«La naturaleza es la vida misma, por tanto, hay que estar pendientes de sus mensajes.»

Aves
Una mañana, cuando Aroldo salía camino a la oficina donde trabajaba, encontró una escena muy fuerte para esa hora del día: en el jardín-terraza, un ave de pecho amarillo que parecía ser una paloma o una torcaza, estaba decapitada y sin ningún rastro de sangre que indicara que Alicia, la gata negra cazadora y alfa que comandaba el trío de gatos de la residencia, hubiese actuado para dejar tal escena.
Sospechó, en primera instancia, de los vecinos de la planta baja, de quienes se había quejado por escandalizar el conjunto residencial con sus gritos por sobredosis de drogas.
Quizás, ellos tendrían algo que ver, tan solo por vengarse de su sentido común de vivir con paz, tranquilidad y en una invisibilidad absoluta, que no molestase a nadie.
¿Serían capaces de decapitar esa ave y dejarla ahí? Se equivocó. Haber visto el cadáver sin cabeza le inspiró una premonición, algo así como una especie de mensaje encriptado que la vida misma le estaba haciendo llegar.
Hacía tiempo no estaban tomando en cuenta sus sugerencias como Community Manager para mejorar el tráfico del portal digital de noticias donde trabajaba. Sus superiores enviaban órdenes que contradecían las mejores prácticas para tener mejor tráfico al sitio y resultados positivos.
La pandemia había bloqueado la posibilidad de reuniones personalizadas y enrarecido los canales de comunicación virtual, o al menos, nunca hubo chance de concretar, aunque sea, una videollamada para tratar el asunto.
De hecho, le hacían saber que no había derecho a reunión para tratar el tema, ni siquiera una opinión. Todo tenía que ser muy vertical y tan solo felicitar a aquellos que Juana, la jefa editorial, felicitaba, tan solo por hacer un trabajo; menor o igual al que haría cualquiera.
Su premonición le llevaba a pensar que si él era el ave decapitada, podría ser la cabeza que iba a rodar, luego de ser atrapado por la depredación del error humano ante el estresante exceso de horas de trabajo. Era la presa perfecta, lo que no se sabía era cuándo ocurriría.
«No te tienen que felicitar por hacer lo que tienes que hacer, para eso te contrataron»
Así opinaba Aroldo, sin embargo, se notaba el sesgo ideológico y de género entre unos y otros empleados, implementado desde los puestos de más jerarquía.
El día que encontró la paloma brutalmente aplastada y sin forma, fue el mismo día que ya había visto un despojo ornitológico en los predios de su jardín.
Se dirigía al médico esa misma tarde, cuando vio al ejemplar como un rastrojo gris y deforme, con sangre, plumas y piel seca por el sol, en una acera de la avenida Juan B. Justo.
Su subconsciente ya había registrado dos aves sin vida en menos de 5 horas. Encendió las alertas, pero no se alteró, no tenía a nadie a quien decirle, por lo tanto, daba igual. Había que mantener la calma: total, las casualidades existen.
Al cruzar a la siguiente acera, a la altura de las lujosas torres residenciales en esa misma avenida, que resultan paralelas al polo tecnológico y al centro comercial Los Arcos, mierda.
El tercer cuerpo de un ave muerta se mostraba frente a su paso. Era definitivo, incluso para su inteligencia racional, había algo que estaba resultando arbitrario y fuera de su alcance.
Babosas

Esa misma noche, en el jardín donde temprano estaba el pájaro sin cabeza, ahora encontraba unas formas viscosas como gusanos, muy parecidas a capullos que se transforman en mariposas, o más bien, como caracoles, pero sin caparazón.
Estaban cerca del tubo de desagüe para las plantas. Aroldo volvió a entrar en ese estado de alerta y curiosidad, porque la cotidianidad, estaba dando señales de alteración, era la plenitud de la primavera y la proximidad del verano.
La noche siguiente vio una más grande, jamás había experimentado esa mezcla de curiosidad, temor y fascinación. Se acordó de una antigua historia que le había narrado su padre.
Según le contó, una vez se encontraba en el campo, haciendo una medición de tierras para un sistema de riegos y tenía que pasar a otra hacienda contigua, por tal motivo, debía pedir permiso al dueño de esas tierras para poder entrar e instalar el teodolito y continuar su tarea.
Los ayudantes que le acompañaban se opusieron a entrar a esa propiedad porque entre los lugareños corría el rumor de que su dueño había hecho un pacto con el diablo y eran tierras bajo algún tipo de hechizo o fuerza maligna.
