La vez cuando mi madre me pilló «masturbándome»

Creo que fue a los doce o a los catorce años; no recuerdo muy bien qué edad tenía. Mis padres habían entrado muy tarde en la lógica fase de mudarse de la casa de mis abuelos, porque la convivencia ya no daba para más.

Eso fue cuando tenía doce. Los dos hermanos varones habíamos nacido y crecido bajo el techo de mis abuelos maternos. Yo soy el mayor y le llevo seis años a mi hermano, por lo que debo suponer que ya teníamos un par de años en esa casa cuando ocurrió la anécdota.

De más está decir cuánto odiaba cada escabroso detalle de la “nueva vivienda”, sobre todo el de los baños. Estaban afuera, pero no en dirección hacia la parte trasera: estaban antes de la casa, pegados a la puerta del garaje.

Quizás eso, muy pero muy en el fondo, haya contribuido a que no me ponga tan nervioso cuando debo hablar ante una audiencia o a que tenga poco miedo de decir algo incómodo con o sin el uso del pensamiento racional. No lo sé.

Lo cierto es que esa noche mis manos hacían su trabajo. Las musas más lindas de mi secundaria se habían adueñado de todo mi ser, y las imágenes que brotaban en mi poderosa e ingenua imaginación eran de conquista fácil gracias a mi inteligencia y valentía.

La ejecución de ese acto impuro para mi familia me ponía en trance y hacía mover mi muñeca electrizada. Los dedos de la mano, impulsados por esa fuerza, maniobraban con gran precisión sobre mi instrumento de trabajo, cuya punta impregnada con líquido se estrellaba contra una virginal superficie blanca.

Escucho pasos. Pienso: “Van a ver la luz de la habitación encendida pasada la medianoche”. La redada es inevitable.

Reaccioné instintivamente: tomé el cuaderno junto con el bolígrafo y los escondí como pude en uno de los cajones de ropa. Apagué la luz y me eché a la cama a fingir que dormía.

Enseguida se encendió la luz. Mi madre fue directa y amenazadora.

—¿Qué hacías con la luz encendida?

Yo me hacía el recién despierto a causa de su sorpresiva irrupción.

Mi argumento fue que dormía tranquilamente hasta que ella apareció. Negación absoluta de lo que había estado haciendo hasta percibir su patrullaje nocturno. Fue entonces cuando la parte acusadora emitió su descabellado juicio:

—Te estabas masturbando. Deja de hacer eso. Te van a salir pelos en las manos. Se lo voy a decir a tu padre cuando venga.

Apagó la luz y desapareció como si fuera un espíritu de esa maldita casa. Seguro notó mi risa descreída ante todo lo que decía y también mi rostro aliviado por no haberme atrapado en lo que en realidad sí hacía: escribir.

Ya a esas alturas era un perfecto masturbador secreto profesional. De hecho, nunca fui descubierto por mis padres ni por nadie. Bueno, una vez, en un periodo ya de joven adultez —hace muchísimos años— casi me descubren en un sitio donde trabajaba.

Pero me parece que llegué a borrar el historial de la computadora. No sé; fue hace más de veinte años, creo.

¿Por qué me sentí aliviado de que mi madre creyera que lo que hacía era masturbarme?

Porque capaz no se tomaría muy bien que su hijo, en plena adolescencia, se dedicara a escribir poemas, sonetos y canciones a las chicas. Eso indicaba que estaba enamorado, y si estaba enamorado, significaba que obtendría bajos rendimientos académicos. Y si salía mal en los estudios, automáticamente me convertía en una persona que “no sirve para nada”, tal y como decía mi padre.

Por eso, decidí respetar sus conceptos adultos lo más que pude, así que después de tanto esfuerzo y sacrificio, ¿adivinen qué? Terminé siendo una persona que no sirve para nada, con títulos universitarios y posgrados que lo certifican todo.

Lo que nunca he hecho ni haré en mi negra existencia es seguir reproduciendo la imbecilidad generacional. En eso sí he triunfado.

FIN

(c) EDWING SALAS