella en ese momento como los más apetecibles del planeta, así como su bronceada y musculosa espalda, sus tensados pectorales, brazos y abdomen, ella los había admirado tantas veces y no se atrevía a hacerle saber su secreta afición, aún más oculta que la práctica que hacía sobre Miller, para desahogar su deseo por él, un tímido y bien formado peón de su hacienda.

La impetuosa Bárbara calló a su interlocutor acercando sus labios de porcelana a la boca de él. Ella inmediatamente buscó su lengua y ambas se entrelazaron en remolinos que emanaban corriente.

Eso fue suficiente para liberar al animal atrapado dentro de Gonzalo, quién movido por su instinto sexual abrió de tajo la camisa color salmón de Bárbara e inmediatamente comió de sus pechos con el frenesí de quien encuentra una jugosa fruta en medio del desierto después de vagar 30 días sin comida ni agua.

Bárbara entraba en calor como nunca y brindaba las edulcoradas auras de sus pezones al encanto brutal de su amante intempestivo. Gonzalo la sometió con fuerza dándole vuelta y enganchándola por el cuello con su brazo derecho, mientras, con el izquierdo bajó a retazos el pantalón ecuestre. Ella estaba entregada hace rato a los orgasmos preliminares de la situación.

Sin mediar palabra Gonzalo liberó la dura bestia de sus jeans y embistió por detrás a Bárbara, quien sintió como las paredes de su vagina se estiraban más de lo normal al dejar entrar a ese portento azabache marcado por las venas. El grito de placer que siguió a continuación inquietó a los animales de la caballeriza.

Ese día fue la última vez que Bárbara practicaría la cosquilla china para sublimar su deseo por Gonzalo el peón, quién a partir de ese momento, tampoco fue conocido por ese denominativo, sino más bien, por otro que se haría conocido en poco tiempo en todo el poblado de San Agustín del Río: Gonzalo “El caballo”.

                                                                             FIN

 

© Edwing Salas

2012-2013

Publicado el 12 Julio de 2014

Cama de escombros

LA-FOTO-DEL-DÍA-AMOR-EN-LA-GUARIMBA

El fuego rodea todo, como una oda hollywoodense a la forma en que hacen el amor.

Un estallido de velocidad ralentizada y combustión de las pieles, a lo David Lynch y sus mujeres con doble personalidad, con capacidad para arruinar a un hombre anónimo, normal.

Pasión fuera de toda posibilidad de respirar profundo y tomar distancia, para pensar mejor la decisión a tomar. No hay tiempo para ello.

Saben que desde algún lugar los están mirando, pero la tensión sexual acumulada desde que estalló la guerra es más apremiante.

Les protege el manto del parque sin luz, contiguo a los escombros que han acumulado para impedir el paso del enemigo. Se dice que ahora el número asciende a 4000 uniformados, sin contar las fuerzas motorizadas civiles, quienes son los más dañinos e inescrupulosos y actúan bajo el amparo de quienes visten de verde oliva.

La orden que tienen es de acabar con la rebelión, caiga quien caiga, cueste lo que cueste.

Ella le pide que controle sus aullidos de placer y que le avise cuando vaya a acabar. No quiere que su franela tricolor tenga un pegoste sexual, porque, además, es la única prenda que tiene y lleva ya 48 horas con ella.

El régimen les cortó el agua, la luz, Internet, y si pudiera, les cortaría el oxígeno para arrasar de una vez por todas con todos ellos.

Se aman, son la versión tropical de los actores del Mayo Francés de 1968, pero a diferencia de este, hay muertos por doquier y una violencia cotidiana, típica de los países que no tienen estaciones climáticas.

Disfrutarán de la pasión de sus cuerpos mientras defienden la causa rebelde. No hay mejor afrodisiaco que ir ligeros y saciados a desafiar la muerte, escoltada por armamento de guerra de alto calibre.

Se escucha el estruendo de un mata suegras, ambos brincan con sus espasmos y el fatídico aviso de la eminente llegada de los colectivos paramilitares, la guardia nacional y la policía estatal.

Sus pantalones ascienden de nuevo hasta sus cinturas, no hay tiempo para deshacerse de la lubricación y la sensación que aún invade sus órganos de placer. Ha llegado el momento de la lucha.

Si ambos sobreviven, por lo menos un día y una noche más, habrá una nueva oportunidad para el apasionamiento a escondidas, para no provocar la ira de quienes aún tienen hambre.

Hay quienes ya no podrán sentirse de esa forma, han servido para alimentar el espíritu inquebrantable de la causa y como plato arrebatado a los artrópodos, que ya no cuentan con las desapariciones, sino con tiempo real y sus performances directos desde Youtube, Twitter y Facebook.

Evidencia que indigna a quienes luchan por la libertad y descubre a quienes, de ser derrotados, podrían ser alimento para los organismos necrófagos, omnívoros y oportunistas, que se van sucediendo en el tiempo, dependiendo del estado de descomposición del cadáver.

                                                                        FIN

© Edwing Salas

30/03/14