Contaron que el hombre, a quien nadie había visto nunca en el pueblo, tuvo que hacer un ritual cuyo resultado fue desenterrar tres entes o animales muy parecidos a pequeñas salamandras sin patitas o babosas, que se encargaron de trabajar durante todas las noches, luego de la hora cero, para levantar esa hacienda, haciéndola grande y próspera.
Su padre le contaba en aquel entonces, que al ver el temor real en los ojos de sus ayudantes, decidió ir solo y hablar con el señor, que tenía un aura cordial, educada y a la vez, misteriosa y elegante, así como el personaje retratado por la canción «Sympathy for the Devil», de los Rolling Stones.
Le describió las cosas que presenció, eran sobrenaturales y que no las recordaba con tanto detalle, pero si se acordó cuando le había revelado que el hombre le mostró en la palma de su mano tres animalitos que parecían ser babosas, las cuales, eran los únicos trabajadores de su finca, según lo que le dijo el misterioso personaje.
«¡Babosas! ¡Malditas babosas!» «¡¿Qué hacen frente a mi puerta?!»
Era todo lo que se escuchaba en su mente.
— ¿Sabías que si le echas sal a una babosa empieza a corroerse hasta convertirse en una sustancia pegajosa y apestosa a azufre?
Aroldo quedó sorprendido con lo que le respondió Victoria, luego de haberle contado los raros acontecimientos de los días pasados.
–— No se te ocurra, echarles sal. – Le dijo, con mirada maliciosa y evocadora de tiempos infantiles-
Alicia
Por fin, se había resuelto el misterio: uno de los vecinos mostró la grabación en su móvil, donde Alicia, sigilosamente, como buena felina cazadora, se abalanzaba sobre el ave que se alimentaba en el piso de la terraza, muy temprano en la mañana.
Su cabecita desapareció dentro de las terribles fauces de la mascota consentida de toda la residencia. Luego de comerse el cráneo por entero, aparentemente vació el fluido sanguíneo del pájaro, dejándolo seco. Desayuno de campeones. La naturaleza nunca para.
Los días subsiguientes fueron bastante normales, todo prosiguió de manera extremadamente rutinaria y ya el estrés empezaba a normalizarse, Trabajaba sus casi doce horas diarias de lunes a lunes.
No había tiempo para ser libre, había que trabajar duro para sobrevivir a la inflación. El peor de los depredadores de esta región. Un animal mitológico cruel, creado por los poderosos dioses del olimpo latinoamericano.
Una última señal… y el desenlace
Una madrugada, luego de muchísimo tiempo, volvió a tener ese terrible sueño recurrente donde contempla lleno de horror un avión de un vuelo comercial cuando se precipita sin control sobre un área poblada, donde se encuentran familiares y seres queridos.
Despertó hiperventilando y aliviado de que eso nunca había sucedido, no iba a ocurrir; pero no dejaba de ser una señal de pérdida de control y trágico final de algo, sobre lo cual, él no iba a tener ninguna oportunidad de evitar.
Finalmente, el desenlace ocurrió: el odiado y perseguido jefe del periódico digital donde Aroldo trabajaba, detectó un error fatal en su desempeño.
Se trataba de un titular que informaba el homicidio de un niño a manos de su propia madre y su novia, que iba acompañado accidentalmente por la foto de la celebración de un embarazo de una pareja de famosos.
Su lista de errores por exceso de trabajo explotó con esta equivocación que rebasó todos los límites. Programar 12 posteos por hora en X, era una mala práctica que no compensaba la caída de tráfico.
Aroldo se los explicó una y mil veces, pero Juana, su progresista, humanista y revolucionaria supervisora, lo obligaba a obedecer las órdenes que venían de arriba, sin derecho a réplica.
Jamás tuvo el tiempo para concederle una reunión y escuchar sus planteamientos, pero ya no sería necesario, era tarde, no porque él fuera un descuidado o un saboteador. Simplemente, esas cosas pasan.
Había estado esclavizado por años, cumpliendo órdenes que jamás podría ocurrírsele a un ser humano racional. Sin embargo, no podía hacer nada, esa era la realidad y punto.
No le huía a sus errores, sino a la imposibilidad de poder advertir sobre ellos a tiempo. Había sido cercado por una criatura depredadora que le hizo pensar, algo que finalmente resultaría ser un gran hallazgo:
«La naturaleza es hermosa, sabia y tiene derecho a permanecer tan pura y salvaje desde que decidió exterminar al Homo sapiens, quien soñó con detenerla, modificarla y domarla; tan solo para sobrevivir hasta hoy»
FIN
(c) Edwing Salas