Pelota oscura

Un domingo de exploración cualquiera, de esos cuando a las dos de la tarde aún me encuentro recorriendo el perímetro palermitano, en busca de una buena opción para desayunar/almorzar / «brunchear».

Día exquisito. Sol, cielo azul como de Photoshop, escasas nubes, pero de una blancura imposible. El viento, muy agradable y siempre a favor de las buenas caminatas. Calles vacías, con poco tráfico y cada sitio gastronómico repleto de gente, como si regalaran dólares.

Sin embargo, para este caminante hambriento, la belleza y vistosidad del día, se prestan para andar en inmaculada soledad y poder estar en un buen lugar donde no concurra tanta gente. Así es la agorafobia de los domingos. No queda de otra.

Luego de pasar por varios lugares sobrepoblados, sin éxito alguno, llegué a la calle Aráoz en la búsqueda de un café, cuyo anuncio, me había aparecido en la mañana en Instagram. El algoritmo es implacable.

Rápidamente desistí de la idea de buscar ese lugar ya que en la avanzada me topé con lo que parecía ser una cafetería y además, tenía una pizarra en la que anunciaban almuerzos. Por fin, había encontrado el lugar indicado, o fue lo que imaginé en ese momento, dominado por mi adicción a los desayunos continentales y la cafeína de los domingos.

El lugar estaba justo al frente de otro conocido restaurante ubicado en esa misma calle. De hecho, como era de esperarse, la gente se concentraba frenéticamente para poder obtener mesas y «brunchear» o almorzar. Había unos cuantos de pie, esperando. Ritual totalmente inapropiado para el día que se estaba experimentando.

Tomé asiento en una de las mesas apostadas sobre Aráoz, ahi esperaba a que el encargado (o mozo), terminara de hablar con una de las tantas «MILFS» domingueras que abundan por la zona y que alegran las pupilas. Aparentemente, conversaban sobre mascotas, porque el encargado acariciaba a uno de los perros que la escoltaban.

En ese momento, percibí, a través de mi visión periférica algo como una pelota oscura que se movía rápidamente desde la vereda hasta la parte trasera de un coche estacionado detrás de mi. Fue entonces, cuando concentré el 100% del sentido de la visión en dirección a la parte trasera del auto y no tardó en aparecer un magnífico y escalofriante espécimen de la jungla de concreto.

Una inmensa rata ¿O más bien una zarigüeya? El pariente del carpincho entra rápidamente por la boca de desague de la vereda y fue suficiente tiempo para contemplar su cola larga y afilada, su parte trasera gorda y gruesa como la de una liebre, además de su cabeza con hocico de cocodrilo.

Un magnífico ejemplar de las alcantarillas de Palermo. Su pelaje abundante, largo y erisado, color gris, tenía adheridos rastrojos de papel y hojas secas de los árboles. Era tan intimidante que un gato lo pensaría antes de darle caza.

Por el tamaño, supuse que se trataba de una hembra, ya que entre la mayoría de los roedores, suele ser la de mayor tamaño y resolución a la hora de salir a la superficie a plena luz del día. El encargado del lugar apareció ante mi con el menú. Inmediatamente pregunté si tenía café. Respondió que no tenía porque no le andaba la máquina y además estaba sin electricidad en el local.

Motivo suficiente para emprender de vuelta la búsqueda de un buen sitio donde comer un desayuno continetal con café, jugo y soda. Salí a toda marcha hacia los cafés cercanos al Parque Centenario, pero al arribar a la calle Lavalleja, me dejé llevar por su valorado nombre y doblé por ahí, en dirección hacía Casa Nueza, ese lugar que queda en los predios de una casa cuyos fantasmas, ahora forman parte de una mitología nostálgica.

En pleno trayecto, cambié de nuevo mi decisión sobre el destino para comer. Finalmente, entré en un restaurante tradicional que forma parte de una cadena. Antes, funcionaba en el mismo lugar el Bar Carioca, cantina popular entre habitantes de épocas pasadas, que ahora revolotean como espectros en la memoria.

El sitio, en plena avenida Córdoba y Lavalleja, ha sido remodelado, pero posee los mismos grandes ventanales, que dejan entrar sin ningún tipo de reproches la reconfortante brisa de este domingo.

Tomé una mesa situada en una de las grandes ventanas. Finalmente, logré mi objetivo. Un exquisto brunch dominguero.

Ahí caí en cuenta que era la primera vez -desde mi llegada a esta abrumadora ciudad, hace 7 años- que veía a un roedor vivo en su estado más silvestre. En 2015, cuando llegué, y trabajaba en gastronomía, vi un ratón muerto, pero ese nunca contó.

Pasaron siete años para poder ver una rata ¡Y qué rata! Emergiendo del subsuelo y haciendo su rutina de cada día.

FIN

(c) Edwing Salas